Introducción
Cada creación que he desarrollado y publicado en este blog definen un momento específico de mi andadura literaria. «El Ático Embrujado de Walter Ritz» es un sentido tributo a quienes asumimos este oficio desde las sombras del misterio, el suspenso y la intriga, al estilo de Bram Stoker, Emily Brontë o Edgar Allan Poe, autores que introdujeron en muchos lectores la fascinación por el relato gótico.
Algunas veces esas mismas voces del pasado me susurran, seducen y preparan para un nuevo reto creativo. Buscan con total determinación hacernos sentir, dentro del silencio más profundo, una experiencia única e inolvidable.
«El Ático de Walter Ritz»
Aquel era un lugar siniestro, frío y lúgubre, pese a sus amplios ventanales góticos. El paso de las décadas había mermado su esplendor, transformándolo de un espléndido estudio con amplia y agradable vista panorámica a un ático estéril, polvoriento y ligeramente desordenado.
Aunque había algo sobrenatural que generaba un irresistible magnetismo a la señorita Noris, la ama de llaves de aquella avejentada mansión. Y era porque ella en sus ratos libres, que generalmente comprendía desde la media noche en adelante, subir y encerrarse sola en aquel ático embrujado le causaba expectación y fascinación por partes iguales.
La señorita Noris era también escritora, y le fascinaba imaginar y redactar sus intrincadas historias mientras se encontraba a solas en ese sombrío ático. Un hedor a moho emanaba de las sólidas paredes de piedra, que combinado con la cuarteada madera del piso y las arrinconadas cortinas que ocultaban parcialmente la escasa luz exterior, realzaban esa potente sensación de encontrarse en un lugar encantado por alguna oscura y legendaria maldición.
El abandono y falta de aseo era voluntario. Ese ático era el único lugar de aquella antigua mansión londinense al que ella deliberadamente mantenía así; para alcanzar la inspiración y el realismo que sus cuentos de misterio y relatos de terror merecían. Ya lo había comprobado. Sus historias eran muy crudas e impactantes. Su editor le brindó la oportunidad de publicarlas quincenalmente, logrando un moderado éxito en un periódico local. Eso sí, bajo el seudónimo masculino de Walter Ritz.
Esa fría noche de finales de abril, la lluvia caía mansamente, mientras el cielo era un manto gris plomizo repleto de espesas nubes y relámpagos, que proyectaban dentro del ático en penumbras, sombras profundas a todos los objetos que lo decoraban. En sus rincones destacaba una austeridad intencional; todos los muebles y enseres estaban fabricados de madera y hierro. Al fondo, en una de las paredes de piedra, colgada como si se tratase de la cabeza de un animal disecado, una impactante escultura en relieve; un voluminoso cráneo óseo humano, cinco veces más grande, con una venda negra ocultando las cuencas vacías de sus ojos, mientras que, en el centro de su frente, una estaca de madera redondeada sobresalía de éste como el cuerno de un siniestro unicornio. Daba la sensación de ser la palanca que activaría un mecanismo secreto que solamente sería descubierto al pulsarla con ciega determinación.
La señorita Noris deseaba que el final de su nueva creación literaria aterrara como nunca a sus impacientes y fieles lectores. Llevaba seis meses relatando una historia en la que dos mujeres habían sido acusadas de ser asesinas seriales y la policía había seguido la pista de cada sórdido crimen con la intención de encontrar las pruebas suficientes para lograr armar un caso sólido y llevarlas formalmente a juicio y finalmente encarcelarlas.
Esa noche lluviosa, justamente, el detective y jefe de la policía, fue a investigar el rastro de las dos sospechosas, y al tocar con la aldaba, la propia señorita Noris fue quien abrió la pesada puerta de madera de la mansión, invitando a pasar al veterano detective. Alguien le había informado que en el ático de aquella vieja mansión había llegado a ver horrorosas escenas de violencia y muerte. El hábil agente policial sospechaba que podría tratarse de las horrendas asesinas seriales.
El detective ya conocía a la señorita Noris, y a los dueños de aquella mansión en particular, ya que en su juventud había sido su hogar. La señorita Noris, el ama de llaves, era su madre.
—Hijo, qué sorpresa. Pasa, por favor.
—Perdona la hora, pero recibí una notificación y deseaba confirmar contigo si el ático continúa deshabitado o le han dado un nuevo uso luego de la muerte del coronel Smith.
—¿Un nuevo uso? ¿A qué te refieres?... Sabes que acá he estado aguardando a la señora Smith mientras regresa del extranjero, y con la única compañía que cuento en esta casa es con Sofía, la nutria que ella adora y no pudo llevarse esta vez consigo.
—Luego de Churchill, aquel zorro del desierto, ahora adopta una nutria. Ja. Lo que es tener dinero de sobra.
—Antes de Churchill tuvo a Kabir, un cachorro de tigre de bengala, ¡ese sí fue complicado! Mira si quieres el ático. Ha estado sin uso por décadas. Soy la única que tiene la llave, como ya debes suponer.
—Sí, lo sé. Eres la ama de llaves de la mansión. Gracias, lo haré. De no tratarse de una fuente confiable, no habría venido a estas horas y mucho menos a incomodarte, mamá.
—¡Siempre estoy a la orden para ti, cariño! Siempre. —la señorita Noris le sonrió al hombre con dulzura maternal, dándole espacio para que subiera antes que ella por las amplias escaleras centrales de la lujosa casa. Él ya sabía cómo llegar hasta el ático.
Apenas tocó el pomo de la puerta sintió un incómodo escalofrío. ¿Qué significaba esa inquietud? ¿Por qué se sentía a la expectativa?... Su madre lo sacó de sus pensamientos, al preguntarle con voz seca:
—¿Ves algo inusual aquí?...
—No. En realidad, me incomoda es lo que no veo. Lo que me hace sentir volver a estar aquí, luego de tantos años.
—¿Te has preguntado si el pasadizo secreto que lleva a la calle desde acá, sigue funcionando?... —Los ojos de la señorita Noris centellearon brevemente en la oscuridad.
—Estoy seguro que sí.
— Solamente tú conocías de su existencia. Nadie más.
—¿Funciona?... —El policía puso su robusta mano sobre la palanca que partía del cráneo de la enorme calavera, incrustada en la pared. Y la empujó con fuerza hacia abajo.
Unos sonidos amortiguados de engranajes se comenzaron a escuchar tras los enormes muros de piedra, junto a chirridos de cadenas que, al cabo de unos segundos, activaron la apertura de una escotilla, hábilmente oculta bajo el grueso piso de madera.
—Ja.
Unas escaleras bastante estrechas se perdían en la oscuridad, descendiendo en espiral. El detective quiso bajar, pero la voz autoritaria de su madre lo detuvo.
—¡Detente hijo! No debes bajar.
—Debo hacerlo madre.
—Te pido que no lo hagas.
El detective esta vez no obedeció la advertencia y avanzó decidido, sin percatarse que, a sus espaldas, una extraña criatura infernal, sigilosa y oscura como una sombra, empuñaba una filosa espada medieval. Con total brutalidad lo atravesó por la espalda, antes de que pudiese percatarse o defenderse, cayendo de bruces mientras emitía un grito espantoso y ahogado. En su aterradora agonía sintió un dolor indescriptible, antes de colapsar y caer aparatosamente al piso.
—Nadie debe descubrir nuestro secreto. ¡Jamás! —Dijo con voz espectral, la criatura demoníaca. Sus ojos espeluznantes brillaron como relámpagos.
—Nadie lo sabrá. —Contestó con sumisión, la señorita Noris, acariciando a Churchill entre sus brazos, contemplando la espantosa escena, con absoluta felicidad y satisfacción.
Walter Ritz había finalizado con maestría su más impactante y reciente cuento de terror.
Caracas, 30 de abril de 2026


Comentarios
Publicar un comentario