La Llamada Perdida

 

Muchos amantes de antaño han reconocido cuánto les habría ayudado en sus relaciones románticas haber tenido un teléfono celular. En las décadas de los 60´s, 70´s, 80´s hasta los 90´s surgieron varias historias que habrían tal vez alcanzado otro nivel, de haber existido ese moderno sistema de comunicación tan práctico y tan ventajoso en esas décadas, por no irnos más atrás.

Pero, al mismo tiempo, como de una extraña paradoja se tratase, lo que llevó a esas relaciones analógicas a ser como fueron, tan especiales y trascendentes en el tiempo, fue el contar con la distancia y la postergación de eso tan maravilloso, complicado y fundamental como lo es el expresar tus emociones, sentimientos y secretos más íntimos; aquellas cosas tan grandiosas que se experimentaban por primera vez y en exclusiva: La atracción, el amor, la pasión y el deseo hacia esa persona especial; ese o esa a quien generalmente tu familia detestaba o consideraba por completo inadecuado o inadecuada. O peor aún, podría llegar a ser un romance socialmente incorrecto y hasta inmoral bajo los ojos de alguna madre sobreprotectora que quisiese evitar que su hija o su hijo, Dios no lo permita, repitiera sus propios errores.  

Lo ceremonial venía dado en dedicarle al ser amado apasionadas cartas cuya intención final era poner a esa persona al corriente de lo que estaba secretamente ocurriendo en aquel corazón y alma juveniles. Las canciones románticas servían de oportuno complemento para que esas declaraciones escritas tuviesen más impacto. Y si venían acompañadas de tarjetas impresas o tiernos peluches, los efectos eran mucho más contundentes.

El invento del cassette, y de la grabadora portátil, fueron los abuelos de las actuales notas de voz. Solo que aquellos te daban una primera media hora para inventarte un buen discurso y destacarte, como lo haría actualmente un aventajado youtuber creando un podcast, y una segunda media hora o cara B, para terminar de soltarte con más fuerza y determinación si en la cara A todavía no lo habías logrado.

La voz del ser amado posee un encanto sinigual. «Sígueme hablando así que me estoy durmiendo muy rico», me expresaba años atrás mi entrañable esposa, quien llegó a confesarme que mi voz la tranquilizaba y relajaba de buena manera por las noches. Y era así, créanme, porque por una cuestión de biorritmo, resulto mucho más activo cuando anochece. Por eso, a ella le parecía todo un remanso el que me pusiese a hablarle de cualquier cosa, pero que lo hiciera de manera seductora a la hora de dormir. Así que me quedaba algunas veces conversando hasta que la escuchaba roncar.  


Mamá y papá eran muy conversadores y ocurrentes. En casa, en general mis tíos, primos, amigos y relacionados hablaban un montón, hasta por los codos. Creo que, por llevarles la contraria, yo siempre fui más callado, más introvertido. Y cuando alcancé los quince años, supe que conversar se me daba con cierta dificultad. Por eso me fue muy ventajoso escribir y diseñar mis propias tarjetas y mensajes románticos. Me ayudó mucho a ganar seguridad conversar por teléfono local.

Cuando conversas por teléfono te concentras en la voz del interlocutor, en sus matices y en la intención que aparece en las sutiles entonaciones de cada palabra, de cada frase, y en los silencios que adrede o sin intención, capta nuestro oído. La persona y uno mismo «susurran» grandes verdades o terribles mentiras. Nuestro cerebro solamente se deja convencer. Asimila ambas, como cuando comienzas a beber un rico licor, te va embriagando lenta y suavemente, sin poder evitarlo. Y la voz de esa persona especial se vuelve el primer nexo inquebrantable con quien te conectas y además te identificas para siempre.

Hoy por la noche, luego de 41 años, lo confirmé. Mi celular repicó, era una llamada perdida que no había podido atender por la tarde. Volví a escuchar esa voz especial de antaño. En los primeros 20 minutos de conversación, dada la mala calidad de la comunicación por WhatsApp, en algunos momentos las palabras se entrecortaban, se enmudecía la conversación con incómodos silencios al caerse la conexión del WI-FI. Y las confesiones y algunas sorprendentes revelaciones no me fueron posible captarlas. Así que me arriesgué a proponerle a mi interlocutora que me permitiese llamarla directo a su celular, sin necesidad del WhatsApp. Ella gentilmente aceptó.

Hablamos cómodamente lo que dura la cara A de un cassette de 60 minutos. Estoy muy seguro que habrá más adelante la ocasión de completar la cara B. Ya ganamos la confianza perdida, y estoy tan seguro porque somos de esos que nos conocimos por cosas del destino, justo antes que existiera la telefonía celular, y sabemos lo que eso significa. El nexo permanece inquebrantable porque la relación logró otro nivel, calmado y fraterno. Y los ciclos se han empezado a cerrar para bien. Así lo percibí en su voz.

  


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