I
Describirles estos sucesos me hace sentir extremadamente feliz. Y es porque, al menos a mi parecer, fueron hechos extraordinarios. Papá había logrado crear un buen punto justo en las proximidades del Club Social. Ambos ofrecíamos, desde nuestro modesto camión ambulante, deliciosos churros azucarados. Nuestra clientela era básicamente todo ese público que por curiosidad nos ordenaba una bolsita para llevar. ¡Siempre volvían! Fabricar churros en realidad no posee mucha ciencia, pero mamá nos entregaba la masa que ella misma llamaba «especial» (y debía serlo) porque papá siempre lograba freírla íntegra, contemplando luego los rostros felices y plenos de niños, jóvenes y adultos por igual.
Trabajábamos en horas de la tarde, cuidando coincidir con la merienda o un poquito más, hasta el anochecer. Papá era un hombre también especial. Cuando mamá murió nunca se comportó igual. En parte porque nunca descubrimos el secreto oculto en la receta, ni tampoco logramos que los churros fueran tan populares. Pero esa etapa dio inicio al mejor favor que mi propia madre dejara secretamente en el paladar del presidente de aquel Club Social.
—¡Claro! ¿Cómo no recordarlos?... ¡Los del camión de churros! Me parece mentira que ustedes dos permanezcan juntos por tanto tiempo. Son un digno ejemplo de una relación muy bonita entre padre e hijo.
—Muchas gracias, Don Ricardo. En realidad, nos honra solicitar su recomendación para el cargo de empleados de mantenimiento. Somos personas responsables y nos gusta trabajar duro.
El rostro esperanzado de papá expresaba total sinceridad.
—¡Vamos a tratarnos con más confianza a partir de hoy! ¡Me sentiré más que complacido en ofrecerles un empleo a ambos! ¡Aquí hay mucho por hacer; pero lo importante es que disfruten haciéndolo bien! ¡Vengan, les mostraré las instalaciones!
Y así, a mis dieciocho años, comencé a trabajar en el Club Social Metropolitano. El siglo XX daba inicio y era época de esplendor. Sin darme cuenta, fui encariñándome poco a poco con toda aquella soberbia arquitectura, donde mayoritariamente teníamos funciones en las más diversas áreas: jardinería y horticultura, purificación y saneamiento de la piscina, atención en la barra del restaurante y en el kiosco de las chucherías, armando y desarmando las tramoyas del teatro y en el aseo de los baños y vestuarios de las canchas deportivas, entre muchas otras más.
Aquel lugar fue transformándose para mí en una academia de aprendizaje múltiple. La Junta Directiva del Club había contratado un personal muy capaz y disciplinado, pero también con una aptitud muy integradora hacia el trabajo en equipo y la colaboración, y a mi corta edad, absorbí como una esponja los requerimientos y secretos de cada tarea. Además, que compartía asignaciones con personas de muy distintos orígenes y a quienes fui conociendo y apreciando tanto como al Presidente del Club, quien adicionalmente decidió que papá y yo podríamos ofrecer los churros a los visitantes directamente en el rincón de las chucherías, un estratégico mostrador donde terminábamos despachando hasta caer la noche.
Llevar a cabo todas esas tareas al principio fue un verdadero suplicio. Debía compaginar mis estudios universitarios con este nuevo trabajo. Cada una de las actividades eran desarrolladas con total sincronía y experiencia por el personal ya veterano, sin dudas, ellos ya habían aprendido lo que con su apoyo poco a poco también yo lograría. Y así fue.
Papá fue siempre mi apoyo e inspiración, y también la referencia de saber que cualquier cosa que quedara mal realizada de mi parte, lo decepcionaría. Por eso intentaba hacer mis labores lo mejor posible, disfrutándolas «como la receta de mamá», poniendo ese misterioso ingrediente que lograba ese efecto mágico a mi alrededor.
Alcanzado el proceso de aprendizaje, desplazarme del teatro hasta el área de la piscina, para luego colaborar con mi padre en la venta de los churros en pocas horas, era fácil y casi instintivo. Había logrado especializarme en cada área del Club, y ahora podía dar instrucciones y delegar muchas de esas tareas tediosas. Los preparativos del Festival Internacional de Teatro daban inicio y había llegado al Club una particular compañía teatral extranjera a presentar su espectáculo. Contrario a la mayoría de las agrupaciones locales, ésta resguardaba muy celosamente sus secretos y preparativos, por tal razón, picaron mucho mi curiosidad. Deseaba descubrirlos y lograr hacerlo ponía a prueba mi tenacidad. No contaba con mucho tiempo libre, sin embargo, ese era un estímulo que activó dentro de mí un afán que me es difícil explicar. Particularmente por la promesa del cartel promocional, el cual ofrecía mostrar en escena algo nunca visto y sorprendente.
Luego de mis deberes habituales, comenzaba el turno nocturno. Convencí al señor Ricardo para que me permitiera cubrir dos veces a la semana, el puesto del vigilante. Si bien se sintió sorprendido por mi petición, accedió complacido por el buen desempeño que durante el día yo realizaba. —Muchacho, a tu edad, actuar así me llevó a conseguir grandes cosas. — me dijo; entendiendo que mi interés estaba en mejorar como trabajador. Así resultó con el tiempo, pero en verdad, mis intenciones de ese entonces eran tener tiempo para husmear la puesta en escena de la misteriosa agrupación teatral.
La percepción del Club Social Metropolitano por las noches era muy agradable. Creo que mucho tenía que ver cómo los detalles se acentuaban por la tranquilidad del ambiente más mitigado y la suavidad de las luces en sus espacios. Era la primera vez que recorría sus adyacencias después de mi horario habitual. Lo primero que noté fue la frescura en las inmediaciones de la fuente. Papá me había contado que el señor Ricardo estaba muy orgulloso de su único hijo, Darío, quien formaba parte del elenco de danzas folklóricas internacionales, siendo ahora un destacado bailarín y figura estelar. Se había enamorado y luego casado con una joven de nombre Karla, tan amante del baile como él y habían formado la mejor pareja de bailarines de aquella época. Tanta era su veneración, que el orgulloso padre había decidido mandar a esculpir unas estatuas inspiradas en su hijo y en su yerna. Contrató a un esmerado escultor y finalmente colocó su obra a la vista de todos. Aquellas dos figuras de bronce eran en verdad hermosas. Su gracia y fluidez se percibía con mayor realce por el contraste de las aguas que se elevaban rítmicamente a su alrededor y las luces que decoraban el podio circular. Casi daba la impresión que el aire levantaba a su antojo la falda y el cabello de la muchacha. Había algo sobrenatural en aquellas dos figuras, o quizás me estuviera empezando a sugestionar; lo cierto es que, a partir de ese momento, comenzaron a sucederme cosas más asombrosas.
II
Absorto contemplaba a los bailarines en la fuente, cuando una voz femenina me preguntó: —¿Escuchas la música...? — Espabilé y sorprendido busqué entre la fina cortina de agua a la persona que me acababa de hablar. —Presta atención— me repitió, rehuyéndome. Decidí obedecerle, sin apartar la vista de la menuda figura vestida de blanco y negro frente a mí. Pasaron unos segundos antes de que pudiera ser capaz de percibir un suave sonido rítmico, como cascabeles marcando una clave musical que no logré reconocer.
—¡Sí! Ahora la escucho —le contesté. —Sí te concentras un poco más y cierras los ojos… podrás verlos bailar frente a ti. Usa tu imaginación.
Me causó gracia su propuesta; seguía intrigado en reconocer por completo a aquella desconocida con acento extranjero. Llevaba el cabello muy corto, tapado por un sombrero pequeño color negro de alas redondas muy elegante, guantes también negros a juego con pantalones bastante ajustados, camisa blanca de seda con las mangas arremangadas combinada con finos tirantes negros, completaban su atuendo. Su mirada era muy intensa, como su color de piel. Su maquillaje era perfecto y llamativo, sin dudas, trabajaba en el teatro. Tenía accesorios típicamente varoniles, pero en ella lucían poderosamente femeninos, desafiantes.
—Anda, cierra los ojos. —me repitió con voz melosa. Y por segunda vez, obedecí. Ella ejercía un intenso control de mis acciones, seductor e irresistible. La marcación rítmica se hizo más acelerada, multiplicándose en mi cabeza. Fue ascendiendo y cobrando fuerza, dando paso a una misteriosa música agradable y contagiosa, llena de matices cromáticos penetrantes y exóticos. La pareja comenzó a bailar frente a mí, entre sonrisas y miradas cómplices, cobrando vida, transformándose en un espectáculo fascinante e inspirador. La música cesó de golpe cuando abrí los ojos. Las figuras danzantes se contemplaban estáticas una a la otra. La misteriosa mujer se había esfumado, dejándome estupefacto y con una vívida sensación de irrealidad.
Al día siguiente me esmeré lo suficiente para lograr reconocer entre tantas personas que trabajábamos en el club, a aquella chica de la noche anterior. Pero no, no era miembro del personal regular. Por lo que debí esperar a la siguiente noche para poder investigar. A partir de ese suceso, me propuse a prestarle mayor atención a los pequeños detalles. Las cosas extraordinarias estaban muy cerca y me daba mucha gracia ponerlo en práctica. El cartel de la inauguración anunciaba el estreno para dentro de dos días, el fin de semana entrante. El tiempo había transcurrido tan rápido y yo lo había acelerado aún más con esa obsesión que sin dudas no era la misma cuando decidí hacerme vigilante.
Por más intentos, no logré colarme dentro del teatro. Incluso buscando el apoyo de mi padre, siempre correcto y cumplidor de las normas, negó mi solicitud expresándome que la verdadera magia estaba en que asistiéramos al estreno como espectadores comunes y disfrutásemos de ese espectáculo tan esperado. Todo el equipo que lo preparaba fue extremadamente riguroso, sólo accedía al recinto su propio personal y entre ellos curiosamente hablaban francés y nada más. Don Ricardo sonreía con picardía al pillar mi insistencia y desaliento mientras conversaba con papá. Él resguardaba con total conocimiento de causa el secretismo, dando a entender que valdría la pena cuando al fin el espectáculo fuera a comenzar. Así que resignado, decidí esperar.
Al salir de la universidad decidí caminar hasta la casa. El semestre culminaba justo esa misma semana del estreno y mis calificaciones me hacían sentir que el esfuerzo había valido la pena. Estaba feliz. Regularmente tomaba el tranvía, pero esta vez hice el recorrido a pie mientras recordaba el encuentro con la chica misteriosa en la fuente. Aquella persuasión de su voz, aquel modo hipnótico de haber dado vida a las estatuas, ¿cómo explicarlo? Anochecía y el aire volvía a crear a mi alrededor esa particular sensación de irrealidad. Continué caminando. Poco a poco fui acercándome al inicio del puente Metropolitano. Cuatro solemnes leones idénticos de concreto puro custodiaban en pareja ambos accesos del viaducto. Semanalmente pasaba a través de ellos pero esa noche justo me percaté de lo bien esculpidos que estaban. Su rostro perfilado, serio, altivo, y las profundas ondas de su abundante melena enmarcándolo. Su cuerpo musculoso con sus poderosas patas en reposo, como una esfinge egipcia, tal cual, los cuatro felinos perfectamente iguales inspiraban respeto y admiración. Y estando justo en el centro del amplio puente, me detuve.
Miré hacia ambos lados, percatándome que estaba ese momento completamente solo. No había tráfico, sólo los cuatro leones echados en sus pedestales me daban la espalda con fría indiferencia. Bajo mis pies corría el río Metropolitano, limpio y puro; podía escucharse su rumor. En aquellos días no era el principal desagüe de las aguas residuales de la ciudad. Respiré profundo y cerré brevemente los ojos. Escuché unos rugidos lejanos.
Sobresaltado los volví a abrir. Recordé inmediatamente a la chica misteriosa. Cerrar los ojos me había hecho visualizar algo inusitado. ¿Sucedería otra vez?... Quise intentarlo. Los cerré de nuevo con fuerza. Y los rugidos volvieron a escucharse esta vez con total sonoridad. Armándome de valor, giré, orientándome hacia mi diestra, y pude apreciar algo inaudito: Ambos leones cobraban vida, levantándose con lentitud para luego ir flexionando su cuerpo y mutar del concreto sólido a su piel real color arena. Su melena ahora era de millones de cabellos pardo rojizos. Ambas bestias comenzaron a sacudirse con fuerza para luego esparcir una nube densa de partículas de polvo a su alrededor. El aire elevaba hacia mí su hedor característico. Ya erguidos, inmediatamente saltaron de sus pedestales, ahora con destreza felina, enfrentándome, mientras volvían a rugir amenazadoramente.
Controlando el pánico, hui en sentido contrario por instinto reflejo, para enseguida frenarme en seco y barrerme en el piso tal beisbolista al robarse una base, ya que el segundo par de fieras idénticas ya habían también decidido venir rápidamente hacia mí. Sabía que tal situación no podía ser real, pero percibirla con semejante nitidez y perfección me hizo dudar. Abrí los ojos al tope. Todavía apoyado en mis codos, vi a los cuatro leones echados en sus pedestales; seguían de espaldas ignorándome. Nadie en su sano juicio habría podido creerme que apenas unos segundos antes, mi vida pendía literalmente de un hilo.
III
La noche del «Espectáculo Más Grande Sobre La Tierra» entré al teatro con cierto recelo. Sabía cuán poderoso era el influjo de aquella hechicera, sí había logrado tal poder sobre mí, ¿qué sería de una sala repleta de espectadores? Papá caminaba despacio a mi lado, disfrutando el momento, complacido de venir acompañado. A pesar de sus años y sus canas, era un hombre a quien nunca le costó demostrarme su afecto con acciones más que con palabras. Era un acto para todo público, y la convocatoria había sido total. Subimos las anchas escaleras para ubicarnos en el lobby del teatro. Algunos caballeros de porte elegante, pero actitud cordial, nos daban la bienvenida. Observé a varios niños comiendo con avidez nuestros churros con chocolate. El ambiente estaba cargado de alegría y una expectativa general muy palpable. Mi padre me tomó del brazo llamando mi atención.
—¡Mira, hijo! ¡Ese señor de allá es Manuel González, el escultor amigo de Don Ricardo! ¡Él fue quien esculpió a Darío y a Karla y también los cuatro leones del puente Metropolitano! Está aquí como invitado especial.
Papá señaló con discreción al palco que estaba en el lateral derecho mientras caminábamos hacia los asientos que nos asignaba el acomodador. La obra iniciaría en veinte minutos. Mi padre sonreía ensimismado en sus comentarios. Quise revelarle los dos sucesos con aquellas esculturas, pero incluso confesárselo a él, en ese momento, no lo consideré conveniente. Poco a poco el teatro iba llenándose por completo. Luego las luces se apagaron, los aplausos y silbidos arreciaron. El espectáculo estaba por comenzar.
El gran telón era negro y traslúcido. Una música misteriosa dio inicio donde el piano, la percusión y angelicales coros eran protagonistas. La orquesta interpretaba en directo una prodigiosa música de gran atractivo, creando una atmósfera de expectativa y magia. La silueta de una bailarina quedó iluminada repentinamente en el centro del escenario, detrás del telón. Papá me susurró al oído:
—¡A esa artista la conocí de niña! —lo miré momentáneamente incrédulo. Detallándola me di cuenta que era la chica misteriosa de la fuente. Esta vez tenía cubierto el rostro con una pequeña máscara de curioso diseño de arabescos. Vestía un estrecho paltó levita color rojo sangre, cuyas solapas emulaban unas alas de pájaro color fuego. Sus estilizadas piernas lucían torneadas y perfectas por sus zapatillas de ballet y unos pantaloncitos muy cortos, también rojos, a juego con un sombrero chistera que le daba el aspecto de lo que en realidad era, la anfitriona principal del evento.
El telón traslúcido cayó, sincronizado con el final de la música introductoria y un estallido simultáneo de fuego y humo salió expulsado desde el ras del piso a todo lo ancho del escenario. Luego de unas fenomenales piruetas, la chica alzó con gracia sus brazos y quedó suspendida en el aire, mostrándose en una pose espectacular como una representación humana de un ave Fénix.
Los aplausos fueron atronadores. Las luces se intensificaron y un grupo de varios bailarines, curiosamente disfrazados, aparecieron en escena. Sin voltear mi vista del escenario me acerqué a papá preguntándole:
—¿Y cómo se llama…?
—Tatiana —me respondió.
Un nuevo movimiento musical en sincronía con la coreografía de los bailarines, proseguía con ímpetu frente a nosotros. Luego, grandes aplausos y ovaciones; la joven volvió a quedar en primer plano, dando la presentación formal a todos los extasiados espectadores.
—¡Muy buenas noches, Club Metropolitano! ¡Muchísimas gracias por venir! ¡Somos la compañía teatral internacional Viva la Vida! ¡Nos complace enormemente estar aquí presentándoles nuestro espectáculo! ¡Antes que nada, queremos agradecer muy sinceramente a todos los organizadores de este festival, a los miembros de la Junta Directiva, en especial a Don Ricardo Franco, quien además de ser el Presidente y Gerente de este hermoso Club, de esta fenomenal sala, es también mi querido abuelo!
Sendos reflectores señalaron directo el palco donde Don Ricardo estaba. Se levantó emocionado y saludó al público, sonriendo con emoción. La ovación fue total. —¡Esta función está dedicada a ustedes, a quienes estuvieron presente cuando Viva la Vida fue fundada y también a aquellos que nos han permitido retornar a esta tierra de gracia a festejarlo!
Detrás de Tatiana surgieron sus padres, Darío y Karla, quienes saludaron tanto al público como a Don Ricardo, quien terminó subiendo hasta el escenario donde todos se abrazaron conmovedoramente.
La hermosa familia irradiaba electricidad. Tatiana miró a su abuelo y a sus padres con ternura y sonrió como nunca. Desde ese momento quedé profunda y completamente enamorado de ella.
—Pero antes de proseguir con el espectáculo… —Don Ricardo hizo un gesto para que cesaran los aplausos y sensiblemente emocionado, expresó:
—¡Quiero que sepan que ninguno de estos maravillosos sucesos hubiese sido posible, sin el apoyo incondicional de todo el personal que labora y forma parte de este Club! Y me refiero a lo fundamental, al cariño de todas y todos. A la dedicación diaria, al esmero con que realizan sus funciones, a su interés por colaborar y trabajar en equipo. Hoy, cada uno de los que asisten y presencian este evento, saben cuánto le han puesto en conservar el Club y hacerlo referencia del lugar donde suceden cosas maravillosas. ¡Les estoy profundamente agradecido! ¡Gracias a todos!
Los aplausos fueron unánimes y sentí complacido que Don Ricardo, el afortunado abuelo, tenía toda la razón. Así que cuando el espectáculo concluyó, cerré los ojos, activé como nunca mi imaginación «el ingrediente especial» y todo lo que presencié y disfruté de ahí en adelante, por el resto de mis días, fue completamente espectacular, alucinante y también muy real y extraordinario.
Relato publicado originalmente el 20 de noviembre de 2015 en:
https://social.shorthand.com/AMambie/uyxRG3XYRY/el-ingrediente-especial


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