Sucedió el día que mis manos estaban atiborradas. Era la hora
pico, seis y media de la tarde; llevaba una torta de cumpleaños embalada en una
simple y endeble caja de cartón, como si fuera un par de zapatos. Resguardaba
su frágil y cremoso contenido con ambas manos. De mi hombro derecho colgaba mi
bolso con mis pertenencias, mientras en el brazo izquierdo se balanceaba de sus
asas una bolsa con tres panes campesinos. Estas tres cosas eran suficientes para
hacer mi travesía agobiante; iniciaba mi trayecto en un sistema metro repleto
hasta más no poder.
Caracas tiene dos momentos de gran afluencia: cuando amanece
y la gente se dirige a sus trabajos, y cuando anochece y esas mismas personas,
a la misma hora, regresan a sus hogares. Cualquier retraso ante tanta multitud,
hacen del subterráneo una larga tortura para desplazarse, tanto en sus pasillos
y escaleras, como en sus andenes y trenes.
El calor era denso, sofocante, y comenzaba poco a poco a
resentirse mis articulaciones ante la forzada postura de tener inmóvil los
brazos por el intento de equilibrar la caja en todo momento sin balancearla, evadiendo
el aglutinamiento y dejando pasar a los que acostumbran atropellarte por querer
llegar primero. Fui avanzando hasta la transferencia subiendo por las escaleras
fijas, lentamente, evitando la larga rampa mecánica atestada de gente, decidí luego
bajar por la derecha hacia al andén de la última ruta hasta mi casa. Frente a mí,
en el extremo, aguardaba una mujer de otro mundo, irreal, despampanante,
combinada toda de pies a cabeza en rojo y negro.
Aquel monumento femenino lo tenía a mi diestra, fuera de mi
campo visual. Preferí guardar distancia y colocarme a su lado, justo detrás de
la raya amarilla, el límite permitido, mientras a nuestras espaldas rápidamente
se fueron formando dos largas colas. Al andén entró luego de varios minutos
nuestro tren vacío. Sabía que debía abordar con rapidez el vagón, apenas
frenara y abriera sus puertas, pero un señor con su hijo, quienes venían
cargando entre los dos un gran paquete, se me adelantaron ágilmente (justo para
evitar el típico colapso del gentío entrando a la misma vez). Esa sorpresiva acción
me obligó a ceder mi turno, rezagándome, ya que preferí que todos los demás en
la cola entraran antes que yo, y así evitarme el riesgo de que me aplastaran o
tropezaran mi torta. La impaciencia y no la cortesía las personas la llevan a
flor de piel.
Ya dentro del vagón, me percaté que la jugada de los dos que
entraron con el gran paquete era permanecer parados en el centro del pasillo
bloqueando su paso. Lo que llevaban envuelto era tan abultado como estorboso.
Todos los puestos estaban ya copados, y para mi sorpresa, la voluptuosa mujer
de rojo y negro, estaba de pie y de espaldas a mí, aguardando que el metro
arrancara sujeta al apoya manos, mientras con total seriedad, revisaba los
mensajes de chat de su BlackBerry. Nunca creí que estaría tan cerca de aquella
modelo. Tan comprometidamente cerca. Mi escusa de poder observarle con tal
descaro me lo permitía el llevar suspendida la bolsa con los panes y la caja con
la torta. (Y claro, y a que el vagón estaba repleto). Mis brazos no me
permitían otra cosa que mantenerme sujeto y estático a su lado. Había quedado
comprometidamente cerca de aquella escultural figura, la cual con el tamaño de
sus tacones era unos centímetros más alta que yo, le calculé un metro ochenta
de estatura.
Fue lo primero que detallé al arrancar el metro: sus zapatos.
Eran negros, estilizados, con elegantes detalles en fino cuero rojo, y
recubiertos de minúsculas tachuelas con punzantes espinas negras sobre base
cuadrada decorando el talón y el empeine. No eran burdos, intimidaban un
poco, me parecieron más bien un arma de seducción fetichista. Sus uñas
sobresalían a juego, pulcramente pintadas y recortadas. El reflejo del cristal
de la ventana me permitía verla también de frente. El ángulo de visión daba
para observarla desde el comienzo de la nariz hasta los muslos. Llevaba una
camisa manga corta color rojo sangre; era ceñida, de tela sintética, con
botones blancos. La llevaba desabrochada, justo en el inicio de sus senos. Un
ancho cinturón de cuero negro remarcaba su cintura. Su piel era bronceada, de
un suave color canela. Aquella zona del escote resaltaba tanto por sus curvas perfectas
como por un leve brillo aceitoso. ¿Cómo una sola mujer puede dar tantas señales
seductoras al mismo tiempo?...
El segundo bulto que viajaba junto a mí era sus glúteos.
Prominentes, anchos y poderosamente majestuosos. Recubiertos por un pantalón de
licra tan ajustado y ceñido como una segunda piel. El color negro le hacía
lucir elegante a pesar de aquella desproporción entre sus torneadas piernas y aquel
llamativo trasero. Varios de los hombres que viajan también junto a ella, la
observaban incrédulos. ¡No era para menos! Sin embargo, hubo un detalle que me
hizo pensar que aquella perfección era irreal.
El metro avanzó con total lentitud, frenándose entre las
estaciones, y a veces tardando mucho en arrancar. Y en todo ese tiempo, supe
que finalizaba una ocasión única para poner a prueba mi instinto masculino. Y
fue así. Al llegar a mi estación de destino, la vi por última vez, seguía
chateando por el celular; con sus labios rojos, grandes, carnosos, semiabiertos,
y sus grandes aretes a juego. Una cartera de marca, también de cuero rojo y
asas negras, colgaba de uno de sus brazos con despreocupación. Sin dudas, esta
chica era una versión muy bien cuidada de una súper hembra. Viernes por la
noche, todo está permitido. Incluso para que un hombre travesti se haga pasar con
maestría por una bella y seductora mujer.

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