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El Efecto Dominó - Capítulo Tres


Sin dudas que una familia se vitaliza con la llegada de un nuevo miembro. Y mucho más cuando no se tenía planificado su nacimiento. Yuma se había esmerado bastante en aprender a ser la mejor madre posible por casi cuatro años. Nuestro hijo Brian Alexis le llenaba cada rincón de su ser, cada segundo de su tiempo; ella le dedicaba toda su energía, amor y atenciones. Nosotros no teníamos descartado tener un tercer hijo, pero, inconscientemente, quizás lo habíamos postergado.

—Otra vez estoy embarazada. ¿Puedes creerlo?... La T de cobre dejó de ser efectiva. No entiendo cómo pasó. La ginecóloga me confirmó que estaba funcionando correctamente, y ahora me sale con esto.

A modo anecdótico, cuando nuestra hija tuvo edad para entender bajo qué circunstancias alcanzó llegar a este mundo, ingeniosamente nos dijo:

—¡Mamá, papá!  ¡Deben saber que soy muy fuerte! Logré traspasar la barrera puesta por ese aparato y colarme a este mundo, a pesar de que ustedes no me esperaban. ¡Sí! ¡Acá estoy!  —Siempre consideramos su presencia como un regalo, una bendición, pero en dos ocasiones fuimos llevados al límite, una vez que comenzamos a desplazarnos en esta vertiginosa montaña rusa emocional.

 

Sin embargo, la noticia nos sorprendió y al mismo tiempo, al asimilarla, nos generó una alegría maravillosa, distinta.

—¿Te imaginas si es niña?... ¡Tendríamos a la parejita!

 

Los dos embarazos anteriores habían afectado silenciosamente el correcto y delicado funcionamiento de los órganos vitales de Yuma. Y fue mucho más evidente, cuando nos anunciaron un súbito cambio en la fecha pautada para su futura intervención.

 

—Es necesario adelantar el parto. Ya no será en Octubre. Debemos preparar todo para el 24 de septiembre. —Nos expresó con solemnidad la especialista, luego de evaluar los resultados del último ecosonograma. El nerviosismo se apoderó de nosotros, en especial de Yuma. La doctora nos explicó que Luz Selene se encontraba con muy bajo peso a causa de un envejecimiento prematuro de su placenta. Esa condición ponía en riesgo la parte final de su gestación.

Yuma apretó mi mano con ahínco.

 

 Cuatro meses atrás, recibí una llamada de emergencia a mi oficina. Apenas lograba entenderle. Yuma estaba seriamente afectada, y no era para menos.

—¡Papi el bebé no está bien!  ¡Hay un problema con su corazón! Dicen que es una arritmia cardíaca. Debemos hacerle un examen especial urgente. ¿Puedes venir a acompañarme?...

—¡Claro que sí! ¡Salgo para allá de inmediato!

 

Recuerdo cómo nuestro silencio, al ir rumbo a aquella clínica que nos refirieron, resguardaba una sincera y fervorosa oración. Llegamos rápidamente y nos atendieron con total inmediatez, al explicar en recepción la emergencia.

—Guarden la calma. Éste examen es preventivo. La arritmia cardíaca es normal que se detecte en esta etapa de la gestación. Llevas cinco meses, ¿cierto?...

 

Yuma y yo estábamos en alerta, atentos a la explicación de la amable especialista.

 

—Acá ya podemos escuchar sus latidos…Sí… —La auscultación mediante unos muy sofisticados aparatos de ultrasonido, nos permitía apreciar con total claridad y potencia los impulsos eléctricos de su recién estrenado corazón, el cual sonaba fuerte y vigoroso, además de vislumbrarlo en una amplia pantalla con mayor claridad y mejor definición de imagen. Fue impresionante. El milagro de la vida se manifestaba ante nosotros con rotunda y contundente majestuosidad.

 

—¿Desean saber ahora si es niño o niña?...

—Sí. —respondió Yuma de inmediato.

 

La doctora sonrió. Nos anunció que todo estaba en orden; el examen confirmaba que no había complicaciones cardíacas. Y que la ilusión de llegar a tener la parejita, se cumpliría. Luz Selene de Jesús Mambié Stoppello, llegó a este mundo como una “ancianita prematura”. Pesó menos de un kilo y medio. Su particular aspecto nos recordaría luego a aquella película protagonizada por Brad Pitt, “El Curioso Caso de Benjamin Botton”. Y así, como sucedía en esa historia, poco a poco nuestra hija, de una manera rápida y progresiva (y por demás milagrosa), lograría  irse “rejuveneciendo” a medida que fue ganando peso.

 

El más hermoso y memorable momento que logré presenciar ante mis ojos ese 24 de septiembre del 98, fue cuando Yuma despertó de los efectos de la anestesia y en seguida me preguntó por nuestra hija.

 

—La tienen en una incubadora, amor. Quédate tranquila. La niña está bien.

—Quiero verla. Necesito verla ahora.

—No es posible traértela en este momento. La tienen en observación. Tiene unos sensores conectados a su cuerpo.

 

Yuma se levantó lentamente de la cama clínica, pese a los dolores e incomodidades de su recién intervención, y con premura comenzó a caminar hacia la sala de cuidados intensivos. Quedé mudo. Su petición fue acompañada de una valentía inaudita y la determinación de confirmar ella misma lo que le acababa de decir.

 

Justo en ese instante, mientras nos acercábamos al amplio cristal del retén, sentí lo mucho que la amaba, profunda y plenamente, reconociendo lo muy afortunado que fui al haberla escogido como mi compañera de vida.      

 

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