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Una Aventura Arácnida – Serie #1 (Del blog Tintero de Fuego)

 


A Modo de Introducción
 (Una Aventura Arácnida – Serie #1)


Escribir es una actividad apasionante, enriquecedora y sumamente placentera. Mucho más artística, cromática y llena de matices de lo que uno se podría imaginar.


Luego de 26 años dedicado a perfeccionar el bello arte de la escritura creativa, tras tres novelas auto publicadas y otros cuantos escritos sueltos que exploran distintos universos, he concebido la serie de doce episodios “Una Aventura Arácnida”

Esta historia proviene en su totalidad del blog “Tintero de Fuego”, creado junto a mis colegas escritores y compañeros del CELARG (2007-2008), y su facilitadora, la Lic. Penélope Hernández, como un espacio para continuar desarrollando nuestro potencial creativo y literario.


He atravesado un período de duelo solemne que queda representado como tributo en los soles tripartita, tres estrellas rojizas que hacen posible la vida en un distante planeta fuera de nuestra galaxia, habitado por seres extraordinarios.


Me he cuestionado profundamente los efectos inexorables de la vida y la muerte, el privilegio de nacer, lo efímero de nuestra existencia, el propósito de procrear y formar, no solo una familia, sino un grupo social en equilibrio con la naturaleza y tu comunidad. Entre otras cosas. Todo inspirado en las características reales de los fascinantes artrópodos, para desarrollar una historia de aventuras, diferente y creativa.


Sí, esta es una historia sobre arañas y crustáceos evolucionados. Seres inteligentes, racionales y muy dados a realizar de manera ceremonial, todas sus actividades. Les invito a conocerlos. No son híbridos humanos, tampoco insectos (con los que comúnmente se les confunde).

«El encuentro de dos mundos llevará al nacimiento de una nueva raza». La civilización arácnida y crustácea surgieron hace unos cinco mil millones de lunas aproximadamente. Su exoplaneta conocido como “Artrópoda”, posee vastas y peligrosas regiones conquistadas por valientes y legendarios clanes, quienes buscaron desarrollar las mejores estrategias para lograr contrarrestar a sus invasores, atrapándolos y devorándolos sin piedad durante miles de batallas por la supervivencia. Pero ellos deberán enfrentar por primera vez a un enemigo temible, poderoso y capaz de erradicar la vida de forma lapidaria: La hambruna.


Te invito a que descubras: “Una Aventura Arácnida” y te dejes llevar. Luego de 26 años, he podido encontrar el equilibrio requerido para plasmar todo lo aprendido. ¡Siéntate cómodo y disfruta el recorrido!



Alfredo E. Mambié F.
6 de abril de 2023


© Diseño Gráfico de portada y banner web: Alfredo Mambié




Prólogo

La especie humana logró por nivel evolutivo el más alto escalón para desarrollarse y poblar nuestro planeta Tierra desde hace 200.000 años, tras un proceso que llevó varios millones de años más hasta la aparición del primer homo sapiens. En «Una Aventura Arácnida» el autor plantea este mismo inicio primitivo, pero en una remota galaxia, en un exoplaneta de tres soles llamado Artrópoda, donde el grupo de seres vivos racionales que han evolucionado y poseen cualidades especiales y la inteligencia por supremacía son los artrópodos, únicamente.

«Los seres humanos son para ellos, seres de otro planeta».

En esta primera entrega, los arácnidos y los crustáceos son dos clanes distantes quienes se verán forzados a enfrentarse por la supervivencia. Los primeros habitan y dominan el gran desierto y sus entrañas, los segundos son señores del extenso mar de coral. Ambos clanes han vivido pacíficamente, pero un silencioso mal se extiende por este particular planeta, lo que los obliga a tomar medidas desesperadas: Una terrible hambruna se ha desatado y descubrir la razón de este desequilibrio será el detonante de esta confrontación.

«El encuentro de dos mundos llevará al nacimiento de una nueva raza». 

«Una Aventura Arácnida» es narrada en primera persona por Lana, una joven araña hembra, valiente y determinada, quien introduce al lector en este fascinante mundo, mostrándonos de inmediato que estamos frente a un entorno desafiante, salvaje y al mismo tiempo inesperado y cautivador, donde prevalece no solo sus fabulosos poderes e instintos arácnidos, sino también sus particulares emociones, que irán atrapando la atención del lector para revelarnos secretos y maravillas insospechadas, además de ofrecernos una poderosa lección sobre el equilibrio ecológico y las consecuencias de la contaminación.    



El sacrificio de mi madre
 (Una Aventura Arácnida Parte 1)


Muchas veces me he sentido un tanto culpable. Mi último recuerdo antes de abandonar definitivamente mi antiguo hogar, fue haber devorado a mi madre (literalmente) por agotarse el tiempo para ella lograr cazar una presa cualquiera, que permitiese alimentar a mis doscientos cuarenta hermanos y a mí y no muriésemos de hambre.


Provengo de una familia paciente y con mucha determinación (aunque no somos muy aficionados a congeniar con otros grupos o parientes cercanos). Somos seres solitarios, autosuficientes y muy seguros de nuestro potencial. Hay quienes afirman que poseemos súper poderes. Suena exagerado, pero los arácnidos somos capaces de cargar ciento setenta veces nuestro propio peso, mientras caminamos boca abajo (sin caernos por su puesto), permanecer varias horas respirando bajo el agua, saltar con extrema facilidad largas distancias o incluso volar de ser necesario.


Pero, llegó un momento en que nuestro suministro alimenticio comenzó a escasear. Vivíamos en una espaciosa cueva subterránea, ubicada en una zona desértica y solitaria. En su interior sus laberintos eran un fascinante terreno de juego para mis hermanas y hermanos. Repleta de ingeniosas trampas para lograr cazar sin problemas a nuestras presas o persuadir a cualquier intruso.


Mis hermanos recuerdo, estando pequeños, lucían un vistoso verde azulado metálico en su cuerpo, color que se producía gracias a nanocristales que variaban de tonalidad, dependiendo de la incidencia de la luz en ellos. Nosotras en cambio, desde pequeñas hasta que lográramos la adultez, luciríamos un atractivo color azul, distintivo de las hembras de nuestra especie. Su vida era más corta que las de nosotras.


Por tal razón, pese a todo aquello, avanzaba orgullosa y confiada. Mi tiempo para completar mi misión había llegado. Debía alcanzar de algún modo un nuevo refugio al igual que ella. Acondicionarlo del mejor modo, hacerlo tal cual lo había llegado a realizar mi madre: Confortable, amplio y seguro.


Ella, había alcanzado su meta; encontrar a mi padre, un fabuloso ejemplar. Una vez que lograron copular, ella sola fabricó de pura y fina seda, el gran saco en donde colocó dos mil huevos durante diez semanas. Su habilidad hilando hasta siete tipos de seda, era fascinante.


Ella devoró a mi padre luego de que él la fecundara (literalmente). Es el sacrificio que sucede en mi familia, una tradición que se remonta desde hace muchas, muchas lunas.


¡Si tengo suerte, y sé que así será! Yo también lo haré por el bien de todos mis hijos. ¡Soy cazadora, con una vista formidable y un potente veneno en mi aguijón! Aunque aspiro que mi futura familia logre obtener la comida necesaria a tiempo, y no me vea forzada a repetir el sacrificio de mi madre.






Artrópoda 
(Una Aventura Arácnida Parte 2)


La civilización arácnida había surgido y evolucionado hacía unos cinco mil millones de lunas aproximadamente. Nuestro planeta era conocido como Artrópoda. Vastas y peligrosas tierras conquistadas por valientes y legendarios ancestros, quienes buscaron desarrollar las mejores estrategias para lograr contrarrestar a sus invasores, atrapándolos y devorándolos sin piedad durante miles de batallas por la supervivencia.


Desde el principio de los tiempos, las arañas habíamos alcanzado el más alto sitial en la escala evolutiva. Sin embargo, debíamos enfrentarnos ocasionalmente con otras especies enemigas, con las cuales combatíamos por la defensa de nuestras crías y la supremacía de nuestra especie, pero particularmente, evitando a toda costa el control de nuestra capacidad orgánica exclusiva, la de producir bioquímicamente, el material más delgado, resistente y flexible de todo el planeta Artrópoda: la seda de araña.


En cuanto a recursos y técnicas de combate, nuestro sistema de defensa ya no era inocular veneno a través de nuestros quelíceros, (extensiones bucales en forma de cuernos a ambos lados de nuestra boca), sino por medio de una sofisticada lanza o arpón de defensa personal. Esta arma disparaba con suma precisión un potente y casi invisible dardo de seda, capaz de penetrar cualquier material o blindaje e inyectar a su objetivo una poderosa enzima paralizante, de efecto inmediato, sin importar el tamaño o fuerza de la víctima. A esta arma la llamábamos quela. Una vez que nuestra madre nos enseña y entrena para dominar su uso, nunca nos separamos de ella. La ventaja es que no es capaz de funcionar en lo absoluto, en caso de caer en poder de un enemigo que no sea una araña.


Nuestra capacidad única de producir seda y aplicarla adecuadamente, había permitido que nuestra sociedad pudiese expandirse y encontrase numerosas formas de lograr un ecosistema en donde nuestra comunidad se mantenía en equilibrio y armonía. Pero, toda esa paz alcanzada se derrumbaría, cuando un sorpresivo ataque nos obligaría a enfrentarnos a nuestro peor enemigo, a quien no logramos ver venir, a pesar de nuestros ocho poderosos ojos de amplio espectro: La hambruna.




La hambruna 
(Una Aventura Arácnida Parte 3)


Ese cambio tan radical nos tomó a todos por sorpresa. Algunas llegamos a pensar que se iniciaba el fin de nuestra existencia. ¿Exagerado? Tal vez. Nuestra raza arácnida siempre ha contado con la capacidad de planificar estrategias, definir objetivos y lograr resultados en cuanto a nuestra alimentación y supervivencia. Poseemos normas y procedimientos muy específicos de cómo cazar, almacenar y administrar nuestras provisiones con rigurosa precisión. Pero nuestros instintos más profundos nos daban una clara señal de alarma máxima.


—Debemos migrar ahora o todas moriremos de hambre.


Nunca hemos contado con una figura líder, pero la hermana araña que nos dio esa instrucción, era muy admirada y respetada por el clan. Yo la observé en silencio, al igual que el resto, comprendiendo que había llegado el momento de iniciar una extraordinaria misión.



—No tenemos alternativa. Estamos enfrentando por primera vez una terrible hambruna. Todas ya lo hemos aceptado. Por lo que se hace fundamental que nos agrupemos y emprendamos la búsqueda de alimento en las cuatro direcciones posibles.


—Pero, Lana, hacia el sur sabes que finaliza el desierto y están las costas del océano coral, ¿no crees que deberíamos descartar esa opción?...


—Esta vez no. Yo misma me dirigiré hacia allá. Descartar opciones de encontrar alimentos por reconocer que estaríamos en desventaja frente algún enemigo, es un riesgo que estoy dispuesta a correr.


Inmediatamente y con extraordinario orden de formación, todo el clan se fragmentó en cuatro grupos. Los tres primeros eran numerosos y compactos, pero el mío apenas lo constituíamos unas cuantas arañas verdiazules.


—Por lo visto quienes apuestan por ti son las más jóvenes e inexpertas. —Comentó con aire resignado Guzu, una de las tarántulas Goliat que lideraba el ejército más grande y prometedor.


Todas nos dimos la espalda en segundos. Mis seguidoras y yo nos orientamos hacia el sur, tal cual lo había decidido. Tenía claro internamente, que hacia cualquier dirección que nos desplazáramos, obtendríamos al menos la posibilidad de encontrar alguna presa. Todas habíamos rebasado el tiempo límite de espera. Estaba claro para todas nosotras que, a partir de ese momento, dejábamos de ser pasivas y sedentarias para transformarnos en criaturas nómadas, aunque eso nos llevase a tener que enfrentar peligros insospechados.


Alzamos la vista hacia el horizonte; el desierto era una inmensa explanada color arena pálido. Algunas montañas se lograban percibir a lo lejos. Sobre el cristalino cielo color ámbar, flotaban frente a nosotros los rojizos soles tripartita. Aquellas tres estrellas incandescentes que hacían posible nuestra existencia en Artrópoda, estaban en aquel momento del día siendo nuestra guía, indicándonos de manera celestial nuestro destino.


Pernotando en el bosque
(Una Aventura Arácnida Parte 4)


En Artrópoda, nuestros tres soles nos permitían un modo natural y preciso de medir el tiempo. A medida que fuimos avanzando, nuestro instinto arácnido se activó. Todas sabíamos que nos estábamos acercando a una zona boscosa peligrosa y desconocida. Aunque visualmente, hasta los momentos, no se lograba apreciar ningún rastro en el horizonte. El viento traía ese mensaje, flotaba un agradable y sutil aroma a sauce del desierto.


—Podremos llegar justo cuando se oculte Rojo, el primer sol. —Comenté en voz alta.


Avanzábamos a un ritmo constante. Poseer cuatro pares de piernas, nos brindaba un desplazamiento rápido y fluido a través de las extensas arenas. Antes, nuestros ancestros poseían patas, las nuestras habían evolucionado, siendo ahora mucho más robustas, grandes y poderosas. Pero el desgaste energético seguía siendo el mismo; estábamos poniendo a prueba nuestra capacidad de resistencia en aquel maratónico desplazamiento. No todas iban a lograrlo.


—¡Se aproxima una amenaza!


Mi grito fue una confirmación en voz alta de algo que ya todas sabíamos. Supongo que por segundos me atacó un tonto nerviosismo. Un arácnido nunca duda. Siempre está preparado ante cualquier situación. Siempre se anticipa. Logra ganar ventaja frente a cualquier adversario. Es un ser superior.



—¡Deténganse! ¡Todas en formación protectora! ¡Ahora!


La instrucción fue acatada al instante. De estar agrupadas en seis filas, pasamos a formar un círculo compacto, una sólida y verdeazulada cúpula viviente.


El silencio en ese momento era absoluto. Luego, un muy discreto desplazamiento de las arenas en forma de siseo, hizo que reconociéramos de antemano la presencia de una amenazadora víbora cornuda.


—¡Quelas en posición!


Aquella criatura nos confrontó con arrogancia y determinación. Suponíamos que, para ella, seríamos un estupendo festín, que la saciaría satisfactoriamente. En su enorme cabeza triangular resaltaban dos cuernos dispuestos por encima de sus penetrantes ojos, los cuales fulguraban de hambre y voracidad.


Todas las trecientas lanzas cargadas con nuestros aguijones apuntaban hacia ella. El zigzagueo natural de la serpiente al desplazarse, estaba en sincronía con nuestra artillería. Sorpresivamente, el temible reptil se alzó, buscando abalanzarse sobre nosotras, abriendo la boca desmesuradamente, mostrando sus afilados colmillos.


No hubo necesidad de dar la orden, todas al instante y con certera puntería disparamos nuestras quelas hacia el cuerpo de aquella criatura del desierto. A pesar de su piel cubierta de duras escamas, prácticamente todos los dardos venenosos lograron penetrarla, aplicándole nuestra encima venenosa. La bestia cayó fulminada, como un árbol abatido por un rayo. La formación inicial de cúpula se fragmentó en dos partes iguales, apartándonos hacia los lados, evitando que fuésemos aplastadas.


Y fue así que casi enseguida, nos dispusimos a fragmentar en muchas raciones nuestro botín. Comer podría esperar. Ya estábamos abastecidas. Nuestra alegría por el éxito obtenido nos hizo culminar el resto del trayecto en pocos saltos. ¡Sabíamos que podíamos hacerlo, nos lo habíamos ganado!


Exhaustas y muy hambrientas, hicimos nuestro campamento en una zona del bosque que encontramos apropiada. Era nuestra primera vez pernotando todas juntas. Las arañas somos expertas tejedoras, por tal razón nuestra única condición era elegir cuatro árboles equidistantes, que nos permitiese usarlos como bases para confeccionar nuestras literas con hilo de seda. En cada cama podríamos resguardarnos y descansar cómodamente. Además, estaríamos durante la noche, interconectadas en caso de cualquier nuevo peligro.


Recobramos fuerzas, pero dormir; ninguna lo hizo del todo.





La emboscada
(Una Aventura Arácnida Parte 5)


Pernotar en aquel bosque solitario nos fue un tanto inquietante. Nuestro ambiente natural como clan arácnido era el mundo subterráneo. Sin embargo, durante muchas lunas, nuestros hábitos fueron mutando. De poseer un habitual comportamiento aislado e independiente en lúgubres y silenciosas cavernas, las distintas especies artrópodas habían logrado coexistir y evolucionar uniendo esfuerzos, transformándonos en comunidades similares a las organizadas hormigas o a las laboriosas abejas. Pero aún estábamos afianzando ese nuevo proceder.


Habíamos aprendido a trabajar en equipo, aportando nuestras habilidades a favor del bien común.


Ese había sido el éxito de nuestra supremacía. Sin embargo, esas mismas cualidades especiales y destrezas únicas, lograron despertar una rivalidad muy cruel hacia nosotras las arañas. Esa misma noche nos fue manifestada con total contundencia. La hambruna en Artrópoda había desatado una cruenta guerra por la supervivencia.


Si bien nuestros reflejos son extremadamente rápidos, no contábamos con el factor sorpresa. Y el efectivo ataque fue coordinado para realizarse en un mismo momento, simultáneamente hacia todo el clan.


Debo admitirlo, aunque me cueste reconocerlo, hubo una excelente estrategia. Fue la emboscada perfecta.


Aguardaron a que nuestro tercer sol se ocultara. La oscuridad que nos envolvía era ahora total; siniestra y seductora a la vez. Duplicando nuestro número, un ejército sigiloso de víboras del desierto consiguió desplazarse desde el interior de la tierra arenosa, a través de delgadas galerías. Gracias a sus poderosos cuernos, fueron excavando túneles hasta llegar al propio suelo en donde estaba instalado nuestro campamento.


No hubo oportunidad de dar ninguna alarma. El ataque en simultáneo nos imposibilitó avisarle a nadie.


Las sagaces serpientes no buscaron atacarnos o hacernos daño. Usaron con astucia nuestras mismas camas para envolvernos y empaquetarnos a todas, haciendo girar muchas veces cada una de las literas tejidas en tela de araña a gran velocidad por sus extremos, buscando que nuestro peso y la propia gravedad, ayudaran con el proceso.


Quedamos paralizadas, estupefactas. Sentimos una rabia y una impotencia como nunca antes.


Por primera vez, habíamos quedado atrapadas en nuestra propia red.





El Éxodo 
(Una Aventura Arácnida Parte 6)


No podía moverme ni tampoco mirar al exterior. Ni siquiera me fue posible sujetar mi quela, mucho menos activar sus dardos. Nunca pensé que, teniendo cuatro pares de extremidades arácnidas externas, y otros dos pares adicionales en mi cuerpo, me sentiría como si las tuviese todas amputadas.


De encontrarnos atrapadas en cualquier otro tipo de tejido, fácilmente habríamos logrado liberarnos. Poseemos una extraordinaria fuerza, pero la seda de araña es tan poderosa y resistente como nosotras. Irónicamente, trescientas poderosas arañas nos encontrábamos cautivas en nuestra propia red.


«Nos atraparon. Pero no podrán hacer nada más con nosotras». Pensé.


Crack. Crack. Crack. Crack.


Escuché con claridad a pocos pasos, no muy lejos de donde me encontraba. Luego un golpe seco, como de un bulto pesado que cae inerte desde el aire al suelo.


Crack. Crack. Crack. Crack.


Los cuatro sonidos cortos, comenzaron a inquietarme. Ya que acto seguido, se escuchaba el golpe seco cada vez más cercano. Enseguida entendí.


Crack. Crack. Crack. Crack.


Caí como un fruto maduro de un árbol.


El enemigo liberaba cada envoltorio al lograr cortar los cuatro puntos de anclaje en donde se encontraban sujetas nuestras camas de seda en aquellos oportunos árboles. Debían poseer alguna clase de tenazas, de ahí el sonido tan característico.


«¿Cómo? ¡Nada es capaz de cortar nuestra seda!»


Ahora nos desplazábamos.


Aquellos captores nos arrastraban sin ninguna consideración junto a mis otras compañeras. Estábamos ahora más indefensas que nunca, empaquetadas en nuestra propia tela de araña, como usualmente se encuentran nuestras presas al cazarlas. Me sentí estúpida una vez más. Aun así, me propuse a estar alerta. No estaba dispuesta a rendirme tan fácilmente. Nuestros captores no actuaban esta vez de forma impulsiva y salvaje. Habían logrado analizar la situación, estudiar y plantear una estrategia, y aprovechar a su favor nuestras fortalezas.


«Un enemigo digno». Reconocí con amargura.



La claridad del amanecer logró penetrar poco a poco nuestras prisiones de seda. Habíamos realizado un éxodo involuntario durante aquella larga noche. Un aire salino muy intenso nos penetraba los pulmones. Y era posible escuchar con suma claridad un monótono sonido en vaivén que me inquietaba y seducía a la vez.


No sabíamos en dónde estábamos, a dónde nos habían llevado ni quienes eran nuestros captores, pero muy pronto, y con gran sorpresa, lo descubriríamos.



Vivir o Morir 
(Una Aventura Arácnida Parte 7)


Pasaron unos cortos e inquietantes instantes antes que uno a uno, cada capullo de seda fuese abierto. Nuevamente aquellas tenazas fueron la herramienta perfecta. Al principio pensé que habíamos sido atrapadas por el clan de los escorpiones. Pero no. Con fina precisión cada araña fue liberada de nuestra prisión, luego nos despojaron de nuestras armas. Y así logramos enfrentarnos cara a cara con nuestros captores. Era el temido clan crustáceo.


—¿Vivir o morir? Contesta ya.


—Morir.


Con las mismas tenazas que fácilmente habían desgarrado nuestra dura envoltura de seda, así mismo aquel verdugo, cuyo aspecto era bastante similar al nuestro, a excepción de tener gran parte de su cuerpo recubierto con una reluciente armadura, se encargó de ejecutar a una de mis rebeldes compañeras a sangre fría.


La misma pregunta fue otra vez formulada. La misma respuesta.


Nunca antes habíamos experimentado el miedo. Tampoco esa sensación tan desagradable, y hasta ahora inédita, de sentirnos intimidadas. Pero ver como una tras otra, aquellas que habían decidido morir antes que rendirse, estaba provocando lentamente una reacción cada vez más intensa y cruda de desesperación en mí.


—¡Alto! ¡Basta! —Grité a todo pulmón. Más de la mitad del clan se encontraba inerte sobre su propia sangre, empapando poco a poco su manto de seda.


—¡Silencio! O no tendrás tiempo de elegir cuando sea tu turno. —Dijo con dureza el verdugo que se encontraba más próximo.


Había captado el mensaje. Era inútil forzar al destino.


Casualmente, había quedado en el medio del grupo. Nos habían colocado en una larga fila, paralela a aquella masa de agua verdeazulada en constante movimiento. Mi visión periférica captaba que al parecer nos encontrábamos frente al océano coral. En unas arenas humedecidas por aquellas aguas que se balanceaban constantemente. Jamás había estado en un espacio como ese. Nosotras habíamos solo escuchado algunas referencias imprecisas sobre su existencia. Me sentía mareada y con nauseas.


La próxima araña que respondió a la infame pregunta me sorprendió.


—¿Vivir o morir?...


—Vivir.


Ahora sabía que de algo había servido mi grito, por lo menos para frenar aquella masacre.


Y así, nuestro orgullo fue doblegado a partir de ese histórico momento. Menos de la mitad de nosotras nos mantuvimos con vida. Sin saber en lo absoluto lo que vendría después. Aunque de algo estaba segura, no estaba dispuesta a dejar de luchar.




El clan crustáceo 
(Una Aventura Arácnida Parte 8)

Pasaron varias lunas. Las suficientes para comprender que nada sería igual a como fue antes de nuestra captura.


Las hembras estábamos comprometidas a aparearnos apenas llegase el momento propicio. Nuestros captores tenían total conocimiento de nuestro proceso reproductivo, (o al menos bastante claro). Y yo me encontraba entre las arañas más aptas para engendrar. Así que me fue concedido un macho ejemplar, a quien conocería oportunamente.


El clan crustáceo poseía un muy cercano parentesco con el clan arácnido. Pero también algunas marcadas diferencias. Ellos ostentaban, además de esas relucientes armaduras, unas largas antenas encima de sus ojos. Por lo que había logrado observar, tenían la capacidad de captar de mejor manera una gran variedad de sensaciones del medio ambiente.


Pero lo que más llamaba mi atención de la estructura de sus armaduras, era una parte conocida como abanico caudal o urópodo. A ese abanico lo formaban cinco piezas móviles, dos exopodios, dos endopodios a sus extremos y un segmento central llamado telson. Había aprendido sus nombres porque ese mismo abanico les propulsaba bajo el agua, permitiéndoles nadar con gran agilidad. Algo maravilloso.


El clan crustáceo eran seres marinos, fuertes, intrépidos, aguerridos; habían forjado sus habilidades siempre en coexistencia con el océano coral y su vasto territorio. Nosotras jamás habíamos formado parte de un entorno semejante. Hasta ese momento, las arañas siempre fuimos seres terrestres. Y aunque nos costara aceptarlo, algunas empezábamos a ver con otros ojos aquella nueva condición.


—¡Esta noche puede que conozcas al fin a tu semental, Lana!


Volteé apenas perceptiblemente mis filas de ojos hacia mi acompañante, una langosta comadrona. Estaba en lo cierto, había alcanzado llenar mi bolsa de seda con más de tres mil huevos. Era el momento de conocer al futuro padre de mis hijos.


—¡Déjanos a solas! —Una voz masculina retumbó con autoridad y aplomo.


La obediente langosta se desplazó cómicamente en retroceso, abandonando rápidamente el aposento en una nerviosa carrerilla.


Al momento quedé entre asombrada y maravillada. Su par de estilizadas antenas me hipnotizaron.


Me sentí muy atraída hacia aquel ser, apenas percibí su presencia, su autocontrol; al sentirlo tan próximo a mí, fuerte, deseoso y viril.


¿Acaso generaba algún efecto afrodisíaco aquella maniobra de seducción?...


Todos mis sentidos arácnidos se agudizaron.


Si aquel encuentro sexual resultaba exitoso, tendría obligatoriamente luego que matarlo.


Pero antes, debía disfrutar ese acto con pasión e intensidad, sin pensar en un mañana.




Princesa Lana 
(Una Aventura Arácnida Parte 9)

De la noche a la mañana mi vida cambió por completo. Me encontraba en un aposento muy agradable y confortable. Era oscuro, húmedo y silencioso, repleto de largas y estrechas cavernas. De sus altas paredes colgaban muchos tapices brillantes, inmaculados, tejidos por las más destacadas arañas tejedoras. Las gotas de rocío en todos sus hilos de seda las hacían lucir aún más bonitas. ¡Me sentía como en casa!


En lo más profundo se hallaba mi descomunal cuna, un gigantesco saco de seda con un total de 3.012 huevos fecundados. ¡Yo sola había logrado recuperar con creces a la totalidad de mi clan! El de los más jóvenes e inexpertos. El que había confiado en mí y aceptado dirigirnos al sur, hacia el océano coral. A pesar de saber que estábamos justo avanzado hacia un territorio dominado por el clan crustáceo.


—¡Todos los huevos están muy bien, princesa Lana! ¡Verifíquelo usted misma!


Muy cerca de la gran bolsa se encontraba la langosta comadrona. Me miraba con orgullo y respeto. Parecía claramente estar muy feliz por mí. Sus largas antenas ondulaban suave y rítmicamente. Me acerqué a la cuna.


—¡Sí, efectivamente todos están bien!


Mi sentido arácnido me permitía detectar la más mínima señal de alarma.


—Dime algo langosta…


—Puede llamarme Cleo, majestad.


—Sabes mi nombre. Es justo que yo te llame por el tuyo. Dime Cleo, ¿cómo se encuentran mis otras hermanas?... ¿Han logrado copular y procrear con éxito?... ¿Se encuentran resguardadas, así como lo están mis hijos y yo?...


La poca confianza de Cleo se desvaneció. Comenzó a titubear mientras hablaba. Era algo muy sutil, pero yo lo percibía con total claridad.


—No te haré daño. Puedes hablarme sin temor.


—No temo de usted, señora. Créame. Sé cosas, pero no me corresponde revelárselas a usted. No se me está permitido.


—¿Y con quien debo hablar entonces?...


—Con Alan, el rey crustáceo.


—¿Te refieres al padre de mis hijos?...


—Sí princesa.


—Pero… ¿Acaso yo no acabé con su vida luego del acto sexual?... ¡Debía hacerlo! ¡Es una tradición familiar y como tal debía cumplirse!...


—Eeeeh. No estuve presente señora. Solo puedo decirle que, al amanecer, el rey crustáceo salió muy animado y risueño. Parecía otra criatura, créame. Y por primera vez en muchas lunas, se dio un vigorizante baño marino.




El balneario real
 (Una Aventura Arácnida Parte 10)


Necesitaba hablar con el rey Alan. No lograba entender en qué condición me encontraba ahora. Si todavía era una esclava o poseía algún privilegio, dado mi encuentro sexual con él.


Sin darme cuenta ya no sentía mareos ni malestar alguno. Aquel aire salino me tonificaba día a día. Me sentía con más bríos, con gran vitalidad e incluso de un extraño e inusual buen humor. Antes de llegar a este lugar siempre había sido lúgubre, silenciosa y ensimismada, tal cual como una araña.


Dejé mis oscuros aposentos, ordenándole a Cleo que me llevara ante su rey. Justo en el umbral de la salida, dos guardias altos y fornidos nos frenaron el paso con sus fuertes tenazas.


—La princesa no tiene permitido salir de su recámara.


—Necesito hablar con el rey ahora.


—Nosotros le informaremos. Debe esperarlo aquí.


—¿Acaso sigo siendo una prisionera?... —Los guardias me miraban con respeto y solemnidad. Pese a su aspecto macizo e intimidante, podía intuir que solo estaban acatando instrucciones.


—Usted podrá hablar con el rey Alan esta noche, princesa.


—Soy paciente, extremadamente. Pero, por primera vez siento gran urgencia por entender y aclarar muchas preguntas. En este mismo instante.


—Lo siento. Fueron sus órdenes. Desobedecerle es severamente castigado. Nosotros acatamos la ley. Le sugerimos que haga usted lo mismo.


El segundo guardia, que no había hablado aún, dijo:


—Aquí, dentro de su recámara, hay una ruta secreta hacia el balneario privado, princesa. Queda muy cerca del que el rey Alan frecuenta en sus propios aposentos reales. Puedo guiarla hasta allá. Si nos apuramos, es posible que logre coincidir con él, y conseguir lo que busca sin desobedecerle.


—Vaya. ¿Tú sabías eso, Cleo?...


—No mi señora. Puede confiar en lo que dice este guardia. Es leal y creo en su palabra.


—Entonces, vamos.


Rápidamente nos desplazamos por el laberinto de túneles oscuros y estrechos de mis aposentos. El guardia lograba moverse con asombrosa agilidad por ellos. Yo le seguía el paso emocionada, detrás de mí venía a cierta distancia Cleo, mi chaperona.


—Después de un rato que me resultó interminable, llegamos al balneario. ¿Por qué estaba tan ansiosa?...


—Es aquí señora. Y fíjese, el rey sigue tomando su baño.


—Gracias. Has sido muy amable. —Lo rebasé caminando por el techo del túnel y haciéndole una leve reverencia de despedida cabeza abajo.


—Vuelva a su puesto, le dije. El guardia obedeció.


—Preséntame ante el rey Alan, Cleo.


—Sí señora.


Cleo entró al agua sumergiéndose con una soltura que me dejó claro su origen marino.


—Majestad, espero no importunarlo, la princesa Lana desea hablar con usted.


Cleo hizo un leve movimiento con una de sus tenazas señalándome; seguía reclinada y en actitud reverencial.


—Que se acerque. ¿Cómo supo de este acceso al balneario real?... ¿Tú le ayudaste?...


—No su majestad. Uno de sus guardias nos guio hasta aquí. Deseaba complacer a la princesa, sin desobedecerle señor. Ella tiene ciertas preguntas que, aunque yo conozco las respuestas, no se me es permitido respondérselas.


—Muy bien. Dile que se acerque. Y déjanos a solas, por favor.


Cleo, se desplazó en retroceso, con ese particular modo que tienen los crustáceos, rápido y nervioso.


Yo me quedé unos segundos analizando la situación, viendo la superficie del agua, que al salir Cleo, volvió a quedar estable y quieta.


«Mi instinto arácnido me permite caminar sobre el agua. Esta va a ser mi primera vez», pensé.


Y con plena confianza, apoyé mis extremidades sobre la delgada capa y avancé decidida hacia a Alan.




El Descubrimiento
 (Una Aventura Arácnida Parte 11)


—Su majestad. Requiero hablar con usted.


—Pues habla. —Quedé paralizada.


Nunca había experimentado nerviosismo alguno en mi vida, nunca, jamás. Los arácnidos somos criaturas de temple, nacidas para mantener el mayor autocontrol frente a cualquier criatura, incluso aunque fuese más grande, más fuerte, peligrosa o intimidante. Y ante cualquier situación extrema, la que fuese. Pero, inexplicablemente, mis fuertes extremidades que me habían permitido caminar con total soltura sobre la superficie del agua, (acción que me resultó sumamente divertida debo confesar), justo al estar frente al rey crustáceo, me hicieron literalmente “caerme”.


Plash.


Me hundí ridículamente frente al rey.


Descendí como una piedra en un río, y sé que no reaccioné de inmediato porque me sentí ridícula, amedrentada. ¿Qué carajos me estaba sucediendo?... Dentro del letargo de estar bajo el agua, quedé unos instantes suspendida, ingrávida, hasta que realicé un simple movimiento con mis extremidades y de inmediato fui impulsada hacia la superficie. Caí suavemente sobre el agua, pero esta vez, no me hundí.


—Vaya. Conocer esta cualidad tuya es maravilloso, créeme.


Alan me vio a los ojos con una sincera admiración y una expresión disimulada de estar disfrutando mi improvisado espectáculo.


—No fue intencional, mi señor.


—¿Ah no?...


Di un brinco estratégico hacia una roca próxima al rey.


—No.


—De igual forma me has sorprendido gratamente. Y eso no es usual. Pocas veces me sorprendo. Los crustáceos nacemos, vivimos y morimos en la grandiosidad del vasto mundo marino. Y ya eso, es más que suficiente.


—Nunca había estado en mi vida bajo el agua, nunca. Hasta este momento.


—¿Y qué te ha parecido? ¿Te agrada?... —Alan volvió a verme con una intensidad que me dejaba claro que no era una pregunta superficial.


—Desearía aprender a nadar y conocer su mundo submarino, majestad. Todo lo que sé de él ha sido por las historias que los más sabios de mi raza me habían contado. Nada más.


—Si es así. Ven conmigo Lana. Tengo algo importante que mostrarte. Sé que los arácnidos son capaces de mantener la respiración por largos períodos de tiempo. ¿Es eso cierto?... —Alan me sujetó brevemente con una de sus tenazas, con una sutileza adorable.


—Sí, es verdad. Aunque lo que logramos hacer, es crear una burbuja de aire alrededor de nuestra boca, el cual vamos consumiendo lentamente. Mientras más esfuerzo hagamos, más rápidamente se acabará ese aire.


—Genial. Te ayudaré a nadar esta vez Lana. Así, no tendrás que desgastar energías. A donde vamos es lejos de la costa. ¿Me acompañas?... Y a cambio, sabré contestar todas las preguntas que has deseado tanto hacerme.


—¡Sí! ¡Sí! ¡Claro que sí!


Con total agilidad ambos nos zambullimos. Confiaba en él, instintivamente. Su capacidad de nado me sorprendió tal como a él la mía de caminar sobre el agua. Nos deslizábamos con rapidez, fluidez y soltura. El balneario estaba conectado con el gran océano coral. Unos canales submarinos formados precisamente por corales de hermosísimos colores demarcaban la entrada y salida. Infinidad de peces, moluscos y otros crustáceos se desplazaban a nuestro alrededor, haciéndole reverencias a su rey. También había vaporosas algas y muchas medusas. Sus tentáculos me parecían familiares… Muchas patas en un solo ser.


Pero aquella belleza inaudita multicolor se fue ensombreciendo gradualmente, a medida que nos íbamos adentrando más y más en una densa y desagradable oscuridad. Sentí una sensación de repulsión, rechazo, hacia ese destino al que Alan, el rey crustáceo, me llevaba. Fue la primera vez que lo oscuro y tenebroso se volvió algo desagradable y repulsivo para mí. Increíble.


«¿A dónde me llevabas, Alan...?» Pensé con incomodidad. Pero casi como si en verdad Alan hubiese escuchado mi pregunta, se detuvo abruptamente. Sus estilizadas antenas danzaban sobre sus diminutos ojos. Y haciéndome una seña, subimos rápidamente hasta la superficie. Al instante recordé el poder de sus antenas. Ciertamente me “escuchó”.


—Hasta acá es lo más lejos que podemos avanzar bajo el mar, Lana. Allá, en el horizonte, está la respuesta a lo que produjo la hambruna en nuestro planeta y la guerra entre nuestros clanes. Es esa cosa. Calló de los cielos. Primero envuelta en llamas, luego el fuego se apagó y desde hace más de dos ciclos solares, nadie ha salido de ella.


—La veo. ¿Sabes qué es eso?...


—No exactamente. Mis legionarios y yo logramos acercarnos lunas atrás, pero no lo suficiente. Por ser el rey, no permitieron que avanzara hasta que ellos se aseguraran que fuese seguro.


—¿Y lograste acercarte?...


—No. Lamentablemente, no. Toda la legión quedó atrapada en esa espesa y repulsiva sustancia grasienta. Ninguno logró regresar. Esa materia líquida proviene de esa torre blanca e inerte que está semi sumergida. Millones de crustáceos murieron. Y millones de otros organismos marinos, al entrar en contacto con esa materia oscura. Me atrevo a decir que es, tan letal como tu veneno arácnido.


—O tal vez peor.


—Cierto. Por eso, creo que, a partir de este punto, deberás avanzar sola Lana. Necesitamos verificar qué hay dentro de esa cosa, y en caso tal encontrar algún modo de sacarlo del océano y llevarlo a tierra firme. Tienes esa capacidad de caminar sobre el agua. Este es tu momento. Confío en ti.





Seres de Otro Mundo
 (Una Aventura Arácnida Parte 12)


I


—Lana, bucear a través de esa materia oscura me mataría al instante, ya te lo he comprobado. Solo tú tienes esa habilidad de caminar sobre el océano, es la única forma de avanzar hacia esa cosa.


—Estoy segura que, si me acompaña majestad, podremos resolver este misterio juntos.


—¿Y cómo piensas que lo hagamos?...


—Solo necesito saber algo antes… Respóndame ¿Seremos pareja cuando nazcan nuestros hijos?... ¿Existe un vínculo entre nosotros?...


Alan quedó boquiabierto unos segundos. Notaba una emoción muy especial en él… Los tres soles nos iluminaban a contraluz desde el horizonte. Estábamos frente a frente flotando en el mar. Podía apreciar sus facciones con claridad, en especial sus dos antenas, que me hipnotizaban con su vaivén.


Lo que estaba a punto de decirme, definiría para siempre nuestro destino.


—Nuestro encuentro fue, en un primer momento, una acción desesperada. Mis consejeros buscaron la alianza con el clan de las serpientes del desierto para lograr someter a tu clan. Teníamos como fin utilizar a las arañas como única posibilidad de preservar a nuestra especie. Más de tres cuartas partes de la vida marina había muerto después de la caída de ese objeto desde el espacio. Esa fue la causa de la hambruna. Hubo un desequilibrio que se extendió por toda Artrópoda. Fuimos hostiles con ustedes por saber que no aceptarían un trato semejante. Ustedes nunca se han apareado con otras especies.


—Eso es cierto. Así ha sido desde siempre. Pero ustedes nos hicieron escoger entre vivir o morir.


—¡Quise ser lo más justo posible! ¡No teníamos otra opción! Sin su ayuda voluntaria, toda nuestra raza se habría extinguido; era necesaria una solución extrema. Como rey crustáceo me correspondía fecundar a la mayor cantidad de arañas hembras que pudiese. Pero, los primeros encuentros fueron totalmente un fracaso. Estuve por varios días muy estresado. Era copular o morir. La ansiedad y la frustración se apoderaron de mí.


Hasta que te conocí.


—¿Cómo?... —Me empezaba a sentir otra vez estúpida, pero muy emocionada en seguir escuchando a mi rey.


—Lana, tú te entregaste a mí. Nada ocurrió forzado. Esa noche fue muy especial. Y las cosas de esa manera me hacen reconocer que nuestro encuentro fue algo más que una cópula desesperada. Mucho más. Tal vez no te diste cuenta, pero me insististe que me quedara un largo rato a tu lado. Deseabas ver el amanecer conmigo. Decías que algo tan bonito y especial debía durar para siempre.


—Era mi primera vez.


—De la forma que pasó contigo, siento que para mí también lo fue. ¡Y ahora vamos a ser padres de tres mil hermosos seres mixtos! ¿No es maravilloso?... ¡Nuestras razas fusionadas!


—Cleo me dijo que estabas muy emocionado, feliz. Que nunca te había visto así.


—¡Sí, realmente lo estoy! ¿Tú no?...


—Debía matarte luego de la cúpula. Esa es nuestra tradición, mi deber como hembra araña.


—¿Y quién te dijo que no lo intentaste?... Los sabios me advirtieron de esa condición. De hecho, por cosas del destino, pude haber muerto hace varias lunas atrás. Pero las arañas solo matan si el macho logra fecundarlas. No si el intento es fallido.


Pero tú, esa noche desististe. Yo estaba dispuesto a morir por ti, Lana. Y todavía lo estoy.



II


—Suba a mi abdomen y sujétese. —El rey Alan obedeció mi instrucción sin dudar.


—Había escuchado lo fuerte que son las arañas. Incluso su capacidad de poder soportar hasta 170 veces su propio peso, ¡pero esto es en verdad increíble!


Mientras el rey Alan me elogiaba, yo ya estaba avanzando y acelerando mis pasos progresivamente sobre el océano coral. Sabía que mientras más rápido nos desplazáramos, sería más seguro para ambos la travesía oceánica.


No deseaba arriesgar la misión. Confiaba en mi habilidad arácnida; era esa sensación de inseguridad que me producía estar junto a él a lo que en verdad le temía.


—¡Si nos hundimos moriremos al instante!


—Eso no lo permitiré. Falta poco. Sujétese bien majestad, voy a saltar.


Literalmente volamos por un instante describiendo un largo arco en el cielo. Descendimos de forma segura sobre la estructura que había caído desde el espacio. Me percaté al instante que no era orgánica, ni de material alguno existente en nuestro planeta. Poseía un color blanco crema, y muchas irregularidades en su superficie, la cual era parcialmente cilíndrica. Alan descendió de mi espalda para luego decirme:


—Debemos encontrar alguna entrada. Hay que descubrir qué hay dentro.


Alan se irguió. Sus antenas intentaban captar alguna presencia. Mientras tanto yo activé mi instinto arácnido, que esta vez estaba funcionando en base a la intuición y posibilidad de lograr encontrar alguna entrada o acceso al interior de esa extraña isla artificial chamuscada.


—Separémonos.


—Está bien.


Alan inspeccionó los espacios más cercanos al mar. Yo en cambio, busqué recorrer de extremo a extremo los lugares más altos. Mi instinto me llevó por fin a una placa de donde todavía brotaba aquella sustancia pestilente que contaminaba las aguas del océano coral. Un poco más abajo estaba otra loza del mismo material, pero ligeramente fracturada. Con la ayuda de Alan podríamos forzarla y entrar. Lo llamé y acudió a mí con rapidez.


—Hagámoslo. —Alan era fuerte y voluminoso, pero aquella maniobra requirió ingenio para removerla lo suficiente para colarnos dentro de aquella fortaleza. Gracias a sus fuertes tenazas logramos el cometido.


Entramos con cautela.


—¿Esto es real?... Me cuesta creerlo.


—Sí. Definitivamente esta cosa llegó del espacio. De algún otro planeta desconocido.


Con asombro y sigilo nos dimos cuenta que estábamos frente a una vivienda destruida que seguía iluminada de manera artificial. Encontramos seis cápsulas como capullos agrupadas en forma de pétalos, estaban cubiertas por una coraza traslúcida, dura y hermética. Dentro reposaban inertes seis cuerpos de apenas cuatro extremidades, las inferiores un poco más largas que las superiores. No logré distinguir de momento a los machos de las hembras, sus cabezas diminutas revelaban sus extrañísimos rostros. Tenían solo dos ojos, y unas líneas de pelos sobre ellos, rústicas fosas nasales y una diminuta boca. Su piel carecía casi de vellos. Era pálida y frágil. Al igual que su tamaño, bastante pequeño en comparación con cualquier criatura viviente en Artrópoda.


—Están muertos, ¿cierto?... Parece que dormían antes de perecer. Su aspecto es relajado y sereno.


—Es posible. —respondió Alan— Ahora debemos buscar la forma de sacar esta madriguera del océano. ¿Has pensado la forma de hacerlo Lana?...


—Sí. Para lograrlo, los arácnidos y los crustáceos tendremos que trabajar en equipo. Es necesario reunir ambos clanes y organizarnos. La estrategia que tengo en mente requiere esa alianza. Debemos purificar al océano de esa sustancia letal, y enterrar luego esta cosa en tierra firme.


—De esa última parte se podrán encargar las serpientes del desierto. Hagámoslo.



III


Al volver el rey crustáceo convocó una asamblea pública extraordinaria. Sus consejeros estaban sorprendidos y maravillados al mismo tiempo.


—¿Su majestad ha logrado encontrar una solución a tan terrible mal?...


—Ha sido posible gracias a Lana… A la Princesa Lana, quiero decir. A esta nueva alianza, entre arácnidos y crustáceos. Artrópoda requiere que, por primera vez, se establezca un nuevo comienzo. Estamos a la espera del nacimiento de nuestra nueva descendencia. Faltan pocas lunas. Nos sentimos muy emocionados y felices. ¡Nuestros hijos serán la nueva generación en Artrópoda! ¡Coincidirá con la proclamación como Reina, de la Princesa Lana!


Se hizo un repentino silencio. Luego se escuchó una sonora y alegre ovación. Cleo la langosta, aplaudía con nerviosismo, sensiblemente emocionada.


—He dado instrucciones al clan escorpión para que reúna lo más pronto posible al clan arácnido. En poco tiempo llegarán para estar al mando de la Princesa Lana, al igual que todo mi ejército de guerreros crustáceos. Como ya les relaté, solo los arácnidos pueden desplazarse sobre la superficie del océano coral. Ellos nos transportarán de forma segura hasta el extraño objeto que cayó del cielo.


—¿Y cómo piensa su majestad arrastrar semejante camastrón?... —Le cuestionó el más escéptico de los consejeros al Rey Alan.


—Esa solución se las va a revelar su futura reina. —Alan se hizo a un lado en el podio, volteando hacia mí. Estaba a pocos pasos de él. La Gran Roca, era el lugar desde donde todo el clan crustáceo escuchaba las palabras de sus gobernantes.


Avancé con aplomo y al instante. Estaba mucho más segura de lograr mi cometido. Me sentía extasiada y especialmente cómoda de hablar y revelar mi estrategia. La importancia de acabar con la hambruna era el principal propósito. Restaurar el equilibrio natural. Haber logrado, como mi madre, copular y fecundar con un buen ejemplar, me tenía adicionalmente radiante y llena de júbilo. Mucho más ahora, que estaba por nacer una nueva generación.


—Gracias majestad. Somos dos clanes similares, aunque cada uno posee particulares diferencias. Nuestras habilidades han sido siempre potenciadas por la práctica, la dedicación y el empeño diario. Los crustáceos son seres marinos, nosotras somos seres terrestres. ¡Pero nada más maravilloso que ahora podamos coexistir en ambos mundos! Y luego de mi misión con el Rey Alan, estoy convencida que ambas razas pueden potenciar un mejor futuro para todos.


Mis compañeras y yo, nos encargaremos de envolver con nuestra seda de araña, toda esa isla artificial. Realizaremos los suficientes anclajes para que todo el ejército crustáceo pueda desplazar suficientes hilos de seda, hasta la costa. Una vez que los tengamos sujetos, la arrastraremos hasta tierra firme. Ya ahí, podremos encontrar un lugar en el desierto donde enterrarla con la ayuda de las serpientes cornudas.


—¡Qué viva la Reina Lana! ¡Qué viva! —La ovación hizo humedecer de felicidad mis cuatro pares de ojos.


Alan se acercó hasta mí. Gentilmente, levantó una de mis extremidades con su tenaza, exclamando a plena voz:


—¡Qué viva nuestra futura majestad!

—¡Qué viva!


Dedicado con total aprecio y agradecimiento a mis colegas del blog «Tintero de Fuego».

Alfredo Mambié
6 de abril de 2023














                

Comentarios

  1. ¡Me siento muy complacido con el resultado obtenido al completar esta historia! La he disfrutado mucho, no solo al escribirla, sino cada vez que leo sus 12 episodios. 20 minutos que te llevan a un universo fascinante y entretenido. ¡Habrá una continuación próximamente!...

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