Desde que tengo uso de razón mi madrina, Doña Daniela, aprendió la confección de edredones, tapices, almohadones, alfombras y prendas de vestir, elaboradas en telares manuales con algodón puro, lanas, y sedas en su modesto taller en las cercanías a una pequeña localidad rural. Con el tiempo, el resultado de esa faena eran piezas artesanales con texturas suaves al tacto y a la mirada, que expresaban además el espíritu libre e inquieto, atractivo y generoso de su personalidad. Su conocimiento por esta técnica le permitía llevar a cabo suficientes encargos para llevar una vida sencilla y sosegada. Su trabajo poco a poco fue interesando a más y más gente. Aquellos efectos de sutil coloración aplicados a los tejidos daban mucho de qué hablar a sus compradores.
Cierto día llegaron al taller un par de empresarios interesados en conocer de cerca el proceso de fabricación utilizado por ella como veterana hiladora. Conocían por referencias la gran dedicación con la cual mi madrina llevaba a cabo sus tejidos, por tal razón, se presentaron haciéndose pasar por simples pobladores del lugar. Doña Daniela les recibió con entusiasmo y cortesía. Para ella cabía siempre la oportunidad de amoldar determinada personalidad en las texturas y tejidos que ella elaboraba, porque cada pieza la llevaba a cabo siempre por encargo. Los dos hombres quedaron fascinados por las distintas piezas colgadas cuales obras de arte, en las pulcras paredes de su taller. “Estos son ensayos, de mis primeros años en el oficio”, les comentó; señalándolas con un brillo especial en sus ojos. “Fueron hilvanadas con hilos de fiques y coloreados con azul de metileno”. Se hacía evidente que entre Doña Daniela y sus creaciones existía un nexo místico, algo un tanto sobrenatural pero casi tangible al momento de apreciarlas en conjunto. Los hombres recorrieron maravillados las distintas áreas del taller. Cuando llegaron al área del comedor, fueron convidados a tomarse una rica chicha andina junto a unos pastelitos caseros de trucha. Desde donde estaban se podía contemplar los enormes telares fabricados en madera. Los hombres se miraron confidencialmente y luego buscaron abordarla confesándole sus verdaderas intenciones.
Cierto día llegaron al taller un par de empresarios interesados en conocer de cerca el proceso de fabricación utilizado por ella como veterana hiladora. Conocían por referencias la gran dedicación con la cual mi madrina llevaba a cabo sus tejidos, por tal razón, se presentaron haciéndose pasar por simples pobladores del lugar. Doña Daniela les recibió con entusiasmo y cortesía. Para ella cabía siempre la oportunidad de amoldar determinada personalidad en las texturas y tejidos que ella elaboraba, porque cada pieza la llevaba a cabo siempre por encargo. Los dos hombres quedaron fascinados por las distintas piezas colgadas cuales obras de arte, en las pulcras paredes de su taller. “Estos son ensayos, de mis primeros años en el oficio”, les comentó; señalándolas con un brillo especial en sus ojos. “Fueron hilvanadas con hilos de fiques y coloreados con azul de metileno”. Se hacía evidente que entre Doña Daniela y sus creaciones existía un nexo místico, algo un tanto sobrenatural pero casi tangible al momento de apreciarlas en conjunto. Los hombres recorrieron maravillados las distintas áreas del taller. Cuando llegaron al área del comedor, fueron convidados a tomarse una rica chicha andina junto a unos pastelitos caseros de trucha. Desde donde estaban se podía contemplar los enormes telares fabricados en madera. Los hombres se miraron confidencialmente y luego buscaron abordarla confesándole sus verdaderas intenciones.
La pequeña y tranquila zona rural donde vivía y tenía su taller Doña Daniela, había progresivamente dado paso a una comunidad cada vez más habitada y moderna. Ya muchos de los pobladores habían accedido a vender sus propiedades a cambio de darle paso a la transformación que venía gestándose. Pero Doña Daniela había recibido la oferta con la determinación de mantenerse fiel al lugar donde había nacido y aprendido su oficio. Al paso de unos cuantos años, ya algo anciana, madrina me ofreció irme definitivamente de la capital para establecerme con ella en su taller. Había decidido entrenarme con las mismas técnicas artesanales de confección. Dudé pero finalmente acepté. Ella era como una segunda mamá para mí. Muchas veces quedé sorprendía por los resultados obtenidos. Poco a poco fui logrando ser tan virtuosa como ella. Aunque en secreto añoraba llevar a cabo esa transformación a la cual mi madrina no se había atrevido, sin embargo, respeté sus deseos aguardando el momento correcto. Tal vez por mi juventud, estaba más a favor de los avances tecnológicos y la modernización. Los ofrecimientos de esos dos hombres prometían darle un empuje a nuestras vidas, aunque eso sin dudas, no lograba convencerla.
Entonces Doña Daniela me buscó un día confesándome que ella me explicaría la razón de haberse negado a vender su propiedad a aquellos empresarios. “Hay algo que desconoces, querida Mildred, y es cómo heredé yo esta habilidad, la cual aspiro transmitírtela a ti. Fue mi madre, justo antes de morir quien me mostró lo importante de considerar al trabajo como el hilo conductor en nuestras vidas. Cuando le inyectamos lo suficiente de nosotros mismos en las labores que realizamos, sin dudas podremos alcanzar resultados muy satisfactorios. Has aprendido muy bien la técnica, pero existe algo más…” La miré extrañada. Sin dudas a mi me habían enseñado desde muy pequeña a ser trabajadora y responsable, incluso lo fui mucho más luego que papá nos abandonara a mamá y a mí por un desafortunado accidente. Por eso no terminaba entendiendo a qué se refería. Antes de poder replicarle, expresó: “Justo ahora, conseguiré volverme la misma materia prima con la cual continuarás confeccionando los futuros encargos que llevarás a cabo. ¡No me mal interpretes! Afuera, en la ladera oeste, están los campos de algodón en donde mis ancestros han cultivado los mejores hilos para la elaboración de mis telas. Desde siempre, y llegado el momento, nuestros cuerpos se funden con estas tierras transmitiéndoles esa esencia vital y única. Sólo te pido me prometas que me harás descansar en ese mismo lugar”. Doña Daniela hizo silencio. Me miró con la misma expresión de alegría y brillo en sus ojos como cuando los dos empresarios la visitaron hace tiempo atrás. Rozó mis mejillas, tan suavemente como sus maravillosas telas y dirigiéndose hacia su hamaca favorita, se recostó en ella por última vez.

Dos fuentes distintas de inspiración fueron exploradas para realizar este relato: La biografía y página web con sus trabajos artesanales, de una artista venezolana radicada en Mérida. Y la historia mitológica de Zeus y Hermes cuando bajan a la tierra y se encuentran con "Filemón y Baucis", ancianos esposos y fieles servidores de los dioses. La mezcla de estas historias y sus contextos concibió "Hilos del Tiempo". Un buen amigo me ha sugerido realizar esta historia con la técnica audiovisual llamada Slow Motion. ¡Creo que quedaría espectacular!
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