Una Noche Intensa
Parte I
27 de febrero de 1720. Era nuestra primera noche en aquel puerto del
Caribe. Mi tripulación estaba muy animada, y al rato de pernotar en la taberna
de isla Tortuga, pasaron a estar eufóricos. Compartía con ellos su alegría. Festejaba
nuestro retorno gracias a ellos, y el éxito de nuestra larga travesía en
altamar, pero guardando siempre la compostura, porque yo Marie Reeves, alias
“La Viuda Roja” era su capitana.
Todos teníamos un pasado triste en común y un afán por vivir libres bajo
nuestras propias reglas. A nuestros corazones lo abrazaba un fuego más intenso
que el propio ron que consumíamos, y en especial aquella cálida noche; esos
bravos marineros bajo mi mando habíamos logrado vencer a un navío español en
combate cuerpo a cuerpo, logrando abordarlo, apoderándonos de grandes riquezas
que pretendían ser transportadas a Europa. Ahora eran nuestras.
Bebía con moderación, sentía que el alcohol me podía jugar una mala pasada.
Casi todos mis hombres ya estaban borrachos. Era inusual usar pantalones y
uniforme militar siendo mujer, pero era un atuendo muy conveniente y bien
merecido para la capitana de un barco pirata, quien se lo había ganado como
parte del botín de guerra.
A lo lejos, en dirección a la bahía, se escucharon sendos cañonazos. Pude
reaccionar a tiempo por encontrarme de pie, con mi copa en la mano, apoyada de
espaldas a la barra del bar y haber levantado justo la vista en la dirección
correcta, al momento de las detonaciones.
—¡Nos atacan! —Grité a todo pulmón, y dando un torpe traspié me fui de
bruces, justo cuando buena parte de la pared que tenía frente a mí se desplomó
aparatosamente, al igual que la ventana que me había permitido visualizar el
ataque.
Estaba aturdida, me zumbaban los oídos, por el montón de escombros que
cayeron sobre mi cuerpo, y por las posteriores detonaciones que en pocos
minutos crearon un espantoso caos de gritos, polvo y fuego. Cuerpos enteros se
desplomaban mientras que otros eran brutalmente desmembrados por las balas de
cañón que con precisión mortal fueron disparadas a mansalva contra nosotros.

Muchos de mis hombres murieron, y unos pocos estaban gravemente heridos. La
armadura que llevaba puesta apenas logró resguardarme. Como pude busqué
apoyarme en una pequeña porción de muro que todavía quedaba en pie, sentándome
en el piso de espaldas a él con las piernas abiertas. Buena parte de mis
pantalones y ropa estaban desgarrados. Al palpar mi vientre sentí la sangre
brotar; estaba gravemente herida y no me había dado cuenta.
Un soldado alto y mal encarado pasó justo a mi lado, pero no notó mi
presencia por encontrarme oculta en la penumbra.
—¿Dónde está esa puta capitana tuya?... ¡Contesta!
El interrogado no necesitaba mentir, técnicamente yo había desaparecido
entre los escombros.
Al no recibir respuesta alguna, el perpetrador le rebanó al infeliz el
cuello con su espada.
Ahora sabía que aquel ataque tenía como objetivo mi vida. Los españoles
buscaban revancha.

Parte II
Aunque no tenía muchas fuerzas, me dispuse a defender mi reputación y a dar
el todo por el todo.
Palpé una de mis botas, extrayendo una daga que siempre guardaba para
ocasiones extraordinarias. Intuía que otros hombres vendrían también por mi
captura. Sabían que un botín semejante nos alejaría para siempre de ser
bucaneros y caza fortunas. Por seguridad, había pautado enterrarlo en un lugar
apropiado de aquella isla, dejando su ubicación exacta descrita en un mapa. Eso
era lo único que les interesaba.
Y ese mapa estaba en mi poder.
Empapada en sangre, la ruta hacia mi libertad se encontraba en un lugar
apartado, al cual debía dirigirme de inmediato.
«Tendré que desenterrarlo y llevarme solo lo que me sea posible cargar».
Otra vez mi sentido de la moderación se manifestó con sabiduría. Me puse en pie
con dificultad, dirigiéndome hacia el suroeste. Debía aprovechar aquel caos a
mi favor. Pero antes, era necesario encontrar el modo de frenar la sangre que
seguía manando de mi abdomen. Entre las sombras del bosque, me fui deslizando
hasta que logré refugiarme en la que, aparentemente, era la casa de algún
pescador.
El interior estaba oscuro, aunque enseguida me di cuenta que no estaba
sola. El gruñido amenazador de un animal me advirtió hostilmente su presencia.
Un perro guardián inmediatamente se abalanzó contra mí. Por fortuna, el can
buscó morder una de las pocas piezas de la armadura de mi antebrazo que se
mantenían firmes. Con torpeza, pero con certera precisión, logré apuñalarlo con
mi daga.
Ambos quedamos muy quietos en el suelo de la cabaña.
El brillo de unas antorchas en la lejanía, me hicieron reaccionar. Como
pude, me reincorporé, dando tumbos. Me sentía cada vez más débil. Por un breve
instante alcancé a ver unas prendas limpias colgadas (la ropa de los niños de
esa casa), busqué torpemente colocarlas sobre la profusa herida.
De repente, una voz temblorosa de mujer me advirtió entre las sombras:
—Está perdiendo mucha sangre. Necesita ser curada de inmediato.
Apenas alcancé a ver su rostro, y supongo que ella al ver el mío, se
compadecería.
Me desmayé.

Al volver a abrir los ojos, había amanecido. Estaba acostada en el fondo de
una pequeña barcaza. Me llevé la mano al vientre, corroborando que aquella
mujer, a pesar de haberme metido como una intrusa a su casa y haberle asesinado
a su perro, había decidido ayudarme.
—Esos mismos hombres que te buscan mataron a mi esposo y a mis hijos hace
dos días. Preguntaban por “La Viuda Roja”. Yo estaba afuera con mi perro cuando
sucedió, pero logré reconocerlos. Y también a ti.
Su mirada era una mezcla de admiración, rabia y tristeza a la vez.
—Con tu ayuda, te prometo que al menos tendrás una mejor casa, y otro
perro. —Le dije.
—Y una nueva vida. —Concluí.

Parte III
8 de marzo de 1720. Por fortuna había logrado sobrevivir. Busqué ganar las
fuerzas necesarias para idear la mejor estrategia de enfrentar a mis enemigos.
A partir de aquella noche intensa en la que casi pierdo la vida. Gracias al
apoyo y al cuidado de Nancy Cooper, la mujer del pescador, en tres semanas había
logrado recuperarme.
—Tus mejillas han recobrado color. —Dijo, mientras acercaba hacia mí un
cuenco hirviendo con caldo de pescado y verduras.
—Come.
Pocas veces en mi vida me sentí tan agradecida.
—Comamos. —Y de forma categórica me levanté de aquel tibio lecho y busqué ubicarme
en la humilde mesa que ocupaba el espacio central de aquella nueva cabaña,
invitando a mi cuidadora a que se sentara a mi lado.
Recordaba vagamente que habíamos logrado desplazarnos de la isla Tortuga
hacia el oeste, hasta la isla Margarita. Justo con lo necesario para
trasladarnos discretamente y tener insumos para estar a nuestras anchas. Ella
había contratado a dos marinos de confianza para la travesía en una pequeña
barcaza.
De forma inconsciente busqué palparme el pecho. El mapa del tesoro seguía
en mi poder.
—Tenemos distintas motivaciones. No busco riquezas, solo busco venganza.
—Mi comensal, además de buena cocinera, era bastante perceptiva.
—¿No crees que podemos aspirar ambas?... —Sin esperar respuesta tomé otra cucharada del
rico caldo. Luego añadí:
—Por todo lo que has hecho por mí hasta ahora, además de estar eternamente agradecida
contigo, siento que de alguna manera el destino ha buscado reunirnos. Es
posible que, trabajando juntas en esto, podamos vivir una aventura más interesante
y conveniente para ambas. ¿No te parece?...
—¿Me está reclutando capitana?... —La mujer dejó claro con su expresión que
mi propuesta le causaba cierta gracia.
—No exactamente. Deseo más bien que acordemos un pacto de sangre. Que
seamos a partir de hoy, socias.

—¿Socias?... Vaya. Me cuesta creerlo. Lo que he escuchado sobre la «Viuda Roja» es todo lo contrario. Toma todas las decisiones, nadie las cuestiona y quien se atreve muere… —¡Esa era yo antes de conocerte! —Le interrumpí con sinceridad, apenada ante aquella deducción.
—Pudiste dejarme morir y quedarte con el mapa, con mi fortuna; al fin al cabo, la tenías a tu alcance. Y no lo hiciste. Todo lo contrario. —La cuchara danzaba en mi mano mientras me expresaba.
—No. No lo hice. Lo que yo perdí, te repito, no lo podré recuperar jamás. Ni con todo el oro ni las joyas del mundo.
La miré con total admiración. Aquella humilde mujer irradiaba una fuerza interna maravillosa. Y ese brillo era su integridad.
—¡Nancy te propongo iniciar una vida de aventuras conmigo!
—¿Quieres que sea como tú Marie, una mujer pirata?...
—Sí. Te enseñaré a serlo. —La miré directo a los ojos, poniéndome de pie. Ella hizo lo mismo.
—¡Muy bien! Acepto. Desde hace bastante tiempo he querido descubrir si todas esas historias sobre ti son ciertas. Ahora tendré oportunidad de hacerlo.
—¡Ya verás que sí! —Saqué de mi bota la fina daga y la deslicé con suavidad sobre mi palma derecha, un hilo de sangre brotó. Luego le extendí el afilado instrumento a mi interlocutora. Ella me imitó.
—¡Juntas hasta la muerte!
—¡Juntas hasta la muerte! —Repetí. Y nos estrechamos de manos.

Parte IV
A la mañana siguiente, Nancy y yo iniciamos el entrenamiento.
—En Inglaterra mi esposo había sido un destacado militar. Su coraje e inteligencia le permitieron un desempeño sobresaliente en la escuela naval. Su nombre era Henry Martin. El mayor de tres hermanos. Sus superiores vieron sobresalir sus cualidades como soldado y estratega, además destacaba su don natural de líder innato. Años más tarde le propusieron navegar hacia este nuevo continente, y volverse secretamente un cazador de bucaneros bajo las órdenes del imperio británico.
Las mujeres no habíamos logrado formar parte de este tipo de actividades, jamás. Pero mi esposo me apoyó porque nunca tuvimos hijos. Y me di cuenta que la escuela naval era lo mío. Él fue mi maestro y mentor.
—¿Estuvo de acuerdo en enseñarte y entrenarte?... Vaya.
—En verdad logré convencerlo. Si le brindas un excelente sexo a un hombre, puedes lograr eso y más.
—Lo tendré en cuenta. —Nancy finalizaba de anudar algunos enceres improvisados con los que practicaríamos defensa personal.
—Y porque Henry en verdad me amaba. Fue capaz de perdonarme tiempo después. Un día, estando en alta mar, sus hombres le informaron que habían encontrado a un polizón.
—¿Fuiste capaz?... —Nancy estaba claramente sorprendida.
—Sí. Sabía que podía ser marinera. Al principio Henry tuvo que lidiar con la estúpida superstición de que llevar una mujer a bordo era señal de mala suerte. Además de mantener a raya el estado permanente de lujuria de sus marineros más peligrosos.
—No debió ser nada fácil.
—Al principio creí que había cometido la estupidez más grande de mi vida. Pero, pensar en superar todas esas dificultades me hacía sentirme muy motivada, atenta, viva. No le tengo miedo a los desafíos. Además, adoro navegar, ser pirata; todo eso me fascina. Y durante los meses que duró la travesía, logré demostrarlo.
Una vez hubo un motín. Algunos marineros descontentos con su capitán y su esposa polizonte buscaron alzarse. Henry les hizo frente, pero no logró vencerlos. ¡Al verlo morir frente a mí, me encolericé! Tomé el control del barco. Pasé a ser conocida como la «La Viuda Roja», por el color de mis cabellos, y por toda la sangre que corrió aquel fatídico día. Asesiné a los cabecillas con mi espada. A sus secuaces los lancé amarrados de pies y manos por la borda.
—Mis abuelos, mis padres y mi esposo fueron pescadores. El mar nos ha brindado siempre todo lo necesario para vivir. —Nancy se volteó hacia la hermosa ensenada frente a nosotras, como para corroborar sus palabras. Luego volteó su rostro sereno hacia mí, prosiguiendo.
—Provengo también de Inglaterra, al igual que tú. Huíamos de la miseria. Éramos pobres. Buscábamos nuevas y mejores oportunidades. Llegué a estas tierras para formar una familia y vivir en paz. Tuvimos cuatro hijos, todos muy sanos y hermosos. Mi esposo siempre fue bueno conmigo y siempre se mostró satisfecho y feliz con nuestra familia y más cuando fuimos prosperando en esta tierra de gracia.
—Hey. ¿Acaso no crees que puedas volver a concebir?... Sigues siendo joven y atractiva…
—¿Tú qué sabes?... —La posibilidad le hizo cambiar a Nancy muy brevemente de semblante. Por primera vez la noté ligeramente esperanzada.
—Prefiero aprender primero a ser una excelente mujer pirata como tú. Esa es mi prioridad ahora. Luego, ya veremos.

Parte V
24 de marzo de 1721. Había transcurrido un año de arduo entrenamiento con muchas noches de total diversión y procrastinación. Nancy fue asimilando día a día el combate cuerpo a cuerpo, varias tácticas de defensa personal, manejo de armas, en especial de la espada y el puñal. Aquello nos lo tomamos con total tranquilidad; deliberadamente nos aislamos de la civilización, a sabiendas que no teníamos necesidad de exponernos. Mi cabeza tenía un alto precio, los españoles me buscaban, cualquier otro cazarrecompensas podría sentirse tentado a capturarme. Por ahora, Marie Reeves, alias «La Viuda Roja» había tomado un año sabático.
—Siento que ahora tu y yo hemos intercambiado roles amiga, ¡te has transformado en una adversaria temible, mientras que yo me he vuelto una excelente cocinera!
Nancy me había derribado hábilmente. Sujetaba su afilada daga apunto de rebanarme el cuello, mientras me miraba con una satisfactoria sonrisa de triunfo mezclada con jadeos sincopados, respiraba agitada por la intensa lucha entre ambas. Con esa misma daga, Nancy se había recortado su melena ensortijada, dándose un aspecto más amenazador y juvenil. En cambio, yo me había acostumbrado a no usar siempre ropas varoniles, me había dado por usar amplias batas tejidas que Nancy me había enseñado a tejer y me resultaban muy frescas y cómodas, además de lucir muy femeninas. Mis cabellos rojizos como el fuego los llevaba largos y al sol, además de tener ahora un tono de piel muy tostado y encantador. Nancy me había enseñado a usar el aceite de coco y el jugo de las zanahorias para tal propósito.
—¿Has pensado dejar de ser pirata, Marie?... —Nancy se apartó hacia un lado para permitirme incorporarme. Lanzó con soltura su daga clavándola de manera casi automática en un barril de ron vacío que había quedado varado en la arena. Se sentó sobre la barrica esperando mi respuesta, mientras volvía a tomar su daga y la deslizaba juguetonamente entre sus dedos.
—Sí. Lo he pensado. Pero antes de hacerlo, debemos cobrar venganza contra los hombres que acabaron con tu familia, ¿cierto?...
—Muy cierto.
Nancy Cooper, ahora bautizada como «La Viuda Negra», me seguía viendo con picardía. Todo el entrenamiento en Isla Margarita la había transformado en otra mujer; más fuerte, peligrosa y segura de sí misma. Su aspecto y nuevas habilidades eran realmente intimidantes. Había conseguido posiblemente algo excepcional: La alumna inexperta lograba superar a su maestra.
—Pero; ahora que te tengo como compañera, creo que ser bucaneras es lo mejor que nos ha podido pasar. —Y sin darle tiempo a reaccionar, le metí una zancadilla que le hizo irse de bruces y me alejé corriendo entre carcajadas.

Parte VI
A la mañana siguiente, mientras desayunábamos plácidamente, llegó Francisco, un emisario con noticias de isla Tortuga. Era mitad español, mitad guaiquerí. Seguía llamando a la isla Paraguachoa, en vez de Margarita. Nancy le tenía gran aprecio. En especial por ayudarme a curar mis heridas. Los frailes jesuitas le habían enseñado medicina básica y fundamentalmente a ser un buen cristiano.
—Mi señora, le tengo malas noticias.
—Anda hombre, habla ya.
—Pude hacer un recorrido por toda la isla, espiando y comprobando si quedaba algún sobreviviente de su tripulación. Y sí; un pequeño grupo logró sobrevivir al ataque. Los tuvieron encarcelados. Pero pocas semanas después, cuando apenas se podían mantener en pie, por órdenes expresas del virreinato, fueron juzgados y sentenciados públicamente a la orca por prácticas ilícitas de piratería, robo a la propiedad real y asesinato. Dejaron sus cuerpos colgados en señal de advertencia.
—¿Quién ordenó la ejecución? ¿Sabes su nombre?...
—Fue el comandante José María Santander.
—¿Sabes algo más sobre este hombre?...
—Sí. —Francisco sacó de su mochila tejida un trozo de papel enrollado, parecido a un mapa, desplegándolo sobre la mesa.
—Santander ha subido el precio por su captura, señora.
Un dibujo de mi rostro acompañado de mi nombre y apodo, destacaba en el centro del cartel amarillento. Debajo finalizaba la cifra: «500 piezas de plata».
—Un precio justo. —comenté con ironía.
—¿Te fue posible realizar el otro encargo?...
—Sí, señora. Me fue difícil al principio, pero logré contactarlos en su nombre y dejarles su mensaje.
—¿Seguro, Francisco?... —Me paré de un salto e impulsivamente lo abracé.
—¡Gracias, gracias! —le dije. A pesar de su tez oscura, pude notar que estaba sonrojado.
—Ahora debemos aguardar. —Nancy parecía poco convencida. —Sí. ¡Pronto vendrá apoyo de la Cofradía de los Hermanos de la Costa!
—¿Los Hermanos de la Costa?...
—Sí. Los piratas comprendimos que debíamos estar unidos, para poder enfrentar a cualquier adversario. Y tengo como pagarle a cada hombre que me acompañe en esta aventura. ¡Vamos a recuperar mi tesoro! ¡Ha llegado la hora!
(Continuará)



Escribir sobre Piratas, siempre será un tema tan intenso como escabroso. Hay que hacer lugar para una historia más y si incluye protagonistas femeninas más atractivo todavía.
ResponderEliminarMuy amable estimado Luigi por darte un paseo por el blog. Partí como en otras ocasiones buscando hacer un relato corto, sin embargo, cuando entras en contacto con esos mundos de aventuras, es casi irremediable no quedar atrapado en una historia más extensa. Lo cierto es que ya tengo tres: La Aventura Arácnida, El Cuento Nórdico y esta. Creo que completando cada una, podré lograr una trilogía de aventuras interesante.
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