Muy recientemente, en mi convulsionado país Venezuela, hubo un serio apagón eléctrico, que afectó gravemente a toda su población, dejándonos sorpresivamente sin transporte público, agua, telefonía fija y móvil e Internet. Al llegar a casa me comentarían, luego de dos horas y media caminando desde mi oficina, que ese incidente ya lo habían solapadamente advertido en algunos canales de las redes sociales; fui quizás de los tantos citadinos a quien agarró desprevenido o desinformado, tanto del apagón como del maratón involuntario (10K aproximadamente), cuando casi daban las cinco de las tarde del día jueves 7 de marzo, la energía eléctrica se fue bruscamente, interrumpiendo al instante toda actividad laboral.
La emergencia nacional se prolongó hasta el fin de semana, y el servicio eléctrico y las telecomunicaciones (al menos en la zona del oeste de Caracas donde vivo), se restablecieron paulatinamente y por etapas entre el sábado y el domingo, permitiendo a mi familia y a mi enterarnos por los medios informativos lo que todos sabemos: Un atentado fulminante con intenciones desestabilizadoras, cuyos responsables serían denunciados ante las autoridades y medios internacionales. El vital líquido continuaba sin llegarnos por las razones técnicas anunciadas, que impedían ahora el suministro generalizado, pese a que ya desde el 2011 ha habido un fuerte y contínuo racionamiento, sumado a un servicio muy deficiente y errático. Esa fue y sigue siendo la verdadera calamidad en Venezuela, la falta de un buen suministro de agua. Poseemos centrales hidroeléctricas que requieren de una operatividad óptima y a las cuales se les demanda un funcionamiento a toda prueba, en estos duros tiempos de cambios climáticos, en donde todos señalan a los responsables del caos y la anarquía, sin profundizar lo suficiente ni evaluar con cordura, criterio y sustentabilidad para encontrar una justa solución a este grave y real problema energético.
Y fue que por fortuna, y para ejemplificarle al lector, que llegó a mi esta fabulosa historia titulada: El Niño que Puso Hélices al Viento, la cual está basada totalmente en hechos reales y que ejemplica totalmente mi punto de vista, como ciudadano del mundo, venezolano, hombre, esposo y padre de familia. El Niño que Puso Hélices al Viento, es un fabuloso libro que recientemente fue llevado al cine, cuyo título en inglés han traducido alternativamente como El Niño que Domó el Viento, y cuenta como William Kamkwamba, un sencillo, humilde pero brillante estudiante africano, encuentra un modo práctico y viable para solucionar magistralmente un serio problema energético, en su comunidad, no con grandes recursos económicos, sino con un admirable criterio, claridad de ideas, perseverancia y muchísima inventiva, sumado al fundamental y genuino apoyo familiar, educativo y comunitario.
En esta sorprendente historia real, comprendemos lo que significa vivir de la agricultura para alimentarse y depender de una buena cosecha para obtener ingresos. Que las lluvias torrenciales o la sequía más extrema son factores muy preocupantes. Lo que representa depender de un subsidio limitado o elegir obligadamente comer una sola vez al día. Si comparamos condiciones geográficas, políticas y económicas, es probable que en Venezuela, nos encontremos con algunas similitudes de desigualdades, enfrentamientos y pugnas, pero sin llegar a tal nivel, pero luego que vean y conozcan esta historia, la cual les invito a analizar, disfrutar y compartir, seamos capaces de reflexionar sobre la importancia de encontrar una solución definitiva, sustentable, viable y alternativa a los muchos problemas actuales, y no simples planes tibios de contingencia, dado que en Venezuela poseemos grandes recursos y muchas tantas posibilidades, las cuales nos es vital aprovechar con inteligencia a favor de la prosperidad de esta nación y el planeta en el que vivimos.
¡Disfrútenla en familia, totalmente gratis y en español latino! Link al dar clic sobre la foto.



Comentarios
Publicar un comentario