Un País Insólito: VN-Z.L.A.
Novela inédita escrita por Alfredo E. Mambié F. ©2017
(Manuscrito Final)
Código de registro: 1801315637436 (Safe Creative)
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VE-18-02-2167
Desde el malecón, varios grupos de personas curiosas observaban embelesadas las maniobras. Particularmente un joven guaireño, portando una franela marinera, manco de ambos brazos. Tal vez, saberse imposibilitado de practicar aquel deporte le hiciera valorarlo más. O incluso, él mismo imaginase aprender a hacerlo con todo y sus limitaciones. Micael se había atrevido. A pesar de las molestias, y en algunos momentos, al dolor muscular. Quizás en pocos años no le sería posible practicar el Kitesurfing, pero en ese instante, Micael estaba sumamente orgulloso del apoyo de su tía Viki, y plenamente agradecido y muy feliz de su iniciativa.
Viki y Micael se la llevaban estupendamente porque existía entre ellos una química especial, dada sus personalidades complementarias. El muchacho tenía un carácter dócil y perceptivo, así que Viki fomentaba con total maestría, situaciones donde el chico encontrase un espacio para destacar, no solo su intelecto, sino también sus aptitudes físicas. Corporalmente Micael con apenas trece años, era alto y robusto; incluso aparentaba más edad, aunque clínicamente le fue diagnosticada una afección hereditaria, conocida como distrofia muscular del anillo óseo. Micael sufriría la pérdida progresiva de masa muscular y el debilitamiento simétrico de los músculos voluntarios, principalmente los de los hombros y alrededor de las caderas. Por eso contaba con la ayuda de un exoesqueleto muy avanzado. A su mamá le había costado mucho asumirlo. Viki por el contrario, encaraba su condición positivamente; buscaba que Micael también lo lograse cada día, con empeño y valentía. El pronóstico de su aflicción apostaba por permitirle una vida casi normal, sin llegar a la incapacidad total para caminar cuando fuera adulto. Al menos en teoría.
Habían decidido aventurar ese sábado y pasarse un día de excursión. Viki persuadió a su sobrino para bloquear temporalmente su conexión con la NBN. Aquella medida era plenamente intencional, formaba parte de su estrategia; desconectarse, desaparecer y pasear libres, sin rendirle cuentas a nadie. Los lentes NBN permitían el enlace inmediato a la Neurobionet. A través de ella se planificaban las transacciones y pagos que cotidianamente se hacían. El dinero electrónico en criptomonedas se transfería en nanosegundos, una simple operación blindada entre el usuario y cualquier proveedor. Fuese el comercio, grande o pequeño, funcionaba de esta manera. Tía y sobrino planearon su ruta y Viki, pidió al sistema cancelar por adelantado en donde almorzarían: una pizzería por Caraballeda, en pleno litoral central, al pie de la cordillera de la costa. El lugar era muy famoso por su rica comida italiana y mediterránea. Su salsa Alfredo era legendaria, al igual que su exquisito pasticho, ¡era la mejor lasaña de todas!
Tenían calculado iniciar la ruta montañera partiendo desde la Colonia Tovar, un peculiar pueblo horticultor y lugar turístico por excelencia. La Colonia Tovar estaba ubicada en un hermoso y alto valle llamado Palmar del Tuy, lugar donde nace el río Tuy, en el antiguo Estado Aragua. El idílico lugar fue fundado en 1843, por un contingente de familias germánicas. Más del 90% eran provenientes de la región de Kaiserstuhl, situada al suroeste de Alemania. Bajo un convenio económico y cultural entre ambas naciones, aquellos primeros 391 inmigrantes, 151 mujeres y 240 hombres, poco a poco fueron estableciéndose próspera y pacíficamente en nuestra hermosa tierra. Aprovechando las excelentes condiciones climáticas de aquella zona, asignada para su asentamiento, los primeros Colonieros intensificaron el cultivo de legumbres, verduras y frutas, así como la gastronomía y arquitectura propias de su nativa Alemania. Poseían gran habilidad para la fabricación de toda clase de artículos artesanales, entre ellos destacaba la primera cerveza artesanal elaborada en VN-Z.L.A. Así mismo, dada la magnífica calidad de las maderas en las zonas aledañas, los Colonieros y sus descendientes emprendieron la fabricación y comercialización de toneles. También promovieron el cultivo del excelente café venezolano. Todo esto indujo su crecimiento armónico, y una paulatina expansión exitosa hacia otras tierras baldías al norte de la cordillera aragüeña.
324 años después, la Colonia Tovar continuaba siendo un lugar sumamente especial y original donde pernotar. Viki y Micael se hospedaron en el emblemático hotel Klein Dorf. Despertaron animados, expectantes. Luego de disfrutar un vigorizante desayuno, se sintieron incluso más entusiasmados. El clima de montaña era intensamente frío en la madrugada, por lo que se vistieron con ropa deportiva térmica, apropiada para la intemperie. Viki adoraba poder disponer de una eolimoto para la ocasión. Era un fascinante vehículo. Ella misma, no sólo era una estupenda piloto, también desde muy joven había aprendido su funcionamiento y mecánica. Solía hacerle mantenimiento regular a las eolimotos de algunos clientes, en un reconocido taller mecánico donde comenzó como aprendiz. ¡Ver a Viki trabajar era simplemente, todo un espectáculo! Luego de asimilar y dominar esos conocimientos, supo que lograría ingresos extras como para montar su propio taller, porque esos mismos clientes al verla trabajar, se rendían a sus pies. Algunos resultaban molestos e impertinentes, pero Viki poseía, además de belleza y seducción, una inteligencia y tacto portentosos con los hombres. Ese control innato le hizo posteriormente, decidir volverse una prepago y dejar la mecánica.
El motor de las eolimotos era, básicamente, una gran turbina propulsada por energía eólica y solar. En el siglo XXI, específicamente en Australia, se habían diseñado los primeros prototipos. Luego de destronar al petróleo como principal fuente energética, estos mismos modelos se perfeccionaron, haciéndose muy populares. Eran motos sumamente veloces, cómodas y seguras. Sus cauchos y rines poseían colores claros y llamativos a dos tonos. Recordaban, en cierto modo, a las ruedas de los patines lineales, pero a una escala aumentada. Lo que complementaba su uso seguro era el casco. El casco de las eolimotos poseía en su interior, un panel simplificado de todas sus funciones, controlado por voz, incluyendo el video panorámico que de manera muy precisa, captaba su cámara retrovisor. El avanzado sistema intuitivo podía, incluso, hacer que la moto se dirigiese a un destino en específico, sí por alguna eventualidad, su conductor no estuviese en condiciones de manejarla, por estar muy bebido, por ejemplo. Y eso era posible porque las eolimotos siempre se mantenían niveladas y en vertical, no dependían del equilibrio del conductor.
Viki entregó a Micael su casco de copiloto, ambos podrían hablarse cómodamente y escuchar la misma música mientras viajaran. Llevaban empacado todo lo necesario. Tímidamente el sol buscaba penetrar la intensa niebla matutina, que cubría el cielo y las montañas. Frente a ellos el camino ya no era una serpiente de asfalto gris. La vía inteligente tenía una tonalidad verdosa; estaba formada por módulos hexagonales que integraban una red impresionante de paneles solares. Las típicas líneas blancas señalizadoras no estaban pintadas, sino eran generadas por sofisticados paneles lumínicos, la misma vía las hacía claramente visibles, a medida que cualquier vehículo transitara sobre ella. Incluso, generaba señales o advertencias luminosas particulares, como indicar que algún animal silvestre, muy comunes en la zona, atravesaba la vía.
Arrancaron. La aceleración fue percibida muy gratamente por ambos viajeros. El susurro de la turbina era la confirmación de un recorrido fascinante, espectacular. La eolimoto se desplazaba en subida con total comodidad. Ir devorando distancias era el mejor modo de describir aquella sensación. Apenas tardaron en dejar atrás todo rastro de la Colonia Tovar. Las peculiares edificaciones color blanco, con franjas transversales negras y sus tejados escarlatas a dos aguas, los verdes sembradíos y frescos arroyuelos en cada espacio a donde se mirara, las veredas en escalinatas, repletas de flores multicolores y arbustos bien cuidados, quedaron sumergidos dentro de la vegetación circundante. Ya en pocos minutos, Viki y Micael estaban enfilando hacia el litoral central. Ahora se desplazaban cómodamente y en descenso por la vía Carayaca – Maiquetía, la cual seguía siendo muy zigzagueante y agreste. La diferencia la hacía, sin dudas, el viajar en esa motocicleta inteligente. Sus movimientos y acoplamiento con la carretera eran perfectos, ambos lo estaban disfrutando de lo lindo. Viki había colocado una selección de canciones especialmente para disfrutarlas en sintonía con aquella aventura. Micael era especialista en elegir buena música, cónsona con cada momento. Su percepción sonora y buen gusto podrían fácilmente llevarlo a ser musicalizador. «La música transmite muchas sensaciones, imágenes, y es plenamente cromática», decía Micael orgulloso, cuando en más de un momento el paisaje y todas sus texturas encajaban perfectamente con esas melodías dentro de sus cascos, como si de antemano el chico hubiese creado una banda sonora para acompañarlos, mientras rodaban y dejaban atrás la fría bruma selvática, para adentrarse en la tibia calidez del mar Caribe.
Estacionaron frente a la amplia playa, en pleno malecón, dejando la eolimoto y los cascos bajo un frondoso árbol de pomarrosas. El dulce olor de aquellas frutas le hizo rememorar a Viki su pasado encuentro con “El Guille”. «Sí la música transmite sensaciones intensas, los olores deliciosos también lo hacen», reconoció para sí misma la bella mujer. Despojados ya de sus abrigos, caminaron con sus mochilas unos metros por la arena hacia una edificación muy espaciosa, estilo colonial, en cuyos patios internos se podía observar a varios grupos de personas recibiendo clases de cómo practicar Kitesurfing. De lejos, daba la sensación que un escuadrón de paracaidistas había descendido y aterrizado en la arena. La diferencia era que llevaban sujeto el paracaídas no en sus espaldas sino en su cintura, bajo el ombligo. Todos los aspirantes tenían abrochados un ancho cinturón denominado arnés, del cual estaban sujetas tres extensas cuerdas, una de ellas atravesaba un travesaño como el que manipulan los trapecistas de circo, el cual funcionaba como barra direccional. Esa barra permitía girar hacia ambos lados una extensa y colorida ala delta; una vela muy similar a un parapente. Todas tenían la misma forma pero con distintos colores y diseño. En la correcta posición, aquella vela se hinchaba de aire y comenzaba a volar como un papagayo o cometa. Cada instructor demostraba la técnica para controlar su vuelo a cada participante, ayudándolos a elevarlas correctamente. Viki disfrutó reconocer en la distancia a Felipe, uno de los conocedores de este deporte y de quien ya había apartado cupo para que Micael y ella recibieran sus respectivas sesiones. Mantener aquella ala delta suspendida en los aires era tan solo la primera parte del aprendizaje. Micael y Viki llevaban meses practicando. Luego de muchos intentos, caídas y fuertes tirones, asimilaron el modo en que aquella gran vela producía un potente impulso de energía, suficiente para impulsar al deportista y elevarlo varios metros de altura. Aquella preparación previa los llevaría a la parte más divertida: usar esa tracción eólica para esquiar sobre el mar con una tabla para Kitesurfing. Era similar a una patineta, pero más grande y con botas soportes para sujetar los pies. Lucía un impactante diseño, a juego con la cometa, haciendo de este deporte una excitante experiencia sensorial.
Desde el malecón, varios grupos de personas curiosas observaban embelesadas las maniobras. Particularmente un joven guaireño, portando una franela marinera, manco de ambos brazos. Tal vez, saberse imposibilitado de practicar aquel deporte le hiciera valorarlo más. O incluso, él mismo imaginase aprender a hacerlo con todo y sus limitaciones. Micael se había atrevido. A pesar de las molestias, y en algunos momentos, al dolor muscular. Quizás en pocos años no le sería posible practicar el Kitesurfing, pero en ese instante, Micael estaba sumamente orgulloso del apoyo de su tía Viki, y plenamente agradecido y muy feliz de su iniciativa.
El viento, el sol y el mar creaban la mágica antesala. «El paraíso no es un lugar. Son instantes, seres, sabores, aromas, sonidos…» pensó Viki, al contemplarse experimentando aquella aventura deportiva junto a su sobrino. Sin dudas, estaban en éxtasis. La adrenalina activó sus sentidos. Micael fue el primero en avanzar, surcó en un santiamén las olas, adentrándose con sorprendente facilidad mar adentro. Viki lo secundó, luego de aguardar prudentemente, para así evitarse alguna posibilidad de colisión. Más atrás de ellos iban también otros principiantes, preparándose para iniciar su recorrido. Había personas de todas las edades. El clima permitía un espectáculo envidiable, el viento soplaba de manera constante y la marea mantenía un suave oleaje. El cielo permanecía limpio y despejado, era el perfecto telón de fondo donde los kitesurfers y sus cometas destacaban plenamente.
Debían hacer su recorrido manteniéndose dentro de los perímetros ya establecidos y cumpliendo las recomendaciones de seguridad que Felipe, el instructor, les había dado. El Kitesurfing era un deporte extremo, y llevaba a poder sufrir serios accidentes a todos los que sin preparación previa, intentaban practicarlo.
Viki quedó sorprendida al ver a Micael realizar sus primeras piruetas. El chico soltó un grito de júbilo. Al principio era atemorizante, pero en cuanto conseguías usar a tu favor aquella fuerza del viento, literalmente podías volar sobre las olas. La chica era adicta a la adrenalina. Su tonificada figura en shorts y brasier deportivos lucía espectacular bajo el sol, pero apenas era consciente de ello. Dejó de prestarle atención a su sobrino, quien con cada salto, lograba sorprenderla con su habilidad, y se enfocó en sus propias maniobras. Dentro del agua, se resguardaban algunos fotógrafos con sofisticadas cámaras acuáticas con teleobjetivos. Era un apropiado ejercicio técnico el lograr captar artísticamente aquellas maniobras, las cuales, muchas veces sólo duraban breves segundos. Viki posó sin ella advertirlo en varias de ellas. La chica destacaba por su vitalidad, fortaleza, dotes deportivos y aquella seguridad interna, que en cada salto expresaban sus movimientos.
Ya de vuelta, al ingresar de nuevo en las instalaciones de Céilí, la escuela de Kitesurfing, uno de los fotógrafos le transfería a Viki su tarjeta de presentación digital, explicándole que preparaba un artículo promocional para el sitio web de la misma escuela.
—¡Sí incluyen a mi sobrino, acepto encantada! —le expresó Viki al instante.
—¡No creo que tengamos ningún problema en hacerlo! ¡Ahora que lo recuerdo, el chico tampoco lo hizo nada mal! —El fotógrafo se alejó complacido; registró los datos de ambos en su agenda, mientras iba subiendo a la nube las mejores fotos que había ya seleccionado.
Micael y Viki retomaron su viaje. Luego de ducharse y cambiarse, se dirigieron rápidamente hacia el restaurante donde almorzarían. El intenso ejercicio les había despertado el apetito. Volvían a escuchar excelente música, cuando una inesperada llamada telefónica interrumpió la canción y la magia del momento.
Micael y Viki retomaron su viaje. Luego de ducharse y cambiarse, se dirigieron rápidamente hacia el restaurante donde almorzarían. El intenso ejercicio les había despertado el apetito. Volvían a escuchar excelente música, cuando una inesperada llamada telefónica interrumpió la canción y la magia del momento.
—Buenas tardes. ¿Hablo con la señorita Viki Gutiérrez?... —La llamada en la pantalla del casco advirtió a Viki que se trataba de la policía. Con gran agilidad desconectó el audio compartido, para evitar que Micael siguiera escuchando la conversación. La música prosiguió sonando en el casco del muchacho.
—Eeeh, sí soy yo. ¿A qué debo su llamada? El sistema debe haber fallado, no he notificado ninguna emergencia...
—Le habla la detective Álvarez. Es un asunto muy importante, de seguridad nacional. Nosotros hemos tratado de ubicar sin éxito a su hermana Clementina. ¿Sabe usted algo de ella o de su hijo?... —Viki, descendió la velocidad y puso en modo de piloto automático a la eolimoto. Aquella pregunta la sacó por completo de contexto.
—No. Nosotros no nos hemos visto recientemente. —mintió. —¿Por qué ustedes estarían monitoreándolos?...
—Señorita Gutiérrez, con todo respeto le insisto, su hermana ha desaparecido. No la hemos encontrado por ningún medio y nuestra única pista ha sido poder ubicarla a usted. Es nuestro deber advertirle. Su hermana estaba involucrada con un terrible criminal. Uno de los peores. Y queremos evitar que a usted o a su sobrino, les pueda también suceder algo lamentable. —Viki percibió sinceridad y apremio en el tono de voz de la detective. La chica pensó, «sí lograron ubicarme, ya saben que estoy mintiéndoles».
—¿Cómo consiguieron localizarme sin el acceso a la NBN?
—Creemos que fue casualidad, pero el mérito lo tiene nuestro sistema de rastreo inteligente. La pista nos la suministró el fotógrafo deportivo; luego de corroborar sus datos con las fotos que le tomara esta mañana practicando Kitesurfing. Parece que usted le llamó mucho la atención, dado que antes usted marcharse, el mismo fotógrafo logró tomarle una foto montada en la eolimoto. Tuvimos suerte que captara la matrícula. —Todos los vehículos tenían ya integrado sistema de localización GPS y conexión directa con los organismos de seguridad y salud. Formaba parte de su funcionamiento inteligente con la red interactiva policial.
«¡Diablos! Al rastrear la moto, lograron dar conmigo». —Viki, se decepcionó haber elegido viajar en la eolimoto, pero más aún, por haber sido tan cortés con el reportero gráfico.
—Debemos hablar personalmente. Hoy mismo de ser posible, señorita Gutiérrez.
—Sí. Está bien. Indíqueme dónde y estaré allí.



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