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El Tesoro de Alrak




 Publicado por la Fundación CELARG dentro del recopilatorio “Voces Nuevas 2007 - 2008 Tomo I” 
en marzo de 2011.  ISBN: 978-980-399-006-0 (N. del A.)



Fábulas y sueños infantiles quedaron suspendidos y entremezclados en el cálido dormitorio. Sigilosamente, Solrac cerró las páginas del Gran Libro de los Dragones, depositando un tierno beso en la serena frente de su hija. “Dulces sueños, princesa”, murmuró casi para sí. Extendió la mirada en acto reflejo hacia la mesita de noche, donde una tenue luz revelaba un colorido mapa con brillantes signos cardinales, dibujado en las páginas de un desgastado cuaderno escolar.
“¡Alrak y sus cosas!” pensó sonreído, al acercarse para hojear con cierto disimulo la ocurrencia de la niña. “Primero deben llegar a la isla. Al Oeste habrá un bosque muy grande con palmeras y animales salvajes. Al Este habrá grandes montañas solitarias, al Sur encontrarán un gran lago. Al Norte estará la calavera ¡No entren ahí! Hay un mal oculto y trampas para atraparlos ¡No podrán salir! Caminen cuatro pasos y llegarán al tesoro”. Solrac apagó la lamparita de noche y abandonó risueño la habitación, inspirado en la fantasía expresada en aquel pergamino de papel. Segundos más tarde, dos sombras se escurrían, secretamente, por el piso desde la ventana, como largas serpientes, hasta proyectarse sobre las paredes y objetos en penumbras. Los cristales se deslizaron y las figuras de dos niños se colaron dentro del cuarto, dirigiéndose a la cabecera de la cama.

–¡Alrak, despierta, es hora de buscar el tesoro!

Palpando las sábanas, Siul buscó a tientas reconocer el cuerpo de Alrak; Otrebal lo secundó, cuando repentinamente ambos sintieron una presión sujetándoles los tobillos y el gruñido como de un perro bajo sus pies.

–Arrrggggh

Exclamó Alrak, quien soltándoles, apareció riendo debajo de la cama haciendo zigzag hacia sus caras con una pequeña linterna, al tiempo que con un gesto silenciaba el susto de los dos muchachos.

–¿Qué tal chicos, están listos?

–¡Claro que sí, tonta!

–¡Vaya susto nos metiste!

La niña sonrió con picardía, iluminando su mesita de noche y tomando el mapa, guardó el cuaderno en el bolso que llevaba Otrebal en su espalda.

–Si tu papá se entera de esto, no habrá ninguna diversión.

–Tranquilo, –dijo Alrak convencida –Papá tiene nueva esposa y estoy segura que él ahora está bastante entretenido. Aunque mejor será salir al pasillo y cerciorarse.

Los tres chicos salieron de la habitación, Alrak iba al frente. En apariencia, Solrac confiaba en el estado de su hija y no había notado la intromisión de los dos muchachos en su casa y mucho menos de sus intenciones. Torpemente se escabulleron escaleras abajo hacia la cocina. Otrebal pasó frente a la nevera, y sin previo aviso, la abrió, curioseando en busca de su mayor debilidad: la crema batida.

–¡Qué suertudo soy!

Y sin más, sacó una lata de crema, la agitó enérgicamente y se la dirigió a la boca engullendo grandes espirales, mientras la válvula emitía un sonido similar a un caucho desinflándose.

–¡Chamo, no hagas ese ruido!

–¿Qué? ¿No quieres un poco?

Un largo chorro de crema fue a parar justo a la cara de Siul, quien acto seguido la tomó de su rostro, devolviendo el ataque a Otrebal.

–¡Basta! –dijo Alrak enérgicamente, intentando inútilmente controlar la situación, interponiéndose entre los dos chicos. Otros chorros de crema fueron a parar en las caras, cabellos y ropas de los tres y en un santiamén todos estaban blancos y empegostados.

 –¡Cónchale! ¿Vamos a buscar el tesoro, sí o no?

Expresó Alrak impacientada, viendo a los otros dos por un solo ojo. La pequeña batalla había finalizado porque de la lata ya no salía, ni más crema, ni aire.

Salieron hacia el patio trasero, dejando los restos de crema batida en algunas de las ropas limpias que encontraron tendidas en las cuerdas del lavadero. Luego, abrieron la puerta de metal, que a un costado del patio, guardaba las herramientas de jardinería. Sacaron una escalera y la apoyaron de la pared que daba como lindero a la casa vecina. Otrebal subió hasta el  tope, linterna en mano,  y asomándose dijo:

–¡Hey, desde aquí veo la isla!

Aquel patio vecino abarcaba una gran extensión de terreno. Alrak había logrado observarlo cierto día con detalle desde una de las ventanas de la planta alta de su casa. Cuaderno en mano, se dispuso a dibujar los espacios y objetos que para ella representaban lugares misteriosos, creando su particular mapa del tesoro.

Toda esa emoción y fantasía la había desencadenado su padre. Solrac leía y compartía con ella relatos de aventuras e historias maravillosas. Pero además de lo expresado en los libros, su padre cultivaba en Alrak el poderoso sentido de la percepción.

–Has de creer hija, el día que conocí a tu mamá, quise variar mi ruta habitual y decidí caminar un tramo extra para llegar al trabajo ¡Siempre me decía que uno de esos días ocurriría en mi vida algo especial! Recorrí cada cuadra adicional con los ojos bien abiertos, atento a cada detalle ¡Y ahí estaba ella!, saliendo de ese cafetín, ¡justo cuando yo pasaba! Aunque no esperaba que ella lo derramara totalmente en mi traje, en fin…, tropezarnos fue la excusa perfecta para entrar a desayunar aquella mañana y entablar luego una amena conversación rumbo a la tintorería… –El tesoro de Alrak estaba resguardado por ese mismo ideal, y ella estaba dispuesta a comprobarlo por sí misma.
  
Siul tomó ventaja siendo el primero en descender al pantanoso terreno. Ingeniosamente habían enganchado el extremo de una manguera a la gruesa rama de un árbol cercano, luego de cerciorarse que había quedado fuertemente anclada.

–¡Dale tú ahora, Otrebal! ­–ordenó Alrak.

El niño saltó desde el borde de la pared, sujetándose en el aire del largo tubo. La fricción rápidamente calentó sus manos pero pisó justo a tiempo para soltarse. Por último lo hizo Alrak, quien en la caída, aplastó sin querer los frutos de una planta silvestre produciéndose un estallido parecido a un disparo. Desde los pies de Alrak un extraño líquido salpicó a Otrebal y a Siul. El repentino ruido los sobresaltó. Agazapados, intentaron mantenerse muy quietos. Ellos sabían que esa casa sólo estaba habitada durante el día, pero dudaban si alguien podría aparecérseles. Quedaron varios segundos momificados pero en estado de alerta.

–¿Chamo, no te pica el cuerpo?

–Un poco, ¿por qué?

–Creo que eso que nos mojó cuando cayó Alrak tenía algo, me siento raro…

A Solrac la extraña detonación lo había despertado. Se asomó a la ventana, y la calma aparente le hizo pensar que tal vez lo había imaginado. Sintió sed y decidió bajar a la cocina; su esposa no lo notó abandonar la habitación. Al encender la luz, y ver abierta la puerta del lavadero, supo que algo inusual había ocurrido.

Un intenso brío en sus mentes, acompañado de un escozor cada vez más insoportable en la piel, fue apoderándose de dos de los intrusos. Intoxicados por una rarísima sustancia vegetal e incapaces de repeler sus efectos, vieron como su epidermis comenzó a tornarse escamosa y extrañamente rígida. Alrak se los hizo notar cuando los tres observaron su imagen reflejada en las aguas de aquel estanque circular. Entre plantas acuáticas multicolores, asomaban sus rostros cual lagartos de filosos dientes, semejantes facciones revelaban a dos jóvenes dragones de aspecto amenazador. Se sintieron extrañamente fuertes, y en acto reflejo extendieron ambos brazos agitándolos, para comprobar asombrados, las rugosas membranas de sus alas, rematadas con una gran garra en cada extremo.   

–¡Alrak, chama!, ¡míranos!, ¡míranos!

–¡Sí! ¡Sí! ¡No lo puedo creer! Pero tienen toda la piel brotada, como con ronchas… ¿no les duele?

–¡Para nada!, ¡Para nada, chamita!,  ¡Somos dragones, qué fino!

–¡Es fantástico! Hasta más finos que los que salen en mi libro, ¡claro!, aunque por la forma y tamaño de sus alas, se han convertido en un, ¡en un par de dragones recién nacidos!, a ver, ¡escupan fuego!   
Otrebal y Siul exhalaron cerca de Alrak, justo en el lugar, fuegos fatuos danzaban frente a sus ojos. Traviesas llamas fluorescentes, de curiosa apariencia y pequeño tamaño, flotaban muy cerca del suelo, a medida que ellos avanzaban hacia ellas, daba la sensación que éstas se alejaban por su propia voluntad.

–¡Me gusta mucho esto, un fuego que se mueve!, servirá para defendernos de aquellos animales salvajes ¡Vamos mis dragones! –Exclamó Alrak emocionada, y sus verdes ojos se avivaron en la oscuridad.

 –Crucemos cuanto antes el gran lago, ¡debemos llegar a la montaña solitaria!

Al asomarse al patio vecino, Solrac divisó una gran fuente circular en penumbras. El panorama le seducía y atemorizaba al mismo tiempo.

 –¿Qué carrizos pasa aquí?

Le buscaba lógica a la manguera colgada del árbol y a aquellas pequeñas flamas flotando sin razón aparente en la oscuridad de aquel jardín. Descalzo y en piyamas, osó inclinarse hacia el árbol, agudizando los oídos. Sus lentes resbalaron en su nariz. Un pálpito le mantenía alerta y los rumores de tres voces hicieron a Solrac casi precipitarse de la escalera.

Las voces de Siul y Otrebal habían cambiado a un tono grave y potente, haciéndose en la distancia, irreconocibles. Los tres chicos discutían y forcejeaban.

–¡Les digo que no es por ahí, yo fui quien dibujó el mapa y si llegamos a la calavera por el Norte, no podremos salir! ¡Suélteme bichos!

–¡A qué le temes! ¡Somos invencibles ahora! –dijo arrogantemente Otrebal, el cual medía ahora unos cuantos metros más alto, al igual que Siul. La luna apareció al despejarse el cielo, iluminándolos. En conjunto, Alrak lucía justificadamente minimizada entre aquellos dos enormes seres alados.

–¿Alrak?... ¿Dios, Alrak, eres tú?... –Exclamó para sí Solrac, presa de un repentino ataque de nervios.

–¿Pero quiénes son esos seres?

–¡Alrak! ¡Por Dios, Alrak! ¡Te han secuestrado!

Creyendo a su hija en peligro y sin reflexionar lo sucedido, Solrac se arrojó al vacío. Sujetándose de la manguera, la cual enredó su descenso haciéndolo caer de bruces, al desprenderse del árbol por no tolerar su peso. Varias detonaciones en cadena se escucharon claras y ruidosamente justo en el instante que su cuerpo chocó contra el piso del jardín quedando desmayado.

–Así sonó cuando Alrak pisó al caer, pero ahora pareció una ametralladora ¿Qué habrá hecho explotar a esas cosas? –preguntó Siul, irguiendo su largo cuello. Sus ojos ahora de un brillante color naranja, escudriñaban desde lo alto. Un nuevo instinto animal rápidamente se iba desarrollando dentro de los dos jóvenes dragones.
–¡No estamos solos, lo presiento! ­–dijo repentinamente Otrebal, olfateando el aire nocturno. Siul giró con fuerza su voluminosa cola, sacudiéndola y casi golpea a Alrak. La niña desconcertada, buscaba pensar con rapidez. “¿Habría alguien más pisado sin querer aquellas plantas?” Ambos dragones intuían algo y la inquietud fue en aumento, a medida que los segundos remarcaban un silencio expectante. Se escuchó un bramido terrible a lo lejos y dos grandes bolas de fuego fueron creciendo de entre la oscuridad, dirigiéndose con sorprendente rapidez hacia ellos.

–¡Diablos! ¡Nos están atacando! ¡Cuidado Alrak! –usando una de sus alas como escudo, Otrebal la interpuso justo a tiempo para proteger a su amiga de una muerte segura.

–¡Otro dragón! ¡Ha aparecido otro dragón! ¡Y está furioso! ¡Tiene dos cabezas y es mucho más grande que nosotros! –gritó Siul desde lo alto, al remontarse ágilmente dispuesto a hacerle frente al atacante.

–¿Pero cómo? ¡No puede ser! ¡Los dragones no atacan así no más!­ –gritó Alrak a sus dos amigos, quienes buscaban resguardarla del fuego mortal.

–No se que está sucediendo, –dijo Otrebal con decisión –pero será mejor que te montes encima de mi en este instante. –Alrak obedeció, recordando su libro de los dragones,  y como sólo se es capaz de cabalgar un dragón, cuando él mismo acepta a hacerlo. La niña trepó hasta colocarse justo detrás del escamoso cuello, encima del bolso del chico que ahora funcionaba de almohadilla. Huyendo del fuego, Otrebal y Alrak giraron con sorprendente rapidez hacia su izquierda, planeando y remontándose entre los claros de los árboles hacia el cielo despejado.

La transformación de Solrac en un enorme dragón de dos cabezas había sucedido sin él percatarse en lo más mínimo. El impulso por defender a Alrak dio paso a una furia incontenible. Al despertar de su desmayo, su cerebro empezó ha funcionar como dos mentes independientes, reformulaba de forma fragmentada esa fuerza bruta al iniciar el ataque. El voluminoso tamaño adquirido era atemorizante. Fue al cabo de unos minutos, logrando sincronizar el pensamiento duplicado en una misma idea, cuando se dio cuenta en qué estaba convertido.

–¡Por Dios santo! ¡Estoy transformado en un espantoso dragón! –sus cuatro fosas nasales humeaban al unísono con su respiración. Un impulso repentino le llevó a poner en práctica sus habituales ejercicios de relajación, y respirando con mayor profundidad y lentitud, fue serenándose.

–¡Alrak ha huido, y yo casi la calcino viva! ¡Dios! ¡Todo esto es tan…confuso! Debo calmarme y pensar. ¡Esos otros dos dragones parecen ser sus amigos, no sus raptores! ¿Pero y ahora qué hago?...
–¿Que qué haces? –su segunda cabeza habló, mirando fijamente a la primera, y aproximando su voluminoso cuello agregó:

–¡Debes seguirla sin delatarte y descubrir qué la trajo hasta aquí!

 Una sensación de plena libertad embargaba a Alrak. Volaba deliciosamente sintiéndose resguardada y segura junto a sus dos amigos dragones. La panorámica era formidable. A medida que iban ganando altura, y las horas trascurrían, el susto de aquel ataque terrible fue desapareciendo. En poco tiempo fueron ganando confianza, comenzando a realizar piruetas en el aire y repentinos cambios de rumbo. Alrak sentía un natural hormigueo en el estómago al subir y bajar abruptamente. La fuerte brisa batía su negro cabello, haciendo también irritar sus ojos, por lo cual le era necesario cerrarlos de vez en cuando. Siul propuso un arriesgado juego:

–¡Alrak, intenta saltar desde ahí arriba! Yo te atajaré.

–¡Eso sí me da miedo Siul! ¿Estás loco?

–¡Anda, vamos! Estoy seguro de poder hacerlo. Caerás sobre mi lomo.  –Otrebal no esperó la aprobación de Alrak, y dando un repentino respingo, catapultó a la niña por los aires, como si de una pelota se tratase. Alrak salió despedida dando vueltas, cayendo en dirección a Siul. La sorprendida niña extendió brazos y piernas, aferrándose nuevamente al aterrizar sobre su otro amigo dragón.

–¡Yupi, esto sí es mega atómico! –Exclamó Alrak –¡Hagámoslo de nuevo!

Siul y Otrebal rieron a carcajadas, contagiando a Alrak de una repentina euforia.

–¡Eres muy valiente, hija!

–¿Papá?...

Alrak miró sorprendida a su derecha las dos enormes cabezas y el impresionante ser alado dibujó un tímido gesto en ambas, similar a una sonrisa.

–¡Si, soy yo, Alrak! No temas. Debido a un extraño efecto bioquímico, me he trasformado en semejante ser. No había reconocido ni a Otrebal ni a Siul hasta que los vi divertirse como ustedes lo han hecho siempre, y gracias a tener “dos cabezas” una de ellas me ha ido aclarando lo sucedido. Ahora sé que no estabas en peligro, sino fui yo quien te expuso, sin querer, a uno peor.  

–¡Señor Solrac, en verdad luce colosal! –dijo Otrebal admirado.

–¡Uff, debe ser lo máximo lanzar fuego teniendo doble poder! –completó Siul.

–Estando en la isla, chicos, llegué hasta la calavera, luego de atravesar el gran lago y sobrevolar la montaña solitaria, supe entonces que estaba tras la pista de tu tesoro, Alrak. Pero como te conté una vez, preferí tomar la ruta más larga, presintiendo que al hacerlo, lograría algo extraordinario.

–¡Dime, papá, dime! ¿Encontraste el tesoro?

La niña se irguió sobre Siul, su mirada rebozaba alegría y su corazón palpitaba con gran emoción. Solrac giró con impecable destreza derrapando en picada y atravesando las espesas nubes, mientras Alrak, Siul y Otrebal le seguían entusiasmados.


Dedicado a mis hijos, Brian y Luz Selene, mis preciados tesoros.
Caracas, 1ro. de Junio de 2008

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Comentarios

  1. Actualmente trabajo en la continuación de esta historia, dándole un tratamiento extenso, estilo novela.

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  2. En este link pueden apreciar el resultado de mi primera novela, basada en la continuación de este cuento: https://pichonesdeunescritor.blogspot.com/2020/03/adalid-la-saga-de-el-tesoro-de-alrak.html?m=1

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