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«Don Lafiroclo - El Mago Verde»

—¡Evik! ¡Evik! ¡La tero denove verdu!

Exclamaba solemne, con voz profunda y grave, ante su libro de magia, Don Lafiroclo, un huraño y excéntrico hechicero, conocedor de antiguos hechizos curativos, potentes y efectivos. Su magia era muy poderosa y especial.

Pocos sabían de su existencia debido a que, décadas atrás, un joven Lafiroclo, deseoso aprendiz de los secretos de la magia, había decidido resguardarse en lo profundo de un valle solitario, entre bosques y montañas, donde la madre naturaleza le había brindado refugio y sosiego para poder ensayar y lograr perfeccionar en soledad su arte.

Durante décadas, Don Lafiroclo fue transcribiendo de su puño y letra, conjuros, hechizos y pociones mágicas a las páginas de un antiguo y ornamentado libro, que él mismo había empastado y preparado como corresponde, para resguardar todo su saber mágico aprendido.

Hace muchas lunas, sus abuelos le habían enseñado de niño, la magia blanca; y sus padres de adolescente, la magia oscura. Don Lafiroclo, deseaba, ahora de adulto mayor, encontrar perfeccionar «un tipo especial de magia»; la magia verde.

El misterioso mago se sentía físicamente como un alto y fuerte roble. Su fresca imaginación siempre fluía como un caudaloso río. Su aspecto desaliñado, curtido y repleto de texturas, resaltaba por su arrugada piel. Su espesa y enmarañada barba, a juego con sus pobladas cejas y sus largos y grises cabellos, los cuales sobresalían en desorden por los bordes de la gruesa capucha puntiaguda que le cubría su cabeza, ésta era parte de aquel atuendo de monje ermitaño, que terminó siendo su uniforme habitual al volverse hechicero.

Don Lafiroclo poseía todo el aspecto de un liquen mohoso humano, envuelto en gruesas telas, muy gastadas, desteñidas y percudidas. Su extraña apariencia era capaz de atemorizar a quien no lo conociese realmente.

—¡Evik! ¡Evik! ¡La tero denove verdu!

Sus ojos relampaguearon, tras alcanzar convocar el conjuro. Su rostro ganó aún más dramatismo, opacando a las demás fuentes de luz que lo rodeaban.

¡Al fin lo había logrado!

La madre tierra, antes dañada y marchita, volvió a recuperar al instante su frescura ancestral; su verdor y esplendor perdido había sido restaurado.

En agradecimiento a Andreína Andara.



 

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