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Un País Insólito: VN-Z.L.A. (Capítulo XXI)


Un País Insólito: VN-Z.L.A.
Novela inédita escrita por Alfredo E. Mambié F. ©2017

(Manuscrito Final)


Código de registro: 1801315637436 (Safe Creative)

Nota Importante: Los personajes y situaciones descritas en esta obra literaria merecen ser respetadas y ser consideradas propiedad intelectual de su creador. Sí desean difundirla, respaldarla o referirla de cualquier manera, incluso brindarle apoyo económico, promocional o editorial, el autor en persona se los sabrá agradecer.  amambie@gmail.com

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VE-20-02-2167

Los días de febrero despuntaban con un sol resplandeciente. El cielo despejado y limpio, emanaba un azul particular, muy cálido y vibrante. En contraste soplaba una brisa muy fría que te entumecía las manos y hacía moquear la nariz. Durante esa época del año amanecía y oscurecía lentamente. La actividad laboral en VN-Z.L.A. se suavizaba considerablemente, enfocándose en aquellos desempeños relacionados con el Gran Carnaval. Lo pintoresco de esa semana era visualizar a la población disfrazada. Sin distinción, a cualquier lugar que voltearas te encontrabas con un personaje particular. Llamaba muchísimo la atención que los cuerpos policiales y de seguridad, podían formar parte de esta gran celebración, por tal razón, sus habituales uniformes pasaban también a ser distintos a los usados el resto del año. Sólo los miembros activos de los escuadrones policiales sabían distinguirse entre ellos y detectar a aquellos que no lo eran. Porque al venezolano siempre lo ha caracterizado su abierto sentido del humor entre familiares y amigos; es innato en ellos ese sentimiento de embromar sanamente, especialmente a cualquier desprevenido. En esas fechas, a los verdaderos cuerpos policiales se les presentaban repetidos casos de suplantación de identidad reportados en distintos lugares, correspondientes a situaciones que terminaban siendo luego videos virales, al estilo cámara escondida, entre los que casi siempre aparecía un policía o varios (que en realidad no lo eran), generando una situación bizarra con las inocentes víctimas que no lograban identificarlos como falsos funcionarios. Pero todo era bien recibido la mayoría de las veces. Aquel que caía en la broma, luego podría estar maquinando el modo creativo de hacerle pagar a los que lo habían engatusado. Era época de Carnaval, las motivaciones y deseos ocultos tras las máscaras y atuendos, lograban un canal abierto, un medio peculiar de expresión. 

Había para todos los gustos, edades y presupuesto: figuras y héroes históricos nacionales e internacionales, personajes literarios, de series, películas y video juegos, deidades mitológicas, seres angelicales y místicos como también del imaginario popular venezolano y de nuestros cuentos y leyendas indígenas; niños y niñas se paseaban por una gran variedad de opciones y temáticas: animales, monstruos y criaturas fantásticas, avatares y personajes del universo manga y cosplay japonés. A los jóvenes les encantaba colocarse implantes robóticos, antebrazos, manos o alguna otra extremidad que los distinguiera como disfraces futuristas. Esos implantes eran muy apreciados por sus detalles y apariencia real. Irónicamente atraía más a los muchachos que, gracias a Dios, nunca habían sufrido ningún accidente. Los mutilados eran muy envidiados porque ellos sí los usaban permanentemente como prótesis artificiales, dado que costaban una gran fortuna y les daba una apariencia distintiva, ser mitad máquina, mitad humano. Y más rienda suelta a la imaginación la podías ver en aquellos “alienígenas” como Hilyomag, Hannah, Marcos, Clara, Mario, Leonardo o Jesús. Sus atuendos eran reseñados en millares de sitios web, promoviendo un gran oleaje turístico internacional a nuestro país y los mejores elogios en cuanto a su originalidad. 

Ahí, en ese ambiente colorido, fascinante y futurista, monumental y extraordinario, en un multiverso con extravagancia teatral e irrealidad colectiva transitaba Beto Valdez “Chico Tico”. Ya era un miembro activo de la Hermandad de la Serpiente, y trabajaba con los contactos encargados en repartir su mercancía letal a todo aquel dispuesto a comprarla. Aquella era una oportunidad excepcional; visitantes extranjeros estarían más que dispuestos a hacerlo, ya que él conocía sus alucinantes efectos. Pero el tráfico de estupefacientes estaba severamente sancionado y la tecnología había logrado grandes avances para combatir eficazmente a los responsables de mercadearla. La misma sociedad moderna había logrado confrontar ese flagelo al separarse en dos vertientes: una gran mayoría, errática e indiferente, quienes a causa de la dependencia a esas sustancias nocivas y a sus nefastos efectos, vivían entre las sombras, con un miedo permanente, sumidos en la mayor desesperación y zozobra, y una minoría, conscientes del deber social, los afortunados habitantes del nuevo orden, quienes ahora eran personas de extraordinaria fuerza interior. Los deportes, la meditación y el contacto permanente con la naturaleza eran su fuente primordial. Pero ambos grupos coexistían retroalimentándose unos a otros. Los que elegían depender de sustancias como las biodrogas, intensificaban sus emociones, expandían su nivel sensorial y vivían un intenso éxtasis artificial, una teofanía, como bien podría definírsele. Las teofanías producidas por las biodrogas eran experiencias terribles, que cargaban a sus víctimas de un profundo sentimiento de miedo; pues estar bajo sus efectos era como experimentar estar ante la presencia física y tangible de un atemorizante ser divino, era incomparable y traumático. Creaba un gran choque emocional entre lo real y lo imaginario. Y al desdibujarse esa línea, la locura llegaba sigilosa ante ti arrastrándote al abismo.
 Beto Valdez comenzó a tararear su propia danza con la muerte, entre un sinfín descomunal de carrozas, (ahora eran enormes plataformas que flotaban como islas sobre las anchas avenidas dispuestas para el desfile), todas iban repletas con vistosas agrupaciones musicales que lograban guardar la sincronía de interpretar los mismos temas, sin importar no encontrarse en el mismo lugar, ni utilizando el mismo tipo de instrumentos, generando aun así, un ambiente musical hipnótico y cohesionado, al mismo tiempo muy alegre y contagiante. Finas luces láser atravesaban los cielos, los edificios cercanos se iluminaban y transformaban su aspecto miméticamente. De vez en cuando, se podían ver las sorprendentes maniobras de cuatro drones en perfecta formación sobrevolando los cielos y dejando mensajes y motivos alusivos a la celebración, escritos sobre el cielo azul. También estaban encargados de esparcir papelillo y serpentinas tornasol que se desintegraban al tocar el suelo. Las principales salidas del sistema metro eran como grandes arterias de donde un torrente de personas fluía sin cesar. Dentro de ese torrente también se desplazaban miles de periodistas y reporteros. Beto Valdez sabía que trabajar como comunicador social le permitiría un cómodo acceso dentro del desfile y demás actividades relacionadas. Había logrado al graduarse ser uno de los mejores de su clase, sin embargo, estaba un poco nervioso, porque le habían encargado entrevistar y transmitir en vivo. Pero era una excitación agradable. Beto poseía una gran seguridad en sí mismo, tenía buen timbre de voz y un rostro atrayente, expresivo, y sobre todo, se había preparado muy bien previamente. Luego de ubicar y subirse a una de las tantas plataformas móviles de transmisión televisiva. Activó el apuntador digital en su oído derecho e hizo las respectivas pruebas de sonido, el nanodispositivo era a su vez micrófono inalámbrico inteligente. La conexión funcionaba perfectamente. Beto escuchó enseguida las instrucciones del director técnico, rápidamente ocupó su puesto frente a la cámara, cuando su luz roja indicadora se encendió, comenzó su primera intervención. 

—¡Reciban un cordial saludo, querido público! ¡Sean bienvenidos! ¡Estamos transmitiendo en tiempo real desde el majestuoso Paseo Los Ilustres, para compartir con todos ustedes, la grandiosa celebración de los Carnavales VN-Z.L.A. 2167! —Mientras Beto hablaba, cientos de pantallas lo mostraban por todo lo largo y ancho de las amplias avenidas; esa misma señal ya viajaba por la Neurobionet, llegando a cada persona conectada. Otras cámaras inteligentes estratégicamente filmaban desde distintos ángulos los sucesos, intercalando contenidos audiovisuales, haciendo instantáneo el proceso de edición, con un resultado muy profesional y preciso. 

—…¡Haremos un recorrido cronológico por la historia de estas fiestas, en cada segmento le estaremos contando sus peculiares orígenes!… ¡También entrevistaremos a los personajes más votados y populares, ganadores de nuestras encuestas al disfraz más creativo y original según las distintas categorías! ¡Queremos invitarlos a disfrutar de este espectáculo colosal, repleto de magia, alegría y diversión para todos los públicos…! —Beto esperó que la luz roja de la cámara se apagara y descendió de la plataforma de transmisión. El director del programa le felicitó, recordándole que en 8 minutos volverían al aire. 

Beto observó la hora y entonces se desplazó con suma rapidez entre miles de personas, debido a que la mayoría estaban congregadas en las distintas plataformas que funcionaban de carrozas. Cada una respetaba un circuito previamente programado por lo que el desfile fluía con total orden y sincronía. Había mucha energía en el ambiente, era palpable y contagiosa. Beto imaginó el bullicio de los romanos en la antigüedad celebrando su “carnem-levare”, su adiós a la carne en honor a Saturno, dios de la agricultura, festejado durante siete días con espléndidos banquetes, intercambio de regalos y toda clase de diversiones. Dejaba libre su imaginación al recrear ese tipo de entretenimiento pagano. Los mismos romanos también celebraban las fiestas lupercales en honor al dios Pan. Los Lupercos o amigos del lobo, eran aspirantes a sacerdotes, adolescentes elegidos anualmente entre los ciudadanos más ilustres de la ciudad, que debían ser capaces de sobrevivir de la caza y el merodeo en el bosque durante el tiempo de su iniciación en la edad adulta, lo que por aquel entonces era un tiempo sagrado y transitorio en el que se comportaban como lobos humanos. En la mitología romana se identificaba visualmente a Pan como un Fauno, un ser híbrido, mitad hombre mitad carnero. La misma figura que el cristianismo posteriormente elegiría para representar a Belcebú, mejor conocido como satanás. Pan era también, el dios de la fertilidad, la abundancia y de la sexualidad masculina. Dotado de una gran potencia y apetito sexual, se dedicaba a perseguir por los bosques a ninfas y doncellas en busca de sus favores carnales. En muchos aspectos, el dios Pan guarda mucha similitud con el dios Baco. Baco, fue el dios mitológico del vino, en su honor se celebraban las fiestas llamadas Bacanales, festejos en los que se bebía sin medida ni control. Las sacerdotisas organizadoras de esta ceremonia se llamaban bacantes y el nombre ha quedado asociado a las famosas orgías romanas. Inicialmente eran exclusivamente entre mujeres y procedía del culto original al dios Pan. Posteriormente, se extendió la participación en estos ritos también a los hombres y las celebraciones tenían lugar cinco veces al mes. Curiosamente los carnavales actuales provenían de la herencia de las antiguas bacanales, las fiestas saturnales y lupercales. 

—¿Listos para homenajear, como bien merecen, a los dioses Pan y Baco?... ¡Se sentirán como un mismísimo puto Fauno! —Decretó “Chico Tico” con una sonrisa maliciosa, al repartir entre unos cuantos incautos, aquella sustancia letal. Su mirada gélida reflejaba un perverso brillo, similar al de sus tatuajes móviles, uno donde resplandecían las once puntas de la estrella de Qliphoth, endecagrama esotérico que simbolizaba la parte oscura de la cábala, y la serpiente perlada de tres cabezas, cuyas lenguas estaban sujetas por seis hombres con los ojos vendados, símbolo de la hermandad secreta a la que él y Randy Carrasquel pertenecían. 

En ese instante cuando regresaba a la plataforma móvil de transmisión satelital, Beto fue interceptado por un par de legionarios romanos con cara de pocos amigos. Lo detuvieron con tal determinación que, sumado a lo genuino de su indumentaria y contextura fornida, el reportero se sintió bastante intimidado. Ambos calzaban las caligae, sandalias militares y las grebas, para proteger las piernas, vestían sendas armaduras muy lustrosas, con cota de malla y protectores de brazos y cuello. Una armadura era segmentada, con varias placas metálicas superpuestas, color plateado con detalles dorados, la del otro centurión reproducía la musculatura del pecho y la adornaba el paludamentum, una larga capa color escarlata sujeta desde su hombro derecho. Cada legionario llevaba un tahalí, el cinturón característico para guardar las armas, y colgado de ellos tenían sendas espadas y puñales de regimiento. Cada uno sujetaba un ornamentado escudo decorado con el águila imperial en dorado sobre fondo escarlata, y en la diestra llevaban una espigada lanza que sobrepasaba sus alturas. Completaba el formidable atuendo sendas gáleas, o cascos imperiales, uno con penacho rojo y el segundo color tierra. El que llevaba la capa dijo: 

—Ciudadano, venimos monitoreando la zona y hemos detectado un comportamiento sospechoso. Tendrá que acompañarnos, por favor. —Justo cuando la cámara encendía su luz roja, desde el apuntador, Beto escuchó claramente la voz del director ordenándole: 

—Estás al aire. Sígueles la corriente.

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