A mi manera de ver (Dos metro relatos)




I
Voy bien vestido y recién afeitado. Me siento muy entusiasmado, hoy es un día maravilloso. Escucho ese tono sostenido característico, seguido del chasquido que libera la puerta con cerradura eléctrica: mi acceso al andén del Metro sin pasar por los torniquetes. Llevo mi bastón o “cayado de lazarillo” en la diestra. En mi viaje me acompaña una operadora de brazo firme, mediana estatura y voz nasal. Ambos bajamos las escaleras mecánicas, ella se asegura de colocarme la mano en la cinta sin fin. Caminamos quince pasos hasta el final del andén y pidiendo permiso, entramos juntos al vagón.

El aire circundante pasa de ser templado y denso a ligeramente frío y artificial. Tuvimos suerte al descender justo cuando casi todas las personas del andén ya habían abordado el tren. La operadora me pide sujetarme fuerte a una de las dos barras fijas que custodian la puerta del conductor. Escucho un «¿No prefiere sentarse, señor?». Sonrío y niego con la cabeza respondiendo «Muchas gracias, estoy bien así». He aceptado mi condición, ser ciego de nacimiento me ha permitido aprender a moverme en un espacio obscuro sin referencias visuales, valiéndome de mi propio mapa mental. De algún modo, expreso lo que me hace sentir más cómodo sin importunar. La clave es saber comunicarse.

La operadora se despide y sale al andén. Otro chasquido metálico resuena afuera; esta vez es la ventana lateral del conductor a quien se le ha confirmado que puede ya proseguir. Suena la tosca señal, y todas las puertas del tren se cierran. Avanzamos, dejando en pocos segundos, la estación Capitolio atrás.
  
Dentro, percibo una suave y gentil fragancia femenina, un perfume tenue y cautivador flota muy cerca de mí. Aquel perfume especial, de algún modo, me resulta extremadamente familiar y seductor. Alguna vez, en algún lugar, disfruté de ese mismo aroma irresistible. Mi ceguera mantiene mis otros sentidos más agudos, más precisos. Al poco rato tengo ya definida la corta distancia que nos separa. La barra fija se ha entibiado al cabo de unos minutos por mi contacto corporal. Escucho la voz que anuncia la próxima estación por los parlantes, mi corazón se agita, me queda muy poco tiempo, ¿podré lograr aproximármele?...

La fricción metálica de las ruedas con los rieles produce en esta parte del trayecto un ruido ensordecedor. El vaivén del recorrido hace oscilar mi bastón hasta tocar el zapato de la dama levemente. Anuncian por los parlantes la próxima parada. El metro frena, las puertas se abren. Aguardo. Siento la estela de gente que sale y otras que entran. La joven (por su aroma deduzco que así sea) permanece de pie; no se baja. Viene sujeta de la otra barra vertical, justo al lado mío. Nuevamente la señal trona unos segundos y las puertas silban juntándose con rapidez. 
El metro avanza con determinación. Del mismo modo, mi mano se desplaza hasta posarse plena sobre la de ella. Disimulo haberlo hecho por accidente y me disculpo con toda la caballerosidad que soy capaz. Ella sonríe y aun así, no la retira. Ambos sonreímos con nerviosismo. Nos presentamos, iniciando una amena charla. Su voz era cálida y con un timbre singular muy afectuoso. Supe que era escritora, y algunas de sus publicaciones habían sido traducidas al lenguaje Braille. Nos contamos cada quien una breve anécdota. Sin confesarnos lo inusual de nuestro primer encuentro. Un par de estaciones, o mejor dicho, un par de años más adelante, continuando el viaje al que llamamos vida, ella llegaría a ser mi esposa logrando formar una hermosa familia.

II
Subía por las escaleras mecánicas del Metro camino a mi trabajo, cuando vi al Amor unos cuantos peldaños delante de mí. Destacaba entre tantas personas comunes, quienes al igual que yo, aguardaban de pie el ascenso al exterior. Sentí un gran sobresalto, su inesperada presencia me turbó. Llevaba su brillante cabello recogido en una cola, vestía ropa casual y una mochila colgaba de uno de sus hombros. Por el gesto de su rostro y su apariencia, deduje que venía de muy lejos a buscarme. Por eso, guardando la distancia, observé al Amor avanzar por la acera en la misma dirección hacia donde yo me dirigía. Su caminar denotaba cierta duda o imprecisión pero estaba claro ¡Iba rumbo a mi destino! Al verle doblar a la izquierda, cruzando la transitada calle hacia el mismo edificio donde yo trabajaba, me alegré enormemente. Entusiasmado apuré el paso. Quería acercarme y darle un gran abrazo por la espalda. Apunto estuve; hasta que llegando a la entrada, el Amor siguió de largo. Acongojado caí en la cuenta: ¿Cómo habría podido tocar a mi puerta si nunca supo que me encontraba detrás de él? Había olvidado que el Amor es ciego.

III
Luego de un letargo, embobada por permanecer apretujada en exasperante espera por llegar a mi oficina, el metro avanza. Hoy hay retraso en las vías. Estoy de pie en un vagón repleto de personas; casi maniatada. Al apoyar mi cabeza en mi antebrazo, observo a una curiosa pareja sentada justo enfrente. Mi mente se despeja. Por un instante me ha dejado de preocupar el paso hacia la otra estación. Me intriga cómo lucen. Presto atención a las finas facciones de aquel muchacho sentado estrechamente junto a su robusta novia. Su tez es muy pálida, frágil e imberbe. Sus ojos pestañean con gracia y rapidez mientras observa el entorno con languidez y cierto aburrimiento. Cada uno viste una simple franela y unos desgastados jeans. Ahora él recuesta con pesadez su cabeza del ancho hombro de la chica y bosteza. ¡A este sujeto también le ha comenzado a afectar tanta espera! 

El metro por fin avanza con rapidez. Por lo visto hemos superado el atasco. Vuelve a frenar ahora donde corresponde y finalmente algunas personas, incluyendo la singular pareja, salen ansiosas del vagón. Desahogado el espacio, los veo alejarse tomados de la mano, mientras caigo en la cuenta de mi error. Sigo con la mirada a la mujer que resultó ser un hombre, y al hombre que resultó ser una mujer.

Comentarios