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«El Espejo y El Laberinto»

«Solo los locos y los solitarios, pueden permitirse el lujo de ser ellos mismos. Porque los solitarios no necesitan complacer a nadie y a los locos, no les importa ser comprendidos.»

Charles Bukowski

 

Parte I

Frente al Espejo (La luz)

 

Hace muchísimo tiempo atrás, Stella L´grande, había sido una fabulosa guerrera en el mundo del espectáculo. Como pocas mujeres había alcanzado fama, poder y gloria. Pasó duros años enfrentando grandes desafíos, batallando como destacada actriz, profesora y directora de teatro.

Su mayor logro había sido el haber creado y dirigido su propia compañía teatral, en pleno auge del vanguardismo, logrando reconocimiento por la crítica especializada, alcanzando un notorio éxito multitudinario a principio de los años sesenta. 

Pero, una terrible noche, justo antes del estreno de una de sus obras, accidentalmente se desató un incendio en el área de los vestuarios del teatro, arrasando desgraciadamente con la vida de Natalia, su única hija y actriz principal. La desafortunada chica había quedado atrapada en su camerino, entre cortinas impenetrables de fuego, sofocándose angustiosamente con el denso humo, antes de ser consumida por las llamas.

Stella L´grande nunca más logró superar aquel trágico suceso. Algo muy dentro de ella seguía consumiéndola día y noche, como un fuego interno que le quemaba las entrañas, despiadadamente, como el águila engullendo el hígado del titán Prometeo; salvajemente y sin piedad. Era su propia culpa. Una culpa que la calcinaba silenciosamente el alma día tras día.

Cada noche, la atormentada madre entraba a la modesta y sombría habitación de su difunta hija. Se sentaba al borde de la amplia cama, frente a un formidable espejo de cuerpo entero; una reliquia familiar que a Natalia siempre le había fascinado desde niña. Y allí, sola y en penumbras, Stella L´grande lloraba la muerte de su primogénita. ¡Había soñado con que ella fuese su sucesora de todo su legado, llegado el momento! Y ahora, su sueño más anhelado se había esfumado para siempre.

Su reflejo en aquel imponente espejo era contundente y claro. Stella L´grande, lograba ver en su imagen el dolor palpitante que dentro de ella se avivaba como una intensa braza carmesí que iluminaba su piel, y por contraste, hacia posible apreciar sus simétricas costillas y espina dorsal.

Stella sabía que se estaba volviendo loca, que esa extraña visión era solo su propia imaginación, pero, aun así, dejaba que aquella alucinación se extendiera en su mente perturbada por el extremo sufrimiento que sentía.


Años más tarde, con los cabellos ya canosos y el rostro marchito, Stella L´grande se sentó en frente aquel antiguo espejo, como era su costumbre. Pero esta vez algo sorprendente sucedió. Su espalda y abdomen volvieron a iluminarse desde adentro, pero también sus negras pupilas de un intenso amarillo fuego.

Y observando maravillada el reflejo de toda la escena que aquel espejo le mostraba, fue capaz de presenciar la materialización de su querida hija Natalia en un instante formidable y ensoñador.

La joven con una dulzura infinita, radiante y serena, abrazó cariñosamente a su madre desde lo alto, entrelazando sus etéreos y luminosos brazos alrededor de sus hombros. Stella L´grande comenzó a llorar desconsoladamente como nunca antes.

Aquella presencia sobrenatural hecha luz divina y sanadora, la había rescatado de su cruel desconsuelo, desatando sus pesadas cadenas, deshaciendo aquel dolor, otorgándole paz y resignación hasta el último de sus días.

 

Parte II

 Dentro del Laberinto (La sombra)

 

La leyenda cuenta que el antiguo héroe griego Teseo, buscó enfrentar su miedo a lo desconocido, penetrando el intrincado laberinto de Creta para así confrontar al temible Minotauro, un ser sobrenatural feroz y brutal, mitad hombre mitad toro, que vivía en el centro de aquella trampa mortal.

La misión de Teseo era darle muerte al abominable monstruo y luego lograr salir del intrincado laberinto, gracias a la astucia de haber desenrollado un largo ovillo de hilo que le sirvió de guía para no perderse y poder encontrar el camino de vuelta, y así huir con la princesa Ariadna, quien le había sugerido el ingenioso ardid y de la cual estaba locamente enamorado y también muy agradecido.

En esta fábula, nuestro héroe anónimo es una figura esbelta, callada y retraída. Gris como una sombra; alta, delgada, sigilosa. Ha decidido, luego de años de vivir en la más miserable oscuridad y monotonía, intentar salir de un particular laberinto que lo tiene preso. Busca desesperadamente poder escapar de algún modo ya que se encuentra dentro, y no tiene memoria ni recuerdos de cómo llegó a parar ahí.

Sin saberlo, seres como él, solitarios y desesperanzados, viven esparcidos en distintos rincones del enorme laberinto. Pero, cada uno da por sentado que está solo y aislado. Los estrechos pasillos de altas paredes resguardan el secreto. Así que, a duras penas, durante el día recogen agua de lluvia, y los frutos que el propio aire les proporciona de vez en cuando de árboles cercanos. Al caer la noche, se acurrucan en el suelo al calor de una pequeña hoguera que los reconforta del frío. Se han acostumbrado y también resignado, ya que, durante muchas semanas, tal vez meses, buscaron recorrer los pasillos de aquel laberinto cruel sin éxito. Nunca encontraron la salida.


Es noche de luna llena. El sombrío laberinto absorbe un aura sobrenatural. El hombre sombra, nuestro héroe anónimo, apaga su hoguera. Se para y se estira sobre sí mismo. Durante el tiempo que ha estado cautivo en aquella prisión, ha crecido. Extiende sus delgados brazos hacia el cielo, flexiona sus largas piernas y busca rebotar varias veces para lograr sujetarse del borde de una de las paredes. Siente que puede lograrlo si se esfuerza al máximo, si deja que el impulso y las ganas trabajen a su favor.     

Finalmente lo logra.

Trepa con sigilo felino, descubriendo sorprendido que hay suficientes hogueras encendidas en la oscuridad de aquel vasto laberinto que le ayudan a guiarse. No estaba solo. Nunca lo estuvo.

Ahora logra ver todo el panorama. Se asombra al comprobar lo cerca que se encontraba de la ansiada salida. Y sin dudarlo, va directo hacia ella, no sin antes acercarse a quienes mantenían encendidas sus fogatas, expresando a todo pulmón:

—¡Hey! ¡Tú! ¿Qué estás esperando?... ¡Salgamos ya de aquí!


 


 

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