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«El Mosquetero y la Princesa»

 



«El Mosquetero y la Princesa»


(Diálogo teatral creado por © Noris Casanova y © Alfredo Mambié en diciembre de 2025)

Personajes: 
La princesa Lady Norieta, el mosquetero Monsieur Mambié y el paje de la princesa.



Primer Acto

Escenario: Un hermoso viñedo francés del siglo XIII al atardecer ocupa todo el escenario. En sus extremos, en la torre de cada uno de sus castillos, Lady Norieta a la derecha y Monsieur Mambié a la izquierda, se comunican a la distancia; chateando, perdón, quise decir charlando, cada uno declama sus pensamientos desde sus respectivos balcones.



(A.) —¿Madame, vos no me reconocéis?... Tengo mi espada lista para defenderla...



(N.) —¡Oh! Bien amado salvadme pronto de ésta rebelión.



(A.) —Así lo haré... Lo que tenga que hacer, lo haré por su honor y por conseguir los favores de su joven e inquieto corazón...



(N.) —Inquieto está por su amor, honrado caballero.



(A.) —¡Oh! ¡No aguanto tanta inquietud!



(N.) —Venid, venid, con su hermoso corcel.



(A.) —¡Falta muy poco! ¡Cabalgaré toda la noche sin descanso para estar con vos, mi enamorada!



(N.) —Creo que voy a desmayarme de tanta espera.



(A.) —No, no desfallezcáis mi bien amada...



(N.) —¿Quién osa detenerle? Corred como el viento a mis brazos ¡Oh! Amado mío.



(A.) —¡Al mirar el amanecer, ahí verá mi silueta! ¡Ahí estaré con el alba! Pero antes, debo enfrentarme al más temido y miserable de mis enemigos... ¡El temible cardenal HG!



(N.) —Matadle para que podáis besarme.



(A.) —Lo haré. ¡Os lo juro! ¡Por sus labios, soy capaz de enfrentar al mismísimo satanás!...



(N.) —No juréis en vano, os lo pido.



(A.) —Nunca. Tiene mi palabra, bella doncella.



(N.) —Ni nombréis a ese innombrable.



(A.) —Ese es el nombre del más temido dragón del castillo de las tinieblas...



(N.) —Agradezco todo lo que podáis hacer por traer su presencia a mi lado pronto.



(A.) —¡Así lo haré! ¡Os lo juro! ¡O dejaré de llamarme Mosquetero del Rey de Francia!



(N.) —Monsieur Mambié, lo amo.



(A.) —¡Oh! ¡Y yo a vos! princesa Noris.



(N.) —Su doncella del Toboso Hidalgo. Ya no sé ni quién soy. El amor me tiene así. Delirando ¡Oh! ¡Plof! Me caí. Recogedme.



(A.) —Sus deseos son órdenes.



(N.) —Aquí lo espero tumbada en el piso de la alacena para que no se pierda.



(A.) —Vaya... Es mejor que se tumbe en el granero, ahí me puede esperar... Es blando y huele a heno. Aunque espero que usted no sea alérgica... ¡Le prepararé una linda cama con flores de pasto...!



(N.) —Es usted tan atento...que lo esperaré en la despensa... Le preparé su platillo favorito, faisán al termidor. Y ostras en su concha. El aroma lo atraerá a mí.



(A.) —¡Oh! ¡Mi amada! ¡No descuide su status! recuerde que su servidumbre obedece todas sus órdenes... Con tan solo sugerir ese menú, sus criados os lo prepararán tal cual como usted se los indique. ¡Yo seguiré ese rico aroma!... ¡Desde acá, ya lo percibo!...



(N.) —Quiero ser la cocinera de sus mejores platos quiero que se empape de lo que yo me empapo.



(A.) —¡Me ruboriza su osadía! ¡No siga por favor!



(N.) —¡Soy otra desde que lo conocí! ¡Por usted entraré a la cocina!



(A.) —¡No torture a mí ya torturado corazón! ¡Se lo pido!



(N.) —Desafiaré los fogones. Están ya ardiendo.



(A.) —¡Oh! ¿Qué he hecho para merecerme semejante prueba y entrega?...



(N.) —Espero que los apague.



(A.) —¡Se lo juro! ¡Lo haré!



(N.) —Bien, ¡brindemos!



(A.) —¡Salud! ¡Por el mosquetero que logró conquistar a la princesa más hermosa del reino! ¡Por el amor entre dos almas fieles a Dios!



(N.) —Merece entrar a palacio ¡Oh! Encantador príncipe.



(A.) —¡Por la princesa que me ha vuelto de mosquetero, príncipe! ¡SALUD! ¡Qué viva la princesa Noris!



(N.) —Mi mosquetero caprichoso, caballero osado y príncipe amado.



(Cae el telón. Fin del primer acto. Aplausos).





Segundo Acto

Escenario: El mismo viñedo francés del siglo XIII ahora al anochecer ocupa todo el escenario. En sus extremos, en la torre de cada uno de sus castillos, Lady Norieta y Monsieur Mambié, se comunican a la distancia; cada uno declama sus pensamientos desde sus respectivos balcones.



(N.) —Enfrentad lo q tengáis q enfrentar mi bien amado.



(A.) —¡Así lo haré!



(N.) —Os amaré eternamente.



(A.) —No... Dejad que la espera avive esta llama que arde plena...



(N.) —Tenéis toda la razón.



(A.) — ¿A qué hora pensáis mañana que mi corcel llegue a vuestra humilde morada?...



(N.) —¿Os parece bien a las 10 u 11?...



(A.) —Sí.



(N.) —¡Seré la más feliz de las doncellas al veros!



(A.) —Lo sé. Lo siento.



(N.) —Mi corazón no deja de cabalgar a su encuentro.



(A.) —Y yo, estaré como el más ferviente de los enamorados, rendido a sus pies.



(N.) —A los pies no mi amado, pues tengo pecueca*. (*Mal olor de los pies).



(A.) —Hummm. Disculpe usted.



(N.) —Mentí solo quería sorprenderos. Y lo he conseguido.



(A.) —Lo ha conseguido, sin dudas...



(N.) —Hasta aquí vi su impresión.



(A.) —Ja, ja, ja, ja.



(N.) —Quería que se sonriera. Solo eso. Oiga, ya basta.



(A.) —Claro, lo he hecho.



(N.) —No sé burle usted. Que era una broma.



(A.) —Me río, si eso le complace.



(N.) —¿Osa reírse a carcajadas en mi cara?



(A.) —ja, ja, ja, ja. No. Ja, ja, ja, ja.



(N.) —Deténgase.



(A.) —Perdóneme mi dama. Me dejé llevar por las bajas pasiones.



(N.) —O llamaré a mis caballeros de honor para que le den su merecido. Estará preso en calabozo.



(A.) —No hará falta. Estamos muy lejos, según tengo entendido.



(N.) —Pasará unos días a pan y agua.



(A.) —No merezco su furia.



(N.) —Detenga su burla, y no me desafíe.



(A.) — Lo intento... Pero no puedo. Debo dejarla. Por esta noche. Es la única manera.



(N.) —Pronto llegará usted y le daré su escarmiento.



(A.) —Lo sé. Me han contado que usted es temida en esos reinos de Quinta Crespo por su fuerza de carácter y determinación.



(N.) —Le daré en la boca, y luego le bajaré los pantalones y le pagaré hasta ruborizar su bien formado trasero.



(A.) —Bueno. Estaré preparado.



(N.) —Me pedirá clemencia.



(A.) —Lo sé. Ja, ja, ja, ja.



(N.) —Lo torturaré.



(A.) —Eeeh disculpe.



(N.) —Lo amarraré y lo azotaré. Y después terminaré con usted.



(A.) —No pude volver evitar reírme de sus amenazas... Suenan crueles y muy radicales, pero al igual, yo sé que usted es una dama de honor y principios... Creo que lograré que me perdone.



(N.) —Lo golpearé con mis labios. Le daré muy duro con mis caricias.



(A.) —Estoy dispuesto a que lo haga, una y otra y otra vez...



(N.) —Lo azotaré con mis masajes.



(A.) —Con sus manos, quiso decir...



(N.) —Tendrá miedo de mis deseos. Lo atraparé con mi amor. No podrá escapar.



(A.) —¡Estoy dispuesto a llegar con usted, hasta las últimas consecuencias! ¡Sea como sea! ¡Os lo juro!



(N.) —Temed.



(A.) —¡Puede que mi espada se recienta, pero igual la usaré con orgullo y determinación!



(N.) —Solo eso os digo.



(A.) —Qué así sea...



(N.) —No pasará nuevamente téngalo por seguro.



(A.) —De eso no estoy tan seguro, mi lady. Os he visto sangrar...



(N.) —Solo he de recibirlo.



(A.) —Sus favores han sido muy sacrificados...



(N.) —No ha de entrar.



(A.) —No estoy seguro de lograrlo... Me siento entre la espada y la pared...



(N.) —Sé que viene de muy lejos, pero deberá esperar.



(A.) —Lo haré mi amada, yo esperaré.



(N.) —No estoy jugando. Solo le recomiendo esperar.



(A.) —Yo tampoco juego... Ya no. Ni dudo. Ni flaqueo.



(N.) —Solo besos y caricias pues, si mi padre nos descubre, me desheredará.



(A.) —Así será.



(N.) —Así tendréis mi amor por el momento. Debo saber que sois de confianza.



(A.) —Lo soy. Os lo aseguro. Yo deseo no mancillarla. Deseo pedirle la mano suya a su padre, cuando sea el momento.



(N.) —Mis guardias lo averiguarán...ándese con cuidado.



(A.) —Siempre. Por eso me mantengo con la cabeza sobre mi cuello.



(N.) —Espero q usted haga su deber. Y es amarme por el resto de su vida.



(A.) —Soy hombre de honor. Lo haré.



(N.) —¡Oh! Siento que estoy con el hombre correcto. No lo debo dudar...disculpe usted mi osadía.



(A.) —¡Y yo con la doncella más maravillosa!



(N.) —Mis ofensas no han salido de mí, es la servidumbre que me agarra el teléfono.



(A.) —No se disculpe. Y nunca lo haga. No debe dudar de mis honorables intenciones...



(N.) —Tendré que colocarle una clave.



(A.) —¿Teléfono?... Querrá decir que su chaperona intercepta sus misivas....



(N.) —¡Así no osarán agarrarlo!



(A.) —¡Debe más bien, encerrarla en un calabozo!



(N.) —En estos tiempos hay que cuidarse hasta de la servidumbre.



(A.) —Es verdad... Y de su insolencia.



(N.) —¡Bastardos!



(A.) —¡Canallas! ¡Mequetrefes!



(N.) —Solo usted me comprende. Lo espero.



(A.) —Eso se me da muy bien con las damas... Digo... Con usted. Allá estaré con el alba...



(N.) —Mi familia es de la nobleza.



(A.) —Lo sé.



(N.) —Y trataremos a cada quien como se merezca. Nuestra educación viene del palacio de Duncendorlf. Aquí en la esquina. De pescador a cochera.



(A.) —Caramba... No esperaba menos. Ya mañana sabré que tan grande es ese palacio que me menciona.



(N.) —Tendré que mandarle a ensillar el mejor corcel. Pues caminando se cansará.



(A.) —Me imagino... Mejor que un corcel, es mejor que prepare un carruaje con cochero. Y un paje, si no es mucha molestia, llevo mucho equipaje.



(N.) —Sí, tengo un paje muy pajúo.



(A.) —Ja, ja, ja, ja, ja. Casi todos son así. Chismosos, aunque no lo parezcan.



(N.) —Llamaré al paje pajúo de inmediato.

(Aparece el paje de la princesa por la puerta que da al balcón).



(P.) Sí, dígame madame... ¿En qué le puedo servir?...



(N.) —Mañana ayudará a mi bien amado en cuanto llegue a llevar sus maletas. Sin demoras.



(P.) Sí, madame.



(N.) —Recuerde q usted es chismoso.



(P.) —No lo soy madame. «Pero seguro puedo hablar sobre la visita de ese tal Monsieur Mambié apenas usted se dé la vuelta por esa puerta, a todos sus sirvientes».



(N.) —¿Pero, ¿quién se cree usted? No juzgue ni critique a mi amado. El solo viene por mi amor.



(P.) —No se lo decía a usted mi lady. Estaba hablando conmigo mismo.



(N.) —¿Usted con usted?...



(P.) —Sí mi señora. Es decir, lo que usted leyó son mis «pensamientos». Debí ponerlos al escribirlos, entre comillas.



(N.) —Sé que usted tiene su mala fama. No me venga con engaños, lo escuché muy claro.



(P.) —Bueno, pero debo también defender mi honor. Usted no tiene pruebas de lo que estaba pensando. Con todo respeto mi lady. Y espero confíe en su pajúo servidor... Digo en su paje sirviente.



(N.) —Le digo que lo escuché claro, y usted vaya con cuidado, lárguese y esté pendiente mañana cuando venga mi bien amado. Vamos, ¿qué espera? Váyase.



(P.) —Me retiro. Mi lady...

(Y el paje se marcha haciendo una reverencia por la puerta del balcón de la princesa).



(N.) —¡Oh! Estos sirvientes. Cada día más mal educados. ¿A dónde vamos a llegar? ¡Ya me imagino como serán en el 2026!



(A.) —¡Terribles!... Mucho más que ahora.



(N.) —Ja, ja, ja, ja, ja, ja.



(A.) —¡Oh! ¡Mi Norieta de mi corazón!... ¡Ten siempre puestas tus ya sabes, para evitarme un tropezón...! ¡Cuando el alba llegue estaré en tu entrada!…



Y así... El valiente caballero, se despidió con un grito heroico que se escuchó en todo el valle... de Montalbán. Dejando a su amada con una dulce sonrisa de felicidad en su balcón de Quinta Crespo. Mientras nerviosa, sacudía su abanico. Despidiéndose con ese gesto, repetido y constante, de su amado mosquetero.



(Cae el telón. Fin del segundo acto. Aplausos).
Imágenes © Disney




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