Un País Insólito: VN-Z.L.A.
Novela inédita escrita por Alfredo E. Mambié F. ©2017
(Manuscrito Final)
Código de registro: 1801315637436 (Safe Creative)
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VE-16-02-2167
Creemos vivir en una multiplicidad, donde seres y cosas están separados,
sin darnos cuenta que todo está unido y es parte de una sola unidad.
Alejandro Jodorowsky
Lorena, Ary y Doble R caminaban juntos entre la gran multitud congregada en el paseo Los Próceres y sus amplias avenidas. Era lunes 16 en la mañana, se iniciaba la gran semana del carnaval. En esos días, la celebración de estas fiestas era verdaderamente monumental. Ese año prometía ser el mejor de todos, dado que por primera vez no iban a producirse eventos aislados en cada región de VN-Z.L.A., sino que el gobierno había propuesto la unificación de todas esas celebraciones regionales en un solo mega evento, cuya duración culminaba el sábado 28 de febrero.
Doble R llevaba consigo el instructivo del «Carnaval VN-Z.L.A. 2167», un bello desplegable tridimensional que él mismo había diseñado. La pieza gráfica destacaba por su fresca diagramación y colorido, sus impecables fotografías, y toda la información necesaria para disfrutar al máximo y de manera segura, aquella gran movilización masiva. El instructivo poseía un interesante aditivo, un contenido personalizado, con el cual cualquier usuario podía instantáneamente acceder a los contenidos específicos de geolocalización, lugares, rutas, mapas, opciones de hospedaje y horarios de salida en la gran ruta ferroviaria electromagnética dispuesta para tal fin.
Con la gran movilización, se pretendía interconectar los ocho mega estados venezolanos, y sus respectivos carnavales. Partiendo de la Gran Caracas, los visitantes y toda la población en general, podrían disfrutar de los carnavales en el antiguo Estado Carabobo, cuyas atracciones típicas destacaban la Burra, la Hamaca, el Caimán y el Alacrán. Viajarían luego a Barquisimeto, al emblemático Estado Lara. Ahí a los visitantes les esperaba coloridos desfiles de cientos de carrozas, conciertos musicales y competencias de comparsas. La ruta proseguía hacia la cálida región Zuliana, en donde con su estilo característico, los maracuchos, festejaban animadamente realzando sus tradiciones. Luego se podían disfrutar las fiestas carnestolendas en las dos regiones andinas más representativas: Mérida y Trujillo. El último tramo de la súper ruta ferroviaria, se desplazaba del occidente al oriente del país, conectando al público con los tradicionales carnavales de Carúpano. El amplio recorrido finalizaba en Guayana, donde se esperaba la más apoteósica de las clausuras, en la zona ubicada en el imponente Estado Bolívar, conocida como El Callao.
El Callao seguía siendo una de las poblaciones más ricas de VN-Z.L.A. por sus yacimientos de oro y piedras preciosas. Había sido lugar donde se importaban vino, telas y gemas para joyería y orfebrería. En El Callao, llegaban a formarse vistosas comparsas de miles de personas y monumentales desfiles de disfraces, donde los visitantes disfrutaban ver atractivas madamas, vestidas con trajes tradicionales, o los diablos danzantes, con impresionantes máscaras y tridentes. Toda esta gran fiesta estaba amenizada con habilidosos músicos interpretando el contagioso y tradicional calipso guayanés. También se podían disfrutar de las tradicionales diversiones como el Pájaro Guarandol, el Catire, la Burriquita, y el Chiriguare. Esta pintoresca ciudad venezolana fue fundada a mediados del siglo XIX, por venezolanos, africanos, antillanos, ingleses, españoles, brasileños y franceses que exploraban la zona. De ahí, las variadas lenguas y gastronomías descendientes de todos estos grupos étnicos. La fusión cultural, ese mestizaje folklórico, le proporcionaba a estas fiestas un particular estilo, único e incomparable. Los carnavales del Callao seguían considerados patrimonio intangible de la humanidad. El principal atractivo de este territorio lo representaba el contagioso ritmo musical del calipso guayanés, el cual provenía de antillanos inmigrantes de la vecina isla de Trinidad, los cuales trajeron su peculiar música, su rica gastronomía y su idioma inglés típico, mezclándose con nuestro castellano, surgiendo así el patuá local, un dialecto particular con vocablos en inglés, francés y fonemas africanos.
Disfrutar todo aquello iba a ser una inolvidable experiencia. Ary era la más entusiasmada. Su mente infantil le hacía experimentar una grata euforia. Para la pequeña aquella celebración superaba cualquier otra. Sus padres, Lorena y Doble R, se sentían contagiados de la buena vibra de su hija, y de la gran emoción del ambiente en general. Atrás quedaban esos días de tristeza y depresión por la pérdida de su primer hijo. Ary había sido para ellos el más hermoso de los regalos, su razón para vivir. Y ahí estaban ellos tres, listos para comenzar el gran viaje vacacional.
Lo particular de estas fiestas era la utilización de originales disfraces para grandes y chicos. Ary había elegido el suyo, inspirado en su insecto favorito, la luciérnaga. Tenía sus pequeñas alas traslúcidas, que a través de un original mecanismo con foto células, podían moverse, batiéndose a gran velocidad. Igualmente la colita del disfraz podía encenderse y apagarse a voluntad, simulando el efecto luminoso del también llamado cocuyo. Doble R había escogido el disfraz de Catatumbo. Su hija aplaudió su decisión. Su papá era “el gran relámpago zuliano”. El original traje, repleto de llamativos ángulos fluorescentes, tenía, como la gran mayoría de los disfraces locales, un acabado y confección óptimos. Se fabricaban a la medida del usuario, cada parte del mismo podía escogerse según tu contextura y tamaño específicos. Permitían la correcta movilidad, dado a que eran previamente diseñados por talentosos especialistas. Y sus novedosos materiales habían abierto una singular nueva industria nacional. El disfraz de Doble R tenía un aspecto sensacional. Estaba confeccionado con un particular dispositivo, que utilizaba la electricidad estática absorbida por su propio cuerpo, desde las suelas de sus botas especiales al friccionarse automáticamente con el piso. Los guantes del traje se encargaban de hacer visibles unas vistosas e inofensivas cargas eléctricas. Esa cualidad era la delicia de Ary. Por su parte, Lorena, había decidido transformarse en Pulowi, deidad Wayú, esposa de Juya, dios indígena de la lluvia. Tal concepto llevó a los creadores del disfraz, la confección de un atuendo étnico muy femenino y original. Tenía la particularidad de permitirle a Lorena desplazarse sobre una nube tormentosa a voluntad. Lorena permanecía envuelta en vaporosas nubes de fantasía entre sonidos de aguacero y truenos. Permitiéndole mojar a cualquier descuidado que pasara junto a ella con su personal efecto de lluvia.
—¡Mira, mamá! ¡Allá hay un carrito! ¡Comamos helados!— Ary haló entusiasmada el brazo de Lorena indicándole el lugar. La señora complaciente se dirigió hacia su esposo, diciéndole: —Aguarda aquí, cielo. Te traeremos el tuyo. —Doble R asintió y buscó sentarse a esperarlas en uno de los bancos del gran parque. Se entretuvo observando los otros vistosos disfraces que desfilaban frente a él, lanzándoles de vez en cuando rayos con sus manos.
—¡Mira, mamá! ¡Allá hay un carrito! ¡Comamos helados!— Ary haló entusiasmada el brazo de Lorena indicándole el lugar. La señora complaciente se dirigió hacia su esposo, diciéndole: —Aguarda aquí, cielo. Te traeremos el tuyo. —Doble R asintió y buscó sentarse a esperarlas en uno de los bancos del gran parque. Se entretuvo observando los otros vistosos disfraces que desfilaban frente a él, lanzándoles de vez en cuando rayos con sus manos.
El gran paseo Los Próceres conservaba la esencia de su urbanismo: Amplias y confortables aceras, frondosos jardines, soberbias esculturas y fuentes ornamentales alegóricas a nuestra historia patria; sólo que ahora estaban reacondicionados a una población cuatro veces mayor y los sistemas de transporte y acceso permitían un mejor flujo de sus visitantes, sin aglomeraciones ni caos. En el futuro, el mayor de los logros de la humanidad fue comprender que debíamos defender el equilibrio planetario y frenar el fuerte daño ecológico. Aunque fue la propia madre naturaleza la que se encargó de hacérnoslo entender. Los vehículos tradicionales, con motores a base de gasolina y gasoil, desaparecieron. Aquellas colas interminables, corneteos incesantes de conductores desesperados por avanzar en avenidas colapsadas de tráfico en las horas pico, finalmente murieron. Ya no hubo más monóxido de carbono, ni ruido, ni caos, ni inmundicia, tampoco hacinamiento, ni mucho menos estrés de ciudad. Ese infernal día a día lo arrastró aquella ola gigantesca de terremotos, lluvias torrenciales, tsunamis y demás efectos del calentamiento global. Posteriormente dejaría de llamarse así, para definirlo como “el fin de una era”. Los motores productivos se orientaron a crear aplicaciones y servicios en función de ese revolucionario pensamiento. Un pensamiento cada vez más orientado a fortalecer el nuevo paradigma del ser en las sociedades. Comenzó un sistema de cosas totalmente nuevo, centrado en el bienestar integral de las personas, en el bienestar colectivo y planetario. El efecto era maravilloso, mágico, increíble. Sí, lo era.
Doble R contemplaba a sus dos amores eligiendo sabores, frente al tradicional carrito de helados, muy parecido al que él recordaba de niño, solo que éste ofrecía mucha más variedad y opciones en sus presentaciones porque dependían de la temporada del año. Eso hacía muy agradable elegir, por ejemplo “los sabores del carnaval”. Doble R orgullosamente trabajaba diseñando para las distintas empresas fabricantes venezolanas, estos empaques, cubiertas y demás. Siempre se elaboraban con materiales y tintas biodegradables y reciclables. Los alimentos, incluyendo las golosinas, habían dejado de fabricarse para establecer monopolios y deteriorar la salud, por no aportar nutrientes o poseer ingredientes causantes de enfermedades y adicción. Los venezolanos, como el resto de los habitantes del planeta, entendieron la necesidad de conectarse con lo natural, con lo vital, con el equilibrio esencial. Sembrar, cultivar, procesar y distribuir alimentos naturales se transformó en cotidiana ley de vida. El simple efecto de bienestar que produce respirar un aire más puro, más oxigenado, proporcionaba a cualquier ciudadano, un estado natural de saludable alegría. Los crímenes, ambiciones y afán de poder seguían existiendo. Eso sí, eran sucesos que ya no empañaban la prosperidad colectiva. Porque los habitantes del planeta habían logrado captar que sí; habían dos grandes grupos: aquellos que vivían paralizados por el miedo y la desesperanza y otros, una minoría quizás, pero de significante importancia, producto de aquellos trágicos sucesos pasados, quienes se habían convertido en intrépidos y valientes ciudadanos, gente común a prueba de todo.
Ary y Lorena regresaron con tres ricos helados, dos de frutas con chocolate, y uno de café para Doble R. Disfrutaron el rico momento, sin prisas, en plena conexión con ese ahora que les pertenecía. Todos sus sentidos estaban enfocados en esas gratas sensaciones compartidas en familia. Sus corazones latían con fuerza, porque toda esa energía del ambiente convergía en ellos de forma invisible. Era felicidad pura. Y los acompañó durante todo el recorrido, tanto de ida como de vuelta.


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