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El Efecto Dominó - Capítulo Cinco

El número cinco era el favorito de Yuma. Le agradaba haber tenido en su cédula este dígito dos veces. Ella era diestra con las cifras y la contabilidad en general. Llegó a trabajar en dos oportunidades en empresas cuyas funciones estaban permanentemente ligadas a la contabilidad. Yuma colaboró con la administración de más de cien condominios y más de un centenar de productos farmacéuticos. Fueron tareas desafiantes, complejas y hasta cierto punto, atemorizantes al principio, pero logró encararlas con la asesoría y valioso apoyo de quienes la conocieron y apreciaron su valía e interés en aprender y mejorar; tanto sus jefes inmediatos como sus compañeros de trabajo más cercanos. 

Con el tiempo, Yuma logró ganarse su espacio dentro de ambientes laborales un tanto hostiles, exigentes y competitivos. También se desgastó y estresó más de la cuenta en algunas oportunidades, cuando las cosas se tornaron bastante difíciles para alcanzar un resultado notable en corto plazo.

 

—En la oficina me piden asumir más responsabilidades a cambio de un mejor salario, y por supuesto, más horas de trabajo. Yo acepté Alfredo. ¡Hay muchísimo por hacer!

 

La salud de Yuma comenzó a deteriorarse en aquella época. Un día estando laborando, le vino un inusual sangramiento, muy potente y notorio. Todos en la oficina lo asociaron a una repentina menstruación y a una falta suya de previsión, (aunque ella les insistió que no se encontraba en esos días). Se equivocaban. Al ser examinada por la ginecóloga, Yuma tuvo que ser intervenida con urgencia para removerle varios miomas benignos del útero. El fuerte sangramiento era producto de estas tumoraciones que le habían crecido silenciosamente en su interior. Ese día, preventivamente, también le fueron extraídos parte de sus órganos reproductivos por sugerencia médica.

 

Este 2021, mi hija Luz Selene decidió pasar la Nochebuena fuera de casa. Nos tocaba asumir la primera Navidad sin su mamá (y ahora también sin ella). Su hermano y yo tomamos lo mejor posible su ausencia; al fin y al cabo, siempre nos hemos respetado nuestras decisiones y estados de ánimo. Ella nos dejó hecha una deliciosa cena navideña, prometiéndonos volver al día siguiente con algunas otras cosas ricas que en casa de su amiga también cocinaría.

«Le hace falta y le hará bien cambiar de ambiente», pensé. Mantuvimos contacto por el WhatsApp. Estuvo bastante animada, y comprobé por sus fotos y comentarios, que disfrutaba cada momento. Mi hijo Brian y yo, también aprovechamos de esa intimidad de estar a nuestras anchas. Cenamos temprano, y la disfrutamos mucho en verdad, luego nos pusimos a entretenernos algunas horas con programación variada en Internet hasta quedarnos rendidos.

 

Al día siguiente, me desperté con la expectativa de buscar un momento a solas, luego de compartir el desayuno con Brian y explicarle lo que deseaba hacer: Releer algunas de las cartas que su mamá me había escrito cuando éramos novios. Cada trozo de papel está primorosamente archivado en una carpeta desde finales de 1989, hasta las que nos intercambiamos antes de casarnos en 1992. Puse música apropiada para la ocasión. Me senté en el sofá de la sala junto al arbolito. Tomé un sorbo de mi trago favorito, y cuando las sonoridades inundaron poco a poco todo el espacio a mí alrededor, comencé a escucharla también en mi cabeza con total atención. Fue muy emocionante y conmovedor.

Elegí leer sus primeras cartas, unas cuantas de ellas, las que muestran a Yuma en su estado más primoroso y vulnerable. ¡Adoro tanto esos días!... Nuestro amor juvenil nacía y se consolidaba gracias a la conexión rotunda y franca de desear y necesitar estar comunicados, ¡de expresar cada maravillosa emoción que experimentábamos! Muchas de ellas llegaban a pillarnos en nuestro lugar de trabajo, y en momentos en que, sin dudas, las obligaciones nos ocupaban la atención y la mente, pero no el corazón ni mucho menos el pensamiento por completo. Elaborar una carta, escrita a máquina de escribir, en una incipiente computadora o a puño y letra, era nuestra fórmula o “válvula de escape”, para dejar testimonio fiel de lo mucho que estábamos experimentando.

 

Mi primera cita con Yuma fue cuando ella trabaja en Seguros La Seguridad, compañía que quedaba en la céntrica esquina El Chorro, en la Hoyada, en plena avenida Universidad (Caracas). Mi gran sorpresa al esperarla en la entrada de la torre empresarial, fue darme cuenta que mis padres en 1960, también se habían conocido y enamorado ahí, en la sede principal de la antigua H.L.Boulton y Co. La Casa Boulton, había operado en esa misma ubicación desde 1870 antes de demolerla y levantar el actual edificio. Cuando veo junto al logotipo impreso en la papelería, esta dirección, no dudo en reconocer que nuestros destinos estaban entrelazados.

 

Luz Selene me advierte que está en camino por WhatsApp, ha decidido volver a casa ese 25 de diciembre por la tarde. Me preocupa un poco que le sea difícil su regreso, pero mientras leo las cartas de su mamá y la espero, prefiero solo encomendarla a que regrese con bien. Aprovecho la pausa y le participo a Brian el retorno de su hermana. Noto que le reconforta saberlo.

 

Con cada lectura me va atrapando un irremediable sentimiento de nostalgia, tristeza y melancolía. Yuma sabía expresar muy bien sus emociones. O mejor dicho, hacía el mejor esfuerzo en comunicármelas. ¡Oh! ¡Amor! ¡Qué feliz me hiciste! ¡Qué honrado fue ser tu compañero y pareja!...

La carta que finaliza ese pequeño lote elegido es particularmente hermosa, muy apasionada e intensa. Me ruboriza. Sonrío de gusto y las lágrimas brotan solas, porque fui amado por 32 años por una noble mujer de gran integridad y sentimientos puros, amor que siempre fue expresado y demostrado sin reservas hasta el último momento. Y justo cuando casi no puedo continuar leyendo, privado por la emoción, aparecen estas palabras, descritas por Yuma como una Post Data:

«Tu amor es una buena compañía, cuando no podemos estar juntos…».

Me quiebro.

Y el sentimiento de añoranza e impotencia  me invade, quiere apoderarse de mí; pero justo en ese instante, créanme, justo ahí, apareció a mi lado Luz Selene. Se extraña verme de pie y compungido con un trozo de papel en la mano, y solo atina a preguntarme:

—¿Te pasa algo malo papá?..  ¿Te ha emocionado verme?...

Yo busco secarme discretamente las lágrimas con las mangas de mi franela, mientras vuelvo a colocar las cartas de su mamá en la carpeta, dándole momentáneamente la espalda. Luego me reincorporo y la abrazo fuerte.

 

—¡Nena, me encanta que estés de vuelta! Cuéntame con detalle, ¿cómo te fue donde Andrea?...

Luz se separa, y me empieza a describir animadamente las anécdotas. Se ríe. Va hacia la cocina y en segundos regresa con una generosa ración de torta negra en un plato. Me lo extiende y me dice:

—Toma papá, la hicimos ayer. ¿Qué te parece?...

—¡Guao! ¡Está deliciosa! ¡Les quedó muy bien, hija!

 

Luz sonrió satisfecha, llevándole acto seguido una segunda porción de torta a su hermano. En ese instante supe y sentí que su aparición tan oportuna, era el modo sublime y extraordinario de Yuma expresarme su amor a través de las atenciones de nuestra bienamada hija. Sonreí, dándole mentalmente las gracias.

 

«El duelo significa algo hermoso, significa todo el amor que no pudimos expresar».

Andrew Garfield


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