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Adalid, la saga de El Tesoro de Alrak (Edición Ilustrada)



Prólogo

"El Tesoro de Alrak*" (La primera parte de esta saga) inicialmente fue un cuento presentado como trabajo final en un curso de Escritura Creativa realizado por mí en el CELARG (Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos) en el año 2008. La idea recurrente de transformar a niños comunes en dragones, surgió cuando unos años antes fui al cine con mi hijo Brian y dos de sus mejores amigos. Supe instantáneamente que esa experiencia podría, literariamente hablando, transcribirse sí lograba manejar cabalmente los recursos expresivos de la escritura. Mi primer intento lo realicé en el año 2007, (asistía a mi primer taller de Escritura Creativa en otro centro de estudios llamado INTEGRARTE). Al presentar mi historia tal cual la había vivido, relaté con el mayor lujo de detalles mis peripecias con aquellos tres niños en un concurrido centro comercial, dentro y fuera de la sala de cine. Mi tutora de ese entonces, Isabel González, opinó: que más que una obra literaria, aquel escrito era por los momentos sólo las vivencias de un papá junto a niños hiperactivos. Y eso era en realidad. Su conducta me indicaba que esos niños habían logrado ser tan explosivos e impredecibles como si de jóvenes dragones se tratase; en momentos eufóricos, en otros rabiosos y descontrolados, llenos de fuerza inagotable, derrochando hiperactividad pura.
Durante el año que duró el curso en el CELARG, (al cual asistí por sugerencia de aquella misma primera facilitadora), pude redimensionar todo aquel primer propósito; entendiendo y profundizando en cómo debía contar historias. Realicé variados escritos y me nutrí del talento e ideas de mis otros colegas, de sus opiniones y también de sus apreciaciones. Soy gran amante de los relatos épicos y las aventuras fantásticas expresadas tanto en libros como especialmente en música y películas. Documentándome fui estructurando y también divirtiéndome enormemente con los resultados. El apoyo de mi nueva tutora, Penélope Hernández, fue lo que realmente marcó la diferencia. Sus oportunas recomendaciones han sido y serán siempre mi combustible creativo.
Escribí  Adalid, la saga de El Tesoro de Alrak, por la necesidad de profundizar mucho más en esos queridos personajes, dejándome llevar por ellos a ese mundo tan particular y darles nuevamente rienda suelta. Ciertamente esta historia extendida a cuatro partes concentra mi pasión hacia una de las actividades que más disfruto y la cual espero que ustedes, mis queridos lectores, gocen tanto como yo lo hice al escribirla. 
Fue inspirada en mis dos hijos cuando fueron niños y está dedicada con todo amor y respeto a ambos.  Por primera vez desde que fue escrita, a cada parte le he añadido una ilustración digital con el propósito de enriquecerla visualmente. 
Alfredo Mambié
Marzo 2020
*El cuento "El Tesoro de Alrak" fue publicado por la Fundación CELARG dentro del recopilatorio "Voces Nuevas 2007 - 2008 Tomo I" en marzo de 2011. ISBN: 978-980-399-006-0 (N. del A.)
Nota Importante: Los personajes y situaciones descritas en esta obra literaria merecen ser respetadas y ser consideradas propiedad intelectual de su creador. Sí desean difundirla, respaldarla o referirla de cualquier manera, incluso brindarle apoyo económico, promocional o editorial, el autor en persona se los sabrá agradecer.  amambie@gmail.com 
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El Tesoro de Alrak

Fábulas y sueños infantiles quedaron suspendidos y entremezclados en el cálido dormitorio. Sigilosamente, Solrac cerró las páginas del Gran Libro de los Dragones, depositando un tierno beso en la serena frente de su hija. «Dulces sueños, princesa», murmuró casi para sí. Extendió la mirada en acto reflejo hacia la mesita de noche, donde una tenue luz revelaba un colorido mapa con brillantes signos cardinales, dibujado en las páginas de un desgastado cuaderno escolar.

«¡Alrak y sus cosas!», pensó sonreído, al acercarse para hojear con cierto disimulo la ocurrencia de la niña. «Primero deben llegar a la isla. Al Oeste habrá un bosque muy grande con palmeras y animales salvajes. Al Este habrá grandes montañas solitarias, al Sur encontrarán un gran lago. Al Norte estará la calavera ¡No entren ahí! Hay un mal oculto y trampas para atraparlos ¡No podrán salir! Caminen cuatro pasos y llegarán al tesoro». Solrac apagó la lamparita de noche y abandonó risueño la habitación, inspirado en la fantasía expresada en aquel pergamino de papel. Segundos más tarde, dos sombras se escurrían, secretamente, por el piso desde la ventana, como largas serpientes, hasta proyectarse sobre las paredes y objetos en penumbras. Los cristales se deslizaron y las figuras de dos niños se colaron dentro del cuarto, dirigiéndose a la cabecera de la cama.

–¡Alrak, despierta, es hora de buscar el tesoro!

Palpando las sábanas, Siul buscó a tientas reconocer el cuerpo de Alrak; Otrebal lo secundó, cuando repentinamente ambos sintieron una presión sujetándoles los tobillos y el gruñido como de un perro bajo sus pies.

–Arrrggggh.

Exclamó Alrak, quien, soltándoles, apareció riendo debajo de la cama haciendo zigzag hacia sus caras con una pequeña linterna, al tiempo que con un gesto silenciaba el susto de los dos muchachos.

–¿Qué tal chicos, están listos?

–¡Claro que sí, tonta!

–¡Vaya susto nos metiste!

La niña sonrió con picardía, iluminando su mesita de noche y tomando el mapa, guardó el cuaderno en el bolso que llevaba Otrebal en su espalda.

–Si tu papá se entera de esto, no habrá ninguna diversión.

–Tranquilo, –dijo Alrak convencida –Papá tiene nueva esposa y estoy segura que él ahora está bastante entretenido. Aunque mejor será salir al pasillo y cerciorarse.

Los tres chicos salieron de la habitación, Alrak iba al frente. En apariencia, Solrac confiaba en el estado de su hija y no había notado la intromisión de los dos muchachos en su casa y mucho menos de sus intenciones. Torpemente se escabulleron escaleras abajo hacia la cocina. Otrebal pasó frente a la nevera, y sin previo aviso, la abrió, curioseando en busca de su mayor debilidad: la crema batida.

–¡Qué suertudo soy!

Y sin más, sacó una lata de crema, la agitó enérgicamente y se la dirigió a la boca engullendo grandes espirales, mientras la válvula emitía un sonido similar a un caucho desinflándose.

–¡Chamo, no hagas ese ruido!

–¿Qué? ¿No quieres un poco?

Un largo chorro de crema fue a parar justo a la cara de Siul, quien acto seguido la tomó de su rostro, devolviendo el ataque a Otrebal.

–¡Basta! –dijo Alrak enérgicamente, intentando inútilmente controlar la situación, interponiéndose entre los dos chicos. Otros chorros de crema fueron a parar en las caras, cabellos y ropas de los tres y en un santiamén todos estaban blancos y empegostados.

–¡Cónchale! ¿Vamos a buscar el tesoro, sí o no?

Expresó Alrak impacientada, viendo a los otros dos por un solo ojo. La pequeña batalla había finalizado porque de la lata ya no salía, ni más crema, ni aire.


La Isla

Salieron hacia el patio trasero, dejando los restos de crema batida en algunas de las ropas limpias que encontraron tendidas en las cuerdas del lavadero. Luego, abrieron la puerta de metal que, a un costado del patio, guardaba las herramientas de jardinería. Sacaron una escalera y la apoyaron de la pared que daba como lindero a la casa vecina. Otrebal subió hasta el tope, linterna en mano, y asomándose dijo:

–¡Hey, desde aquí veo la isla!

Aquel patio vecino abarcaba una gran extensión de terreno. Alrak había logrado observarlo cierto día con detalle desde una de las ventanas de la planta alta de su casa. Cuaderno en mano, se dispuso a dibujar los espacios y objetos que para ella representaban lugares misteriosos, creando su particular mapa del tesoro.

Toda esa emoción y fantasía la había desencadenado su padre. Solrac leía y compartía con ella relatos de aventuras e historias maravillosas. Pero además de lo expresado en los libros, su padre cultivaba en Alrak el poderoso sentido de la percepción.

–Has de creer hija, el día que conocí a tu mamá, quise variar mi ruta habitual y decidí caminar un tramo extra para llegar al trabajo ¡Siempre me decía que uno de esos días ocurriría en mi vida algo especial! Recorrí cada cuadra adicional con los ojos bien abiertos, atento a cada detalle ¡Y ahí estaba ella!, saliendo de ese cafetín, ¡justo cuando yo pasaba! Aunque no esperaba que ella lo derramara totalmente en mi traje, en fin..., tropezarnos fue la excusa perfecta para entrar a desayunar aquella mañana y entablar luego una amena conversación rumbo a la tintorería...

El tesoro de Alrak estaba resguardado por ese mismo ideal, y ella estaba dispuesta a comprobarlo por sí misma.

Siul tomó ventaja siendo el primero en descender al pantanoso terreno. Ingeniosamente habían enganchado el extremo de una manguera a la gruesa rama de un árbol cercano, luego de cerciorarse que había quedado fuertemente anclada.

–¡Dale tú ahora, Otrebal! –ordenó Alrak.

El niño saltó desde el borde de la pared, sujetándose en el aire del largo tubo. La fricción rápidamente calentó sus manos, pero pisó justo a tiempo para soltarse. Por último lo hizo Alrak, quien en la caída, aplastó sin querer los frutos de una planta silvestre produciéndose un estallido parecido a un disparo. Desde los pies de Alrak un extraño líquido salpicó a Otrebal y a Siul. El repentino ruido los sobresaltó. Agazapados, intentaron mantenerse muy quietos. Ellos sabían que esa casa sólo estaba habitada durante el día, pero dudaban si alguien podría aparecérseles. Quedaron varios segundos momificados, pero en estado de alerta.

–¿Chamo, no te pica el cuerpo?

–Un poco, ¿por qué?

–Creo que eso que nos mojó cuando cayó Alrak tenía algo, me siento raro...

A Solrac la extraña detonación lo había despertado. Se asomó a la ventana, y la calma aparente le hizo pensar que tal vez lo había imaginado. Sintió sed y decidió bajar a la cocina; su esposa no lo notó abandonar la habitación. Al encender la luz, y ver abierta la puerta del lavadero, supo que algo inusual había ocurrido.


Dragones Recién Nacidos

Un intenso brío en sus mentes, acompañado de un escozor cada vez más insoportable en la piel, fue apoderándose de dos de los intrusos. Intoxicados por una rarísima sustancia vegetal e incapaces de repeler sus efectos, vieron como su epidermis comenzó a tornarse escamosa y extrañamente rígida. Alrak se los hizo notar cuando los tres observaron su imagen reflejada en las aguas de aquel estanque circular. Entre plantas acuáticas multicolores, asomaban sus rostros cual lagartos de filosos dientes, semejantes facciones revelaban a dos jóvenes dragones de aspecto amenazador. Se sintieron extrañamente fuertes, y en acto reflejo extendieron ambos brazos agitándolos, para comprobar asombrados, las rugosas membranas de sus alas, rematadas con una gran garra en cada extremo.

–¡Alrak, chama!, ¡míranos!, ¡míranos!

–¡Sí! ¡Sí! ¡No lo puedo creer! Pero tienen toda la piel brotada, como con ronchas... ¿no les duele?

–¡Para nada!, ¡para nada, chamita! ¡Somos dragones, qué fino!

–¡Es fantástico! Hasta más finos que los que salen en mi libro, ¡claro!, aunque por la forma y tamaño de sus alas, se han convertido en un, ¡en un par de dragones recién nacidos!, a ver, ¡escupan fuego!

Otrebal y Siul exhalaron cerca de Alrak, justo en el lugar, fuegos fatuos danzaban frente a sus ojos. Traviesas llamas fluorescentes, de curiosa apariencia y pequeño tamaño, flotaban muy cerca del suelo, a medida que ellos avanzaban hacia ellas, daba la sensación que éstas se alejaban por su propia voluntad.

–¡Me gusta mucho esto, un fuego que se mueve!, servirá para defendernos de aquellos animales salvajes ¡Vamos mis dragones! –Exclamó Alrak emocionada, y sus verdes ojos se avivaron en la oscuridad. –Crucemos cuanto antes el gran lago. ¡Debemos llegar a la Montaña Solitaria!


Solrac al Rescate

Al asomarse al patio vecino, Solrac divisó una gran fuente circular en penumbras. El panorama le seducía y atemorizaba al mismo tiempo.

–¿Qué carrizos pasa aquí?

Le buscaba lógica a la manguera colgada del árbol y a aquellas pequeñas flamas flotando sin razón aparente en la oscuridad de aquel jardín. Descalzo y en pijamas, osó inclinarse hacia el árbol, agudizando los oídos. Sus lentes resbalaron en su nariz. Un pálpito le mantenía alerta y los rumores de tres voces hicieron a Solrac casi precipitarse de la escalera.

Las voces de Siul y Otrebal habían cambiado a un tono grave y potente, haciéndose en la distancia, irreconocibles. Los tres chicos discutían y forcejeaban.

–¡Les digo que no es por ahí, yo fui quien dibujó el mapa y si llegamos a la calavera por el Norte, no podremos salir! ¡Suéltenme bichos!

–¡A qué le temes! ¡Somos invencibles ahora! –dijo arrogantemente Otrebal, el cual medía ahora unos cuantos metros más alto, al igual que Siul. La luna apareció al despejarse el cielo, iluminándolos. En conjunto, Alrak lucía justificadamente minimizada entre aquellos dos enormes seres alados.

–¿Alrak?... ¿Dios, Alrak, eres tú?... –Exclamó para sí Solrac, presa de un repentino ataque de nervios.

–Pero ¿quiénes son esos seres?

–¡Alrak! ¡Por Dios, Alrak! ¡Te han secuestrado!

Creyendo a su hija en peligro y sin reflexionar lo sucedido, Solrac se arrojó al vacío. Sujetándose de la manguera, la cual enredó su descenso haciéndolo caer de bruces, al desprenderse del árbol por no tolerar su peso. Varias detonaciones en cadena se escucharon claras y ruidosamente justo en el instante que su cuerpo chocó contra el piso del jardín quedando desmayado.


Bolas de Fuego

–Así sonó cuando Alrak pisó al caer, pero ahora pareció una ametralladora ¿Qué habrá hecho explotar a esas cosas?– preguntó Siul, irguiendo su largo cuello. Sus ojos ahora de un brillante color naranja, escudriñaban desde lo alto. Un nuevo instinto animal rápidamente se iba desarrollando dentro de los dos jóvenes dragones.

–¡No estamos solos, lo presiento! –dijo repentinamente Otrebal, olfateando el aire nocturno. Siul giró con fuerza su voluminosa cola, sacudiéndola y casi golpea a Alrak. La niña desconcertada, buscaba pensar con rapidez. «¿Habría alguien más pisado sin querer aquellas plantas?». Ambos dragones intuían algo y la inquietud fue en aumento, a medida que los segundos remarcaban un silencio expectante. Se escuchó un bramido terrible a lo lejos y dos grandes bolas de fuego fueron creciendo de entre la oscuridad, dirigiéndose con sorprendente rapidez hacia ellos.

–¡Diablos! ¡Nos están atacando! ¡Cuidado Alrak! –usando una de sus alas como escudo, Otrebal la interpuso justo a tiempo para proteger a su amiga de una muerte segura.

–¡Otro dragón! ¡Ha aparecido otro dragón! ¡Y está furioso! ¡Tiene dos cabezas y es mucho más grande que nosotros! –gritó Siul desde lo alto, al remontarse ágilmente dispuesto a hacerle frente al atacante.

–¿Pero cómo? ¡No puede ser! ¡Los dragones no atacan así no más! –exclamó Alrak a sus dos amigos, quienes buscaban resguardarla del fuego mortal.

–No sé qué está sucediendo, –dijo Otrebal con decisión –pero será mejor que te montes encima de mí en este instante. –Alrak obedeció, recordando su libro de los dragones, y como sólo se es capaz de cabalgar un dragón, cuando él mismo acepta a hacerlo. La niña trepó hasta colocarse justo detrás del escamoso cuello, encima del bolso del chico que ahora funcionaba de almohadilla. Huyendo del fuego, Otrebal y Alrak giraron con sorprendente rapidez hacia su izquierda, planeando y remontándose entre los claros de los árboles hacia el cielo despejado.


Mega Atómico

La transformación de Solrac en un enorme dragón de dos cabezas había sucedido sin él percatarse en lo más mínimo. El impulso por defender a Alrak dio paso a una furia incontenible. Al despertar de su desmayo, su cerebro empezó a funcionar como dos mentes independientes, reformulaba de forma fragmentada esa fuerza bruta al iniciar el ataque. El voluminoso tamaño adquirido era atemorizante. Fue al cabo de unos minutos, logrando sincronizar el pensamiento duplicado en una misma idea, cuando se dio cuenta en qué estaba convertido.

–¡Por Dios santo! ¡Estoy transformado en un espantoso dragón! –sus cuatro fosas nasales humeaban al unísono con su respiración. Un impulso repentino le llevó a poner en práctica sus habituales ejercicios de relajación, y respirando con mayor profundidad y lentitud, fue serenándose.

–¡Alrak ha huido, y yo casi la calcino viva! ¡Dios! ¡Todo esto es tan...confuso! Debo calmarme y pensar. ¡Esos otros dos dragones parecen ser sus amigos, no sus raptores! ¿Pero y ahora qué hago?...

–¿Que qué haces? –su segunda cabeza habló, mirando fijamente a la primera, y aproximando su voluminoso cuello agregó:

–¡Debes seguirla sin delatarte y descubrir qué la trajo hasta aquí!

Una sensación de plena libertad embargaba a Alrak. Volaba deliciosamente sintiéndose resguardada y segura junto a sus dos amigos dragones. La panorámica era formidable. A medida que iban ganando altura, y las horas trascurrían, el susto de aquel ataque terrible fue desapareciendo. En poco tiempo fueron ganando confianza, comenzando a realizar piruetas en el aire y repentinos cambios de rumbo. Alrak sentía un natural hormigueo en el estómago al subir y bajar abruptamente. La fuerte brisa batía su negro cabello, haciendo también irritar sus ojos, por lo cual le era necesario cerrarlos de vez en cuando. Siul propuso un arriesgado juego:

–¡Alrak, intenta saltar desde ahí arriba! Yo te atajaré.

–¡Eso sí me da miedo Siul! ¿Estás loco?

–¡Anda, vamos! Estoy seguro de poder hacerlo. Caerás sobre mi lomo.

Otrebal no esperó la aprobación de Alrak, y dando un repentino respingo, catapultó a la niña por los aires, como si de una pelota se tratase. Alrak salió despedida dando vueltas, cayendo en dirección a Siul. La sorprendida niña extendió brazos y piernas, aferrándose nuevamente al aterrizar sobre su otro amigo dragón.

–¡Yupi, esto sí es mega atómico! ¡Hagámoslo de nuevo! –Exclamó Alrak

Siul y Otrebal rieron a carcajadas, contagiando a Alrak de una repentina euforia.

–¡Eres muy valiente, hija!

–¿Papá?...

Alrak miró sorprendida a su derecha las dos enormes cabezas y el impresionante ser alado dibujó un tímido gesto en ambas, similar a una sonrisa.

–¡Si, soy yo, Alrak! No temas. Debido a un extraño efecto bioquímico, me he trasformado en semejante ser. No había reconocido ni a Otrebal ni a Siul hasta que los vi divertirse como ustedes lo han hecho siempre, y gracias a tener "dos cabezas" una de ellas me ha ido aclarando lo sucedido. Ahora sé que no estabas en peligro, sino fui yo quien te expuso, sin querer, a uno peor.

–¡Señor Solrac, en verdad luce colosal! –dijo Otrebal admirado.

–¡Uf, debe ser lo máximo lanzar fuego teniendo doble poder! –completó Siul.

–Estando en la isla, chicos, llegué hasta la calavera, luego de atravesar el gran lago y sobrevolar la montaña solitaria, supe entonces que estaba tras la pista de tu tesoro, Alrak. Pero como te conté una vez, preferí tomar la ruta más larga, presintiendo que al hacerlo, lograría algo extraordinario.

–¡Dime, papá, dime! ¿Encontraste el tesoro?

La niña se irguió sobre Siul, su mirada rebozaba alegría y su corazón palpitaba con gran emoción. Solrac giró con impecable destreza derrapando en picada y atravesando las espesas nubes, mientras Alrak, Siul y Otrebal le seguían entusiasmados.


La Tintorería

Betlijem amanecía soleada y muy fresca como todos los días de marzo. Solrac eligió dejarse llevar. Respiró hondo y retomó la lectura del denso pero interesante tratado escrito por su colega. Vitíligos y Otras Enfermedades Epidérmicas explicaba las tesis formuladas por la Doctora Nadreian Topin, teorías que revolucionaban la investigación genética, ampliando las hasta ahora tres conocidas causas de esta enfermedad. «Las bondades del transporte público», pensó. Cada mañana Solrac tenía la oportunidad de leer con calma unas cuantas páginas del polémico libro camino a su trabajo. La Dra. Nadreian poseía gran prestigio, él la respetaba y seguía muy de cerca sus investigaciones; en especial porque el tema en cuestión se relacionaba con su profesión. Solrac alzó la vista a través del cristal de la unidad de transporte hacia el cielo matutino. Decidió interrumpir la lectura al advertir su parada. Guardó el tomo en su maletín y descendió a la acera.

Con su mano derecha alisó su saco en un gesto inconsciente. Miró su reloj, comprobando mientras caminaba, su agenda mental. Solrac era extremadamente meticuloso; en su trabajo, en su casa, y en sus ideas más. Ese lunes había planificado llegar a su destino con tiempo suficiente para explorar un nuevo cafetín recién inaugurado. Ansiaba saborearse un rico capuchino en aquel lugar. Amaba esa bebida. Generalmente en su nevera siempre había latas de crema batida para prepararla. La semana anterior ya lo había ubicado, y por fortuna quedaba cercano a su trabajo. Sus orígenes italianos le inclinaban a valorar una buena taza de café expreso en el desayuno. Un camarero experto, (conocido como barista en Italia) le había revelado el secreto de esta bebida: Las burbujas de aire. Crear «la leche especial» muy caliente pero sin llegar al punto de ebullición, al aplicarle el aire adecuadamente, le daba una textura aterciopelada y ese sabor exquisito al café. La grata sensación estimuló su avance. «¡Mmmm! Ya percibo el aroma», pensó. Justo antes de entrar, Solrac se detuvo frente a las puertas batientes del local para enderezar la correa que suspendía el maletín a su hombro. El instante bastó para no darse cuenta que otra persona abandonaba el local con un café expreso recién servido en la mano. Gran parte del ardiente líquido fue a parar en su pecho.

–¡Oh! ¡Disculpe, señor!

–¡Caray! ¡Está que quema!

–¡Discúlpeme! ¡Permítame, por favor! ¡Qué torpeza la mía!

Solrac contempló la gran mancha marrón en su traje, los cristales de sus anteojos se empañaron ligeramente, luego reparó en el rostro perfecto de la joven ejecutiva, la cual inútilmente intentaba secarle la ropa con una servilleta.

–¡Ya el mal está hecho! No se preocupe. –Solrac sacó un pulcro pañuelo de su bolsillo sin mucho éxito tampoco.

–Sinceramente señor, no lo vi. Ando bastante apurada porque hoy precisamente es mi primer día en un nuevo trabajo y además muy distraída, es una pena, yo...

–¿Y qué tal le pareció el local?... –le interrumpió Solrac sorpresivamente, con franqueza.

–¡Fantástico! Sin dudas, esta cafetería tendrá mucho éxito. Se la recomiendo. –La joven sonrió con timidez, sintiéndose desconcertada y algo turbada por la actitud de Solrac. Al romperse el hielo se apresuró a decir:

–Debo proponerle una solución inmediata porque creo que su traje estará arruinado si no actúo con prontitud.

–¡Y qué me propone usted? –Solrac la miraba divertido, pero disimulando su interés repentino hacia ella.

–Conozco una tintorería a tres cuadras de aquí. Sí me lo permite, creo podré subsanar esa horrible mancha.

–En verdad tampoco desearía que por este incidente, llegara impuntual a su primer día de trabajo.

–¡Vaya! Es usted muy considerado pero no quisiera irme así. Si nos apuramos un poquito, tal vez no llegue tan retrasada. Mientras podré llamarlos para ponerlos al tanto ¿Acepta?... –Sin aguardar respuesta, Quelra sacó su celular y una tarjeta de presentación del mismo centro clínico donde Solrac laboraba. Marcó dejando luego el mensaje a la recepcionista. Al concluir ella lo observó aliviada.

–Pero antes acepte por favor invitarla a desayunar. –Expresó, Solrac animado.

–Después de todo, hoy casualmente tengo una entrevista con la joven que será mi asistente. Los de Recursos Humanos me dieron las mejores referencias. Será mejor ordenar dos nuevos capuchinos por adelantado, así la pondré al corriente de sus labores, mientras ambos disfrutamos del café y de la forma que nos hemos conocido.

–No entiendo. ¿Es usted acaso el Doctor Solrac Nezmeji?

–¡Para servirle!

–Quelra, Quelra Gasvar. ¡No lo puedo creer! ¡Uy! ¡Qué coincidencia! La Dra. Topin me insistió en recurrir a usted para las pasantías como la mejor opción; sólo me falta la tesis de grado, aunque eso ya debe usted saberlo. He buscado mantener mi mejor índice académico y estoy muy entusiasmada al poder culminarla con su apoyo—. Luego, rumbo a la tintorería, Quelra lo miraba mientras caminaban. La mañana estaba en sintonía con aquella plática. Solrac la escuchaba y experimentaba ambas sensaciones al unísono: el aroma del capuchino y el de aquella irresistible mujer.

–¿Qué opinión tiene usted respecto al trabajo de la Dra. Topin? –Habían llegado al consultorio de Solrac. Su paltó permanecía ahora colgado y limpio en el respaldo de su silla. Uniformado con su bata de doctor, Solrac le expresó a Quelra:

–Revelador. Es un libro para ponernos a prueba. Quiero decir... –Hizo un gesto cortes con la mano y la invitó a sentarse frente a él, luego sacó de su portafolio el tomo en cuestión y se lo ofreció.

–Suponga que hasta los momentos su concepto acerca de Dios fuera de una manera, y aunque hasta ahora se sintiera satisfecha con esa interpretación, aparece alguien con una idea diferente a la suya. Tan diferente que sus razones o argumentos necesitan derrumbarse para estructurar un nuevo concepto. ¡Así me pasó al profundizar en ese nuevo libro!

–Quelra lo observaba con interés. Ambos compartían una gran pasión por la Dermatología. Había llegado a la conclusión que lograría llevarse muy bien con su nuevo tutor, y añadió:

–¡Vaya! Note las coincidencias, doctor: La autora de este material revolucionario es Nadreian Topin, quien fuera su tutora y ahora es, en el buen sentido, una oponente formidable.

Quelra había leído eso último en el reverso del tomo y mirando a Solrac con determinación expresó:

–¡Nada quita que dentro de no mucho tiempo, usted logre publicar un ensayo similar sobre vitíligos y profundice en sus propias teorías! ¿Qué opina, ah? –Solrac dio un leve respingo hacia adelante.

–¡Claro! ¿Por qué no? ¡En verdad me encantaría! Y espero contar también con su apoyo, señorita Gasvar.

Repentinamente a Solrac le vino a la mente uno dicho escrito por antiguos sabios: "Todos los imposibles se desvanecen, cuando un hombre y su Dios se enfrentan juntos a una montaña". Sonrió para sus adentros y expresó jubiloso:

–¡Pues, empecemos a trabajar en ello!



El Reino de Siul

La tienda por departamentos estaba dividida en cinco plantas. Los padres de Siul eran los dueños, haciendo de ésta el espacio donde el niño habitualmente siempre estaba después de clases. Las estratégicas cámaras de vigilancia permitían ubicarlo en cualquiera de los pisos. Su mamá acostumbraba coser en lugares igualmente estratégicos de la ropa de Siul, un pequeño sensor electrónico cuya alarma avisaba su entrada, evitando también que intentara salir de la tienda sin su consentimiento. Eran los mismos sensores que poseían solapadamente el resto de toda la amplia mercancía, aunque con un timbre personalizado. La alarma de Siul sonaba puntual a las doce y media. El niño rutinariamente ingresaba sediento y hambriento a la tienda rumbo al área de restaurant, ubicada en la planta baja, justo en diagonal a la gran oficina de sus padres. Ellos lo veían llegar desde su escritorio con vista panorámica y sonreían al unísono, eso sí; sin dejar de atender sus complejas obligaciones, pero ordenando el resto de esos compromisos para la tarde, y así poder almorzar junto a su único hijo.

El puerto de Betlijem recibía durante todo el año artículos importados provenientes del otro continente, transportados en gigantescos buques cuyo tamaño era tan colosal como la tienda de los padres de Siul. Resguardada en sólidos contenedores, la mercancía venía almacenada en hasta cuatro mil de estas cajas de hierro rectangulares. Claro, no toda esa mercancía estaría en la tienda, pero si una buena cantidad. Cada piso contemplaba un aspecto específico: Productos deportivos y de recreación; en el piso uno estaban exhibidas desde rápidas motos de agua, varios modelos de veleros hasta un mini submarino propulsado por la energía muscular del propio y único tripulante. Alas delta, parapentes y hasta un aerodinámico modelo de avión sin motor fabricado en fibra de vidrio, daban la bienvenida al visitante creando un inevitable shock por lo inusual e impactante de aquel espacio comercial. Las luces y la amplitud del espacio dejaban libre la imaginación, y sin dudas, el mérito lo tenía el exquisito buen gusto con que estaban presentados.

–Apuesto que tampoco hoy me permitirán subir, ¿no?– Una pausa de intencional suspenso en espera de la respuesta a su ofrecimiento, mientras la penetrante mirada del niño fulmina a la pareja.

–Has demostrado una conducta intachable estas últimas semanas, hijo. No nos podemos quejar. De no saber lo mucho que te has sabido controlar, y el esfuerzo que eso conlleva en tus calificaciones escolares, no lo consideraríamos. ¡Estás de un disciplinado que hasta a mí me sorprendes!– El papá de Siul ensanchó el enorme pecho como un gesto inconsciente de enfatizar su admiración.

–Y sí, si lo hemos considerado.– Exclamó, emocionado y solemne como casi siempre era, pero con una chispa de complicidad en sus ojos.

–¡Ya puedes subir, hijo! Te mereces pasar una tarde en el tercer piso. Termina tu almuerzo y ve.– Siul apuró con avidez los últimos bocados y sonrió. Había logrado una vez más manipular a sus padres. Y aunque faltaron sólo segundos para decir a todo pulmón una grotesca frase de júbilo con la boca llena, se contuvo. Sabía que si lo hacía, derrumbaría al instante meses de meticuloso autocontrol frente a sus padres. Siul era hiperquinético de nacimiento. Una inquietud que en muchas ocasiones había causado serias consecuencias. Su impulsividad e hiperactividad, al querer tocar todo a su alcance y una euforia que no le permitía estarse quieto por mucho tiempo, habían causado a sus padres un efecto devastador. Ellos lo amaban. Y lo suficiente como para darle la mejor ayuda médica especializada. Entre los consejos del psicólogo estaban unas buenas dosis de actividad deportiva y una dieta controlada baja en azúcares. Los padres de Siul pensaban poder tener controlado la impulsividad de su heredero con refinamiento y buenos modales. Su abultada agenda les mantenía en una estricta necesidad de mantener sus vidas supeditadas a un rígido cronograma. Y al tener poco tiempo para dedicárselo, preferían complacerlo en sus caprichos. Era inevitable no serlo, cuando eras el hijo del dueño de la más importante tienda por departamentos jamás imaginada; encapricharse era el modo que demostrabas cuanto poder lograbas sobre ellos. Y en el tercer piso, le esperaba la réplica del primer modelo de avión fabricado por los hermanos Wright. Siul aguardaba lograr repetir esa misma hazaña, mantenerlo en el aire a como diera lugar.


La Afección de Otrebal

Por las tardes el frío se colaba con su árida presencia en Betlijem. Aunque para Otrebal, el clima no influía igual en su vida como en la de los demás. A él le obsesionaba el ciclo lunar. Aquella conexión con las mareas y otros fenómenos que la involucraban, esos portentos conocidos como influjos de la luna. También le fascinaban aquellas ancestrales leyendas o historias sobre sus poderes. Para Otrebal un frío anochecer junto a la luna era un regalo, un exquisito placer. A su mente infantil y soñadora la invadían licántropos en pleno proceso de transformación y junto a ellos, el éxtasis de lograr aflorar el lado animal y primitivo de tu ser. Cazar en manada, ser depredador y temido por cualquiera criatura inferior. A Otrebal la luna lo inspiraba a imaginar ser un hombre lobo; o específicamente un "niño lobo". Otrebal no aspiraba a primero crecer para luego transformase. Desde las repisas de su cuarto, un gran número de libros y revistas con ilustraciones, estaban acompañados de sendas figuras que representaban mayoritariamente a niños súper héroes, personajes dentro de su colección de historietas que aún no alcanzaban la pubertad. Fueran niños o niñas, Otrebal los coleccionaba por igual. Para él las heroínas también merecían su respeto y admiración; incluso las malvadas brujas o hechiceras, porque él sabía que casi siempre un suceso terrible era la razón de su oscura transformación hacia el mal comportamiento. Siempre fantaseaba con Selene, la diosa griega, quien era la luna humanizada. También le gustaba aquella leyenda gitana del hijo de la luna, una canción antigua que a Otrebal le hacía siempre imaginar ser ese niño de blanca piel y ojos grises, a quien su celestial mamá arrullaba desde los cielos adoptando esa particular forma de cuna. Otrebal inspirado abrió la ventana de par en par, extasiado. Afuera la luna menguaba. El moreno niño trepó con destreza sobre el marco, sujetándose con ambas manos de sus laterales, bamboleándose. Aspiró placenteramente el frío aire nocturno, y de algún modo, sintió con certeza estar predestinado a lograr esa mágica transformación.

A sus dos días de nacido, un virus produjo una infección que atacó su hígado provocando una insuficiencia hepática aguda, los médicos la detectaron y milagrosamente fue curado por un tratamiento basado en implante de células, las cuales lograron actuar temporalmente como un hígado. El novedoso tratamiento descartó el uso de esos fuertes medicamentos para controlar la respuesta del sistema inmune, y que deben tomarse de por vida cuando la persona es sometida a un trasplante. Y aunque eso ocurrió estando recién nacido, a sus once años seguía siendo un sobreviviente, un chico fuerte con deseos de aventura y una salud a toda prueba.

Estaba muy emocionado, apenas si logró cerciorarse de que sus papás ya se habían acostado. Esa misma noche, al saltar por su ventana, iría a encontrarse con Siul, y ambos se colarían por el patio común de la vecindad hasta llegar a la casa de Alrak, su mejor amiga. Otrebal cumpliría esa misma noche su deseo de transformación, aunque también sin él sospecharlo, aquel efecto reactivaría la insuficiencia hepática, poniendo en riesgo su vida justo al comenzar volverse un poderoso dragón.



Alrak Nezmeji

Alrak era una virtuosa pianista. La música fue para ella algo familiar, incluso antes de aprender a hablar; el lenguaje de las notas fue su primer logro. Solrac estimuló aquel don y también se preocupó por equilibrar las virtudes de su única hija. Su capacidad de memorizar cualquier sonido o melodía era sorprendente. En poco tiempo la niña tuvo total dominio de cientos de acordes, escalas y recursos tonales suficientes para interpretar hermosas canciones. Y de esa personalidad musical derivaba una energía inagotable por aprender. Alrak era adicta al conocimiento. Pero contraria a la mayoría de los «cerebritos», ella siempre contrastaba su saber con la fantasía, llevándolo al plano del juego puro y simple. Su intelectualidad nunca enseriaba su semblante, por el contrario, lo avivaba y casi siempre ruborizaba su piel.

Sentada en el escritorio de su cuarto, Alrak repasaba sus notas. «El cofre que resguarda el tesoro debe ser ignífugo en caso de ser atacado por dragones, es decir, debe soportar el poder del fuego ¡Una nunca sabe!». El mapa de Alrak describía con minúsculos detalles todo un recorrido para llevar a cabo una travesía fabulosa. Siempre resguardando un lugar para lo inesperado. Le fascinaba ilustrar, por eso pasaba gran parte del tiempo cumpliendo sus asignaciones de escuela con el mismo afán con que realizaba sus actividades y juegos. Su entorno casi siempre lucía caóticamente desordenado, sin embargo, Alrak podía encontrar casi siempre entre toneladas de papeles, sus creyones y marcadores, o cualquier otra cosa, con relativa facilidad. Su papá sólo le pedía que semanalmente permitiera a la señora de la limpieza, sanearle la habitación. Ella conversaba con Diaclau amenamente, mientras le iba revelando sus historias y proyectos. Su poderosa imaginación «embobaba» a la humilde mujer, quien semanalmente y con puntualidad pasaba mucho más rato con la singular niña, que en otro lugar de la casa, preguntándole e indagando con la mejor intención, aprovechando la intimidad del momento.

—¿Y esa figura tan grande y extraña la hizo usted mi niña?... ¿Qué animal es ese?... ¿Por qué tiene esas dos cabezas? ¡Bicho pa' feo!

—Es papá dragón, Diaclau. Ya te he contado cuanto me gustan los dragones. Quise dibujarlo así: fuerte, enorme, con dos cabezas, porque ¿no has escuchado decir que dos cabezas piensan mejor que una, Diaclau? Para mí un dragón que pueda pensar por dos, es el más poderoso de todos. Y también el más sabio.

—¡A caray! Parece más bien un cocodrilo con alas de murciélago. Y si usted mi niña me dice que esos monstruos piensan, yo le respeto. Usted sabe mucho; su mamá estaría orgullosa.

—¿Tú crees, Diaclau?

—Si mi niña. Yo la recuerdo. La señora la tuvo aquí mismito, no le dio tiempo de que el señor la pudiera llevar al hospital. Y creo que algo salió mal, porque su mamá no logró reponerse. Perdone que le recuerde esas cosas, mi niña.

—Descuida, Diaclau. Papá me explicó. Por eso es que terminó casándose otra vez con Quelra. Pasaron diez años para lograr convencerme. Bueno, casi. Tendré once dentro de tres meses, y aunque desde siempre he recordado a Quelra junto a papá, ella ha sabido que para mí es la nueva esposa de papá, nada más. Me encanta verlo feliz. Es el mejor papá del mundo. Y como siempre logra sacar un tiempo para mí... ¿Sabes qué es lo que más me gusta de papá, Diaclau?

—¿Qué mi ángel?

—Que siempre tiene muy buenas respuestas para todo.

—Es muy sabio el señor. Sabe mucho.

—Sí, mucho. Igual que mi dragón.



Encuentro Fallido

Las ganas de orinar la despertaron. Enérgicamente Quelra calzó sus diminutas pantuflas y a tientas se sentó en el sanitario. Ni siquiera había abierto por completo los ojos. Regresó del baño percatándose que su esposo, no dormía junto a ella. Extrañada comprobó la hora; eran las cinco y cuarenta. Aunque con frecuencia Solrac madrugaba con el fin de ejercitarse, una inquietud similar a la que la había despertado la hizo irlo a buscar.

Tomó del closet una holgada sudadera con capucha, enfundándose en ella. Conservó el mismo short para dormir pero salió calzando zapatos deportivos con medias a juego. Si Solrac se ejercitaba, ella también lo haría.

Bajó con énfasis las escaleras; era un modo fácil de ponerse a tono. Al llegar al último peldaño, colocó su pierna derecha sobre el pasamano, apoyando su torso y brazos en un balanceo similar a las calistenias que realizan las balletistas en la barra fija. Su cuerpo arqueado se flexionaba con gracia y precisión. Sus músculos se estiraban entrando en calor. Luego de varias repeticiones, Quelra estaba lista para la acción. Al entrar a la cocina, tomó el vaso de la licuadora dispuesta a prepararse un jugo con cereal. Lo encontró pegostoso, con restos de crema batida. Lo introdujo en el fregadero y mientras lo lavaba comenzó a fijarse que, desde la ventana frente a ella hasta el techo, estaban llenos de crema. Tomó un trapo húmedo y empezó a limpiar aquel reguero. «¿Habrían sido Alrak y Solrac en una batalla campal?» pensó, mientras enjuagaba el trapo bajo el grifo. A medida que limpia otros momentos divertidos llegan a su mente. Solrac era como un niño cuando jugaba con su hija. Y no sentía celos porque ella admiraba mucho esa dedicación. Aunque Alrak no la admitiera como su mamá y guardara cierta distancia, Quelra estaba convencida que con el tiempo lograría ese puesto.

Su mirada había quedado fija hacia la ventana. Ya el amanecer permitía ver con cierta claridad el patio interno. Sorpresivamente un temblor producto de unas fuertes pisadas sacudió la vajilla y cubiertos puestos a los lados del fregadero. Quelra quedó estupefacta. Al volver de sus pensamientos se percató que aquello que veía desde la ventana no podía ser producto de su imaginación: Era gigantesco, como un elefante pero aún más colosal. Soltó el vaso de la licuadora. Apenas lo podía creer, aquella monstruosidad ocupaba buena parte del patio invadido por sus enormes proporciones. Curiosamente no fue precisamente miedo lo que sintió Quelra al verlo, más bien, experimentó asombro. El agua del grifo seguía fluyendo. Retrocedió. Lo hizo con suma lentitud sin desviar ni un momento la mirada de la ventana. Tomó por reflejo de la pared el teléfono. No le fue posible marcar ningún número. Seguía observando la enorme masa frente a ella cada vez más cerca, ocupaba ahora la totalidad de la ventana. Ahora al detallarla notó la asombrosa textura de su extraña piel y los tonos entre verde, marrón y gris. Era como la de un enorme reptil, escamosa, muy cuarteada y rugosa. La masa siguió avanzando hacia ella.

Antes de oscurecerse por completo la ventana se escuchó el crujir del metal y del vidrio vuelto añicos por el avance de aquella bestia. Quelra gritó espantada. El fregadero, los platos, vasos, cubiertos y todo el mueble de la cocina empotrada quedaron sumergidos en esos escombros. La criatura se apartó del destrozo como dispuesta nuevamente a embestir. El piso y las paredes tiemblan brevemente. Pero esta vez le es posible rotarse, cambiar de ángulo y lograr con mucha dificultad mostrarse ante Quelra con un poco más de claridad. En el espacio donde antes estuvo la ventana aparecieron dos largos cuellos rematados cada uno por sendas cabezas de dragón. Quelra vuelve a gritar con tanta fuerza que casi se desmaya. Apartando la mirada se agacha, ocultándose como puede detrás de unos gabinetes. Pero aquellos monumentales rostros muestran de alguna manera inaudita una enorme serenidad. Y más inaudito resulta cuando ambas cabezas, suspendidas sobre ella le hablan al unísono:

—¡Mi amor, soy Solrac, por favor no temas! Hay algo asombroso que tengo que contarte...

Quelra no escucha palabras. Los gruñidos de esas dos serpientes que flotan sobre ella es lo único que logra entender logrando aterrorizarla aún más.

—¡Mi amor, mi amor soy yo, Solrac! ¿No reconoces mi voz?... Sé que resulta inverosímil que me veas así pero...

La mano de Quelra atenaza con rapidez el mango de un cuchillo y desenvainándolo del mostrador intenta apuñalar a las dos enormes masas que han vuelto a gruñirle. Su salto hacia ellas es casi a ciegas porque cierra los ojos en un gesto inconsciente para darse valor. Lo zigzaguea con la mayor rapidez posible repetidas veces intentando atinarles. Dada su corta estatura fracasa. Solrac comienza a impacientarse sin suponer todavía que la transformación le imposibilita comunicarse verbalmente con ningún ser humano. Intenta volver a hablar y se concentra apartando a una cabeza y dejando solo que la restante sea la que se exprese. Esta vez Quelra logra su cometido, aunque sin dañar en lo absoluto a Solrac, la punta del cuchillo literalmente rebota en la escamosa piel de la barbilla como si ésta fuera hecha de concreto. El ataque hace reaccionar a Solrac. Su ahora asombrosa condición le hace detectar lo inevitable, y a pesar de sus deseos, descubre que al menos por los momentos no le será posible explicarle nada a su esposa. La tensión y el miedo mantienen a Quelra en shock. Solrac lo entiende y sin poder remediar el extraño encuentro, se aleja; no sin antes dejar boquiabierta a su aterrada mujer al momento de volver a retomar vuelo y alejarse de su ahora destrozado patio trasero.



Realidad o Ficción

Aturdida, Quelra se desploma en el antepenúltimo escalón de la escalera, en un intento por reflexionar. ¿Qué había sucedido? Sentada con los codos apoyados en sus rodillas se estrujó la cabeza, desde las sienes hacia atrás, como si ese gesto aclararía sus ideas. Estaba impactada. Con cierto recelo volvió a mirar hacia la cocina esperanzada en comprobar que aquello no había sido un sueño. Y justo sonó el timbre. Miró hacia el reloj de pared y comprobó de quien podría tratarse. Diaclau había llegado. Se paró a abrirle.

—Buen día, doña Quelra. ¿Cómo amanece?...

—Diaclau, buenos días. Pase. Hoy creo que las cosas no han amanecido tan bien que digamos. Me contenta que haya podido venir. Usted siempre tan cumplida.

—La niña Alrak, ¿ya se despertó?.. A usted la noto un poco pálida. ¿Se siente bien?...

—Alrak no se ha despertado, y a su papá no lo he visto tampoco. En realidad no me siento nada bien hoy, Diaclau.

—Ay, qué broma. Déjeme que le prepare algo. ¿Ya desayunó?...

Diaclau caminó instintivamente hacia la cocina. Quelra se quedó rezagada adrede.

—¿Va a remodelar la cocina, señora?...

—Eeee, sí. No sería mala idea ahora que lo menciona, Diaclau.

—Pero esos obreros sí que han sido desconsiderados. Mire como han puesto los corotos de la cocina. ¡Antes de remover la ventana han tenido que avisarle para primero quitar las cosas! Eso no se hace así. ¿Dónde están esos señores?... Bueno, permítame que ponga un poco de orden aquí, señora, y le preparo un desayunito rico. ¡Hasta el grifo del fregadero lo han dejado botándose!

—¡Ay, Diaclau! Si usted no me confirma este desastre, yo creería que no es verdad.

—Seguro que el señor Solrac no le informó a esas personas lo preocupada que es usted por la limpieza y el orden.

—Ahora que lo menciona, no he visto a Solrac desde temprano. Pensaba que había salido a trotar como acostumbra. Ya a esta hora debería haber regresado. Mejor subo a despertar a Alrak y así comemos algo juntas. ¿Le parece?...

—¡Claro que sí! Esa niña es especial, y usted también lo es. Vaya.

Quelra giró casi como autómata y subió a los dormitorios. Cada peldaño le hacía reafirmar esa sorprendente e inexplicable invasión. ¡No tenía idea de cómo explicarla sin que la consideraran loca! Abrió la puerta del cuarto de Alrak con cautela, luego de tocar con suavidad. Nadie respondió. El cuarto estaba vacío. Fue hasta al baño interno y tampoco encontró a Alrak. Miró a cada rincón de la hermosa habitación hasta que uno de los tantos dibujos de la niña resaltó sobre el resto, dándole un vuelco el corazón. Ahí estaba representado, con asombroso parecido, aquel ser espantoso que la atacara hacía apenas una hora. ¿Acaso ese dibujo había, por alguna extraña manera, logrado materializarse?... Quelra sonrió. Pero fue una sonrisa breve y agria. Si Solrac, sin medir las consecuencias, había deliberadamente destrozado la ventana de la cocina para gastarle alguna extraña broma, se las iba a ver con ella. Esa era una muy desagradable manera de jugarse. Ahora sabía que padre e hija andaban juntos, y quizás desde la madrugada. Pero ya ella les daría su escarmiento, o al menos a su esposo, porque ya esas niñerías habían ido demasiado lejos.



1981

Solrac lideraba el vuelo. Su hija lo seguía montada sobre Siul, y algo rezagado, venía Otrebal. Las espesas nubes limitaban por momentos la visión, aunque era por instinto el ya saber hacia dónde se desplazaban. Solrac permanentemente debía controlar el debate entre sus dos mentes. Había notado que se le hacía mucho más fácil cuando volaba. Era extraño aunque lógico; esa sensación era una particular manera de relajación, ahora que estaba transformado en una criatura con esa capacidad. Se preguntaba cómo afectaría ser dragones a Siul a Otrebal. Él los conocía desde muy pequeños. Se habían criado en la misma vecindad, y siempre compartían siendo vecinos desde principios de los setenta cuando emocionadas, varias familias, incluyendo la suya, estaban recién mudadas. Ser dragones era una inusual condición. Solrac recordaba a Otrebal muy imaginativo, bastante afín a Alrak, pero a Siul siempre lo había distinguido su carácter mimado y prepotente. No descartaba su lealtad y buen corazón, pero sabía que este chico le encantaba siempre salirse con la suya. Una década había transcurrido; su hija ya dentro de poco cumpliría once años. Siul era un año y medio mayor que ella, y Otrebal le llevaba tres, aunque parecía el menor de todos por su personalidad. Estaban creciendo, y él con cuarenta, siendo ahora un enorme dragón de dos cabezas, poco podría opinar de comportamiento. Aunque algo sí sabía, sus instintos y capacidades analíticas se habían repotenciado.

Enseguida, mientras continuaban volando, volvió a pensar en Quelra. No había logrado comunicarse con ella. Aparentemente hasta ahora, sólo Alrak era capaz de entenderlo. «¿Por qué su hija sí, y ella no?» pensó. «Habría necesariamente que estudiar un modo de lograrlo». Su segunda mente permaneció esta vez callada como aprobando aquella decisión.

Abajo se divisaba un campo deportivo, rodeado de pequeños árboles bien cuidados y a sus costados dos gradas como para unas sesenta personas. Estaba seguro que ahí debían aterrizar. Descendieron, posándose en un área algo próxima a una de las porterías. Al momento Solrac reconoció que esa era la cancha de fútbol del colegio donde estudió primaria. Le habían construido y mejorado las zonas adyacentes, pero al observar la amplia edificación detrás de los árboles, retrocedió en el tiempo. Ese lugar poseía dentro de sus instalaciones todo lo necesario para refugiarse al menos durante ese fin de semana. Sentía una necesidad imperiosa por comer. Aunque estaba muy seguro que su nueva condición le exigiría grandes cantidades de carne cruda, él desde muchos años atrás era vegetariano y estaba decidido a continuar siéndolo. Por otra parte, Alrak debía contactar a Quelra e informarle que estarían ese fin de semana fuera de casa hasta que lograra poder reinvertir aquella mutación. Llamó a Alrak a su lado y ella obedientemente se acercó. Siul y Otrebal hablaban y bromeaban entre ellos.

—Dime, papá.

—Este es el colegio donde estudié de niño. Dentro, frente a la cantina que verás en medio del patio, están los almacenes de alimentos. —Alrak volteó en dirección hacia el edificio pero ella no contemplaba lo que su padre le estaba describiendo.

—Mi idea, hija, es conseguir unos cuantos bultos para alimentarnos, y... ¿Estás entendiendo lo que te digo?— Alrak tenía un gesto ausente, duro. Alzó la vista y su cabeza notoriamente dada su corta estatura, exclamando:

—Papá, ¿acaso me crees gafa?... Tal como está descrito en mi mapa, nunca encontraremos provisiones ni mucho menos en este lugar, sino hasta tres lunas.

—Pero, hija, no puede ser. Cómo que no encontraremos alimentos... —Solrac alzó ambos cuellos volviendo a reafirmar el lugar y progresivamente notó como la edificación, los árboles y el entorno fueron diluyéndose dando paso a una extensa llanura. Muy a lo lejos se veía entre la bruma una montaña. Alrak exclamó:

—¡Debemos primero llegar hasta allá, papá! ¡Hasta la Montaña Solitaria! —Solrac quedó embobado. Aquella extraña aventura apenas comenzaba y estaba claro que al alejarse de la realidad se adentraría en lo desconocido. Inmediatamente recordó la lectura rápida a aquel mapa realizado por su hija en su cuaderno escolar, y todos los lugares fantásticos descritos en imágenes y notas, y cómo antes de asimilar todo el sentido de su trasformación, había tenido claro la razón de su misión: acompañar a su hija en ese recorrido y ayudarla con valentía a encontrar su misterioso tesoro.

—Ven hija, esta vez yo te llevaré. —Alrak sujetó uno de los cuellos de su papá columpiándose como en una grúa hasta alcanzar su lomo. Siendo tan amplio y grande la niña iba sentada con comodidad.

—Volemos hasta el gran lago, ahí podremos acampar y alimentarnos. —dijo Alrak con renovada alegría, haciendo un gesto de avanzada con su brazo. El panorama era una tentadora invitación a explorarlo. Los tres dragones reanudaron el vuelo; su adalid les mostraría el camino.



Dos Lunas

Alrak sobrevolaba junto a sus tres dragones una amplia llanura color verde intenso. La atravesaba un ondulante río, cuya apariencia evocaba a una gran serpiente azulada extendida a sus anchas sobre aquella majestuosa vegetación. Esa misma serpiente de agua marcaba el rumbo hacia donde ellos volaban. Al final, en el lejano horizonte, anclado en sus fauces, La Montaña Solitaria aguardaba majestuosa a los cuatro aventureros; envuelta entre brumas y soledad.

Conversaban en pareja. Alrak con su padre, (aunque en algunos momentos el viento arrastraba risas y diálogos entre tres interlocutores). Y tras de ellos dos, a cierta distancia, Siul y Otrebal.

Los chicos dragones conversaban relajados aprovechando el largo trayecto a vuelo.

—¿Tú sabes, Siul, de dónde provenimos los dragones?...

—Alrak nos ha contado muchas cosas fabulosas de su libro, aunque no recuerdo nada sobre eso. ¿Tú sabes algo, cerebrito? —Preguntó mordaz, Siul.

—De la luna.

—¿De la luna? ¿Cómo es eso?

—Antiguamente existían no una sino dos lunas en el cielo. —Afirmó Otrebal con cierto acento profético.

—Pero una de esas lunas se acercó demasiado al sol. Su calor la hizo quebrarse y de su interior brotaron cientos de dragones bebés, que se alimentaron con el fuego del sol. Por eso somos capaces de respirar sus llamas. —Otrebal sopló suavemente, afirmando con una delgada llamarada, su explicación.

—Pero nosotros no vinimos así. Algo en aquellas plantas nos transformó. ¿Recuerdas?

—Sí, claro. Pero fíjate Siul, cuánto tiempo ha pasado. Nosotros somos dragones más jóvenes. O tal vez esa otra luna, la que no se reventó, ha influido en esas plantas para permitirnos esta transformación.

—Tú y tus historias. Esa teoría no me convence aunque suene interesante como me la estás contando. Para mí... —Y Siul bajó la voz para enfatizar su teoría. —La causante de todo esto es la misma Alrak. —Otrebal lo miró directamente a los ojos por un instante, esperando su conclusión.

—Ella tiene todo lo que nos ha pasado ya escrito en su cuaderno de notas. —Hizo una pausa y clavó luego su mirada en la espalda de la niña, donde colgaba ahora su mochila escolar. Otrebal percibía un pequeño desagrado en las palabras de su amigo. Reflexionó y le dijo:

—Sí, y no es para menos. Sus anotaciones y dibujos provienen de ese libro que le regaló su mamá, El gran Libro de los Dragones. Revela todos los grandes secretos sobre nosotros.

—Secretos que hasta ahora ella sólo conoce detalladamente y por eso nos controla.— Terminó expresando Siul, con rencor.

—Eso sería posible si Alrak no fuera nuestra aliada. —Contestó Otrebal con firmeza.— Ella es nuestra amiga, ¿verdad, Siul?...

Un silencio breve pero significativo quedó suspendido entre los dos.

—¡Por supuesto!— Contestó el joven dragón, esbozando una maliciosa sonrisa apenas perceptible entre las espesas nubes.



La Montaña Solitaria

A medida que avanzaban aquella inmensidad los empequeñecía. Vasta, majestuosa; frente a ellos se alzaba la Montaña Solitaria. Una monumental meseta con millones de años de antigüedad, anclada en los confines del mundo. Fauna y flora exótica y singular habitaban en ella. Un ecosistema más primitivo que los primeros hombres, pero hogar natural de sus antepasados dragones.

A pesar de encontrarse a pleno medio día, las gruesas nubes arropaban el calor del sol. Una densa y fría bruma los envuelve. Alrak es la única a quien le ha afectado el clima y la altitud. Sus pequeños dientes tiritan con violencia. Su rostro bronceado ahora palidece. Solrac percibe el castañear a sus espaldas y actuando con rapidez desciende hacia la cima tan plana y extensa a la que han llegado. Siul y Otrebal le imitan descendiendo tras ellos. Pese a lo árido del terreno, Solrac ubica unos arbustos secos para crear una hoguera. Extiende ambas alas frente a él, generando un escudo curvo que bloquea la intensa brisa y a su vez permite a su hija guarecerse y entrar en calor.

La débil niña comprendió al instante la idea de su padre, y al ver encendido el arbusto con su aliento de fuego, saltó de la espalda de su padre, refugiándose bajo su amplio vientre, quedándose casi al instante dormida.

Uno de los largos cuellos de Solrac se alzó con suavidad fuera del improvisado refugio, dirigiéndose a los dos amigos de su hija:

—Chicos, han de ir a cazar. Y de aquello que encuentren, tráiganlo pronto para alimentar a Alrak.

Los dos dragones volvieron a alzar el vuelo obedeciéndolo. Solrac los siguió con la vista pensando si los chicos lo conseguirían, era su primera vez.

«Deberían», pensó. «Al fin y al cabo eran por instinto depredadores». «Muy inexpertos», completó con otro tono, su misma voz.



Una Hazaña Singular

«Nada es capaz de dañarme, nada». Siul mentalizó la frase como un conjuro. Él y su amigo Otrebal, cual lobos de una manada, partían por primera vez de cacería. El efecto activó sus instintos de búsqueda, mezclándolo con el espíritu competitivo típico de su adolescencia.

—¡Verás lo rápido que rostizo aquella gacela!

—¿Cuál? ¿Aquella que acaba de desaparecer?...

—No. Sí. ¡No debí avisarte! ¡Me la has espantado!

—¿Has notado, Siul, que aunque volemos, no somos lo suficientemente rápidos?...

—¡Somos fuertes! ¡Indestructibles! Con eso debería bastar.

—Algo me dice que no.

—¡Cuidado!— En un instante, y estando peligrosamente cerca, Siul tuvo apenas chance de advertirle a Otrebal hacia dónde estaba a punto de chocar. Sin embargo, su abultado abdomen impactó contra una filosa roca con apariencia de árbol. El chico dragón emitió un gemido. Su amigo había percibido sobre qué sobrevolaban: Un bosque de árboles de piedra.

—¡Hey! ¿Estás bien?

—No estoy seguro. Me lastimé. Habría jurado que estábamos encima de árboles muy altos, no sobre columnas de piedra.

—Tampoco yo sé cómo fui capaz de advertirte. Algo me hizo alertarte. Este lugar es igual de raro que el jardín donde nos transformamos.

—¿No se supone que nada puede dañarnos?

—Casi quedas ensartado en esa roca.

—Yo estoy bien.— Respondió Otrebal desafiante. Levantó su rostro y le clavó su mirada frunciendo los dientes, resoplando de ira. Ofendido le replicó:

—¡Veremos quién es mejor! Alrak necesita comer; y estoy dispuesto a ser el primero que le lleve el alimento.

—Mi instinto ya me dice que seré yo.

—¡Eso está por verse!

—¡Bah! ¡Ya lárgate!

Ambos realizaron amplias brazadas en sentidos contrarios separándose. Siul se desplazó hacia el este y Otrebal hacia el oeste.

A Otrebal, luego de minutos de vuelo en solitario, le vino a la mente una conversación con Alrak.

—Chicos, todos los sucesos y situaciones para realizar nuestra aventura, están descritas con detalle por mí aquí.— Sacudiendo en la mano su cuaderno.

—¿Absolutamente todo?— Otrebal la miró haciendo una o con su boca.

—Bueno... Casi todo.

—¿Qué quieres decir, Alrak?— Le antepuso Siul.

—Que el propósito de nuestra aventura es atravesar algunos obstáculos juntos, aunque no tengo descritos aquellos retos en donde nos toque hacerlos solos. Es decir; si nos separamos, se perdería nuestra conexión con toda la aventura que he preparado en este cuaderno.

—¡Eso me suena más retador!— Soltó Siul con determinación.

—Puede que así sea; lo tendré presente, Alrak. Mañana Siul y yo iremos a buscarte y seguiremos tus instrucciones.

De vuelta al presente, Otrebal comprendió que al separarse de Siul iniciaba su propia aventura en solitario. Su abdomen le producía unas incómodas punzadas de dolor. Eran soportables pero le incomodaban. La filosa roca había logrado herirlo. Aunque ahora lo comprendía bien: No usar su instinto dragón oportunamente había sido la verdadera razón de esa humillación. Reconocerlo eliminó toda la rabia contenida hacia su amigo Siul. Sonrió. Y de sus fosas nasales brotó un cálido vapor.

Ahora Otrebal sobrevolaba una extensa planicie cuya textura vegetal estaba salpicada por centenares de tachones blancos, eran garzas. Un gran grupo de estas aves reposaba sobre verdes y redondos arbustos rodeados cuales islas por agua estancada de río, también densa y verdosa. Esta vez Otrebal con renovado espíritu, activó su sentido cazador. Inmediatamente sincronizó su vuelo con la posición del sol, evitando proyectar su sombra sobre las aves. Correteando entre las nubes se desplazó hasta un grupo lo suficientemente compacto como para permitirle un descenso eficaz. Súbitamente, sus movimientos antes torpes e inseguros, se tornaron ágiles y fluidos, como los de un halcón o un águila.

Dado su enorme peso, su descenso fue diez veces más rápido y mortal. Otrebal llevaba entre sus filosas garras, suficiente comida para Alrak, Solrac, incluso para Siul y para él. Volvía victorioso y realizado. Pronto divisó la Montaña Solitaria. Antes de llegar a la planicie, recordó un comentario de Alrak cuando leyendo su gran libro aprendía sobre los dragones: «Los únicos seres que comen la carne cocinada son los dragones y los humanos», recitaba. «Menos mal», pensó Siul aliviado.

Cuando al fin se reencontró con Alrak y su padre, Siul no había llegado. No pasó mucho tiempo cuando el olor de la carne rostizada lo hizo aparecer. Tímidamente se les unió al banquete, excusándose entre grandes mordiscos de gusto, lo convencido que estaba de que su amigo Otrebal lo conseguiría mucho antes que él.


Réquiem o Canción de Cuna

Al finalizar de comer recuperaron fuerzas y ánimos. Los cuatro aventureros rodeaban satisfechos las brasas con las cuales habían achicharrado la carne, los pocos restos calcinados formaban ahora una tibia fogata. El fuego danzaba juguetón con el viento, y las cenizas se arremolinaban como pequeñas luciérnagas nerviosas frente a sus ojos. La mitad de aquel círculo lo abarcaba solamente Solrac. Frente a él, Otrebal y Siul lo completaban. Alrak permanecía ahora sentada y sonriente, debajo del abdomen de su papá. Su rostro era color ámbar intenso, por el reflejo de las llamas más acentuado por la oscuridad que parcialmente comenzaba a cubrirlos. Habían permanecido algunas horas sin hablar contemplando el fuego. Sin saberlo, sus mentes habían dado un recorrido a través del tiempo y del espacio. Era su primer encuentro en conjunto con la esencia de los dragones. Alrak lo sabía, ella permanecía fascinada observando las brillantes llamas, a sus dos amigos, y cuando levantaba la vista, a los dos largos cuellos rematados en sendas cabezas de su papá dragón.

Aquel fuego resguardaba secretos, secretos y respuestas sobre la naturaleza de los dragones. Sólo ellos podían abrigar al fuego dentro de sí mismos, sólo ellos poseían la habilidad para dominarlo ya que provenían de él. Alrak también sabía cuan destructivo podía ser ese poder, completamente mortal si se desataba. «Peligroso y atractivo a la vez», pensó. Porque la naturaleza de los dragones era indomable pero al mismo tiempo esa fuente viva de energía, ese ardor en su interior, estaba conectado a sus sentimientos y emociones. Su poderío lo sustentaba el autocontrol y una particular conexión con el fuego mismo. Siul y Otrebal por ser jóvenes les tentaba desatar todo el ímpetu de esa fuerza. Solrac por el contrario, al comprender lo desastroso que resultaba perder por tan solo un momento su control, se mostraba ahora siempre calmado y sereno. El entorno creado entre las llamas y su simple contemplación mantenía en un estado casi hipnótico a los tres dragones. Alrak lo percibía y disfrutaba. Para ella era verdaderamente reconfortante. El naranja de esos cuatro pares de ojos bestiales era en ese instante casi rojizo. Sus respiraciones se percibían muy lentas y aletargadas. Estaban casi ausentes como en algún tipo de trance. Pero Solrac rompió el silencio dándole a Alrak un ligero sobresalto cuando comenzó a hablar.

—Cada ser lleva una gran flama sagrada en su interior, hija. Y es siempre necesario avivarla para que no se extinga. —Las frases eran susurros toscos, como ronroneos guturales pero Alrak era capaz de entenderlos. Ella comprendía el lenguaje de los dragones y lograba una total conexión con ellos.

—En esta primera parte del viaje, Alrak nos ha permitido mantener esa llama viva, ardiendo. —Las cenizas continuaban ascendiendo en espiral así como el vapor de la brasa hacia ambos rostros de Solrac, quien hablaba sin perturbarle.

—Nos iremos de aquí, proseguiremos la búsqueda, porque nuestra misión, amada hija, es resguardar tu llama. Evitar que se agote. Gracias a Otrebal y a su gran empeño, todos hemos recuperado fuerzas. Somos criaturas de fuego, incluso tú, a pesar de que no seas un dragón. Y hemos llegado hasta aquí para cumplir esta maravillosa tarea de encontrar tu tesoro, El Tesoro de Alrak, ¿Y qué nos motiva? La fe por tu supervivencia, y el amor incondicional que todos te tenemos.

El viento súbitamente arremolinó más cenizas oscureciendo el espacio donde Alrak se encontraba y las minúsculas partículas de fuego se avivaron creando una impactante visión: Alrak yacía moribunda acostada en la camilla de un hospital, rodeada de cuidados intensivos, monitores y un frío intenso. Su rostro ya no era ámbar, sino opaco y lechoso, con oscuras ojeras. La niña estaba conectada a una bombona de oxígeno y su respiración dependía de un fino cable acoplado a una mascarilla. El monótono pitido de su frecuencia cardíaca rasgaba el silencio de la habitación.

—¿Qué es eso, papá? ¿Por qué estoy enferma en un hospital?

—Esa es la realidad que pretendemos cambiar mi amor. —Respondieron al unísono las dos cabezas de Solrac con una ternura indescriptible.

—¡Cómo! ¡No recuerdo nada!

—El día que culminaste el mapa del tesoro, esa misma noche entraste en coma. —Continuó Siul sin querer interrumpir a Solrac. —Semanas después iniciamos su búsqueda guiados por ti a través de las anotaciones en tu cuaderno. Recorrer la ruta nos llevó hasta el patio trasero de tu casa. —Apuró a completar Otrebal buscando también testificar. —Y al pisar aquella extraña sustancia vegetal nos volvimos... ¡dragones! ¡Como lo habías predicho!

—Pero yo siempre he estado presente con ustedes, ¿o no?..

—Cuando te vi Alrak junto a Siul y Otrebal no comprendía nada, al volverme yo también un dragón fue cuando les seguí la pista y me fui percatando que junto a ellos dos tú no estabas enferma, ¡para nada! Aunque me debatía en saber cuál de las dos situaciones era la verdadera realidad, y es ahora cuando el mismo fuego nos lo revela.

—Papá, por favor dime, ¿en verdad estoy?... —Solrac no le permitió terminar la pregunta y con dos fuertes soplidos sincronizados barrió la tétrica imagen junto a las oscuras cenizas, quedando nuevamente el aire limpio con cálidas partículas de fuego vivo flotando ante ellos.



"Esperar que un niño se convierta en dragón".

Proverbio chino y frase de buena suerte.


Temperamento de Dragón

Cierta vez, Alrak supo por qué su papá había decidido estudiar dermatología. «De niño estuve rodeado de gatos. En el patio de la casa generalmente podías verlos trepados en los muros, merodeando. Tu abuelo los fines de semana podaba y regaba el jardín y yo disfrutaba explorando sus alrededores. Muchas veces él lograba enseñarme muchas de esas labores, y en otras ocasiones simplemente me dejaba por mi cuenta. Los arbustos y senderos que mi padre había creado me tentaban casi siempre a recorrerlos y a hacerlos mi escenario de juegos personal». Alrak lo escuchaba y notaba la emoción en su tono de voz. «Contemplar las formas de vida y analizar su especial comportamiento eran de gran interés para mí. Papá había fabricado una caja nido con retazos de madera y la había colocado al costado de un grueso y frondoso árbol de mangos, como a dos metros y tanto de altura».


—Así protegeremos los huevos de cualquier parejita de pájaros que decida mudarse en ella. Podrás observar todo lo que suceda dentro. Eso sí, sin perturbarlos, Solrac.


«Pasaron algunas semanas hasta que logramos pillar el instante sutil; una pareja de jóvenes petirrojos se habían hospedado en la caja nido de papá. Lo que sucedía dentro y fuera de ella era un misterio emocionante. Orientado por mi padre y leyendo varios libros sobre aves, comencé a llevar un registro escrito con anotaciones y dibujos minuciosos. Así, poco a poco, fui clasificando mis notas por orden cronológico, asegurándome de anotar todos los detalles. Fueron mis primeros pasos como ornitólogo. Lo que me llevó a la dermatología pasó unos meses después».


«Con la ayuda de unos binoculares podía apreciar con mayor detalle el comportamiento de las aves. ¿Sabías que son capaces de empaquetar sus excrementos, sacándolos fuera del nido para mantenerlo limpio?... Los petirrojos jóvenes no poseen esa vistosa mancha escarlata en el pecho que les da su nombre, sino hasta volverse adultos. Curioso, ¿no?» Alrak afirmó con la cabeza, sonriendo. Solrac prosiguió. «Me había aficionado a observar y a conocer cada día más sobre las aves. En mis libretas tenía diagramas, bocetos, y una cantidad importante de datos sobre ellas. Con ayuda de tu abuelo habilitamos abrevaderos, comideros y hasta una fuente como baño para ellas. Un día vi merodear algunos gatos y temiendo por las aves que ahora eran más numerosas, me dispuse a alejarlos».


—¡Cómo hiciste para espantarlos, papá?- preguntó Alrak con expectativa.


—Conecté la manguera y disparé un fuerte chorro de agua al gato más próximo. El animal reaccionó de inmediato, alejándose de un salto y huyendo. Te confieso: Su miedo al agua y lo divertido de su fuga me inspiró un placer sádico. ¡Los niños a veces podemos ser crueles! Y aunque ahora me dé pena admitirlo, intencionalmente aumenté la presión del agua descargando un potente chorro a un segundo felino.


—¡Papá!... —Alrak mostraba desaprobación y morbo a la vez. -¡Hay que ver! ¡Continúa!


—Este segundo animal no reaccionó igual, créeme. Todavía recuerdo su postura desafiante y la fuerza vivaz en su mirada. Con sorprendente agilidad logró esquivar mi ataque. Los otros gatos no. ¡Sucumbieron recibiendo un gran remojón! Mi contrincante era de pelaje atigrado y su habilidad para evadirme me hizo esforzarme aún más.


—¿Y entonces qué hiciste?


—El ataque fue sorpresivo y tan veloz que fui incapaz de reaccionar. Voló literalmente contra mí. Las filosas uñas de sus patas delanteras quedaron incrustadas todas a ambos lados de mi cara, mientas que el rostro del animal bufaba emitiendo unos maullidos escalofriantes. El ardor en la piel y la sangre me hizo soltar la manguera y gritar de dolor. Caí de rodillas mientras el gato permanecía aferrado con fiereza a mi cara y a mi pecho con las patas traseras. Sé que papá llegó en mi auxilio y logró sujetarlo y no sin esfuerzo, desprenderlo de mi carne. Me sentí tan estúpido. Las heridas eran sólo el principio de una cruel lección. Muchas aves fueron devoradas ese mismo día por los mismos gatos que había tontamente espantado. La táctica de aquel cazador había dado resultado: al atacarme había no sólo neutralizado la amenaza, sino también abierto el festín a sus compañeros.


—No imaginé que eso te pasara, papá. Lo siento mucho.


—Tranquila, ese incidente trajo un cambio profundo en mí, Alrak. Las heridas de las garras sanaron con el tiempo. Las cicatrices me orientaron al estudio de la piel y a la profesión de dermatólogo que ahora poseo. Es fascinante saber que la piel es el órgano más extenso. Ya te iré contando algunas cosas más sobre ella. ¡Poco a poco!


—Papá, ¿Crees que otro animal podría haber reaccionado así como lo hizo ese gato?...


—Tal vez, hija. Al sentirse amenazado es posible.


—¡Ese gato tenía temperamento de dragón, sin duda alguna!



Un Latido Lejano

Siul. Otrebal, Solrac y Alrak retomaron el vuelo muy temprano, apenas el sol apareció al este de la Montaña Solitaria. Su incandescencia nutría al cuarteto de renovados bríos. Su próxima parada debía ser el gran lago. Los rayos solares eran hilos de libertad suspendidos en el firmamento demarcando el camino a seguir. Era un camino desconocido e inexplorado, materializado por aquel mapa de Alrak. Debían llegar al gran lago evitando acercarse al lugar llamado La Calavera. Ella ya les advertía de los posibles peligros de aquella zona, sin embargo, los tres dragones avanzaban con total confianza. Pensar en peligros era risible. Si un solo dragón ya era por sí temible, tres representaban poder absoluto. Con total majestuosidad abarcaron a vuelo largas distancias y esta vez con mayor vigor. Siul y Otrebal habían alcanzado un mayor tamaño y casi se asemejaban en corpulencia y proporciones a Solrac. Alrak fue quien lo notó cuando ambos dragones pasaron planeando debajo de su padre en paralelo, percatándose de lo rápido que habían crecido y desarrollado. Así mismo lo demostraba la velocidad con la que volaban. Solrac llevaba un ritmo sosegado mientras que Siul y Otrebal fueron cada vez más tomando la puntera, alejándose por varios cuerpos de ventaja. Su juventud y ganas se hacían evidentes frente a la serenidad de Solrac.

—¿Vas a dejar que ellos tomen la ventaja?— Alrak gritó justo en medio de las dos grandes y atemorizantes cabezas, quienes de reojo voltearon hacia la niña. Su reproche había causado efecto. Súbitamente sintió como el aire le obligaba a replegarse, cual jockey que cabalga con fuerza en su montura hacia la recta final. Buscó sujetarse lo mejor que pudo abrazando una de las escamas triangulares que sobresalían de su papá dragón.

El cielo estaba limpio de nubes esa mañana, pero todo el abstracto paisaje que Alrak lograba ver abajo iba desplazándose hacia atrás como un gran tapiz, cada vez a mayor rapidez. Alrak sonrió y se sintió extremadamente viva en ese momento. Era una sensación de vértigo y emoción única. Siul y Otrebal también quisieron acelerar el vuelo al ver pasar rasando sobre ellos a Solrac. Ahora era él quien les ganaba sobradamente. Pero el sol quedó oculto inusitadamente detrás de una montaña y por varios segundos toda su calidez desapareció, dejando el aire extremadamente frío y brumoso. Alrak se estremeció e impactada por el sorpresivo cambio de clima, buscó dentro de su mochila una chaqueta aprovechando ponérsela cuando su padre desaceleró.

Los tres dragones también percibieron el extraño fenómeno y agudizaron sus sentidos. La zona hacia donde habían volado se había tornado sombría y misteriosa. Alrak señaló hacia su izquierda; desde donde estaban se podía divisar el gran lago, pero al tratar de alzar la voz y avisarles su hallazgo, se percató que un tubo de plástico obstruía su garganta. Sintió pánico. Repentinamente todo el entorno tan amplio y exuberante fue ensombreciéndose. Alrak intentó gritar, intentó respirar, no fue posible. Sólo habían pasado unos segundos pero el miedo le hizo parecer una agonía eterna. Sintió que caían lentamente y sin poder evitarlo. Esta vez el vértigo le oprimió el estómago como un latigazo y la sensación fue ruda y espeluznante. Creyó morir, viendo como desde tan alto que estaban, el cielo y la tierra se invertían en un espiral imparable.

Pero, ¿por qué todo sucedía como en cámara lenta? Alrak buscó en un desesperado intento, hallar a sus dos amigos dragones con la mirada; enfocándose en aquel trozo de espacio gris que distinguió como cielo y sólo por instantes los vio. Siul y Otrebal giraban en picada y sin control encima de ella como envueltos por esa misma fuerza incontrolable que los derribaba de las alturas hacia una fantasmagórica oscuridad.

Todos sus sentidos se apagaron, quedando su palpitante corazón marcando un pulso cada vez más lento y amortiguado.



La Calavera

Quelra entró sigilosamente a la habitación 212. Afuera en recepción la pusieron al corriente del delicado estado de salud de Alrak. Había sufrido quemaduras de segundo y tercer grado. De espaldas a ella, Solrac, verificaba junto a una enfermera las lesiones en el cuerpo de su hija, anotando en un gráfico su magnitud y necesario tratamiento. Quelra se paró al pie de la cama clínica, en medio de ambos.


—¿Cómo ha reaccionado la paciente a los trasplantes, doctor?— Solrac volteó, alzando los ojos por encima de sus lentes, reconociendo la familiar voz de Quelra, y manteniendo el trato formal frente a la enfermera, respondió:


—Ha sido favorable, doctora. Anoche hubo cierta complicación durante el segundo paso, sorpresivamente se presentó una descompensación en su presión arterial y su respuesta respiratoria, lo que nos obligó a proceder de urgencia con una traqueotomía. En este instante evaluábamos los resultados.


Solrac hacía un enorme esfuerzo por mantener una postura firme y carente de emociones. Atender a su hija y ser responsable de su recuperación eran una gran prueba. Quelra era su colega; alguien a quien apreciaba y podía ofrecerle un valioso apoyo como especialista y también como mujer. Ella lo amaba y guardaba la secreta esperanza de poder en algún momento iniciar una vida juntos. Pero debía aguardar. Ella más que nadie conocía lo delicado y lento que resultaba un paciente con quemaduras. Aunque ella y Solrac eran los mejores dermatólogos, la salud de Alrak estaba en riesgo, y su vida también.


El accidente había ocurrido en el garaje de la casa de Siul. El chico había propuesto, sin el consentimiento de sus padres, poner en funcionamiento un compresor de aire con el cual se lograba inflar un enorme globo publicitario. «¡Ya verán chicos! ¡He visto cómo se hace! ». Alrak y Otrebal le secundaron por el hecho de no haber visto nunca algo así, pensando que sería divertido.


—Vamos a sacarlo. Empujen y extiéndanlo hacia fuera.


—¡Esto pesa bastante!


—No te quejes, "niñita".


—¡No le digas así!


—¡Tú tienes más fuerza que él! Ja,ja,ja.


—Ustedes dos sigan empujando, que yo voy a encender el motor.


Siul brincó sobre la enorme superficie sintética desparramada, retrocediendo hacia el interior del garaje, mientras, Alrak y Otrebal continuaban desplegando a empujones la enorme y arrugada alfombra. Caminaban a gatas empujando y extendiendo el globo fuera del garaje hacia la calle. Otrebal se adelantó a Alrak por un instante, justo cuando el aire comenzó a penetrar el interior de la gran bolsa, haciéndola expandir en todas direcciones. Cada uno buscó entre rebotes y risas, desplazarse fuera de su superficie. Era como si una descomunal criatura cobrara vida en el piso de aquel garaje, y los dos niños renunciaran a cabalgarla. Siul había equivocadamente activado la velocidad máxima del compresor con lo que imposibilitaba el control para maniobrar e ir desplazando el gran globo en correcta posición. No previó que la fuerte presión del aire y el tamaño desmesurado que iba adquiriendo con tal rapidez los llevaría al desastre.


Otrebal quedó boquiabierto frente a la entrada del garaje, estaba completamente tapiada por una gigantesca lengua tricolor cada vez más hinchada y tensa.


—¡Apaga el motor, Siul! ¡Apágalo ya!— Gritó Otrebal desde la acera del garaje. Acto seguido se escuchó otro grito, más agudo y apagado junto al estremecimiento de una estantería de metal que se desplomaba con todo su contenido en el interior del garaje. Escuchar pero no poder ver lo que ocurría hizo entrar en pánico a Otrebal. Volteó para ambos lados de la calle con la esperanza de hallar algún vecino curioso, alguna ayuda de un adulto, nadie apareció. En su desesperación, saltó hacia el globo aferrándose a unos salientes perforados que servían de ojetes para colocar los amarres. Jaló con todas sus fuerzas hacia fuera, varias, muchas veces. Era un peso muy superior pero su insistencia logró zafarlo hacia su parte más angosta. Lo más rápido que pudo buscó penetrar hacia el interior del garaje en busca de sus dos amigos.


—¡Apaga ya el maldito motor!— gritó histérico Otrebal, aún sin lograr ver a Siul ni tampoco a Alrak.


—¡No puedo!— Respondió con voz penosa Siul desde el fondo. El artefacto lo había atrincherado por la presión del globo contra la pared, con tal fuerza que el chico estaba inmovilizado completamente.


—¡Alrak! ¡Alrak! ¿Dónde estás? ¡Contéstame!— La niña no respondió.


—¿Por qué gritó? ¿Qué le pasó?— Sin esperar respuesta, Otrebal se agachó en cuclillas y del piso logró tomar una astilla filosa, parte del armario de metal que se había desplomado antes.


—¡Voy a reventarlo!— Advirtió Otrebal al tiempo que comenzaba a pinchar su dura superficie.


—¡Alrak, contesta!


—¡Alrak, Dios!


Ambos chicos llamaban a su amiga desde distintos lugares sin recibir respuesta. Otrebal logró al fin perforar el globo, espichándolo. El aire comenzó a escaparse por la hendidura, pero igualmente el mismo aire del compresor luchaba por mantenerlo lleno. Otrebal se escabulló empujando y luchando hasta llegar al fondo del garaje donde se encontraba atrapado su amigo Siul. Todo estaba oscuro y el aire estaba enrarecido con olores químicos de pinturas y solventes que se habían desparramado en el piso al desplomarse las repisas que los almacenaban. El globo había estallado todos los tubos fluorescentes colgados en la lámpara del techo y los trocitos de vidrio blanco los trituraba ahora Otrebal con sus pisadas.


El chico valerosamente logró llegar hasta donde su amigo Siul, guiado por el monótono rugir del compresor. Otrebal vio su silueta apenas. El chico le volvió a confirmar su penosa situación.


—Otrebal, no puedo apagarlo, estoy atorado. — En verdad al niño no le era posible moverse, y ya sus manos estaban fuera del alcance de los interruptores del compresor. Siul con el punzón de hierro aún en la mano, buscó usarlo esta vez como palanca para empujar el pesado aparato y liberar a su amigo. La angustia y la tensión repentina dieron a Otrebal la fuerza para lograrlo.


—¡Empuja!— Le ordenó a Siul y ambos lograron la sacudida, pero el cable conectado al tomacorriente se desprendió con violencia soltando un chispazo.


Alrak estaba desmayada y cubierta por temibles líquidos inflamables esparcidos en el lateral de la pared y el piso, a pocos metros de ellos, pero el volumen del globo la ocultaba por completo. La chispa entró en contacto con lo volátil de esos químicos y el fuego se inició. El aire del compresor avivó una cortina de fuego hacia el interior del globo, sin embargo, la ropa de Alrak se prendió en algunas partes. El dolor agudo la despertó. El humo tóxico le atenazó la garganta y le abrazó los pulmones. Pensó que iba a morir, no podía respirar y el pánico la paralizó. La luz intensa del fuego le hizo ver la enorme calavera blanca sobre fondo negro impresa en el globo, que ahora empezaba a consumirse con las llamas. El intenso calor la sofocaba y el intenso humo le nublaba los sentidos. Siul y Otrebal brincaron hacia ella y aunque no logró verlos, supo que habían podido rescatarla. Sintió como la tomaban por brazos y piernas y alzándola, los tres atravesaron las llamas y el humo hacia el exterior.




"Se miraron mutuamente, como cuando se oyen cosas que se tienen por verdaderas"

La Divina Comedia - Canto Decimosexto


Manos o Garras

Alrak estuvo inconsciente durante tres días. Al despertar sintió rígida la garganta y un leve ardor en brazos y piernas. Poco a poco fue recorriendo con la mirada la blanca habitación donde reposaba. Sobre la cabecera, una amplia ventana proporcionaba tibia luz solar y toda la claridad proveniente del frondoso jardín de cuidados intensivos. Una pulcra enfermera entró al rato con una bandeja conteniendo un nutritivo y modesto desayuno. Le dio los buenos días a Alrak con tímida cortesía y colocando frente a ella la mesa comedor con la bandeja, suavemente fue ajustando el respaldar con el mecanismo que inclinaba hacia adelante la mitad del colchón.

—¿Cómoda?—le preguntó, sonriéndole. Alrak asintió. Gentilmente la enfermera fue ayudándola a comer,

—Eso es... poco a poco. Ve tragando lentamente mi niña. ¿Viste? Tu papá mismo eligió el jugo y las frutas que más te gustan. Alrak obedeció porque su propio cuerpo le pedía a gritos alimentarse. Se comió todo a pesar del malestar y logró superarlo. Al terminar se sintió más confortada.

—¿Puede por favor llamar a papá?

—¡Claro! Me pidió avisarle a penas terminaras el desayuno.

—Gracias.— contestó Alrak al ver a la enfermera alejarse.

La niña aguardó y mientras se imaginó a su padre desplazándose por el amplio pasillo convertido en dragón. Amortizando sus pesados pasos y deslizándose con sigilo para no perturbar a ningún paciente. Observando simultáneamente hacia ambos lados de cada corredor para echar un rápido vistazo a cada uno a través de los amplios ventanales. Imaginaba las caras asombradas de quienes lograran verlo y sus reacciones. Es muy probable que siendo esa el área de cuidado infantil, a muchos de ellos les fascinaría presenciar algo así.

Alrak comenzó a escuchar raros murmullos y voces amortiguadas provenientes del pasillo. La puerta estaba abierta, y los cuchicheos repentinamente enmudecieron. Alrak casi se baja de la cama para comprobar si esos sonidos eran o no producto de su imaginación. La sonda del suero y otros sensores la retuvieron. Clavó su mirada hacia el pasillo hasta que una lluvia de aplausos y los rostros sonrientes de Siul y Otrebal junto a sus padres, Diaclau, Quelra y Solrac entraron en desfile con globos multicolores y regalos para festejar junto a ella su milagrosa recuperación.

La niña quedó boquiabierta; cada uno fue depositando una ofrenda, expresando palabras de afecto hacia ella contemplándola con atención y detalle. Su padre fue el último en acercársele, todos bajaron la voz para escucharle.

—¡No sabes lo feliz que todos estamos al saber que estás bien, hija!

—¡Sí! ¡Estamos muy felices!— expresaron a coro los demás, impulsados por la emoción.

—Gracias a Dios, Siul y Otrebal nos avisaron a tiempo y logramos atenderte con la mayor prontitud.

—¿Y ustedes, chicos... están bien?—la voz de Alrak sonaba opaca, carrasposa.

—Venos, estamos bien... ¡Sólo que hayas despertado y podido hablar me ha puesto mejor!— Siul soltó su comentario con su impulsividad habitual. Con su mirada buscó darle el turno a su amigo Otrebal, quien los miraba a ambos con tangible emoción.

—¿Qué contento estoy, querida amiga!— Otrebal le tomó la mano contemplándola con devoción. —Tu papá nos contó lo delicado de tu situación, en verdad lograste volver...¡Es increíble!

Siul y Otrebal se miraron cómplices para luego cada uno tomar las manos de Alrak.

—Ustedes dos y papá me han salvado y permitido llegar hasta mi tesoro. Les doy las gracias a todos por eso.

—¿Tu tesoro?...—Quelra preguntó con el interés de sentirse ahora parte de esa confesión repentina.

—¡El tesoro de Alrak!— exclamó Diaclau con toscos ademanes. —¡El tesoro guardado de mi niña! ¡Su aventura con sus amigos dragones...! Ella fue contándome paso a paso todo, yo recuerdo...— Quelra fue la primera en detectar la incredulidad en los rostros de los padres de Siul y Otrebal, y reaccionando les pidió cortésmente a los cuatro que aguardaran un momento afuera. Quelra volvió junto a Solrac y prosiguió escuchando la confesión de Diaclau, quien ya daba detalles de cómo Alrak había concebido el mapa y los lugares a explorar. Quelra la interrumpió:

—Ciertamente Alrak, tuvo visiones y sensaciones que en su imaginación estructuraban un recorrido y el más peligroso había sido la calavera esa...—Quelra buscó que sus deducciones la llevaran a entender si la niña al final fue salvada por manos humanas o feroces garras.

—Fueron ambas, mamá.—respondió Alrak, dejando completamente en blanco a Quelra al referirse a ella así.

—Estando en aquella horrenda oscuridad y cuando creí ya todo perdido, en un instante logré ver el rostro que yo había resguardado muy adentro, oculto en un lugar muy secreto en mi memoria. El de mi madre cuando vivía. Al verle quise acercármele, tocarla, ir tras ella. Cada paso que intenté dar en aquella dirección me ahogaba. Ella comenzó a hablarme y a darme fuerzas con palabras muy intensas de aliento, y me suplicaba que volviera, que no me rindiera a esa terrible oscuridad. — Alrak hizo una pausa, aclarándose la voz, que ahora, pese a su tono débil, era conmovedora.

—Y lo encontré... ¡ahora lo encontré, mamá! Ustedes son mi tesoro, resguardan mi vida y mis sueños, ahora lo sé. — Alrak cerró los ojos y al hacerlo, sonrió.


Epílogo

Aquella confesión de Alrak logró un efecto mágico en todos; particularmente en Quelra. Ella conocía también bastante de botánica y fue quien lo notó al prestarle mejor atención a aquellas peculiares plantas sembradas en el jardín interno porque coincidían completamente con la descripción que Alrak les había dado al contarles cómo Siul y Otrebal, y luego su papá, se habían transformado en dragones. «Vidnonia trepadora» pensó Quelra atónita al ver por el cristal la particular planta de hojas rojizas que en otros tiempos los conquistadores usaban para preparar un té energizante.

—¿Te fijaste que la planta que describe tu hija está justo allá fuera?— Quelra susurró la pregunta a Solrac señalando hacia el jardín con expresión triunfante.

—¿Estás segura?

—Sí. Completamente.

—Ahora recuerdo, amor. Hace unos años, antes que los vecinos desalojaran su casa y se marcharan de vuelta a su tierra natal, hubo un jardinero que les hacía mantenimiento y acondicionaba sus jardines. Un día me ofreció unas curiosas semillas, explicándome que provenían de tierras lejanas y eran consideradas una especie muy apreciada por sus patrones. El amable jardinero me mostró el lugar en donde las había ya sembrado; justo debajo del frondoso árbol que delimitaba su jardín del mío. Cuando terminaron la nueva sala de cuidados intensivos del hospital, Diaclau me sugirió sembrar ahí aquellas semillas que el jardinero me había obsequiado.

—Sí, yo recuerdo eso.—Confirmó la criada con solemnidad prosiguiendo.

—Berfa Tellcas, se llamaba aquel hombre. Era por lo que me llegó a contar, pariente de un padrino de su patrón, y había venido a estas tierras a ganarse la vida con el sudor de su trabajo.— Diaclau y Berfa conversaban de vez en cuando al coincidir ambos en el patio, mientras el podaba el gran árbol vecino y ella colgaba al sol la ropa limpia en el tendedero.

—Mostraba un gran amor por las plantas; muchas veces me asomaba desde el cuarto de la niña Alrak logrando verlo desde ahí. Ella hizo muchos dibujos hermosos de ese jardín. ¡En las noches cautivaba mucho más por las luces y los colores y el rico aroma de aquellas flores!

—¡Es hora de salir de aquí!—exclamó Alrak a viva voz.

Siul y Otrebal abrieron espacio deslizando rápidamente la cama clínica en un giro de noventa grados, colocando a Alrak frente a la ventana. La niña se incorporó enérgicamente caminando sobre el colchón, abriendo la ventana que daba al jardín de par en par. Siul y Otrebal saltaron al unísono seguidos de Solrac, los tres cayeron casi simultáneamente sobre unos minúsculos frutos abultados esparcidos por doquier sobre la grama exterior.

En la sala de espera, los padres de Siul y Otrebal escucharon unas fuertes detonaciones consecutivas, provenientes de la habitación. Parecía como si todos los globos obsequiados a Alrak reventaban estridentemente a la misma vez. Se levantaron de las sillas entrando nuevamente al cuarto. Estaba vacía. Sólo los regalos, incluso los coloridos globos de helio, permanecían mudos e intactos adentro. Los cuatro señores se miraron doblemente sorprendidos, buscando saber a dónde se habían ido todos. La ventana abierta mostraba la vía de escape, pero en aquel jardín no había nadie.

—¿En qué momento han salido?—preguntó la mamá de Otrebal.

—¿Y qué produjo entonces esas explosiones extrañas si los globos están intactos?...— completó el esposo. Se miraban y a su vez buscaban por todas partes, agachándose debajo de la cama, y confirmando que no estaban los seis escondidos dentro del closet.

Fue Siul padre quien distinguió fugazmente tres objetos voladores distantes en el cielo y supo que aquellos no se parecían a ningún modelo que él exhibiera en su tienda. ¿Sería algún nuevo prototipo de la competencia? Alrak cabalgaba sobre Solrac, Quelra sobre Siul y Diaclau sobre Otrebal en formidable formación. Las gordas nubes les brindaban la oportunidad ideal de volar a sus anchas y desaparecer en un pestañear de su vista. Las dos parejas volvieron a la recepción para informar a las enfermeras lo sucedido.

—Los doctores han dejado dicho que no se preocupen. Han salido con Alrak a tomar un poco de aire fresco. Volverán justo antes del almuerzo. Invitaron a sus hijos y a la señora Diaclau. Ellos creen que tal vez la próxima vez, ustedes también podrán acompañarlos. ¿Desean los señores esperarlos a que vuelvan?—Hubo una pausa y los cuatro sonrieron aliviados. Uno de ellos dijo:

—Sí, claro, los esperaremos. Mientras iremos a comernos algo.— Y se marcharon animados por el amplio pasillo hacia el cafetín para seguir conversando.

Fin


Agradecimientos

Contar con el apoyo de personas claves y muy especiales en esta área literaria, hizo posible esta historia. Gracias a las facilitadoras Isabel González y Penélope Hernández, a la Dra. Mariseleni Sulbarán (amiga virtual, Pediatra y fan de esta historia), a todos mis compañeros del Taller de Escritura Creativa del CELARG, a mis colegas y amigos que me estimularon a seguir por esta senda y en especial a mis hijos Brian y Luz Selene Mambié, a sus ocurrencias junto a sus amigos de primaria, ellos fueron al final quienes me inspiraron e hicieron posible crear la magia expresada en el "Gran Libro de los Dragones" aunque a menor escala.

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