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Coincidencias

 


El día amaneció resplandeciente. Decidí llevar a reparar mis jeans favoritos a la lavandería. Esos gastados pantalones poseen (como muchas otras cosas que conservo) un valor sentimental.

Me visto y salgo hacia el lugar. El cielo despejado me relaja, el potente sol me termina de despertar. Bajo unas escaleras fijas y veo venir de frente a un hombre con varias prendas limpias, planchadas y colgadas en su mano bajo sendas fundas plásticas.

Hace pocos días atrás había pasado por el sótano del centro comercial, observando trabajar a una señora mayor sentada frente a su máquina de coser. Silenciosa y estoica reparaba prendas en un rincón de esa misma lavandería.

Cuando llego la amplia recepción está desolada. Ninguna persona en el mostrador, ningún cliente, excepto yo. La misma máquina de coser que vi permanece muda en su rincón.

Me anuncio alzando la voz:

—¡Buenos días! ¿Me pueden atender por favor?...

Del interior del local, como si de una obra teatral se tratase, hace su aparición un señor alto, simplón, con cara de pocos amigos.

—Buenos días. ¿Qué se le ofrece señor?...

—Amigo, deseo colocarle un cierre nuevo a este pantalón y mandarlo a teñir.

—Eeeh, sí. Espere un momento. Ya le llamo a mi mujer. Ella es la encargada.

El señor me da la espalda; desaparece lentamente entre centenares de prendas colgadas de manera ordenada a ambos lados del pasillo de acceso. Al rato aparece la costurera que había visto a través de las paredes de cristal días atrás. La saludo amablemente y le explico mi solicitud. La señora toma mecánicamente un gastado talonario de pedidos y un bolígrafo. Sumergida en una nube gris de seriedad y actitud sombría comienza a rellenar robóticamente la orden de trabajo. Es blanca, delgada y de mediana estatura. Usa lentes, falda café y un delantal blanco. Imagino que de joven fue una mujer atractiva. Cuando estoy elucubrando esa posibilidad, percibo la presencia del esposo, quien se ha sentado ahora en la silla que acompaña a la máquina de coser. Me observa aburrido y apagado. Ambos me transmiten hastío y desesperanza.

La señora me pregunta con fría voz mi nombre. Ha dejado ese dato para el final.

—Alfredo. Alfredo Mambié. —Por instinto saco me cédula. Me parece más sencillo que las personas lo transcriban que yo deletrearlo.

—Tengo un hijo que se llama así… —El comentario lo hace casi para sí misma, ya que lo expresó con voz apagada, como un murmullo, cabizbaja.

—Disculpe. No la escuché.

Le pido por favor que repita la frase y alcanzo verla por primera vez directo a la cara. Observo sus ojos claros, y también una sutil señal de empatía. El acento italiano revela rápidamente su procedencia:

—Tengo un hijo que se llama, así como usted, Alfredo Enrique. —Baja la mirada hacia mi cédula con timidez, señalando con ternura ambos nombres impresos.

—¡Ah! ¡Fíjese! ¡Qué casualidad! ¡Puede darse cuenta que tiene el mismo buen gusto que mi mamá!... —Le sonrío y el hielo se empieza a romper. Con mi mirada y expresión corporal, busco integrar a ambos señores. El hombre desempolva su modorra al empezar a prestarle atención a mis comentarios…

«Mi mamá decidió llamarme Alfredo Enrique. Papá le gustaba más Alexis Enrique, así que cuando mi hijo mayor nació le puse Brian Alexis para complacerlo y honrar su memoria. ¿Sabían cuál es el significado de Alfredo?... Es de origen alemán y significa: «Consejero de duendes». Y Enrique también es de origen teutón y significa: «Señor del hogar». De niño fui muy curioso. El típico nerd. Me encantaba explorar, leer y descubrir cosas nuevas. Me llegaron a regalar una enciclopedia en donde casualmente aparecía el significado y origen de algunos nombres. El apellido mío es de origen francés, posiblemente provenga de la isla de Córcega, ya que muchos emigrantes extranjeros, al igual que la familia Franceschi, llegaron a Venezuela desde allá a establecerse en la época colonial en el negocio del cacao y la fabricación de chocolate. ¡Muy bueno por cierto…!»

A continuación, comenzamos a intercambiar opiniones sobre otros temas: El mestizaje, la buena actitud, el trabajar de manera productiva, la prosperidad, la crisis, tener buenos clientes y pensar que vivimos en una Venezuela que fue muy receptiva y abierta con las distintas culturas, razas y credos que llegaron a estas tierras en el pasado.

—Venezuela es un país de oportunidades. —Me expresa categórica. El marido la secunda afirmando con la cabeza.

Les cuento que mis dos hijos poseen de ambas partes esos orígenes ancestrales europeos. De sus bisabuelos.

—Mambié Stoppello. Francés e italiano. Esos son sus orígenes.

—Stoppello… —Me repite la señora con esa sonoridad de algo muy cercano… Y dejando a su memoria trabajar me pregunta con solemnidad:

—Ese apellido me suena. ¿Su esposa no falleció recientemente de cáncer?...

—Sí. Así es. ¿Acaso usted la conocía?...

—No. Pero tengo una persona cercana que sí y me lo mencionó. Yo pedí mucho por ella, ¿sabe?... Por su salud.

—Se lo agradezco mucho. Sepa que ella se marchó de este plano tranquila y en paz. No padeció un sufrimiento extremo, afortunadamente. Le confieso que siempre me decía que ella no terminaba de irse porque yo no la dejaba.

A la señora aquel comentario le hizo cambiar el rostro. No pudo evitar sonreír. Volteó hacia un lado; buscando hacerlo con educación y respeto. Su semblante sombrío cambió en ese momento por un breve instante, iluminándose. «Ciertamente sigue siendo una mujer atractiva y elegante.» Pensé. Y pude comprender que las personas adultas mantenemos muchas expectativas y dudas hacia ese último tramo que nos toca inexorablemente transitar.

—Son doce dólares, —me dijo. Se cobró, entregándome la copia del recibo luego de anotar mi número celular. Me despedí, deseándoles éxitos y prosperidad. Justo en ese momento entraron al local nuevos clientes.

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