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«Esmeralda y Asmodeo – Segunda Parte»

 


«Abre tus ojos, amada mía».

Esmeralda despertó. Un espléndido amanecer apareció frente a la estilizada sirena. Ya no estaba en aquella tranquila laguna, sino en uno de los tantos malecones solitarios que generalmente las criaturas como ella frecuentaban. El mar estaba enérgico, juguetón. Las blancas olas chocaban con frenesí contra las gigantescas rocas, salpicándola con salitre y espuma. La enamorada sirena no tenía noción de cuánto tiempo había pasado junto a Asmodeo, su tierno enamorado, su primer y único amor. Un demonio a quien había jurado amar y acompañarlo por toda la eternidad.

«¿Cómo te sientes hoy mi bienamado…?»

Esmeralda se atrevió a formular la pregunta en su mente, asumiendo que Asmodeo la estaría escuchando y le contestaría. «Puede leer mi mente».

«¡Bastante mejor! ¡Gracias por preguntar!»

«¿Me extrañas…?»

«Sí. Mucho».

«¿Cuándo nos podremos volver a ver…?»

«Esta misma noche; al atardecer. ¡Deseo estar junto a ti lo más pronto! ¡Ojalá no existiera el día, sino solo la oscuridad para estar por siempre a tu lado!».

Esmeralda volvió a sonrojarse sin poder evitarlo. Asmodeo era muy intenso y directo. Ella, por el contrario, sabía que apenas ayer, sin imaginarlo, había logrado algo tan osado y poco común, que sus hermanas y demás seres de su especie, le criticarían duramente.

«Envidiarán mi felicidad, lo sé». Pensó Esmeralda para sí misma, reaccionando apenada al comprender que Asmodeo le escuchaba con claridad.

«…Y eso las pondrá de muy mal humor, pero descuida, tengo cientos de hermanos demonios que podrían también cortejarlas, pero dudo que ellas lleguen a ser así de especial como lo eres tú».

«Mis hermanas desprecian a los demonios, tanto como al amor. Ellas son seres solitarios y a diferencia de mí, solo se abren y socializan cuando nos reunimos. En grupo son muy abiertas, pero también bastante competitivas. Lo nuestro debe permanecer en secreto, Asmodeo. No quisiera que nada se interponga entre nosotros dos».

«Nada se interpondrá entre nosotros, te lo prometo».

Esmeralda sonrió satisfecha al escuchar a Asmodeo en su mente, abriendo de par en par sus esbeltos brazos, zambulléndose con gracia y rapidez mar adentro. ¡Estaba hambrienta y feliz por partes iguales! Asmodeo lo percibió y guardó silencio, dándole su espacio para desayunar.

 

El corazón de Esmeralda latía cada vez más deprisa con el paso de las horas. Sentía que el tiempo transcurría con suma lentitud. Sabiendo que sería al caer la tarde cuando volvería a encontrarse con su amado.

Sus hermanas sirenas lo notaron al instante. Algo en ella había cambiado. Se notaba diferente, ridículamente radiante, feliz. Además, sus escamas eran más iridiscentes que antes. Brillaban como estrellas en la noche. Y aunque Esmeralda les había evitado, no podía permanecer fuera de su entorno; eran sus hermanas, al fin y al cabo.  

«Anoche la pasaste lejos de nosotras. ¿A dónde fuiste?... ¿Estabas en ese tonto manglar que acostumbras visitar?...

«¿Me estabas espiando acaso?... ¡Sabes que no me gusta, Cordelia!»

«Así es nuestra naturaleza, Esmeralda. Tú también eres curiosa. Y bastante. Además, luces distinta, muy distinta. Algo que no puedo definir te ha invadido. Y me desagrada e incomoda».

«Lamento mucho que te haga sentir incómoda». Respondió desafiante Esmeralda.

Repentinamente, detrás de Cordelia apareció un resplandor muy potente proveniente de la superficie. Esmeralda se sobresaltó. Se escucharon varias explosiones sucesivas a lo lejos. Al momento todas las sirenas voltearon hacia lo que parecía ser un fuego abrazador seguido de unos gritos desesperados de voces humanas. Nadaron con discreción, acercándose para comprobar lo que ya presentían: un barco en llamas estaba a punto de naufragar.

«¡Tendremos festín, chicas!» expresó con mórbida alegría Cordelia al resto de sus compañeras.

Cordelia y Esmeralda asomaron sus cabezas en la superficie hasta la altura de sus narices, lo suficiente para ver y mantenerse resguardadas. Un barco cercano estaba envuelto en fuego y humo, mientras otro, un poco más lejos, empezaba a detonar sus cañones nuevamente, comenzando a despedazar en fragmentos las partes vulnerables de la cubierta. Toda la escena era un caos infernal. Los hombres atacados maldecían y gritaban, al mismo tiempo que saltaban por los aires, cayendo al mar por los impactos de las balas.

«Pobres hombres, perecerán sin remedio». Pensó Esmeralda.

«¿Qué sucede? ¿De quienes te conduelas…?»

«Oh, Asmodeo, estoy presenciando un naufragio. Dos barcos repletos de humanos se enfrentan en alta mar, y por lo visto, ya hay un claro ganador».

«Y debo devorar a aquellos que han perecido. Sean piratas o simples navegantes».

«Prefiero que me devores a mí en todo caso».

El impulso de querer acabar con rapidez aquella situación del naufragio y lograr escabullirse para encontrarse con Asmodeo, hizo a Esmeralda nadar muy de cerca de un grupo de tres marineros que flotaban como boyas, agarrados a duras penas de tablones de madera e implementos para pescar, que flotaban a su alrededor, enmarañados en una red de pesca, sin imaginar que uno de ellos, un veterano arponero, la había logrado ver por su recién adquirida fluorescencia nadando en las oscuras profundidades.

—¡Hey! ¡No me lo van a creer! ¡Acabo de ver una sirena! —Soltó con asombro el duro marinero a sus otros dos compinches. Los dos hombres no le prestaron atención, seguían impactados por lo que estaba sucediendo arriba de ellos.

—¡Creo que hoy podré cazar una!

Con absoluta precisión el arponero apuntó su afilada arma y la lanzó con contundencia hacia Esmeralda.

Su pericia como pescador de ballenas le ayudó a dar en el blanco. El arpón se le clavó en el pecho.

Cordelia alcanzó a ver el arpón chocando contra su hermana e impulsada por la rabia y la ira, se abalanzó enfurecida hacia la red que flotaba alrededor de los tres hombres y como un relámpago nadó en círculos, arrastrándolos luego hacia el fondo del océano, en un vertiginoso remolino, que en pocos minutos los ahogaría. Luego, buscó a Esmeralda y con toda la delicadeza que fue capaz, le logró retirar el arpón de su pecho. La herida era profunda y había dejado a Esmeralda casi inconsciente.

«Me han herido de muerte, Asmodeo».

«¡No! ¡No! ¿Cómo ha pasado eso amor…? Aguarda, yo te puedo ayudar. Pero no podrás jamás volver a ver a tus hermanas».

Mientras tanto, por instinto, Cordelia decidió llevar a Esmeralda hasta los arrecifes, creyendo que ahí podría resguardarla e intentar acompañarla en su agonía, ya que notaba que, aunque muy débil, todavía respiraba. El resto de las sirenas comenzaron a percatarse de la situación y se reagruparon cabizbajas a su alrededor. 

Anocheció.

«Me iré para siempre, hermanas». Les dijo débilmente a todas. Pero, no se sientan mal. Quiero que sepan que conocí ayer al verdadero amor, y soy muy feliz. Su nombre es Asmodeo, un íncubo con poderes extraordinarios. Ha prometido salvarme, pero a cambio, no podré volver con ustedes nunca más.  

Todas quedaron asombradas, y dadas las circunstancias, ninguna se atrevió a cuestionarle nada.

«Que se haga tu voluntad». Dijo Cordelia.

Entonces acostada en su lecho de muerte, una enorme roca de afilados bordes, Esmeralda siguió obedientemente las instrucciones de Asmodeo. El mar estaba muy sereno. Y la noche cálida, pero sin luna.

Y de la misma herida en su pecho surgió flotando un hilo de luz, que se fue deslizando ante la mirada atónita de todas las sirenas, formando a medida que iba saliendo un ovillo esférico, cada vez más grande y luminoso, el cual flotaba enfrente de Esmeralda. Ella buscó colocar aquella energía sobre su mano, extendiendo torpemente uno de sus lánguidos brazos sobre la roca. El cuerpo jovial y saludable de Esmeralda se fue progresivamente corrompiendo y apagando. Su cola fue perdiendo sus escamas, luego su carne, quedando solo el espinazo. Sin embargo, todas alcanzaron a escuchar telepáticamente la viva voz varonil de Asmodeo alzarse en cada mente de ellas y decir:

«No temas amor. Vas a morir, sí. Pero yo estaré esperándote ahí; ya que ese otro mundo me pertenece, y una parte de él son mis dominios».

La luminiscencia de la esfera se apagó de repente. Justo cuando Asmodeo dijo con una dulzura infinita:

«¡Ya estás aquí, amor! ¡Seguiremos juntos por toda la eternidad!».

Y todas las sirenas comenzaron a llorar de alegría y de tristeza a la vez.  

 

 

31 de mayo de 2025   


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