Recuerdo
cuando los conocí, tenía veinticuatro años. Fueron encuentros por separado,
porque separados ya estaban cuando entré al círculo familiar. Mi suegro vivía
fuera de Caracas, mi suegra, a muy corta distancia de mi casa en la capital. Al
suegro le gustaba la vida sencilla, despreocupada y placentera, la vida rural.
A mi suegra, por el contrario, la identificaba su conexión con el arte, la
espiritualidad, la astrología y lo metafísico. Todo, absolutamente todo
alrededor del modesto apartamento evidenciaba eso; en colores, texturas, luces
y estampados, en aromas y sabores exóticos.
Y
a ella fue a quien conocí primero, a mi suegra y a su entorno. El lugar de
procedencia y referencia de mi futura esposa. Parte esencial de ese hogar era
su pequeña habitación, atiborrada de objetos juveniles y otros no tanto pero
todos ellos ordenados y pulcros. Su cuarto era acogedor y emanaba en cada cosa
su adorable personalidad. Dos años y medio después pasamos nuestra primera
noche de bodas en esa misma intimidad porque el nexo entre madre e hija siempre
estuvo presente y aquella noche no fue la excepción. Uno de los días más
felices de mi vida recuerdo; dos de abril de mil novecientos noventa y dos.
Hubo
una época en que al suegro lo contactábamos con frecuencia. Había encontrado un
trabajo temporal como administrador en una obra en construcción cercana
relativamente a Caracas. Su apego con mi esposa y su espíritu aventurero lo
animaban a desocuparse temprano para venir a buscarnos hasta la Plaza Venezuela
y de ahí enfilábamos los tres en su destartalado carrito hacia su casa en
Mariara. El disfrute iniciaba al montarnos. Conversador y ocurrente, es hombre
de palabras sencillas y lenguaje llano. Su mayor motivación, poder reunirse, platicar, reírse y si vas
tomándote alguito para apaciguar el calor, mucho mejor.
A
ambos suegros fui conociendo por separado. Junto a mi esposa, y luego junto con
ella y mis dos hijos. Llegó un momento en donde las circunstancias motivaron
una reunión familiar. Un bautizo, luego un cumpleaños, los cinco años de mi
primogénito. Un video casero evidencia lo hermoso de aquel día: Mi suegro tocando
arpa, acompañado de un invitado quien ejecutaba el cuatro, todos cantamos el
cumpleaños a la llanera, compartimos torta y helado, buenos deseos y encanto
por todas partes porque mis dos hijos, sus dos nietos, merecían estar
representados por sus abuelos maternos y la unión familiar.
Las
relaciones familiares prosperaban en ese tiempo, incluso llegó el momento
estelar años después en donde se estableció una tregua, ambas partes, suegro y
suegra, a pesar de ya no tener una vida matrimonial en común, lograron en un
par de oportunidades, visitarse mutuamente e incluso compartir una misma mesa y
regalarle un reencuentro fraternal a mi esposa y a mi cuñado, sus dos hijos en
común, quienes lograron al igual que sus
dos nietos, vivir felices ese instante, compartiendo su compañía y paternidad en
un mismo lugar.
De
uno de esos momentos quedaron las fotos y el recuerdo. Sonrisas y abrazos paralizados.
Así como se logró ese inédito encuentro, así mismo vino el brutal
distanciamiento. Cada miembro de ese cuarteto guardaba un argumento, unas
razones qué expresar, y al hacerlo, no hubo conciliación. Los sentimientos
nublan a veces la razón, y las razones también logran nublar los sentimientos. Mi
suegro quedó apartado del juego, tristemente. Y como cosa curiosa, un tiempo
después, en la celebración de los diecisiete del nieto consentido, me tocaría a mí quedar dentro del mismo grupo
que el suegro, excluido como él. Volvió a pasar, los sentimientos nublaron la
razón, y las razones lograron nublar los sentimientos.
“Mi
suegra ya no me quiere” podría cantarle pero en realidad no le encuentro gracia
al hecho. Relatar la trayectoria me lleva a este presente, a usar esta carta
como aliciente. La vida es tan corta, tan breve. Y expresar lo que pienso me
consuela y sin dudas, me alienta a creer que ojalá yo logre llegar a ser un
abuelo cercano y modelo a seguir, un suegro amoroso, estable y sereno, un señor
a quien ya sea mi hija, hijo, yerna o yerno requieran de mi afecto, presencia o
consuelo, logré estar ahí siempre con ellos. Esas son mis expectativas, tal vez
la realidad llegue a ser un poco menos perfecta. Sin dudas, he de agradecer a
mis padres tanto como a mis suegros, y esposa que el cincuenta por ciento de las
bondades, atributos y existencia de nuestros seres queridos fue posible porque
un día glorioso el afecto y la unión los llevó a concebir a un individuo
grandioso conteniendo ambas proporciones: Hombre y mujer, madre y padre, ying y
yang.
Actualmente
mis dos hijos y esposa están en contacto permanente con mi suegra. Ella los
visita cuando estoy ausente. Les brinda atenciones, afecto, apoyo y buenos
principios.
Mi
suegro prometió conversarme en privado las razones de su distanciamiento actual,
de eso ya hacen varios meses; dejamos de vernos hace ya un largo tiempo y aún
espero esa confesión telefónica. Tal vez llegue uno de estos días por sorpresa
y nos invite a recorrer largas distancias como logré hacer en mi infancia con mis
padres, y viajemos hasta algún pueblito haciendo “la parada de costumbre”, para
que entre risas y palabras simples, conversemos, recordemos buenos momentos y
nos pongamos al corriente otra vez. Soy optimista.

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