Un País Insólito: VN-Z.L.A.
Novela inédita escrita por Alfredo E. Mambié F. ©2017
(Manuscrito Final)
Código de registro: 1801315637436 (Safe Creative)
Nota Importante: Los personajes y situaciones descritas en esta obra literaria merecen ser respetadas y ser consideradas propiedad intelectual de su creador. Sí desean difundirla, respaldarla o referirla de cualquier manera, incluso brindarle apoyo económico, promocional o editorial, el autor en persona se los sabrá agradecer. amambie@gmail.com
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Un día después, los sensores bioquímicos de AFRI-K, confirmaban el buen estado de todos los humanos bajo su cuidado. Todos despertaron. Ninguno se conocía ni se habían tratado antes, sólo a Doble R, apodado “El Maestro”, le acompañaba su hija de siete años llamada Ary. Flotaba en el ambiente una extraña y seductora irrealidad. Cerca de ellos, se encontraba el extravagante Beto Valdez, periodista de 23 años. Era un muchacho muy amigable a quien le resultaba extremadamente fácil socializar. Su aspecto y vestimenta también lo distinguían con mucha inmediatez. Gustaba usar ropa con logos, tipografías y diseños en colores muy vivos y fluorescentes. Portaba pantalones anchos por debajo de la cintura, botines deportivos y gorra en colores chillones. Lucía sendos tatuajes en gran parte de su cuerpo. Éstos eran móviles, elaborados con una sustancia gelatinosa y fotosensible, lo que los hacía particularmente llamativos. Doble R había quedado como hipnotizado al verlo, porque el chico sin notar que lo observaban, se despojó por un instante de su gorra, dejando ver su cresta estilo mohicano color amarillo intenso, era larga y simétrica como la crin de un caballo. En aquel ambiente tan monocromático y austero, su apariencia y colorido destacaban tres veces más.
Doble R, contrariamente, poseía una personalidad introspectiva y acorde a su apodo. Era callado y contemplativo, poseía descendencia indígena, por sus venas corría sangre de bravos caciques, aunque con un carisma natural para congeniar con las personas (sobre todo con las mujeres). Vestía siempre amplias sotanas negras, nunca de otro color. Portaba lentes polarizados al ras de la nariz. Su cabello crespo y frondoso lo llevaba siempre corto y algo desordenado. Su hija le hizo desconectarse de su momentánea contemplación.
—Papá, dime, ¿dónde estamos?...
—¡Hola, Ary, querida!... Somos los huéspedes de aquel amable androide que está allá. Y este lugar parece ser… Algo así como la sala de su casa. ¿No te parece un lugar agradable?... —La niña alzó la vista como cerciorándose de aquella afirmación, y tomando la mano a su padre en un acto de confianza pura, le contestó:
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VE-03-02-2167
Un día después, los sensores bioquímicos de AFRI-K, confirmaban el buen estado de todos los humanos bajo su cuidado. Todos despertaron. Ninguno se conocía ni se habían tratado antes, sólo a Doble R, apodado “El Maestro”, le acompañaba su hija de siete años llamada Ary. Flotaba en el ambiente una extraña y seductora irrealidad. Cerca de ellos, se encontraba el extravagante Beto Valdez, periodista de 23 años. Era un muchacho muy amigable a quien le resultaba extremadamente fácil socializar. Su aspecto y vestimenta también lo distinguían con mucha inmediatez. Gustaba usar ropa con logos, tipografías y diseños en colores muy vivos y fluorescentes. Portaba pantalones anchos por debajo de la cintura, botines deportivos y gorra en colores chillones. Lucía sendos tatuajes en gran parte de su cuerpo. Éstos eran móviles, elaborados con una sustancia gelatinosa y fotosensible, lo que los hacía particularmente llamativos. Doble R había quedado como hipnotizado al verlo, porque el chico sin notar que lo observaban, se despojó por un instante de su gorra, dejando ver su cresta estilo mohicano color amarillo intenso, era larga y simétrica como la crin de un caballo. En aquel ambiente tan monocromático y austero, su apariencia y colorido destacaban tres veces más.
Doble R, contrariamente, poseía una personalidad introspectiva y acorde a su apodo. Era callado y contemplativo, poseía descendencia indígena, por sus venas corría sangre de bravos caciques, aunque con un carisma natural para congeniar con las personas (sobre todo con las mujeres). Vestía siempre amplias sotanas negras, nunca de otro color. Portaba lentes polarizados al ras de la nariz. Su cabello crespo y frondoso lo llevaba siempre corto y algo desordenado. Su hija le hizo desconectarse de su momentánea contemplación.
—Papá, dime, ¿dónde estamos?...
—¡Hola, Ary, querida!... Somos los huéspedes de aquel amable androide que está allá. Y este lugar parece ser… Algo así como la sala de su casa. ¿No te parece un lugar agradable?... —La niña alzó la vista como cerciorándose de aquella afirmación, y tomando la mano a su padre en un acto de confianza pura, le contestó:
—¡Ah! ¡Ahora la veo, papi! ¡Me gusta!
Llegó un momento en que todos fueron caminando como quien ha permanecido largo tiempo sin hacerlo; con torpeza y lentitud, desplazándose con pasos cortos hacia ningún lugar en particular. “Guille” contemplaba aquel horizonte de un blanco arena muy pálido y de un parecido extraordinario con algún cuadro de Armando Reverón. Sus ojos brillaban, y su espontánea y pícara sonrisa, distintiva por sus dientes volados, daba plena sensación de estar en una especie de éxtasis. Beto, Doble R y Ary al poco rato completaron un semi círculo, y adoptaron la misma conducta que “Guille”. Todos sonreían y experimentaban en conjunto esa emoción. Estaban frente a una manifestación invisible de energía vital extraordinaria, exactamente igual a la que había decidido llevarlos hasta ahí.
Llegó un momento en que todos fueron caminando como quien ha permanecido largo tiempo sin hacerlo; con torpeza y lentitud, desplazándose con pasos cortos hacia ningún lugar en particular. “Guille” contemplaba aquel horizonte de un blanco arena muy pálido y de un parecido extraordinario con algún cuadro de Armando Reverón. Sus ojos brillaban, y su espontánea y pícara sonrisa, distintiva por sus dientes volados, daba plena sensación de estar en una especie de éxtasis. Beto, Doble R y Ary al poco rato completaron un semi círculo, y adoptaron la misma conducta que “Guille”. Todos sonreían y experimentaban en conjunto esa emoción. Estaban frente a una manifestación invisible de energía vital extraordinaria, exactamente igual a la que había decidido llevarlos hasta ahí.



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