
Capítulo Dos
—¡El bebé está madurito! Planifiquemos pues la cesárea para la semana entrante.
—La doctora se apartó ágilmente de la
camilla donde Yuma reposaba, dejando a un lado del equipo ecográfico la sonda
manual. Comenzó a revisar con rutinario gesto su agenda, al apartar su atención
del monitor que mostraba una imagen abstracta y monocromática con los signos
vitales estables de nuestro tan esperado primogénito.
—El martes es perfecto. El martes a primera hora. Te diría
que el lunes, pero ya tengo la agenda copada. Acá tienes mi número privado.
Como hemos acordado intervenirte en el dispensario y no en mi clínica, debemos
hacerlo ese día.
—El martes está bien. Solo queda esperar este fin de
semana. ¡Estoy tan ansiosa doctora!... Lástima que a mi esposo no le fue
posible acompañarme a esta última cita. ¡Le daré la grata noticia al llegar!
Pasamos un fin de semana tranquilo y reposado, con todo
preparado para la ida al dispensario. Nos tranquilizaba que era un centro de
salud modesto y discreto, gerenciado por monjas; quedaba a pocas cuadras de
nuestra casa. Yuma me despertó sobresaltada el lunes en la madrugada,
advirtiéndome que algo inusual le sucedía y fue directamente al baño. Unos
minutos después me pidió que entrara. Con voz compungida me dijo:
—Llama a la doctora. Mira, estoy sangrando por ahí.
—Tranquila amor. ¿Sientes dolor, algún malestar?...
—No. ¿Eso es normal?...
—Puedes haber roto fuente. Eso parece. Tranquila.
Al contactarla, la ginecóloga nos exigió presentarnos en el
dispensario lo más rápido posible.
—Yo estaré allá en quince minutos. —Dijo con premura antes
de colgar.
Yuma pasó menos de una hora en el quirófano. Su mamá y el
señor Gerardo, pareja en ese momento de mi suegra, aguardaban nerviosos y
devotos en la pequeña habitación que nos asignaron. Mi cabeza daba vueltas, no
lograba estar quieto, subía y bajaba las estrechas escaleras desde el nivel en
donde estaba el pequeño cuarto, hasta el portón cuyo letrero advertía:
“Quirófano – no pasar”. La última vez que lo tuve enfrente, una de las puertas
se mantenía abierta, daba la impresión que alguien había salido con premura y
brusquedad de su interior. Me asomé. No vi a nadie. Cuando me disponía a entrar, escuché detrás de mí una voz seca y autoritaria exclamar:
—Lo estaba buscando.
Necesito hablar con usted.
Al escucharla, lo primero que sentí fue como si una pintura
recién terminada, y con sus colores todavía húmedos, comenzaran a caerle lentamente
gotas de agua. Cada gota iba desfigurando los rostros, las formas, el paisaje,
la composición, generando un efecto amorfo, a medida que iba relatando el
inesperado deceso de nuestro hijo. Lo hermoso y perfectamente confeccionado
durante nueve maravillosos meses, se transformó en la primera y más dolorosa de
las pruebas que como padres primerizos, deberíamos pasar.
—¿Cómo es posible esto?... Si el viernes todo estaba bien.
Usted misma nos lo confirmó en la última consulta...
—Sí, sí lo sé…Hubo complicaciones. Lo siento mucho. No
sabemos las causas precisas. ¿Ve estas descascaraciones en el brazo?... Son signos de que el bebé ya llevaba al menos
un día muerto.
Quedé petrificado. La sangre fría de aquella mujer me dejó
en shock. Acto seguido exploté en llanto. La doctora seguía manteniendo una
actitud firme, fría y desprovista de emociones. Llevaba a nuestro hijo en
brazos y casi era como mantener la calma más por razones éticas que con
intenciones de manifestar culpa, o dar alguna justificación que la pudiese
incriminar de mala praxis.
—¿Y mi esposa?... ¿Se encuentra bien?...
—Sí, ella está estable. No sabe nada todavía, producto de
la anestesia. Le sugiero que vaya a casa. Remueva y guarde todo lo relacionado con el cuarto del recién nacido,
antes de que ella regrese. Y es aconsejable que ella vea al niño, lo cargue y
comprenda que pasó. Por muy doloroso que esto parezca, es lo mejor.
Asentí. Y ahí, en ese frío pasillo gris en penumbras, tuve
por breves segundos a mi hermoso bebé, cuyas facciones quedaron grabadas en
nuestras memorias; era robusto, con rostro familiar y cabellos voluminosos, sin
ninguna otra señal que no fuese que su espíritu no estaba dentro de él. Parecía
no haber querido despertar y abrir sus ojos a este mundo. Al menos, no esta
vez. La Organización Mundial de la Salud (OMS) calcula que se producen más de
3,2 millones de nacimientos de bebés sin vida en todo el mundo, el 98% de ellos
en países en desarrollo.
Para ayudarnos a superar tan duro trance, Yuma y yo
decidimos pasarnos las fiestas navideñas de 1992 en la hermosa isla de Aruba.
Fue una hermosa estadía, muy beneficiosa y entretenida. Una oportunidad de
cambiar de ambiente y alejarnos temporalmente de tan amargos sucesos. Nuestro
buen amigo y colega José Ernesto Vivas, fue por demás, un gentil y perfecto
anfitrión. Yuma amaba el mar, todo ese ambiente soleado y caribeño. Los tres
nos la pasamos muy grato esos días, y celebramos la llegada del año nuevo,
rodeados de un ambiente festivo muy agradable y distintivo. En Aruba decoran
todas las casas y edificaciones con luces de colores. Las amistades y personas
en general en la isla son muy cordiales. Sentimos que estábamos pasando una
luna de miel por segunda vez. Tal vez fuese necesario haber aguardado un poco
más de tiempo para concebir, a lo mejor el destino no habría permitido
semejante desenlace. ¿Cómo saberlo?... Lo cierto es que con muchas mayores
precauciones y cuidados (y eso sí, a manos de otra especialista de mayor
confianza, por haber sido la misma que trajo al mundo a Yuma). Dos años
después, el 12 de agosto de 1994, nuestro hijo arcoíris vino felizmente al
mundo, Brian Alexis de Jesús Mambié Stoppello. Y durante cuatro maravillosos años
disfrutaríamos en exclusiva de cada segundo de su existencia, la cual dio
inicio desde que estuvo en la barriga. Cada día nos cerciorábamos de que
estuviese pateando y creciendo dentro de Yuma. ¡Nos encantaba ponerle música
relajante y hablarle con frecuencia, a veces colocándole luz con una pequeña
linterna! Al principio, pensábamos que iba a ser una niña, (todavía no habíamos solicitado nos fuese revelado su
sexo), pero una noche, luego de conversarle un rato y aguardar la tan ansiada
reacción de sus pataditas, me dirigí convencido a Yuma:
—Mi amor, va a ser un niño. ¡Estoy seguro! —Y no me
equivoqué.
La niña maravillosa y especial nos visitaría sorpresivamente
cuatro años después, en 1998, justo un par de semanas cuando la veterana
doctora le revisara el aparato anticonceptivo intrauterino que ella misma le
había colocado a Yuma y había certificado que estaba “funcionando
correctamente”. Por segunda vez, la opinión médica, por las razones que fuesen,
no eran precisas ni mucho menos fiables.
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