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En la Piel de un Caballero

 


Me llamo Allison. Desde niña comencé a tener terribles y macabras pesadillas. Vivía aterrada y con un miedo patológico a quedarme dormida por las noches. Luego supe una desconcertante verdad: Era un desorden mental (o una particular condición psíquica) que también antes había padecido mi abuela materna. Mi mente tenía una extraña y particular condición hereditaria: Poseía la capacidad de ver y hablar con personas fallecidas. Las primeras veces esas personas aparecían en mis sueños. Luego descubrí que solo yo era capaz de verlas y comunicarme con ellas en un momento dado, repentinamente, y estando incluso despierta.

Mis padres al enterarse de ello, actuaron con total inmediatez. Luego de haberme llevado a varios médicos especialistas, concluyeron que el mejor modo de ayudar a curarme era recetándome cierto tipo de pastillas que bloquearan de algún modo mi psique, evitando que lograra recordar mis sueños o visiones. Los efectos secundarios eran leves, por lo que durante mi niñez pude evitarme el incómodo enlace con el más allá.

Pero cuando crecí y estaba cursando la universidad, abandoné el tratamiento voluntariamente y justo conocí al amor de mi vida, al futuro padre de mis tres hijas, al hombre más apropiado para elegirlo como amigo, prometido y esposo. Ahí me di cuenta que también tenía la capacidad de visualizar el futuro; comencé a dominar el poder de la clarividencia y la premonición. Con los años y en repetidas ocasiones pude comprobar mi eficacia, aunque tuve que ir aprendiendo a conocer las señales e indicios sobrenaturales. No siempre eran claros. Muchas veces me confundían o los malinterpretaba.   

Intuí que para que nuestra relación como pareja verdaderamente funcionara, era imperante que, llegado el momento, necesitaría confesarle a Joe DuBois mi verdad.

Y así fue como al sol de hoy, somos marido y mujer y poseemos una linda familia. Nuestras tres hijas poco a poco han ido entendiendo de qué tratan mis capacidades como médium o psíquica. Ellas también han heredado ciertas facultades, pero mi intención es orientarlas a que con los años logren dominarlas y puedan utilizarlas con un loable propósito, ayudando a aplicar justicia y desenmascarar a quienes por perversas razones logran arrebatarles la vida vilmente a personas inocentes. Por ello trabajo como asesora del Fiscal de Distrito en la comunidad donde vivimos en el estado de Phoenix. Ayudando a las autoridades norteamericanas a recopilar pruebas fehacientes sobre los asesinatos y crímenes más atroces. Phoenix es uno de los Estados que aprueba como máximo castigo la pena de muerte.   

Sí, tengo la capacidad de hablar con los muertos y presenciar sus últimos momentos en este plano. O con aquellos que pudiesen estar en riesgo de estarlo.

Una vez me pasó la cosa más insólita e increíble. Una mañana preparando el desayuno caí desmayada en el piso de mi cocina. Quedé inconsciente por breves segundos. Me desperté en los brazos de Joe y frente a las miradas preocupadas de nuestras hijas. Pocas horas después el extraño incidente se repitió mientras presenciaba una escena del crimen en una zona boscosa, lugar donde se encontraba enterrado el cadáver de un presunto detective privado. Me volví a desmayar sin razón aparente.

Esta vez fui trasladada hasta un hospital cercano en donde no lograron detectar las causas de mi estado luego de realizarme los exámenes médicos pertinentes, dejándome acostada en observación en la sala de cuidados intensivos. Simplemente dormía plácidamente en aquel pulcro recinto.

Joe enseguida fue a verme, pero yo ya no estaba en mi cuerpo. Mi espíritu fue a parar al organismo de un hombre implicado en el asesinato del detective hallado en el bosque, pero ni yo misma podía creer que eso pudiese ser posible. Hasta que desperté siendo él. 

Al abrir los ojos sentí la imperiosa necesidad de salir de inmediato de aquel hospital e irme a casa. Era yo, Allison DuBois, en la piel de un caballero que pude reconocer haber visto en mis sueños, al pasar sin querer por una de las tantas puertas de cristal y ver mi reflejo.

El hospital casualmente quedaba muy cerca de nuestra casa. Pero las cosas no fueron para nada fáciles de afrontar cuando mi familia alcanzó a ver a un hombre calvo, vestido con bata y pantuflas de hospital, sujetando un perchero con ruedas de donde se balanceaba una sonda en todo el frente de nuestra entrada.

La reacción natural de mi familia fue de total rechazo. Joe pidió a nuestra hija mayor Ariel, que cuidara a sus dos hermanas mientras él se acercaba a intentar disuadirme de alejarme de su propiedad, amenazándome con llamar a la policía. No podían imaginarse que era yo. Imposible. Por lo que luego de un incómodo primer momento de confusión y forcejeo, conseguí explicarle a mi esposo, que ese hombre desconocido y con aspecto de desequilibrado era yo, Allison, su mujer.  

Sin bajar la guardia, Ariel siguió sin reconocerme, reclamándole a Joe su comportamiento contradictorio. Unos minutos antes había buscado alejarme y ahora me permitía pasar la noche en el sofá de la casa. No nos atrevimos a explicarles lo que estaba ocurriendo. Tampoco estábamos seguros de que pudiesen comprenderlo. Pero Joe, aún con ciertas reservas, dado mi cambio físico tan radical, logró convencerse. ¿Quién más que él podría hacerlo?... Nuestras hijas, lógicamente, me veían como un completo extraño, un invasor. ¿Cómo su papá había aprobado dejar a solas en casa a un desconocido?...

En pocos días mi hija menor tendría una presentación teatral en su escuela, y debía llevar un disfraz de guisante confeccionado en casa. ¡Fue el momento apropiado de ponerme manos a la obra! Cuando regresaron al mediodía todas quedaron sorprendidas al ver que aquel señor llamado Jeffrey Tambor, le había confeccionado un lindo disfraz a la más pequeña de la familia, con total precisión en sus medidas.

Quedé exhausta. Por lo que en secreto me escabullí hasta el baño de nuestra alcoba a darme un relajante baño de burbujas en la bañera, a la luz de unas delicadas velas con incienso. Joe al descubrirme ahí, no quiso entrar. Prefirió hablarme desde el borde de la puerta, pese a que le insistí que no debía avergonzarse por lo que podría alcanzar a ver. No era nada que no hubiese visto antes, le expresé con reproche.

Joe colaboró conmigo en conocer con la ayuda de Internet, los pormenores del hombre al que le había suplantado su cuerpo. En las siguientes visiones que tuve durante la noche, pude ver en un primer momento, que Jeffrey Tambor había estado en la escena del crimen y que él mismo se había encargado de enterrar el cuerpo del detective hallado en el bosque. ¿Estaba ocupando acaso el cuerpo de un asesino?...

Al segundo día en el hospital apareció la esposa de Jeffrey Tambor. Yo no pude permanecer oculta en mi propia casa sin que mi jefe, el Fiscal de Distrito y la policía, fueran a buscar al paciente sospechoso de homicidio, que inexplicablemente se había fugado del hospital y al que los vecinos ya habían identificado y visto refugiarse en mi propia casa. Joe estuvo a punto de mentirle a la policía por encubrirme. Pero eso no pasó. Me entregué mansamente a las autoridades, librándolo de toda responsabilidad. Me llevaron de vuelta al hospital.

 

Me colocaron en una camilla y me aplicaron unos calmantes. Pensando que me encontraba en una condición de alteración mental, debido a mi huida. Fue justo en ese momento de somnolencia cuando apareció a mi lado mi esposa, mejor dicho, la señora Tambor en persona. Ella me abordó con hipocresía frente a la enfermera, demostrándole estar muy atenta a mis cuidados y estado de salud. La enfermera se marchó confiada. Fue ahí, a solas, cuando la perversa mujer reveló sus verdaderas intenciones.

Justo cuando ella expone su plan malévolo, confesando ser la responsable de la muerte del detective y que había obligado a punta de pistola a su esposo a enterrar el cadáver en el bosque, me desvanezco, y sin poder evitarlo, abandono el cuerpo de Jeffrey Tambor.

La malvada mujer le había sido infiel durante años al señor Jeffrey, y éste comenzó a sospechar, contratando a un detective para conseguir pruebas de su adulterio. Al ella enterarse que había sido descubierta, concertó una cita con los dos hombres fingiendo sentirse arrepentida, sin embargo, la mujer buscaba era acabar con las pruebas, con el detective y con su propio esposo. Al no conseguirlo en el bosque, intentó repetir su ataque mortal en el hospital.

Buscó sin éxito obstruirle la vía intravenosa a su esposo ya desmayado, justo cuando desperté ya de vuelta en mi propio cuerpo. Logré levantarme lo más rápido que pude para delante de los médicos denunciar sus intenciones. La asesina intentó huir del hospital, pero fue arrestada justo antes.

Las cosas volvieron a la normalidad. Las autoridades pudieron comprobar que la señora Tambor había sido culpable de un asesinato y de dos intentos de homicidio hacia su cónyuge. En casa mis hijas terminaron aceptando la amabilidad del recién conocido “tío Jeffrey”, al haberle confeccionado y obsequiado a nuestra hija un disfraz tan bonito.

Al dirigirnos a la escuela mi hija del medio me expresó:

—¡Ese disfraz le quedó muy bien al tío Jeffrey, mamá, pero no es tan bonito como los que tú nos haces a nosotras!...

—Tienes toda la razón, mi amor. —Contesté sonriendo.

     

         Relato inspirado en el Episodio Nº 16 de la Temporada 5 de la serie de televisión «Medium» creada por Glenn Gordon Caron.

21 de enero 2024


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