En un cementerio rural, de un pueblecito italiano muy pintoresco y tranquilo, destacaba una escultura hermosamente tallada en mármol. Era un espléndido ángel a cuerpo completo, postrado de rodillas sobre una lápida de tres niveles escalonados. En su frontal se erguía un modesto pedestal ornamentado de cuatro caras, con forma de trapecio; tenía sus aristas ligeramente curvadas. Su altura llegaba justo hasta la cintura del ser alado, el cual vestía túnica clásica y sandalias. Estaba reclinado detrás de ese podio. Su cabeza de rizados cabellos reposaba semi oculta dentro del codo de su brazo derecho, mientras que su brazo izquierdo permanecía extendido e inerte sobre su base superior en actitud apesadumbrada. Pero en la lápida no había ningún nombre. Ninguna inscripción, ningún epitafio. Solo pequeñas flores silvestres a su alrededor. Había muchas teorías que los pobladores acostumbraban comentar a los visitantes. —Aquella escultura resguarda los restos de un terrible asesin...
Lectura amena para degustar y quedar con ganas de más, alejada por completo de los convencionalismos, es creativa y libre, por lo tanto con estilo propio.