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Valkirias y Sirenas

 










 

 

VALKIRIAS Y SIRENAS

Una Aventura épica que entrelaza piratas con vikingos

Historia creada por Alfredo Mambié © 2024

 

 

 

 

 

 

 

Prólogo

Una de las razones especiales por las que «Valkirias y Sirenas» llega a sus manos es por la alegría y la emoción general que inspiró Alejandra Cabrera, una apreciada amiga y colega, de volver a reunir quince años después a un pequeño grupo de ex estudiantes de un memorable Taller de Escritura Creativa (2007/2008), para así retomar (ahora de forma remota), esa maravillosa senda por una segunda vez. Ella «encendió la chispa» de las ganas, de la aventura y la creación literaria.

Así, cada quien aceptó o no la convocatoria; a su manera, a su propio ritmo. «Tintero de Fuego» fue el nombre elegido para ese flamante blog que tendría la finalidad de ir recopilando nuestros nuevos textos al mundo. Allí surgió «Una Noche Intensa», un cuento corto sobre dos mujeres viudas que se transforman en temibles piratas, y sus vidas se entrelazan por dos deseos opuestos: la venganza y la aventura.

Pensaba que podía ser un cuento corto, pero luego entendí, al escuchar sabias opiniones, que valdría mucho la pena profundizar en esta narración y extenderla. Y así lo hice. Escribí los seis primeros capítulos.

Luego, apareció «Un Cuento Nórdico», una intrigante historia sobre vikingos y mitología nórdica, la cual me llevó a desarrollar doce capítulos por la misma razón. ¡Sumergirme en esos dos universos me habían dejado muy inspirado y con ganas de más...!

Luego de meditarlo, me di cuenta que podría intentar fusionar ambas historias, reuniendo en un mismo relato, estos dos mundos creados a la par, y que sería sumamente interesante entrelazarlos.

Por eso elegí «Valkirias y Sirenas» como título. Adoro lo mitológico, lo mágico y místico. Las valkirias eran poderosas entidades que tenían la potestad de elegir el destino de los guerreros nórdicos en batalla, ellas decidían a quienes les correspondía ir al Valhalla y a quienes no. En cuanto a las sirenas, su leyenda es antiquísima, muy difundida entre los marineros y navegantes antiguos. Seres mitológicos encantadores, seductores, ligados a distintas supersticiones e historias fascinantes.

«Valkirias y Sirenas» pretende ser, ojalá sea así, una propuesta novedosa, creativa y fresca que lleve al lector a nuevos mundos de fantasía épica, a lugares inspiradores, emocionantes, llenos de retos, peligros y situaciones extremas inesperadas.

Puedo confesarles que todos mis textos son desarrollados por las propias motivaciones, sentimientos y deseos internos de mis personajes. Ellos «dictan los designios»; sus voces son «cantos de sirena», me impulsan a avanzar irremediablemente hacia donde ellos quieran. Mi única ventaja, es que «voy siempre atado al mástil» y busco llegar ileso hasta mi destino final, a pesar de cualquier adversidad, cueste lo que cueste.

Deseo dedicar muy especialmente este ejercicio creativo a todos mis apreciados colegas y lectores de los blogs «Tintero de Fuego» y «Pichones de un Escritor», agradeciendo su vital apoyo, estímulo y motivación.

Alfredo Mambié

Agosto 2024


 

Primera Parte

 

Capítulo I

27 de febrero de 1720. Era nuestra primera noche en aquel puerto del Caribe. Mi tripulación estaba muy animada, y al rato de pernotar en la taberna de isla Tortuga, pasaron a estar eufóricos. Compartía con ellos su alegría. Festejaba nuestro retorno gracias a ellos, y el éxito de nuestra larga travesía en altamar, pero guardando siempre la compostura, porque yo Marie Reeves, alias “La Viuda Roja”, era su capitana.

Todos teníamos un pasado triste en común y un afán por vivir libres bajo nuestras propias reglas. A nuestros corazones lo abrazaba un fuego más intenso que el propio ron que consumíamos, y en especial aquella cálida noche; esos bravos marineros bajo mi mando habíamos logrado vencer a un navío español en combate cuerpo a cuerpo, logrando abordarlo, apoderándonos de grandes riquezas que pretendían ser transportadas a Europa. Ahora eran nuestras.

Bebía con moderación, sentía que el alcohol me podía jugar una mala pasada. Casi todos mis hombres ya estaban borrachos. Era inusual usar pantalones y uniforme militar siendo mujer, pero era un atuendo muy conveniente y bien merecido para la capitana de un barco pirata, quien se lo había ganado como parte del botín de guerra.

A lo lejos, en dirección a la bahía, se escucharon sendos cañonazos. Pude reaccionar a tiempo por encontrarme de pie, con mi copa en la mano, apoyada de espaldas a la barra del bar y haber levantado justo la vista en la dirección correcta, al momento de las detonaciones.

—¡Nos atacan! —Grité a todo pulmón, y dando un torpe traspié me fui de bruces, justo cuando buena parte de la pared que tenía frente a mí se desplomó aparatosamente, al igual que la ventana que me había permitido visualizar el ataque.

Estaba aturdida, me zumbaban los oídos, por el montón de escombros que cayeron sobre mi cuerpo, y por las posteriores detonaciones que en pocos minutos crearon un espantoso caos de gritos, polvo y fuego. Cuerpos enteros se desplomaban mientras que otros eran brutalmente desmembrados por las balas de cañón que con precisión mortal fueron disparadas a mansalva contra nosotros.

Muchos de mis hombres murieron, y unos pocos estaban gravemente heridos. La armadura que llevaba puesta apenas logró resguardarme. Como pude busqué apoyarme en una pequeña porción de muro que todavía quedaba en pie, sentándome en el piso de espaldas a él con las piernas abiertas. Buena parte de mis pantalones y ropa estaban desgarrados. Al palpar mi vientre sentí la sangre brotar; estaba gravemente herida y no me había dado cuenta.

Un soldado alto y mal encarado pasó justo a mi lado, pero no notó mi presencia por encontrarme oculta en la penumbra.

—¿Dónde está esa puta capitana tuya?... ¡Contesta!

El interrogado no necesitaba mentir, técnicamente yo había desaparecido entre los escombros.

 

Al no recibir respuesta alguna, el perpetrador le rebanó al infeliz el cuello con su espada.

Ahora sabía que aquel ataque tenía como objetivo mi vida. Los españoles buscaban revancha. 

 

 

 

Capítulo II

Aunque no tenía muchas fuerzas, me dispuse a defender mi reputación y a dar el todo por el todo.

Palpé una de mis botas, extrayendo una daga que siempre guardaba para ocasiones extraordinarias. Intuía que otros hombres vendrían también por mi captura. Sabían que un botín semejante nos alejaría para siempre de ser bucaneros y caza fortunas. Por seguridad, había pautado enterrarlo en un lugar apropiado de aquella isla, dejando su ubicación exacta descrita en un mapa. Eso era lo único que les interesaba.

Y ese mapa estaba en mi poder.

Empapada en sangre, la ruta hacia mi libertad se encontraba en un lugar apartado, al cual debía dirigirme de inmediato.

«Tendré que desenterrarlo y llevarme solo lo que me sea posible cargar». Otra vez mi sentido de la moderación se manifestó con sabiduría. Me puse en pie con dificultad, dirigiéndome hacia el suroeste. Debía aprovechar aquel caos a mi favor. Pero antes, era necesario encontrar el modo de frenar la sangre que seguía manando de mi abdomen. Entre las sombras del bosque, me fui deslizando hasta que logré refugiarme en la que, aparentemente, era la casa de algún pescador.

El interior estaba oscuro, aunque enseguida me di cuenta que no estaba sola. El gruñido amenazador de un animal me advirtió hostilmente su presencia. Un perro guardián inmediatamente se abalanzó contra mí. Por fortuna, el can buscó morder una de las pocas piezas de la armadura de mi antebrazo que se mantenían firmes. Con torpeza, pero con certera precisión, logré apuñalarlo con mi daga.

Ambos quedamos muy quietos en el suelo de la cabaña.

 

El brillo de unas antorchas en la lejanía, me hicieron reaccionar. Como pude, me reincorporé, dando tumbos. Me sentía cada vez más débil. Por un breve instante alcancé a ver unas prendas limpias colgadas (la ropa de los niños de esa casa), busqué torpemente colocarlas sobre la profusa herida.

De repente, una voz temblorosa de mujer me advirtió entre las sombras:

—Está perdiendo mucha sangre. Necesita ser curada de inmediato.

Apenas alcancé a ver su rostro, y supongo que ella al ver el mío, se compadecería.

Me desmayé.

 

Al volver a abrir los ojos, había amanecido. Estaba acostada en el fondo de una pequeña barcaza. Me llevé la mano al vientre, corroborando que aquella mujer, a pesar de haberme metido como una intrusa a su casa y haberle asesinado a su perro, había decidido ayudarme.

—Esos mismos hombres que te buscan mataron a mi esposo y a mis hijos hace dos días. Preguntaban por “La Viuda Roja”. Yo estaba afuera con mi perro cuando sucedió, pero logré reconocerlos. Y también a ti.

Su mirada era una mezcla de admiración, rabia y tristeza a la vez.

—Con tu ayuda, te prometo que al menos tendrás una mejor casa, y otro perro. —Le dije.

—Y una nueva vida. —Concluí. 

 

 

Capítulo III

8 de marzo de 1720. Por fortuna había logrado sobrevivir. Busqué ganar las fuerzas necesarias para idear la mejor estrategia de enfrentar a mis enemigos. A partir de aquella noche intensa en la que casi pierdo la vida. Gracias al apoyo y al cuidado de Nancy Cooper, la mujer del pescador, en tres semanas había logrado recuperarme.

—Tus mejillas han recobrado color. —Dijo, mientras acercaba hacia mí un cuenco hirviendo con caldo de pescado y verduras.

—Come.

Pocas veces en mi vida me sentí tan agradecida.   

—Comamos. —Y de forma categórica me levanté de aquel tibio lecho y busqué ubicarme en la humilde mesa que ocupaba el espacio central de aquella nueva cabaña, invitando a mi cuidadora a que se sentara a mi lado.

Recordaba vagamente que habíamos logrado desplazarnos de la isla Tortuga hacia el oeste, hasta la isla Margarita. Justo con lo necesario para trasladarnos discretamente y tener insumos para estar a nuestras anchas. Ella había contratado a dos marinos de confianza para la travesía en una pequeña barcaza.

De forma inconsciente busqué palparme el pecho. El mapa del tesoro seguía en mi poder. 

—Tenemos distintas motivaciones. No busco riquezas, solo busco venganza. —Mi comensal, además de buena cocinera, era bastante perceptiva.

—¿No crees que podemos aspirar ambas?...  —Sin esperar respuesta tomé otra cucharada del rico caldo. Luego añadí:

—Por todo lo que has hecho por mí hasta ahora, además de estar eternamente agradecida contigo, siento que de alguna manera el destino ha buscado reunirnos. Es posible que, trabajando juntas en esto, podamos vivir una aventura más interesante y conveniente para ambas. ¿No te parece?...

—¿Me está reclutando capitana?... —La mujer dejó claro con su expresión que mi propuesta le causaba cierta gracia.

—No exactamente. Deseo más bien que acordemos un pacto de sangre. Que seamos a partir de hoy, socias.

 

—¿Socias?... Vaya. Me cuesta creerlo. Lo que he escuchado sobre la «Viuda Roja» es todo lo contrario. Toma todas las decisiones, nadie las cuestiona y quien se atreve muere… —¡Esa era yo antes de conocerte! —Le interrumpí con sinceridad, apenada ante aquella deducción.

—Pudiste dejarme morir y quedarte con el mapa, con mi fortuna; al fin al cabo, la tenías a tu alcance. Y no lo hiciste. Todo lo contrario. —La cuchara danzaba en mi mano mientras me expresaba.

—No. No lo hice. Lo que yo perdí, te repito, no lo podré recuperar jamás. Ni con todo el oro ni las joyas del mundo.

La miré con total admiración. Aquella humilde mujer irradiaba una fuerza interna maravillosa. Y ese brillo era su integridad.

—¡Nancy te propongo iniciar una vida de aventuras conmigo!

—¿Quieres que sea como tú Marie, una mujer pirata?...

—Sí. Te enseñaré a serlo. —La miré directo a los ojos, poniéndome de pie. Ella hizo lo mismo.  

—¡Muy bien! Acepto. Desde hace bastante tiempo he querido descubrir si todas esas historias sobre ti son ciertas. Ahora tendré oportunidad de hacerlo.

—¡Ya verás que sí! —Saqué de mi bota la fina daga y la deslicé con suavidad sobre mi palma derecha, un hilo de sangre brotó. Luego le extendí el afilado instrumento a mi interlocutora. Ella me imitó.

—¡Juntas hasta la muerte!

—¡Juntas hasta la muerte! —Repetí. Y nos estrechamos de manos. 

 

 

Capítulo IV

A la mañana siguiente, Nancy y yo iniciamos el entrenamiento.

—En Inglaterra mi esposo había sido un destacado militar. Su coraje e inteligencia le permitieron un desempeño sobresaliente en la escuela naval. Su nombre era Henry Martin. El mayor de tres hermanos. Sus superiores vieron sobresalir sus cualidades como soldado y estratega, además destacaba su don natural de líder innato. Años más tarde le propusieron navegar hacia este nuevo continente, y volverse secretamente un cazador de bucaneros bajo las órdenes del imperio británico.

Las mujeres no habíamos logrado formar parte de este tipo de actividades, jamás. Pero mi esposo me apoyó porque nunca tuvimos hijos. Y me di cuenta que la escuela naval era lo mío. Él fue mi maestro y mentor.

—¿Estuvo de acuerdo en enseñarte y entrenarte?... Vaya.

—En verdad logré convencerlo. Si le brindas un excelente sexo a un hombre, puedes lograr eso y más.

—Lo tendré en cuenta. —Nancy finalizaba de anudar algunos enceres improvisados con los que practicaríamos defensa personal.     

—Y porque Henry en verdad me amaba. Fue capaz de perdonarme tiempo después. Un día, estando en alta mar, sus hombres le informaron que habían encontrado a un polizón.

—¿Fuiste capaz?... —Nancy estaba claramente sorprendida.

—Sí. Sabía que podía ser marinera.  Al principio Henry tuvo que lidiar con la estúpida superstición de que llevar una mujer a bordo era señal de mala suerte. Además de mantener a raya el estado permanente de lujuria de sus marineros más peligrosos.

—No debió ser nada fácil.

—Al principio creí que había cometido la estupidez más grande de mi vida. Pero, pensar en superar todas esas dificultades me hacía sentirme muy motivada, atenta, viva. No le tengo miedo a los desafíos. Además, adoro navegar, ser pirata; todo eso me fascina. Y durante los meses que duró la travesía, logré demostrarlo.

Una vez hubo un motín. Algunos marineros descontentos con su capitán y su esposa polizonte buscaron alzarse. Henry les hizo frente, pero no logró vencerlos. ¡Al verlo morir frente a mí, me encolericé! Tomé el control del barco. Pasé a ser conocida como la «La Viuda Roja», por el color de mis cabellos, y por toda la sangre que corrió aquel fatídico día. Asesiné a los cabecillas con mi espada. A sus secuaces los lancé amarrados de pies y manos por la borda.  

—Mis abuelos, mis padres y mi esposo fueron pescadores. El mar nos ha brindado siempre todo lo necesario para vivir. —Nancy se volteó hacia la hermosa ensenada frente a nosotras, como para corroborar sus palabras. Luego volteó su rostro sereno hacia mí, prosiguiendo.

—Provengo también de Inglaterra, al igual que tú. Huíamos de la miseria. Éramos pobres. Buscábamos nuevas y mejores oportunidades. Llegué a estas tierras para formar una familia y vivir en paz. Tuvimos cuatro hijos, todos muy sanos y hermosos. Mi esposo siempre fue bueno conmigo y siempre se mostró satisfecho y feliz con nuestra familia y más cuando fuimos prosperando en esta tierra de gracia.

—Hey. ¿Acaso no crees que puedas volver a concebir?... Sigues siendo joven y atractiva…

—¿Tú qué sabes?... —La posibilidad le hizo cambiar a Nancy muy brevemente de semblante. Por primera vez la noté ligeramente esperanzada.

—Prefiero aprender primero a ser una excelente mujer pirata como tú. Esa es mi prioridad ahora. Luego, ya veremos.  

 

 

Capítulo V

24 de marzo de 1721. Había transcurrido un año de arduo entrenamiento con muchas noches de total diversión y procrastinación. Nancy fue asimilando día a día el combate cuerpo a cuerpo, varias tácticas de defensa personal, manejo de armas, en especial de la espada y el puñal. Aquello nos lo tomamos con total tranquilidad; deliberadamente nos aislamos de la civilización, a sabiendas que no teníamos necesidad de exponernos. Mi cabeza tenía un alto precio, los españoles me buscaban, cualquier otro cazarrecompensas podría sentirse tentado a capturarme. Por ahora, Marie Reeves, alias «La Viuda Roja» había tomado un año sabático.    

—Siento que ahora tú y yo hemos intercambiado roles amiga, ¡te has transformado en una adversaria temible, mientras que yo me he vuelto una excelente cocinera!

Nancy me había derribado hábilmente. Sujetaba su afilada daga apunto de rebanarme el cuello, mientras me miraba con una satisfactoria sonrisa de triunfo mezclada con jadeos sincopados, respiraba agitada por la intensa lucha entre ambas. Con esa misma daga, Nancy se había recortado su melena ensortijada, dándose un aspecto más amenazador y juvenil. En cambio, yo me había acostumbrado a no usar siempre ropas varoniles, me había dado por usar amplias batas tejidas que Nancy me había enseñado a tejer y me resultaban muy frescas y cómodas, además de lucir muy femeninas. Mis cabellos rojizos como el fuego los llevaba largos y al sol, además de tener ahora un tono de piel muy tostado y encantador. Nancy me había enseñado a usar el aceite de coco y el jugo de las zanahorias para tal propósito.

—¿Has pensado dejar de ser pirata, Marie?... —Nancy se apartó hacia un lado para permitirme incorporarme. Lanzó con soltura su daga clavándola de manera casi automática en un barril de ron vacío que había quedado varado en la arena. Se sentó sobre la barrica esperando mi respuesta, mientras volvía a tomar su daga y la deslizaba juguetonamente entre sus dedos.      

—Sí. Lo he pensado. Pero antes de hacerlo, debemos cobrar venganza contra los hombres que acabaron con tu familia, ¿cierto?...

—Muy cierto.

Nancy Cooper, ahora bautizada como «La Viuda Negra», me seguía viendo con picardía. Todo el entrenamiento en la isla de Margarita la había transformado en otra mujer; más fuerte, peligrosa y segura de sí misma. Su aspecto y nuevas habilidades eran realmente intimidantes. Había conseguido posiblemente algo excepcional: La alumna inexperta lograba superar a su maestra.

—Pero; ahora que te tengo como compañera, creo que ser bucaneras es lo mejor que nos ha podido pasar. —Y sin darle tiempo a reaccionar, le metí una zancadilla que le hizo irse de bruces y me alejé corriendo entre carcajadas. 

  

 

Capítulo VI

A la mañana siguiente, mientras desayunábamos plácidamente, llegó Francisco, un emisario con noticias de la isla de la Tortuga. Era mitad español, mitad guaiquerí. Seguía llamando a la isla «Paraguachoa», en vez de Margarita. Nancy le tenía gran aprecio. En especial por ayudarme a curar mis heridas. Los frailes jesuitas le habían enseñado medicina básica y fundamentalmente a ser un buen cristiano.

—Mi señora, le tengo malas noticias.

—Anda hombre, habla ya.

—Pude hacer un recorrido por toda la isla, espiando y comprobando si quedaba algún sobreviviente de su tripulación. Y sí; un pequeño grupo logró sobrevivir al ataque. Los tuvieron encarcelados. Pero pocas semanas después, cuando apenas se podían mantener en pie, por órdenes expresas del virreinato, fueron juzgados y sentenciados públicamente a la orca por prácticas ilícitas de piratería, robo a la propiedad real y asesinato. Dejaron sus cuerpos colgados en señal de advertencia.

—¿Quién ordenó la ejecución? ¿Sabes su nombre?...

—Fue el comandante José María Santander. 

—¿Sabes algo más sobre este hombre?...

—Sí. —Francisco sacó de su mochila tejida un trozo de papel enrollado, parecido a un mapa, desplegándolo sobre la mesa.

—Santander ha subido el precio por su captura, señora.

Un dibujo de mi rostro acompañado de mi nombre y apodo, destacaba en el centro del cartel amarillento. Debajo finalizaba la cifra: «500 piezas de plata».

—Un precio justo. —comenté con ironía.

—¿Te fue posible realizar el otro encargo?...

—Sí, señora. Me fue difícil al principio, pero logré contactarlos en su nombre y dejarles su mensaje.

—¿Seguro, Francisco?... —Me paré de un salto e impulsivamente lo abracé.

—¡Gracias, gracias! —le dije. A pesar de su tez oscura, pude notar que estaba sonrojado.

—Ahora debemos aguardar. —Nancy parecía poco convencida. —Sí. ¡Pronto vendrá apoyo de la Cofradía de los Hermanos de la Costa!

—¿Los Hermanos de la Costa?...

—Sí. Los piratas comprendimos que debíamos estar unidos, para poder enfrentar a cualquier adversario. Y tengo como pagarle a cada hombre que me acompañe en esta aventura. ¡Vamos a recuperar mi tesoro! ¡Ha llegado la hora!

 

Segunda Parte

 

Capítulo I

Una tristeza profunda compungía su pecho. La inquietud y la desesperanza atenazaban su corazón. Su mayor anhelo era escuchar las revelaciones del gran hechicero, quien, desde que ella era una niña, se había ganado la fama en su pueblo de poseer el don de la sanación y dominar ciertos poderes de clarividencia, encantamientos y conexión con el más allá.

Había quedado viuda. Su amado esposo había muerto en batalla, demostrando siempre ante sus hombres a mando ser aguerrido y respetado; por su fuerza, valentía y coraje. Pero sus enemigos lo habían despojado vilmente del derecho a tener una muerte honorable. Lo habían capturado y raptado. Luego de torturarlo con saña y crueldad lo habían desollado y colgado, deshonrándolo.

Un manto de dolor y oscuridad había cubierto el alma de cada habitante del poblado, porque el guerrero maldecido por el enemigo era Aydan, rey del clan vikingo, el esposo de Eleonor, la reina del norte; y a menos que la magia y poder del hechicero interviniesen, el alma del rey Aydan jamás lograría entrar al Valhalla, vagando eternamente en Helheim, reino de los muertos, entre sombras, miseria y desolación.  

 

 

Capítulo II

La reina Eleonor se sentó frente al sabio hechicero. En la modesta choza que estaba levantada en un lugar apartado y solitario del bosque, pero cercana a la aldea, el fuego danzaba en unas discretas lámparas que iluminaban lo suficiente para no tropezarse. Distintos olores exóticos e intensos bailaban en el aire al son del tibio calor, con gracia y encanto embriagador.

A medida que avanzaba la noche el frío intenso se colaba como un filoso cuchillo invisible. Tanto el hechicero como la reina Eleonor estaban resguardados por gruesas pieles de animales. Afuera de la tienda, dos guardias que acompañaban a la reina había buscado hacer una pequeña fogata mientras aguardaban a su líder bajo una ligera nevada.

—Hay luna llena mi señora. Es momento adecuado para consultar las runas. —Eleonor miró al hechicero con intensa seriedad. Sus cristalinos ojos eran como dos lagunas en miniatura, limpios, fríos, impenetrables.

El rostro del hechicero estaba prácticamente oculto por las sombras que le creaba su gruesa capucha a contraluz. Los presagios que las runas sobre la mesa le empezaban a revelar, lo ensombrecieron aún más, aunque la reina no lo notase. Aun así, buscó que el tono de su voz pudiese de algún modo sonar consolador.

—El espíritu del rey Aydan está preso en el reino de Hela, diosa de la muerte. Odín se ha enterado de su desgracia y me ha revelado la única forma que usted desde acá podría ayudarlo.

—Pero, ¿cómo?... ¡Por los dioses habla ya!  

—Enviándome usted misma al Helheim como sacrificio. Odín está dispuesto a interceder. Ha acordado con la diosa Hela poder intercambiarme a cambio de liberar el alma del rey Aydan de su actual prisión.

—¿Aydan lograría entrar al Valhalla?... ¡Es maravilloso! —Un brillo instantáneo de felicidad iluminó los ojos y el terso rostro de la reina Eleonor de manera repentina, haciéndole recuperar su legendaria belleza y encanto.   

—Sí. Es maravilloso y liberador… —Murmuró para sí mismo el hechicero, pero la reina en su euforia no lo alcanzó a oír.

  

 

Capítulo III

Un cuervo se posó sobre el hombro izquierdo del hechicero. Tomando con firmeza su báculo, se paró delante de la reina y con grandilocuencia le expresó:

—Hay una sola condición para tal pacto con Odín. Está muy claramente expresado en las runas. —El hechicero señaló las fichas que sobre la mesa representaban cada una los misteriosos signos pintados a mano con tinta blanca sobre oscuras piedras semicirculares.

—No debe haber testigos.

—¿Eso es todo?... La vida de esos dos hombres es poco precio para restituir la gloria de nuestro gran rey. —El hechicero solo hizo un gesto de conformidad, inclinando un poco la cabeza ante la reina Eleonor.

—¡Guardias! —Gritó la soberana, luego de girar la cabeza hacia su espalda.

Durante un tenso instante solo se escuchaba el ulular del gélido viento que entró con mayor fuerza al desplazar hacia un lado la gruesa cortina de pieles que funcionaba como puerta de la cabaña, al traspasarla el primer guardia que avanzó al llamado seguido de su compañero.

Los dos hombres esperaban era escoltar a su reina, por lo que se quedaron sumisos a un lado de la entrada a que ella saliera primero. Pero ella no pretendía regresar a sus aposentos acompañada. Esa fría noche la soledad y la tristeza que la compungían, ambas desaparecerían para siempre.

La reina y el hechicero al unísono y sincronizadamente degollaron a los dos escoltas con sendas espadas. Los dos hombres no lograron reaccionar ante semejante ataque sorpresa. Ambos se desplomaron inertes en el piso de la cabaña.

Y cuando la reina Eleonor, casi con una sonrisa en los labios, se disponía a despacharse al hechicero, éste esquivó con destreza su ataque y de la misma forma mortal y despiadada como ella se había dispuesto a acabar con su vida, el hechicero acabó primero con la vida de la reina.

La mirada incrédula de la reina Eleonor expresaba una desesperada amargura. Un miedo rotundo la petrificó. El hechicero sin inmutarse le logró expresar la verdad instantes antes que se desplomase a sus pies.

—El alma de un rey por el alma de una reina. Esa es la condición de Hela aprobada por Odín para entrar al Valhalla.

Y tomando una antorcha se dispuso a incinerar a la reina en una barcaza que estaba ya colocada en el embarcadero. Luego de ese ritual, no regresaría nunca más al poblado. Su misión final había sido cumplida gracias al inexorable favor de los dioses.

 

 

Capítulo IV

Al igual que en un sueño recurrente y vívido, la reina Eleonor abrió sus ojos contemplando por primera vez el inframundo. Pasaron algunos instantes para percatarse que se encontraba acostada en una barcaza; la misma embarcación que el brujo hechicero había acondicionado para su viaje al más allá.

Desde niña había escuchado un sinfín de historias acerca del Helheim, reino de los muertos, destino de las almas perdidas según la tradición nórdica. Efectivamente se encontraba entre sombras, miseria y desolación. Aunque era una sensación que la hacía experimentar una extraña y contradictoria inquietud. ¿No se supondría que, por estar muerta, debería sentirse en paz, serena y desprendida de cualquier preocupación mundana?...

  —Bienvenida.

La voz sonó nítida en su cabeza; provenía de todas partes, sin determinar ninguna en específico. Por instinto, Eleonor se incorporó de la barcaza, la cual estaba completamente quieta, estable, como sujeta o enterrada ya que al caminar sobre ella no se balanceó ni un poco. Sin embargo, Eleonor tuvo la certeza que la misma estaba efectivamente flotando en una inmensidad etérea, un mar de bruma, o de nubes espesas muy grises, según quien lo apreciara.

Al principio pensó encontrarse en alguna lúgubre cueva de amplias paredes, pero no, se encontraba a cielo abierto; era una gran bóveda celeste (o parecida a ella), ya que en ésta no brillaba estrella alguna. Todo a su alrededor estaba como cubierto por un gran manto de densa oscuridad, envuelta en gélidos matices grisáceos, muy oscuros e inquietantes.

Y tuvo esa incómoda sensación de encontrarse internamente desnuda, descubierta, totalmente vulnerable. Alguien o algo la observaba con lujuria y voracidad sobrenatural. Por primera vez Eleonor sintió un miedo tan intenso que quedó paralizada sin poder evitarlo. Esa sensación la llevó a dejar de avanzar e hincarse. Estaba petrificada por completo.

  

Capítulo V

La reina Eleonor levantó entonces lentamente su cabeza al percibir que una presencia imponente acababa de aparecer frente a ella. Seguía arrodillada, en reverencia. Miró con asombro el rostro más hermoso y cautivador que jamás en toda su vida pudo haber contemplado. Su belleza era insultante, sobrehumana y casi indescriptible, porque no era un ser humano, ni un fantasma, era la reina Hela en persona.

—Puedes ponerte de pie. Sígueme.

La reina Hela observó altiva y muy brevemente a la reina Eleonor antes de darle la espalda. La capa que la soberana arrastraba era larga, elegante, robusta y etérea a la vez. Su intensidad provenía de una energía que jamás con ningún humano había percibido, ni siquiera con su amado esposo, el rey Aydan. Además, pocas almas habían tenido tal privilegio de contar con su presencia. Porque el acuerdo del hechicero con Odín, había sido una concesión extraordinaria. Cosas así solían pasar poquísimas veces en efecto. No había muchos hechiceros tan bien preparados como aquel, que había logrado enviar a la mismísima reina Eleonor directo al inframundo.

—He sido traicionada. ¡El maldito hechicero me traicionó!

Eleonor no pudo evitarlo. Soltó su resentimiento con rabia y frustración, incluso antes que Hela se terminara de sentar en su imponente trono. Estaba espléndidamente labrado en algún material similar al ébano. Poseía incontables calaveras incrustadas con total maestría y criterio, logrando un efecto de macabra armonía artística. Amontonados bajo sus pies, el resto de cráneos formaban un montículo imponente, perturbador y sombrío.

La soberana miró a Eleonor con tal intensidad y rudeza que ella pensó que caería fulminada por segunda vez. La diosa se iluminó súbitamente, creando un efecto dramático y atemorizante, expresando:

—¡Calla! ¡Te costará caro desafiar la voluntad de los dioses! El acuerdo fue aprobado por el propio Odín. El hechicero cumplió su parte, hizo tal cual lo que se le ordenó. No ha habido traición alguna. El acuerdo era lograr liberar al rey Aydan a cambio de tu alma. Una reina a cambio de un rey. Debías morir decepcionada y engañada para que lograras llegar hasta acá y no al Valhalla. El hechicero lo sabía, por eso te hizo creer que sería su vida la que daría él a cambio.

Entonces a Eleonor súbitamente le llegó el recuerdo algo confuso de las últimas palabras que el hechicero le hizo, justo mientras agonizaba. En ese instante dejó de sentir esa inquietud incómoda que antes le perturbaba y mansamente guardó un largo silencio.

 

 

Capítulo VI

Una hermosa mañana sorprendió al hechicero al salir de su cabaña. Su cuervo lo había despertado puntual como todos los días. Justo al llevarse la mano hasta su cuello y palpar el collar con tres pequeñas calaveras comprendió que su misión se había cumplido con éxito.

Podía sentirlo, a su alrededor flotaba una armonía contagiosa. «El rey Aydan celebra triunfal su llegada al Valhalla, gracias al sacrificio de la reina Eleonor» pensó optimista el misterioso solitario. Se despojó de sus ropas y se zambulló con energía en las aguas cristalinas de un arroyo apartado en lo profundo del bosque.

El contacto con el agua le hizo de inmediato reactivarse por completo a la realidad. Sabía que la muerte de ambos reyes dejaba al clan en una posición de conflictos e inestabilidad frente a sus enemigos. Aydan había tenido tres hijas con Eleonor, princesas legítimas llamadas Birgit, Agnete y Noah. Su anhelo no cumplido había sido tener con ella un hijo varón, pero los dioses no se lo otorgaron. Hubo varios intentos fallidos, abortos espontáneos y situaciones que pusieron a Eleonor en riesgo de muerte, por lo que Aydan decidió concebirlo con una mujer de otro clan en secreto.   

Su nombre era Erik, apodado el sanguinario. Su padre buscó enseñarle todo lo necesario para formarlo como el mejor vikingo. Revelándole incluso el mayor secreto para preservarse siempre saludable y fuerte, consumir regularmente aceite de hígado de bacalao. Cuando alcanzó la edad requerida para batirse a duelo, el rey Aydan logró descubrir con asombro que el muchacho era incluso más poderoso y hábil que él.

Erik nunca se reveló o manifestó desobediencia hacia su progenitor, sin embargo, algo pasó apenas llegaron las noticias sobre la muerte del rey Aydan y la repentina desaparición de la reina Eleonor al apartado poblado donde se encontraba su fortificación.

—Preparen a todos para el combate. Haremos un ataque sorpresa al asentamiento de mi padre esta misma noche.

El mensaje fue acatado y difundido de inmediato. Erik el sanguinario quería arrebatarles el trono a sus hermanas, y estaba dispuesto a derramar toda la sangre que hiciera falta para lograrlo.

 

 

Capítulo VII

La reina Eleonor comenzó a aburrirse a mares y su humor se hizo irritable y temperamental. Su permanencia en el reino de los muertos era lúgubre, sombría, sin propósito. Desconocía por completo cómo funcionaba el Helheim, pero intuía que su nueva realidad requería de su ingenio y determinación vikinga. Así que se dispuso a preguntarle a Hela.

«¿Quién mejor que ella…?» pensó decidida. Y fue ante su presencia.

 

—A partir de ahora has de dedicarte a guiar a tus tres hijas Birgit, Agnete y Noah. —sentenció la dueña y señora del inframundo.

—¿Guiarlas? Pero ¿cómo? ¿Desde acá?... ¿Es acaso eso posible?...

—Absolutamente. Sus vidas peligran.

Hela miró con profundidad y misericordia a la reina Eleonor. Ella a su vez estaba cada vez más conectada con su embrujo y encanto personal. Hela era tan hermosa y tan seductora que había dejado de extrañar a su marido Aydan. Desde que llegó al Helheim la reina Eleonor dejó de ser quien era, y ella lo sabía, pero le tomó tiempo aceptarlo. Desde ese momento se dedicó a explorar sus poderes extraordinarios. Ya no era mortal, y eso de cierta forma le reconfortaba. Formar parte de la corte de Hela la despertó de ese letargo, de esa apatía. Se sintió de alguna manera absurda, viva.

 

 

Capítulo VIII

Hela abandonó su trono momentáneamente, perdiéndose entre las sombras. La reina Eleonor no dejaba de ver hacia la dirección donde creía que Hela volvería a aparecer. Sin embargo, la enigmática y elegante diosa apareció a espaldas de Eleonor, sorprendiéndola.

Al bajar la mirada, Eleonor se dio cuenta que Hela venía acompañada de tres imponentes perros lobos; eran tres intimidantes Malamutes de Alaska, parecidos a los que ella acostumbraba usar para tirar su trineo en su antigua vida, gracias a su empuje podía realizar largos recorridos con rapidez. Eran animales muy fuertes y resistentes a los climas extremos. Estos se notaban aún más grandes y fuertes, por supuesto, eran animales del inframundo.

Hela solamente hizo un leve gesto con su mano y los tres perros se sentaron en el acto en frente a su trono. Ella imitó a los canes haciendo lo propio, luego expresó: 

—Ellos son tu conexión con el mundo terrenal, Eleonor. Estos animales son capaces de ser tu portavoz ante tus tres hijas. Y como siempre, las reglas de mi reino son muy claras y simples: Sus tres vidas a cambio de otras tres vidas. ¿Estás de acuerdo?...

Eleonor reflexionó y luego dijo con claridad:

—Sí. Estoy de acuerdo, mi señora.

 

 

Capítulo IX

Birgit y Agnete estaban relajadas afilando sus hachas frente a una gran fogata contenida entre bloques de roca sólida. Trabajaban en el espacio favorito de todo el poblado vikingo luego del comedor, la armería. Lugar especial en donde se confeccionaban las más letales espadas, cuchillos, hachas y puntas de lanzas y flechas para la batalla. Al fundir el hierro y luego con destreza y fuerza bruta, los herreros nórdicos iban confeccionándolas. Una labor que siempre era útil y necesaria conocer y dominar. Su difunto padre el rey Aydan, había alcanzado a enseñarles a ellas dos por ser las mayores y poseer suficiente fuerza para alzar y golpear con el martillo de forja.

Pero por su rango a las princesas Birgit y Agnete les fabricaban sus propias armas. Ellas solo las afilaban. Justo en ese momento apareció ante ellas Noah, su hermana menor.

—¡Al fin las encuentro! ¡Vengan! ¡Tengo algo importante que mostrarles!...

La enérgica jovencita venía corriendo, sudaba, estaba muy excitada por la emoción. Sus dos hermanas le acompañaron con cierta pereza, a ellas ya no les apetecía hacer cosas imprevistas e infantiles, con su pequeña hermanita. Pero la querían mucho y casi siempre la complacían. 

—¡Síganme! —Insistió Noah echándose de nuevo a correr hacia el bosque.

 

   

Capítulo X

Birgit y Agnete sabían las reglas, debían elegir ser escoltadas al momento de alejarse del campamento. Y más si esta vez estaban las tres juntas. Pero su inmadurez e imprudencia al no tener a quien rendirle cuenta de sus actos, optaron por internarse en el bosque las tres solas.

«¿Qué cosas malas nos podría ocurrir…?» «¡Estaremos bien, sabemos defendernos!» Pensaron ambas hermanas mayores para sus adentros. Y en apariencia el lugar a donde las llevaba Noah no estaba tan lejos.

—¡Es justo detrás de las cataratas! ¡Ya casi llegamos!

Noah, a pesar de su corta edad, era ágil y fuerte, incluso ya daba clara señales de que llegaría a transformarse en poco tiempo en una temible guerrera. Ella por su complexión, prefería usar el arco y la flecha en vez de la espada.

—Parece una jodida cabra. —resopló Agnete. Birgit al oírla esbozó una corta sonrisa de resignación.

—¡Aquí! ¡Vengan! Cuidado al caminar, es bastante resbaloso.

Efectivamente, las piedras alrededor de la cascada estaban muy lustrosas y lisas. Eran enormes y esféricas.

Birgit y Agnete al principio no notaron nada especial en la oscura caverna que resguardaba la alta cortina de agua viva tras de sí. Hasta que aguzando la vista y siguiendo a Noah, lograron descubrirlo.

  

 

Capítulo XI

Dándoles la espalda, maloliente y acurrucado en un rincón, había un bulto grisáceo como las rocas. Su respiración era entrecortada. Era un Malamute de Alaska hembra agonizando. Su expresión de fiereza se mantenía a pesar de estar bastante cerca de la muerte. Apenas las dos hermanas se acercaron al animal éste empezó a gruñirles de forma amenazante. Las tres guardaron distancia. Noah se apuró a contarle a sus dos hermanas su aventura:

—Esta mañana estaba en el campo de entrenamiento y este animal apareció furtivamente ante mí.

—¿Fuiste tú quien hirió a esta bestia?... No lo puedo creer.  —Comentó incrédula Birgit.

—Sí, fui yo— respondió Noah. Pero antes pasó algo extraordinario; por eso las traje hasta acá para contarles. Y para mostrarles y puedan en verdad creerme. Con ustedes dos me basta. —Noah prosiguió.

 

Esta mañana éramos cuatro chicos practicando con nuestros arcos. De la nada esta perra se abalanzó sobre los tres muchachos que me acompañaban. Y los mató a los tres. De una manera tan feroz que me paralizó por instantes. Sin embargo, apenas les arrebató la vida, pude percatarme que no tenía intenciones de hacerme daño. Su furia cesó repentinamente al quedarme a solas frente a ella. Ninguno de los tres alcanzó a acertarle porque hizo su ataque en embestida. Sus flechas le pasaron rasantes sin alcanzarla. Yo, sin embargo, logré apuñalarle en un costado. Me abalancé sobre ella en un ataque de rabia, pero ella no me contratacó. No lo hizo.     

—Y si eso pasó en el campo de entrenamiento ¿qué hace ella aquí?... —Noah miró a sus hermanas.

—Ella misma me trajo. Hizo que la siguiera hasta aquí.  Miren.

El animal estaba en ese mismo momento mucho más inflado que cuando ellas llegaran.

—¿Acaso está embarazada?... ¿Cómo es posible?... —Noah adoptó una expresión de alivio. Ahora corroboraba que no se había vuelto loca.

  

 

Capítulo XII

—Esta perra loba está embarazada, pero, ¿me juras que antes de atacarlos no lo estaba?...

—¿Cómo logra una barriga crecer tan deprisa en apenas medio día?... — Birgit y Agnete miraban con incredulidad a su hermana Noah.

El animal gruñó una vez más y luego sin más, expiró.

Agnete tomó su afilado cuchillo y con rapidez y cuidado abrió el abultado vientre, usando como referencia la herida que le había causado Noah. Como si eso hubiese lo que el destino deseaba que pasara, Agnete logró traer a la vida a tres saludables cachorros de Malamute, extraordinariamente bien formados y mucho más grandes que alguno de sus congéneres.

Ninguna de las princesas sabía lo que estaba por suceder esa misma noche. Gran parte de su pueblo moriría a manos de su medio hermano, Erik, alias «el sanguinario». Se haría rey y pondría precio por sus cabezas. Pero ellas quedarían a partir de ese momento nómadas, sin reino, bajo el resguardo de tres poderosos e imbatibles perros guardianes, que su mamá, la reina Eleonor, les había enviado directamente del inframundo gracias a los favores de Hela, diosa de la muerte. 

 

 

Tercera Parte

 

Capítulo I

La Confederación de los Hermanos de la Costa cumplió su palabra; un modesto bergantín atracó en nuestra isla aquella tarde. Tanto Nancy como yo estábamos visiblemente emocionadas. Prometimos celebrar cuando ya estuviésemos en alta mar con el tesoro apilado en la bodega, por lo que aquella noche nos acostamos temprano y sobrias. Al amanecer del día siguiente zarpamos rumbo a la isla de la Tortuga. Tanta buena fortuna me hacía sentir incómoda. La obediencia de esa peligrosa tripulación era producto del trato acordado: La mitad de mi tesoro se lo quedarían ellos. A cambio, todos nos regresaríamos en ese mismo barco a Europa.

Y así fue. Logramos penetrar discretamente hasta La Tortuga, disfrazados de mercaderes comunes. Esta vez mi apariencia física era radicalmente muy diferente a la retratada en los escuetos carteles en busca de mi captura. En el ambiente general de la isla flotaba una total tranquilidad. El tránsito comercial había aumentado, al compararlo con mi última visita.

—¿Es posible que los hombres de Santander estén en la isla?... —Le pregunté a Nancy solapadamente, mientras caminábamos por unas estrechas callejuelas; algunos cascos de caballo traqueteaban la tierra, su sonido se entremezclaba con el murmullo de los transeúntes.

—Tal vez no. Ya ha pasado algo más de un año. Se deben haber aburrido de tanto esperarte. —Su sonrisa socarrona me hizo hacerle una mueca y sacarle la lengua.

 

La estrategia para ir donde estaba enterrado el tesoro, era llegar a un punto bastante cercano y pernoctar ahí. Luego, aprovechando que era fin de semana, esperaríamos a la hora en que prácticamente toda la población de La Tortuga estaría más borracha y cansada porque «casualmente», en la cantina se daría una gran celebración en donde no faltaría abundante bebida, exquisita comida, música en vivo y prostitutas a granel para todos los asistentes.

Si bien no fue un plan perfecto, logramos subir a bordo de «Corsario Negro» todo nuestro tesoro. Hubo uno que otro renegado que estando en el momento y lugar equivocados, debimos despachar. Pero, tal como lo habíamos planeado, una vez que zarpamos de ahí y nos dirigimos de forma estable dirección noroeste, rumbo a Europa, imitamos aquella bacanal en nuestro barco pirata, incluyendo algunas prostitutas de nuestra confianza, con la única diferencia que solo dos mujeres formábamos la atracción principal de aquella gran celebración, y no por ofrecerles favores carnales, sino por haberles otorgado grandes riquezas y poder a cada miembro de la tripulación.       

 

 

Capítulo II

Nuestra travesía en alta mar fue de lo más entretenida los primeros dos meses. Tuvimos la fortuna de convivir con una tripulación veterana en las artes de la navegación, y al mismo tiempo, con hombres de mar extrovertidos y elocuentes, conocedores de un sinfín de historias y aventuras de lo más disparatadas, interesantes y divertidas. Nuestra intención era procurar navegar a la mayor velocidad posible hasta Inglaterra, acompañados de un clima amable y unos vientos favorables para «Corsario Negro».

Durante el día nos concentrábamos en las labores de navegación, duras e intensas. Cuando el sol comenzaba lentamente a esconderse en el horizonte, nos turnábamos para pasar una grata velada en el comedor del «Corsario Negro». Las tertulias, las payasadas y ocurrencias eran dignas de presenciarlas y formar parte de ellas. Entre carcajadas, música y teatralidad nos pasábamos las horas con una sonrisa en los labios y paz en nuestros corazones.

Mi percepción acerca de esos temibles hombres cambió por completo.

En más de una ocasión notaba las lágrimas brotar de los ojos de Nancy, y ella me hacía notar las mías, explotando ese peculiar dolor en la barriga que nos doblaba involuntariamente sobre la mesa de tanto reírnos. Algunas veces terminábamos ambas bailando entre tarros de cerveza y botellas de ron al sentirnos tan animadas y entusiasmadas que no nos importaba en lo absoluto subirnos a la mesa, improvisando una alocada y enérgica coreografía.

El brillo en los ojos de Nancy me hacía sentir muy viva y feliz. Y las sonrisas que ella me dedicaba cuando nuestras miradas chocaban, era tan dulce y embriagador como el ron que consumíamos y corría libre y ardiente por nuestras gargantas.

—¿Qué sensación puede superar regresar ricas como reinas a Inglaterra?... —Me preguntó impulsivamente Nancy. Medité unos segundos mientras daba tumbos danzarines sobre la enorme tabla en un intento inaudito por no caerme. La música y las ovaciones giraban a nuestro alrededor.

—¡Qué nos coronen como tal al llegar!

—Entonces, ¡qué así sea! —Gritó Nancy a todo pulmón, y enseguida un coro de voces descarnadas repitió varias veces la proclama, para finalizar en una gran fanfarria de gritos, silbidos, aplausos y algarabía.

 

Despertar con resaca era ya rutinario. Pero, los cocineros a bordo eran tan expertos en preparar para todos suculentas sopas y caldos que nos ayudaban a reponernos casi en seguida. También nos ofrecían un agradable e intenso café arábigo que nos estimulaba y disminuía el malestar. Aquel aire marino, el sol radiante y el agradable ambiente en cubierta nos reponía con mayor facilidad. Y el sonido de las olas al chocar contra el casco, era un remanso sinigual.

Semanas más tarde comencé a notar un interés romántico de Nancy por uno de los marineros; se notaba más taciturno que el resto de sus camaradas. Quizás se trataba de un simple flirteo, pero por alguna extraña razón, verlos juntos me incomodó totalmente. Ese sentimiento me desconcertó. Quizás, la estimaba tanto y deseaba lo mejor para ella, que verla interesada en otra persona me produjo ese desagrado. Tal vez sentía celos. Era un hombre joven y atractivo. Por tal razón decidí disimularlo y ocultarle mi sentir. Nuestro juramento «Juntas hasta la muerte» resonó con fuerza en mi mente hasta que logré quedarme finalmente dormida.

 

 

Capítulo III

A medida que las semanas fueron pasando, nos acercábamos más a nuestro destino. Y no se trataba propiamente de regresar y anclar en Inglaterra. Ahora lo sé. Mi ensimismamiento fue aumentando gradualmente. Estábamos alejándonos del caribe, del calor y la alegría. Comenzábamos a confrontar la crudeza de un océano áspero, cruel y frío a medida que nuestra travesía se extendía más hacia el norte.

A bordo conocíamos las adversidades del mal tiempo, las tempestades y las mareas. Pero lo que afrontamos aquella noche nos pareció a todos casi «un castigo divino». Se había desatado la furia del dios Poseidón, literalmente. La acostumbrada tertulia nocturna fue cancelada. Estábamos afrontando una terrible tormenta; intensa y despiadada. El cielo estaba tumultuoso y desprendiendo una torrencial lluvia, rabiosa y volátil. Los fuertes vientos y las grandes olas hacían crujir y bambolear todo el barco, y los relámpagos desataban sus terribles destellos muy cerca de nosotros. Cuando los truenos detonaban, nos dejaban ensordecidos. Eran más potentes que los propios cañones que resguardaba «Corsario Negro». 

—¡Mantengan firme el timón! ¡Debemos resistir! ¡Esta puta tormenta no nos puede vencer!

Morgan, nuestro regio capitán daba sus instrucciones con firmeza y determinación. Una de las velas el fuerte viento logró desgarrarla. Inmediatamente Morgan gritó a los marinos que estaban cerca de mí en el puente:

—¿Qué esperan?... ¡Vamos! ¡Reemplacen la vela! ¡Ya!

Ser de ayuda en ese momento me hizo sentir muy excitada, muy viva. Consideraba que nuestro propósito era confrontar a la naturaleza, controlada por la furia de Poseidón, hacerle frente, darle pelea. Y mientras la torrencial lluvia seguía cayendo y la inestabilidad en cubierta nos revolvía el estómago, logramos en pocos minutos que parecieron horas, sustituir el velamen roto. 

 

El amanecer tardó en aparecer. El sol estaba todavía oculto cuando horas después la tormenta finalmente culminó.

 

 

Capítulo IV

Aquella monumental tormenta había logrado desviar nuestro rumbo original unas cuantas millas náuticas hacia el este. Nos dimos cuenta al acercarnos a aquel puerto pintoresco que en realidad habíamos llegado al reino de Irlanda. Específicamente al puerto de Cork. No era lo que habíamos planeado, pero aquel monumental puerto natural nos sedujo al instante, y casi de manera unánime, decidimos explorar aquellas tierras y olvidarnos, al menos por los momentos, de Inglaterra.

—¡Conozco estas tierras Nancy! Alguna vez fueron asentamiento vikingo. ¡Ven! ¡Te daré un recorrido! ¡Te va a encantar!

Mi socia estaba embelesada con la propuesta de aquel marinero del que se sentía obviamente atraída. Su rostro radiante y rejuvenecido transmitía una emoción que me dejaba sin palabras. El hombre la tomó firme de la mano, arrastrándola con determinación hacia el tablón de desembarque. Para mi sorpresa, «la viuda negra», se giró justo unos instantes hacia mí, diciéndome:

—¡Roja! ¡Ven con nosotros! ¡Anda, anímate!

—Pero… El tesoro… Debería quedarme a resguardarlo.

—¿Prefieres eso que acompañarnos?... —Nancy Cooper me lanzó una mirada tan aguda y penetrante como su delgado puñal. Estaba claro que ella seguía manteniendo su misma postura que cuando la conocí. Lo que le importaba era la aventura, no las riquezas que yo le había brindado. Ella siempre seguía los impulsos de su propio corazón.

Así que con el ceño algo fruncido volteé hacia el capitán Morgan, quien estaba parado a mis espaldas y había escuchado mi breve diálogo. Se adelantó a responderme con un tono casi paternal:

—No hace falta que me pidas que cuide de tu parte del tesoro, Roja. Gracias a ti soy un hombre muy rico y gracias a ti superamos la maldita tormenta. Fuiste muy valiente al ayudar reparar la vela con semejante clima y sin importarte tu rango de capitana. ¡Anda! ¡Ve! Ten por seguro que acá estaremos cuando regreses. He mandado a un grupo de hombres de confianza para que negocien una villa discreta, algo cómodo en donde podamos mudarnos y dividirla en partes iguales. ¿Volverás mañana al amanecer, cierto?...

—Miré con admiración y respeto a aquel singular hombre de mar. Sus arrugas, cabellos y barba estaban en consonancia con su aspecto de curtido capitán pirata. Me colocó sus toscas y callosas manos sobre mis hombros en un gesto afectuoso de despedida. Esbozó una sonrisa amplia sin mostrarme sus amarillentos dientes, ladeando un poco la cabeza. El ala de su sombrero oscureció la mitad de su rostro. Por un instante muy corto dudé en confiar en aquel hombre con un ojo de vidrio oculto tras un parche de cuero negro que de vez en cuando removía, mostrando su desafortunado altercado, cuando tiempo atrás, un sucio pirata francés se lo rebanó de un tajo en una pelea cuando el perpetrador se enfadó al perder toda su apuesta; pero decidí hacerlo.

—Agradezco su apoyo capitán. Mañana al amanecer volveré. Tiene mi palabra.  

 

 

Capítulo V

Al pisar tierra irlandesa y comenzar a explorar con tranquilidad el condado de Cork, me fui sintiendo muy a gusto. Se percibía una grata libertad entre los lugareños. Nancy me presentó a su acompañante enamorado. Su nombre era Ryan, Ryan Heward Cortés. Su padre resultó ser un irlandés de origen escocés quien en su juventud había conocido a una moza española de quien Ryan heredó sus raíces hispanas.

El comportamiento ensimismado de aquel marinero se había transformado radicalmente. No paraba de darnos reseñas y contexto de cada lugar hacia el que miráramos.

—¡Miren! ¡Aquellos campos de allá fueron mi lugar favorito para cazar y disfrutar a mis anchas cuando era niño!...

Ryan mantuvo la mirada fija y embelesada durante unos instantes en dirección a unos preciosos campos llenos de cultivos que estaban sembrados en un valle tranquilo y evocador. Habíamos conseguido un sencillo carromato tirado por un robusto caballo Shire color castaño, grande y musculoso. Sus gruesas patas tenían esos flecos blancos característicos que recubrían sus cascos. Arrastraba con ligereza nuestro rústico vehículo con elegancia y distinción. Ryan llevaba las riendas, Nancy y yo íbamos sentadas a cada uno de sus costados.  

Fuimos de paseo. Cada vez se fue haciendo más evidente la buena química entre nosotros. Ryan resultó ser un hombre ingenioso e inteligente, cordial y sincero. Fui entendiendo el por qué mi colega y socia se sentía tan atraída hacia él. «Debe recordarle a su esposo sin dudas», pensé. Pero más adelante descubrí que estaba equivocada: Ryan era todo lo opuesto al desdichado pescador fallecido, padre de los cuatro hijos que los españoles le habían arrebatado a Nancy pocos años atrás.

Ryan era intrépido, valiente y muy seguro de sí mismo. Pero nunca alardeaba delante de nadie estas cualidades. Se notaba que le agradaba dejar a Nancy su espacio, su sitial. Eso hacía que la «viuda negra» ganara una confianza plena que ahora exteriorizaba y le hacía brillar. Había dejado de ser «la mujer del pescador».

—¡Creo que es momento estupendo para invitarles el mejor almuerzo que hayan probado jamás!

Ryan volteó hacia ambas con caballerosidad, esbozando por primera vez una franca sonrisa que casi hizo que nos ruborizáramos. Parecía increíble lo galante y seductor que podía resultar ante nosotras. Nancy se dio cuenta enseguida, alcanzando a guiñarme un ojo de manera fugaz. Ryan tenía el encanto y la elocuencia de un verdadero príncipe. Y tal afirmación se hizo más notoria cuando nos hicimos de nuevas y elegantes ropas que adquirimos en un almacén cuyo dueño conocía desde niño a la familia Heward.

—Tan importante ocasión merece el mejor de los atuendos. —Comentó Ryan al bajarnos del carromato.

Al despojarnos de nuestra deslucida indumentaria, supimos que nadie podría ya reconocernos. Habíamos dejado de parecer tres piratas forasteros.

—¡Damas, lucen preciosas!

—¡Y a usted señor ese traje le sienta de lo mejor!... ¿No lo crees así, Marie?...

—Ya que me lo consultas, estoy de acuerdo contigo. —Y le devolví el mismo guiño a Nancy lo más disimulada que fui capaz.

 

 

Capítulo VI

Comimos, bebimos y reímos de lo lindo. Ryan nos recomendó comer en una hostería que gerenciaban unos conocidos suyos. Un lugar hermosísimo, muy discreto y cercano a los terrenos en donde operaba la destilería Midleton, lugar que fabricaba un excelente whisky irlandés, el cual nos animó a los tres a consumirlo por varias horas, luego de almorzar como dioses.

—¡Este whisky me ha hecho olvidar por momentos el buen ron de las bodegas del capitán Morgan!

Debía tener una expresión muy particular, porque Nancy y Ryan no dejaban de mirarme conteniendo por instantes el impulso de reírse a carcajadas. Nuestros vasos chocaron al unísono mientras nos tambaleábamos ligeramente. Estaba levemente ebria y ellos no lograban disimular su complicidad y deseo perverso de divertirse a mis instancias. Sabía que los dos también estaban muy tomados, pero creo que les resultaba entretenido verme en ese estado porque prácticamente nunca permitía que el alcohol me controlara. Cumplir esa norma me había salvado la vida el día que los españoles atacaron a mansalva con sus cañones la taberna en Isla Tortuga.

—¡Los españoles han vuelto! —Grité a todo pulmón, señalando con convicción hacia la entrada de la destilería. Ryan y Nancy dieron un respingo, levantándose torpemente de sus asientos. Al voltearse casi chocan el uno con el otro.

—¡Debieron ver sus caras! —les solté—. riéndome burlonamente.

—Estoy seguro que habríamos podido hacerles frente. Por mis venas corre sangre vikinga. —Balbuceó Ryan con actitud de autosuficiencia, ignorando por completo de que estaba en ese momento desarmado e indefenso por la borrachera. Nancy solamente me vio con cierta decepción, pero luego recuperó su buen ánimo y colocando su mano sobre mi hombro me dijo balbuceante:

—Conseguiste engañarme esta vez Roja. Porque estoy más ebria que tú. Lo dejaré pasar. Solo te pido que no te acostumbres.

—No fue para tanto. Pero descuida, no volverá a ocurrir. Mañana no recordarás nada, te lo prometo.

Y alcé triunfante la botella de whisky sobre mi cabeza con intención de servirnos otra ronda.

 

Antes que anocheciera los tres quedamos vencidos por el alcohol y una reparadora siesta nos ayudó a recuperar fuerzas. En la hostería nos trataron con mucha amabilidad y discreción. Habíamos terminado durmiendo juntos en la misma amplia cama matrimonial que tenían reservada como una de las mejores del lugar. Al tomar conciencia y terminar de sentirme completamente despierta, atiné a preguntarle a mis dos acompañantes, quienes aún desnudos y soñolientos reaccionaron al escucharme hablar:

—¡Hey! ¿Y cómo terminamos los tres acá? ¿Pueden ustedes explicarme?...

—Pusimos en práctica una antigua tradición vikinga.  

— Así es.

Ryan y Nancy me miraban con picardía, acurrucados y apenas cubiertos por la pulcra sábana. Me habían respondido con naturalidad. Notaba que más que abochornarlos, mi actitud les volvía a divertir de lo lindo sin yo pretenderlo. Ryan se adelantó a darme los detalles.

—Luego de varias rondas más de ese excelente whisky, comencé a contarles lo mejor que pude, sobre la leyenda de las tres princesas vikingas, Birgit, Agnete y Noah, hijas de los reyes del norte, Aydan y Eleonor. Y sobre sus costumbres y cultura nórdica. Por alguna razón, me pediste saltar la historia de las hermanas, interesándote más por las tradiciones paganas. Ahí fue que te revelé el que para los vikingos el sexo grupal no representaba un tabú como en la cultura cristiana.

—Ah, ¿sí?... —Me erguí ligeramente en la cama y plegué mis rodillas hacia mi pecho, en un gesto instintivo.

— Prosigue por favor. —Le solicité a Ryan con cortesía e interés sincero. Sabía que él me miraba con deseo y admiración secreta. Había estado dentro de mí y dentro de Nancy y me costaba creer que una cosa semejante como esa había pasado.

—…Tratos así eran comunes en esos tiempos. Nancy deseaba que tú te nos unieras. ¡Y a mí esa idea me encantó! La norma para los vikingos es que la mujer que desea compartir cama con su pareja y una acompañante adicional, debe dar primero su consentimiento. —Concluyó Ryan.

Levanté uno de mis brazos con disimulo, trayéndome un pliegue de sábana para evitar que ambos me vieran sonrojada. Busqué con la mirada el rastro de prendas que habíamos dejado en la habitación. Y saltando de la cama, fui agachándome lo más rápido que pude tomando al azar lo que me permitiría vestirme de manera improvisada. Sabía que esa noche había sido particularmente intensa.

—Me voy chicos. Falta poco para que amanezca y debo regresar al «Corsario Negro». 

—¿No puedes negar que fue una velada divertida?... —Me soltó Nancy mientras sujetaba frenética ambas manos de Ryan estrujándolas contra sus senos de forma vulgar y desenfrenada.

—No. Todo lo contrario. Reconozco que al menos anoche, dejamos de ser sirenas de mar y nos volvimos unas completas valkirias, por haber disfrutado los ricos placeres de los dioses.

 

 

Cuarta Parte

 

Capítulo I

Recuerdo que luego de vestirme fui al comedor de la hostería y ordené un rico desayuno. Estaba realmente hambrienta. Pedí café y le coloqué un chorrito del mismo whisky irlandés que me había hecho perder la cabeza. Había resguardado entre mis ropas una botellita que me había obsequiado uno de los maestros destiladores.

—Es una reserva especial. Un obsequio para la famosa «Viuda Roja».

Había aceptado con agrado el regalo sin darme cuenta que lo que estaba tomando no era precisamente una reserva especial pura, sino un potente alucinógeno con sabor a exquisito whisky. Provenía de una planta conocida como "beleño negro" o "hierba loca" del cual se extraía un brebaje vikingo que alteraba por completo tu mente y tu cuerpo.

En Irlanda en esa época del año la bruma era una constante, por lo que esa mañana era gris, sombría y para nada inspiradora. Pero al poco tiempo comencé a sentirme diferente, muy excitada y frenética.

Salí de la hostería a buen trote. Alquilé el mismo robusto caballo Shire color castaño que nos había llevado de paseo por Cork el día anterior. Ya montada partí de regreso al puerto.

Con el vaivén del caballo sacudiendo mi estómago fui dándome cuenta que todo a mi alrededor se veía diferente, distorsionado, irreal. Contemplaba las colinas y los riachuelos con total asombro, sus colores y texturas me embelesaban. Estuve agradecida que el propio semental ya conociera la ruta hacia el puerto, estoy segura que no en todo momento era yo quien llevaba las riendas. El trayecto estaba particularmente solitario, en contraste a cuando lo había recorrido con Nancy y Ryan.

«Sería una locura pensar que son imaginaciones mías, pero nada de lo que contemplo se parece a los lugares que recorrí ayer.» Y justo cuando meditaba sobre lo que me estaba ocurriendo, apareció a un lado del camino un extraño hombre, alto y misterioso, envuelto en un grueso abrigo de pieles.

El sujeto llevaba puesta una capucha que no permitía reconocerle del todo su rostro, sujetaba un alto cayado finamente labrado y un cuervo de gran tamaño se encontraba posado sobre su hombro izquierdo. Su aspecto en general era austero, rural; pensé que se trataba de algún lugareño, pastor o algo así.

Hizo claras señas para llamar mi atención, pero también sentí que el gesto con su báculo se trataba de alguna especie de encantamiento, ya que mi caballo Shire se detuvo dócil y casi al instante junto aquel extraño personaje.

—¡Buen día! Es una grata mañana para dar un paseo. —Su voz era potente, segura y muy varonil. —Permítame presentarme mi señora; soy un humilde forastero que busca trabajo como marinero, ¿podría usted orientarme para poder llegar hasta el puerto?...

—¡Buenos días señor! En realidad, es muy simple, siga avanzado hacia el sur, por este sendero. El puerto de Cork se encuentra justo detrás de aquellas colinas.

Levanté la vista señalando en la dirección que consideraba correcta, pero al instante me percaté que las colinas que yo misma mencionaba ya no estaban. Desvariaba. De repente, me sentí incontrolablemente mareada y sin más me desplomé del caballo cayendo desmayada. 

 

 

Capítulo II

Al abrir mis ojos me percaté que estaba en mi camarote. ¿Qué había ocurrido?... Por un instante dudé que mi caída del caballo hubiese sido real. Aquel pastor pidiéndome la ubicación hacia el puerto era lo único que recordaba. Nada más. En eso escuché que alguien tocaba la gruesa puerta de madera. Me incorporé de la cama y grité:

—Pase.

Era el capitán Morgan.

—No estaba seguro que ya estuvieses despierta Roja. Han pasado varias horas desde que ese que se hace llamar Aiden te trajo. Uno de mis marineros me dijo que lo apodaban «Aiden el hechicero». ¿De dónde lo conocías?... Sigue afuera en cubierta esperándote. Ha dicho que aspiraba poder hablar contigo.

—¿Ese desconocido me trajo hasta acá?... Pero…

—Yo mismo los recibí. Venía contigo en ese hermoso caballo Shire. Por un momento pensé que estabas herida, que algo grave te había ocurrido. Pero ese mismo Aiden me explicó que estabas desmayada nada más. Qué habías bebido en exceso y necesitabas descansar. Al sentir tu aliento me di por satisfecho. ¡Además me pareció muy lógico! ¡Ayer te habías ido con Nancy Cooper y Ryan Heward, ambos tienen fama de ser los que han armado más desmadres en esta travesía desde que se juntaron!

—De eso me di cuenta ahora que pasamos la noche en tierra. Pero, recuerdo haberme despertado ya recuperada. Debo haber sufrido una recaída. ¡La salida fue toda una experiencia, créeme Morgan!

— ¡Te creo Roja! ¡Te creo! Ja, ja, ja. —El bonachón capitán pirata se puso colorado de tanto reír. De pronto, antes de salir de mi camarote me preguntó con una maliciosa sonrisa:

—¿Hago pasar a tu salvador?...

—Sí. Hazlo pasar y da la orden que nadie nos interrumpa.

—¡A la orden mi capitana!

   

 

Capítulo III

Aiden, apodado el hechicero, entró a mis aposentos. Quería agradecerle en verdad su caballerosidad al traerme sana y salva hasta el «Corsario Negro». Pero también quería interrogarle. ¿Cómo supo cuál era mi barco? ¿Acaso era un espía del Comandante Santander?...

—Mi señora.

Había algo que embrujaba en ese hombre. Y cuando se quitó la capucha y pude apreciar su rostro todo cobró sentido para mí.

—¡Papá! ¿Eres tú?... ¿Qué diablos haces aquí?...

—Noto que te has alegrado mucho de verme Marie. Sobre todo, luego de tanto tiempo.

—¡No estaba segura siquiera si seguías con vida!...

—¡Yo tampoco!...

Salté de la cama y me abalancé sobre él. Lo abracé con plena confianza, a pesar de que olía a los mil demonios…

—¡Es muy bueno volver a verte papá!

—¡Yo también estoy muy feliz Marie! El destino nos permitió volvernos a encontrar. ¡Estás completamente irreconocible! ¡Tu piel, tus cabellos! ¡Mírate! ¡Muy pocas veces llegué a verte con faldas tan elegantes o un vestido, así como ese! ¿Puedes decirme en dónde has estado?... ¿Tu propio marido no te reconocería?... Por cierto, Henry ¿viaja contigo? ¿Está abordo?...

—Henry murió, papá.

Lo miré a los ojos con vehemencia. Me enardecía recordar la manera tan cruel que lo había perdido, y estaba consciente que mi padre no estaba informado de nada y se merecía que le explicase.

—En verdad lo siento mucho, hija. La última vez que los vi juntos fue en tu boda; luego supe que él había recibido la orden de partir hacia el famoso nuevo mundo. Yo me fui de Inglaterra temporalmente, y ahí perdí el contacto con ustedes. Porque cuando regresé a visitarte me enteré por tu criada que te habías ido tras tu marido como polizonte. ¿Es eso cierto Marie?...

—Sí, es cierto. Así pasó papá. Henry había aceptado enseñarme, al igual que lo hiciste tú, todo lo que los hombres aprenden para servir en el ejército. En secreto, sin que los vecinos supiesen. ¡Me sentía llena de ganas de aventurarme a conocer el nuevo mundo! ¡Y sabes lo enamorada que estaba de él! ¡Estaríamos separados tanto tiempo! Así que logré colarme en el barco que le habían asignado y esconderme hasta que ya estuvieran lo suficientemente lejos de Inglaterra para no pretender devolverse.  

—¿Y cómo lo tomó?...

—Su sorpresa y asombro dio paso a una mortificación mayor: la reacción de su tripulación. Aquellos marineros no eran honorables, para nada, eran en su mayoría mercenarios, oportunistas y gente de muy mala reputación. Hombres sin escrúpulos, de mala calaña y muy supersticiosos. Cosa que yo no sabía al decidir seguir a Henry en secreto.

—Y con poco respeto hacia la señora del Capitán… —Completó mi padre con suspicacia. Luego añadió:

—Para algunos tontos marineros, llevar a bordo una mujer es de mala suerte, pero también la mayor de las tentaciones si se trata de una pelirroja joven y deseable como tú en una travesía tan larga. Hubo un motín, ¿cierto?...   

—Un motín espantoso papá. Henry buscó sofocarlo con el apoyo de unos pocos soldados leales, pero no lo logró. Murió en el intento. Lo que sí consiguió fue contenerlo el suficiente tiempo como para estar muy cerca de nuestro destino en el Caribe. Y eso que me exigió vestirme de uniforme, y que recogiese mi cabello y no me mostrase sino como un marinero más.

—¿Y qué pasó después, hija?...

—Una masacre brutal. Aquella noche supe que el dolor de perderlo de esa manera me hizo ser la persona más despiadada y cruel que jamás creí ser capaz. Los maté a todos, porque hasta los que me suplicaron clemencia, fueron lanzados atados de pies y manos por la borda. Me transformé en pirata papá. Desde ese día cruel y sangriento me apodan La Viuda Roja.

—La viuda roja… Una sirena de los mares, y una mujer muy rica ¿cierto?...

—¿Quién te ha contado?... ¿Cómo te enteraste?...

— Afuera no caben de la emoción. Tu tripulación te honra y te respeta. Me di cuenta mientras dormías y aguardaba en cubierta. Estaban realmente muy felices.     

—¿Sabes que ese dinero se lo robé a los españoles y que pusieron precio por mi cabeza?...

—No, realmente no lo sabía. Pero me enorgullece saberlo.

—¿En serio, papá?... Tú me enseñaste a ser una persona respetable y con principios, no una vulgar pirata.

—El destino te volvió una pirata y lo lograste. Nada vulgar, por cierto. ¡Además eres capitana! He venido a explicarte en qué te vas a convertir a partir de hoy. Pero antes, ¿es posible que podamos comer algo? ¡Muero de hambre!...

—¡Claro! ¡Vamos! ¡Salgamos de aquí!   

 

 

Capítulo IV

Luego de comer con papá y en un gesto inconsciente, discretamente saqué la pequeña botella de plata que resguardaba oculta aquella bebida vikinga tan particular. Yo sabía que, por haberla probado sin recato por primera vez, sus poderes me habían hecho perder el conocimiento. Pero sus efectos mágicos y poderosos me seducían en secreto. Deseaba volverlos a sentir ansiosamente. Alteraban de tal forma toda mi realidad que era imposible resistirse. Por lo que esta vez solo tomé un sorbo.

Mis sentidos se afectaron paulatinamente, todo a mi alrededor empezaba mágicamente a transformarse y contemplarlo me hizo esbozar una sonrisa tonta que solo papá, desde el otro lado de la mesa, pudo notar.

—¡Hagamos un brindis por nuestra capitana! —Saltó a decir el capitán Morgan, alzando su tarro y levantándose convencido que los demás que nos acompañaban le secundarían.

—¡Salud! —Gritaron a coro.

—¡Por la Viuda Roja!

—¡Porque regresó con un apuesto pretendiente de Irlanda!

—¡Salud!

Yo alcé también mi tarro y sonreí buscando a papá frente a mí, pero el hombre que estaba sentado frente a mí no era mi padre, sino un hombre apuesto, totalmente distinto. Vestía atuendo de pieles y lucía regios tatuajes en sus brazos y cuello. Era sumamente alto y fornido. Intimidaba apenas con su presencia, por su imponente figura. En su espalda llevaba colgada una formidable espada. Su empuñadura estaba labrada con extraños signos rúnicos. Al pasear mi mirada por la mesa en la que nos encontrábamos, me percaté que ya ninguno de nosotros éramos un grupo de piratas; la tripulación del «Corsario Negro» se había transformado en mi mente en una ancestral celebración vikinga.

Nuevamente sonreí.

Solo las antorchas y su ambarina luz seguían alumbrando la escena como una constante. Todo lo demás desapareció. Dejamos de estar en el comedor del «Corsario Negro». Lo primero que empecé a sentir fue el cambio en mi apariencia. Ya no llevaba puesto el femenino vestido que había comprado con Nancy y Ryan. Mis cabellos rojizos los tenía finamente trenzados en clinejas, mis ropas que eran ahora de pieles y cuero animal, me resguardaban de un inclemente frío que se sentía amenazante y pesado a nuestro alrededor. Noté que mis brazos y dedos estaban decorados con diseños típicamente nórdicos. Y al buscar mirar mi rostro a través del reflejo de la bebida que contenía un grueso cuerno que ahora sujetaba en mi mano derecha, supe que mi rostro y cuello estaban también decorados con sendos tatuajes de un color azul oscuro con diseños de hojas y símbolos abstractos. Mis ojos resaltaban mucho más por tenerlos ahora delineados con un fino maquillaje.

—¡Skol! —Grité.

—¡Skol! —Fue la respuesta a coro que recibí.



Capítulo V

Volví a mirar a aquel atractivo vikingo, con lujuria y voracidad.

—¿Cómo te llamas?... —Le interrogué sin más delante de todos los presentes.

—Soy Erik. Hijo bastardo del rey Aydan. ¿Y tú? ¿Cuál es tu nombre?...

—Me llamo Birgit, hija de Eleonor, reina del norte y esposa del rey Aydan. 

Mis palabras enmudecieron por completo toda la algarabía de la celebración.

—¿Qué?... ¡La puta sucesora de esos bastardos!... ¿Qué clase de burla se traen los dioses? ¿Acaso he salvado a la hija de mis peores enemigos?... 

El fortachón no solo se alzó sino además se trajo de un violento empujón la mesa que tenía enfrente, desatando un caos total.

Sin saber exactamente por qué, una vez la mesa y toda la comida y enceres cayeron, me abalancé con todas mis fuerzas hacia aquel hombrezote de un salto formidable y usando el mismo cuerno que era el recipiente para mi bebida, lo invertí en mi mano para atravesarle el cuello a Erik de manera mortal con su afilada punta.    

—¡Muere maldito infeliz! ¡Esto es por mis padres!

La sangre brotó generosa al instante de su yugular. Erik apenas rugió de rabia y dolor, era un hombre cuyo apodo precisamente era «el sanguinario». Con una de sus manos buscó quitarse el cuerno de su cuello y con la otra intentó tomar de su espalda la monumental espada que llevaba colgada, pero llegué hasta su empuñadura justo antes que él, desenvainándola. Mi fuerza y habilidades de lucha eran formidables, sobrehumanas.

Lo decapité de un solo tajo.

Escuché a mi alrededor un murmullo de asombro. Luego un silencio frío y solemne me envolvió.   

 

 

Capítulo VI

—¡Bravo hija! ¡Lo has logrado!

Al buscar ubicar el rostro de aquella voz, me sentí incómoda e inquieta. Todo a mi alrededor era oscuridad, densa y desagradable.

—¿Mamá?...

Una mujer elegante y delgada apareció frente a mí. La densa bruma era como una gruesa cortina que ella logró atravesar con suma facilidad. Su rostro era impresionante, muy hermoso, pero sombrío al mismo tiempo.

—Has logrado luego de varios siglos cumplir con los designios de los dioses.

—A penas lo puedo entender. Acabo de asesinar a un hombre que acababa de conocer y en un instante tenía todas las razones en mi mente. ¿Era mi hermanastro, cierto?...

—Sí, lo era. Erik fue el peor enemigo que tuvimos durante dos generaciones. Sus guerreros habían primero dado muerte a tu padre, el rey Aydan y luego buscaron por todos los medios acabar contigo y con tus dos hermanas. Los dioses me sacrificaron para poder ayudarlas, aunque ustedes creyeron que había sido el mismo Erik quien había ordenado mi ejecución.

—¿Y no fue así?...

—No hija. Los dioses siempre intervienen, cuando se cumple el pacto. Estar yo en el inframundo fue el trato para que tu padre, quien Erik lo había condenado a estar aquí injustamente, por darle una muerte no honorable y maldecirlo, pudiese ir al Valhalla. La hermana de Odín, Hella, es tremendamente poderosa y persuasiva.

—¿Y tú te sacrificaste por el alma de mi padre?...

—Sí. Aunque al principio me negué a aceptar semejante acuerdo.

Luego pude entender que estando acá, asesorada por la diosa de la muerte, podría usar todos esos recursos a mi favor. Solo era cuestión de tiempo.

—¿Y vengar a papá era únicamente tu plan?...

—Vengarlo y liberarlas a ustedes tres. Transformarlas.

—¿Y cómo? ¿En qué?...

—En valkirias. En diosas del destino.

 

Desperté.

Todo a mi alrededor estaba caótico y a oscuras. Aparentemente habíamos hecho un gran desmadre en el comedor del «Corsario Negro». Y todos estaban pasando la mona, dormidos unos sobre otros. Los platos y los restos de comida estaban ya merodeados por hambrientas ratas.

Me retiré a mi camarote y me quité el ornamentado vestido de lady. Me volví a calzar mis botas militares y los pantalones que generalmente usaba cuando me disponía a realizar mis fechorías. Me puse una holgada camisa con volantes en sus mangas y cuello. Luego me coloqué encima un grueso sobretodo. Tomé mi sombrero de ala ancha y antes de volver a salir, busqué la pequeña botella de plata oculta en mi vestido. La guardé en mi solapa. Cuando estaba junto a mi caballo Shire, la abrí y volví a tomar un sorbo.

Subí al semental. Lo espolié y el caballo arrancó veloz. Me fui de vuelta a la hostería. Pero, me perdí. Bajo los efectos de ese brebaje alucinógeno, no estaba en lugares comunes. Sería por eso que no me era posible dejar de experimentar con esas sensaciones. Internamente las disfrutaba muchísimo.

 Ya no era solo Marie Reeves, «La Viuda Roja», era también Birgit, hija de la reina Eleonor, princesa del norte. Al mirar los enrevesados tatuajes de mis dedos y brazos, lo pude comprobar.

Nevaba copiosamente.

Del austero paisaje blanco aparecieron Agnete y Noah. Junto a ellas estaban dos intimidantes y enormes perros lobos.

—Hola Roja. —Dijo mi hermana mayor Agnete, quien tenía un venado recién cazado sobre sus fornidos hombros.

—¿Qué has conseguido cazar tú, ah?... —Me soltó sin saludar, Noah la benjamina. Traía amarradas de las patas una cuantas perdices muertas en un fajo.

—Al mirar de nuevo mi montura, me di cuenta que llevaba armas vikingas conmigo, pero ninguna presa.   

De la nada un enorme oso saltó sobre Agnete y Noah. Sus perros lobos reaccionaron de inmediato atacándolo por los costados, pero detrás de aquella bestia salvaje apareció un grupo de berserkers.

Sangre y vísceras se esparcieron a nuestro alrededor. Fue casi surrealista. La batalla se inició a partir de aquella emboscada. Eir y Liv, los perros lobo de mis hermanas, fueron fulminados por el ataque sorpresa. Grité y desmonté de inmediato, buscando respaldarlas. Casi en simultáneo fueron masacradas por aquellos feroces vikingos que vestían las propias pieles de osos y lobos. Gritaban y salpicaban saliva gruñendo como poseídos. Alcé mi espada y logré agacharme para tomar con mi otra mano el hacha que empuñaba inerte mi hermana Agnete. Las lágrimas brotaban espontáneas de mis ojos.

—¡Acaben con esa también! ¡Muerte a las hijas del rey Aydan!

En una acción desesperada, con el hacha logré bloquear el que pudo haber sido un golpe fulminante. Luego otro y otro. Los ataques todos estaban dirigidos a mí. Usaba la espada y el hacha para bloquear las bestiales arremetidas. En eso, sin yo poder explicarlo grité a todo pulmón, invocando a mi salvador:

—¡Magnus!

Del caos surgió un tercer y más intimidante perro lobo.

—¡Destroza sin piedad a estos hijos de puta! —Le ordené. Las heridas que recibía me debilitaron de a poco; y es que luchar yo sola contra esos guerreros era una batalla perdida. Sin embargo, pude ver como los ataques de Magnus eran tan brutales como los de aquellos salvajes berserkers.

«No estás destinada a morir Birgit».

Alucinaba por estar moribunda o aquella voz en mi cabeza era un cruel consuelo ante lo inevitable.

Caí finalmente vencida al duro y húmedo suelo nevado, sintiendo el frío abrazo de la muerte.

 

Al abrir los ojos me di cuenta que estaba junto a mis hermanas Agnete y Noah. También nuestra madre Eleonor nos acompañaba. Ella nos vio con ternura, pero se mantuvo muda, ya que la propia reina del inframundo, Hella, apareció tras sus espaldas expresando:

—El pacto se ha cumplido Eleonor.

—Sí, mi señora, gracias a su intervención divina. —Respondió servilmente mi madre.

—Tus tres hijas son ahora valkirias. ¡Qué rindan honores a mi hermano Odín, y a mi reino, cuando corresponda!

—¡Así será!

 

Volví a cerrar los ojos.

Sentí que eso que llamamos tiempo, transitó sobre mí de forma súbita. Cuando un dolor en mi vientre y en mi vulva me estremecieron al límite. Ahora sudaba a mares y el calor me sofocaba.

—¡Puja Roja, tú puedes! ¡Puja! ¡Falta poco…! ¡No te rindas ahora!...

Estaba pariendo.

No a una, sino a tres criaturas. La noche apasionada junto a Nancy y su conquista, Ryan Heward Cortés. El hombre que me había embarazado, había fallecido junto a Nancy luego de no poder hacerle frente a una emboscada de algunos hombres irlandeses que ambicionaban apoderarse de nuestro tesoro.

Las niñas lloraron a coro, sanas y saludables, tal como lo había prometido su abuela, la reina Eleonor.

Yo morí luego del parto. Y fui a reunirme con los dioses. Esa noche habría un gran banquete. Las puertas del Helheim y el Valhalla se abrirían en simultáneo por primera vez.

«Tres vidas a cambio de otras tres».

 

 

FIN



Agradecimientos

A mis apreciadas «valkirias» del curso de Escritura Creativa (2007/2008) del CELARG, y a mis queridas «sirenas» del blog «Tintero de Fuego».

Y muy especialmente a mis consecuentes lectores seguidores del blog «Pichones de un Escritor». Su apoyo y estímulo hizo posible la culminación de esta historia.

 

Alfredo Mambié

Octubre 2024







Comentarios

  1. Excelente relato digno de ser llevado a la pantalla, felicitaciones, me gustó el inesperado final

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    1. ¡Muy amable estimada amiga!... Esa es una grata opción y sería maravilloso. Me complace que hayas disfrutado mucho la lectura y su inesperado final.

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  2. Finalmente logré concluir la extensa pero no menos intrigante trama. Ciertamente se suceden una mezcla de sentimientos y hazañas interesantes. Al gunas de ellas muy profundas, dónde la figura femenina tiene un papel estelar. hay que leer con pausa pero sin prisa. La conexión entre Capítulos mantiene un fino hilo conductor.

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    1. ¡Muchas gracias Luigi por tomarte tu tiempo!... Y aceptar la invitación a conocer esta aventura. Escribir es para mí una actividad artística y creativa. Siento mucha satisfacción cuando los propios personajes son los que «hacen realidad» el relato ficcional. Compartir con otros lectores me ayuda a darrlo a conocer.

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