Sexto Bisiesto era un hombre sumamente formal. En sus modales, en su manera de vestir. De poco hablar, retraído y algo tristón. Vestía siempre tonos grises, gris también era su cabello, su gato Augurio y sus pensamientos sobre la suerte.
Sexto Bisiesto era muy sugestionable. Y aunque nunca le había ido mal en la vida, procuró siempre evitar cualquier situación que él considerara un mal presagio. Ser sextillizo y haber nacido un 29 de febrero quizás fueran las razones de su particular superstición.
Sus otros cinco hermanos no lograban entender como siendo físicamente tan semejantes entre sí, Sexto resultaba ser una persona singular y radicalmente diferente a ellos en todos los aspectos. Primero, Segundo, Tercero, Cuarto y Quinto eran bastante similares, Sexto no. El era reservado, introvertido, sus hermanos joviales y de ademanes fuertes. Sexto era muy delgado hasta algo enclenque, todos ellos lo superaban en estatura, musculatura y elocuencia. Sexto pensaba que tal vez al nacer de último eso le había restado tener aquellas mismas cualidades. Sin dudas, Sexto era diferente, y lucía y pensaba como tal.
Al hacerse adulto, Sexto, se casó, mudándose a un modesto vecindario. Su esposa Camila había tardado mucho en lograr embarazarse. Ya había cumplido los cuarenta y tres años y a pesar de los intentos y asistencia médica, casi lo habían descartado. Pero Sexto confiaba en que su esposa lograría concebir, sólo era necesario lograr esa oportunidad estando juntos precisamente un año bisiesto. Penosamente en años bisiestos anteriores, por mucho que habían puesto su empeño y planificarlo, ella sólo había logrado enfatizar la ansiedad en Sexto, haciéndolo sudar a mares impidiéndole concentrarse en su propósito fundamental. ¡Esperar cuatro años para aquello era mucha presión! Y ahora se sumaba que Camila había pasado los cuarenta y tal vez surgieran complicaciones.
Pero Sexto lo afrontó, dándose cuenta meses atrás que sólo debía cambiar su proceder con ella; sincronizarse. Comenzó percatándose el día que ella rutinariamente le atendía el desayuno en las mañanas, surgiendo ese mal humorado momento de hastío. Cuando Camila le preparaba de muy mala gana el almuerzo o le medio planchaba a regaña dientes alguna de sus grises camisas. Ahí dejó de solicitárselo. Sin reprochárselo, intercaló comidas en la calle, y comenzó él mismo a plancharse sus prendas. Así cuando llegó una noche a casa, participando que no requería ni comida para llevar ni ropa para planchar, Camila cortésmente le atendió, con una amplia sonrisa. Así mismo logró su cometido aquel miércoles 29. Y nueve meses después, sus cinco tíos y tías fueron a festejar el nacimiento de otros nuevos sextillizos. Sexto y su esposa Camila no rompieron la tradición y los llamaron igual: Primero, Segundo, Tercero, Cuarto, Quinto quienes desde pequeñines pesaron apenas un kilo y medio y eran menudos y ensimismados, pero Sexto junior era rozagante, macizo y completamente distinto a como lo fue su padre.
SEXTO JUNIOR
(Sexto Bisiesto - Segunda Parte)
Los duros años de cuidado y paternidad de Sexto y Camila habían pasado tan rápido, Sexto Junior y sus otros cinco hermanos gemelos ya eran adolescentes. Cinco réplicas a su viva imagen y semejanza eran Primero, Segundo, Tercero, Cuarto y Quinto, totalmente iguales en contextura y personalidad que su discreto y menudo padre Sexto Bisiesto. Pero su tocayo Sexto Junior no. Para nada. Sexto Junior era sumamente robusto, una cuarta más alto que su padre y hermanos. Su tono de voz era ruidosa, retumbante y siempre varios decibeles por encima del resto en la familia. Cuando se expresaba, casi siempre soltaba una fuerte risotada unida a un potente puñetazo a la mesa, o en su defecto, dando una contundente e imparable palmada en la endeble espalda de su interlocutor más cercano. Augurio ya conocía estas reacciones explosivas y sabiamente siempre se refugiaba lejos de su alcance luego de aquella vez que le atenazó con sus dedotes la cola y pretendió pasarla por los ojetes de su zapato.
Camila, sin embargo, siempre intercedía a su favor. La menuda y benévola mujer estaba atenta a cuanta impertinencia repentina hiciera su hijo. Las reuniones familiares con sus tíos y primos eran casi siempre interrumpidas por sonoras carcajadas y estrepitosos golpes seguidos luego de un denso e incómodo silencio colectivo. Cuando los Bisiesto conversaban entre sí, era casi imposible detectar el tema de conversación. Era un murmullo de confesionario, mientras que al entrar Sexto Junior a formar parte, por contraste, su voz minimizaba aún más a toda la concurrencia. «Esto pasa porque soy diferente a todos» pensaba Sexto Junior al ver las reacciones de sus hermanos y la de su papá. «Mis tíos son más parecidos a mí que ellos». Sin dudas, Sexto Bisiesto Junior comenzaba a cuestionar esa marcada diferencia y al cabo de unos años, luego de finalizar el bachillerato, le expresó a Camila su decisión:
—Voy a irme a vivir un tiempo con mis tíos, mamá.
Sus tíos lo recibieron con agrado. Tío Primero y su esposa Julia le ayudaron a descargar sus pertenencias al llegar del terminal. Pasarse una temporada con ellos resultaba natural debido a que desde niño con frecuencia se visitaban y mantenían contacto. Los sobrinos eran como hijos putativos, ya que en la familia haber nacido sextillizo era una señal especial de unión y por tradición (y algo de superstición) así lo habían decidido.
Cada tía y tío Bisiesto vivía en una ciudad diferente. Su padre había sido el único en repetir la proeza, siendo el único de los seis hermanos Bisiesto en lograr concebir seis hijos en una sola tanda. Tío Primero y Tía Julia tenían a Tomás de diecisiete, Joanna de catorce y a la pelirroja Samanta de once años. Se pararon muy firmes en fila y sonrieron con cierta timidez al ver entrar a Sexto Junior a su hogar. Ninguno de los tres separaba su espalda de la pared. Sexto Junior se abalanzó hacia ellos pero sorpresivamente frenó el impulso, dándoles a cada uno un simple apretón de manos.
—¡Nos contenta mucho que estés aquí, Sexto!— expresó Joanna al momento. Detrás de ellos había varias fotos de su tío Primero con el resto de sus hermanos cuando eran niños. Sexto Junior se percató de lo diferente que se veía su papá comparado con sus otros cinco hermanos. Pero lo que más le llamó la atención era la semejanza de él con sus tíos. No podía creerlo. Quedó unos instantes congelado frente a la fotografía hasta que su tío Primero lo trajo de vuelta.
—¿No serás hijo mío en vez de tu papá, ah?— le dijo con picardía y tan sonoramente al hablar que hasta los vecinos lo escucharon.
—Tal vez… — Balbució de forma débil Sexto Junior. —Con permiso, tíos, expresó. Luego se dirigió al cuarto de invitados con la mirada baja.
El resto de la semana que Sexto permaneció compartiendo junto a sus primos y tíos fue moldeando su particular carácter. Cada vez que ellos lo imitaban en sus extravagancias y reacciones lo fueron haciendo cada vez más recatado y ensimismado. Un fin de semana llegó el resto de cada clan. Tío Segundo y la tía Clara, con los pequeños Jorge y Román. Tío Tercero y tía Fanny con sus cuatro retoños: Fernando, Fermín, Frida y Federico. El enorme tío Cuarto con sus cuatro hijas: Mildred, Mariana, Martha y Matilde de la mano de la tía M. Por último llegaron los cinco fantásticos: El tío Quinto y su esposa Sabrina (prima de Camila), con sus tres hijos: Carmelo, Nicolás y Sabrinita la consentida. Todos habían acordado no incomodar al invitado, dando cada vez que podían, explosivas manifestaciones al estilo de Sexto Junior. El efecto siempre fue el contrario; en esos días Sexto Junior comenzó a bajar de peso porque su apetito cambió y nunca más volvió a asimilar de igual manera la comida. Sus gestos y actitud meditabunda se fueron apoderando de él. Con los años, al finalizar sus estudios en el extranjero, volvió a casa de sus padres, ya comprometido y de la mano de su prometida, una chica asiática, menuda de rostro y figura encorvada que no hablaba español y padecía del Síndrome de Asperger.

He agregado unas líneas más a este relato corto, el cual inicié con la idea de experimentar un poco con el humor sutil del absurdo.
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