
Esmeralda era una exótica sirena cuya extraña naturaleza y temperamento en nada complacía al resto de sus congéneres. A ella eso no le hacía sentir bien porque, al fin y al cabo, apreciaba sus orígenes y dones extraordinarios. Pero, casi siempre se buscaba un tiempo a solas para explorar a otros seres similares a ella, o incluso, descubrir a otros muy distintos e interesantes.
Fue una tarde soleada, cuando Esmeralda dejó las costas y el mar abierto para adentrarse en un cálido manglar, el cual escondía una plácida laguna muy tranquila y relajante. Le gustaba frecuentar aquel lugar apartado y solitario por parecerle un recinto apropiado para apreciar a las curiosas criaturas terrestres, sin dejar de estar en su necesario hábitat marino.
Cada vez era más consciente de que estar sola, alejada de las de su especie, le arrastraba cada día más. Como si una fuerza mucho más poderosa y seductora que la de su propio canto, la hipnotizara sin poder evitar resistírsele.
«Amo el arrullo de las olas, el graznido de las gaviotas y el llamado de las ballenas y delfines, pero estando acá en esta laguna escondida, es el silencio al que más aprecio de todos».
Esmeralda se comunicaba telepáticamente. De su garganta solo emanaba música, notas encantadoras y sonidos melodiosos, más no palabras, ni oraciones. Ella, como todo ser mítico, generaba interés e incertidumbre. Una sirena estaba definida por quien la llegara a conocer. Entre los pocos humanos afortunados, había muchos que las veneraban. Algunos otros las consideraban monstruos. Pero entre los seres mitológicos y extraordinarios, hubo uno que Esmeralda nunca pensó que lograría conocer esa tarde en el solitario manglar, y quedar cautivada.
«¡Hola! Me llamo Asmodeo. Tal vez alguna vez hayas oído de mí. Soy un demonio. Y eres capaz de verme porque te has quedado dormida, Esmeralda».
La joven sirena agitó unos instantes su larga y elegante cola, en un reflejo involuntario, como buscando cerciorarse de que aquello era verdad, dándose cuenta que sí; estaba efectivamente soñando y no deseaba por los momentos despertar.
«Conoces mi nombre. ¿Cómo, si no te lo había revelado...?»
«Tengo la capacidad de leer tus pensamientos».
«¿Y sabes por qué estoy acá…?». Preguntó la criatura marina con inquietud.
«Porque en el silencio has escuchado mi llamado».
Asmodeo era en parte similar a Esmeralda, era un ser híbrido. Mitad humano, mitad animal. Siniestras alas de murciélago, cuernos y una cola escamosa, que contrastaban con una figura estilizada, seductora y un rostro atractivo y viril.
Esmeralda se dio cuenta al observarlo con detenimiento que estaba gravemente herido.
¿Cómo era eso posible?...
«No es una herida cualquiera.» Respondió Asmodeo. «Fue un castigo de mi padre. El único ser capaz de herirme».
Esmeralda entonces se reclinó en la orilla de la plácida laguna, alzándose lo suficiente como para poder tomar con delicadeza el brazo herido de aquel íncubo seductor; un demonio que le demostraba, solamente a ella, sumisión y confianza absoluta.
«Gracias. Sabía que podría contar contigo», susurró el galante demonio esbozando una cautivadora sonrisa.
«Te curaré. Lo prometo. Está en mi naturaleza desde ahora, poder hacerlo». Respondió Esmeralda, sabiendo que, a partir de ese encuentro fortuito, su vida se había transformado en el más hermoso de sus sueños.
«Puedo preguntarte, ¿por qué te ha castigado tu padre así, tan severamente?»
«Porque supo que me había enamorado irremediablemente de ti, y no fue capaz por ningún medio de hacerme cambiar de opinión».
Esmeralda se sonrojó por primera vez, sintiendo latir con fuerzas su corazón y el de su enamorado en total sincronía. Entonces, suavemente acercó sus labios a su boca y lo besó con pasión y ternura.
18 de mayo de 2025
Bello relato Alfredo, tierno e intenso a la vez, me encantan tus sirenas y tus historias, un abrazo
ResponderEliminar¡Karina! ¡Qué grato encontrarte por aquí!... El punto de partida de esta fábula fue la ilustración. Quise imaginar una historia breve inspirado en ese encuentro entre dos seres míticos. Lo demás fue rememorar ese efecto que nos produce «enamorarnos». ¡Muchas gracias por tu visita y comentarios!
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