Se giró al escuchar el grito. Federica al principio creyó que
moriría de un infarto, por lo súbito y sorpresivo, pero convivir todos esos
años de trabajo culinario como asistente personal de Arquímedes, su excéntrico
jefe, la llevaban a presentir que aquel alarido era una buena señal; un eureka
en superlativo, o tal vez la manera más visceral y tosca de expresar su
frustración.
Lo que los ojos de Federica presenciaron, pareció suceder en
fracciones de segundos. Sin embargo, dada su excelente capacidad de
observación, cuidado en los detalles, y fundamentalmente, a su agudeza visual,
pudo recrearlos como si hubiese ocurrido en cámara lenta. Arquímedes repetía
uno de los procedimientos culinarios para lograr cumplir, el pedido más grande
que aquel negocio delivery había
alcanzado recibir. Las cuatro hornillas de la moderna cocina estaban
encendidas, cada una tenía dispuesta a la temperatura perfecta, sendos budares;
cada uno de 40 centímetros de diámetro. El reto de Arquímedes fue cocinar
cuatro panquecas simultáneamente.
Con un cucharón en ambas manos, puso simétricamente una
porción de mezcla en el centro de cada uno, y posteriormente, con la ayuda de
un pequeño instrumento culinario, similar a un haragán de mano, como los que se
usan para limpiar cristales, pero de menor tamaño, hizo algo extraordinario.
Manipuló dos paletas de estas a la vez, una con su diestra y otra con su
siniestra a una agilidad pasmosa, desplazando en espiral la mezcla, desde el
centro hacia los bordes de cada budare, apoyando uno de sus extremos en el
mismo centro, con movimientos radiales rápidos y precisos. Con las mismas
mágicas paletas, Arquímedes dobló luego cada panqueca por la mitad. Los cuatro
semicírculos quedaron como doradas empanadas frente al concentrado chef. Federica
ya tenía dispuestas, justo frente a él, tres fuentes de frutas picadas: jugosas
fresas, finos arándanos y ricos cambures frescos.
Arquímedes esparció trocitos de fresas y arándonos en dos de
ellas, y solo cambur en las restantes, ocupando justo la mitad de cada
semicírculo. Luego roció las cuatro porciones generosamente con chocolate
líquido. Finalmente, con la misma destreza de un mago, dobló cada una
nuevamente por la mitad, para luego retirarlas del fuego y colocarlas en los
envases para llevar. Los cerró justo luego de haber espolvoreado cada crepe con azúcar. Miró el pulcro reloj
de pared, eran las dos con cuarenta y cinco. Había cocinado las cuatrocientas
órdenes, en el tiempo necesario y con total perfección. Las cuatro últimas
raciones fueron la señal de triunfo, el desahogo a la presión, y el final
glorioso de una jornada en equipo, digna de celebrar.
Arquímedes gritó otra vez, con más fuerza e ímpetu,
lanzándose sobre Federica, sin darle tiempo a que ella esta vez ni siquiera
reaccionara, y la besó con brusquedad; tan breve como si fuera habitual
hacerlo, y la alzó por los aires. Ambos se empezaron a reír y a aullar como
locos, mientras sus otros compañeros de cocina los imitaban y sonreían,
aplaudiendo su proeza.
Un agradecimiento especial a www.literautas.com por la motivación e inspiración para crear este texto según sus lineamientos del taller Escena Nº 40 de escritura creativa.

Es como una fábula entre fogones....
ResponderEliminarDe cierta forma sí. El ejercicio en aquella época era generar una historia breve de no más de 450 palabras y que incluyese palabras claves. Partiendo de esas palabras al azar, se realizaba el texto.
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