Un Curioso Caso de Sinceridad Infantil


La Niña Amante de las Golosinas

El corte de luz fue un apagón general en toda la zona donde trabajo. Y no me quedó otra, bajé las escaleras, y caminé largas cuadras hasta llegar a la zona donde el metro funcionaba con normalidad. Llevaba en el bolso frutos secos acaramelados, de esos que vienen combinados: Maní, almendras, pasas, y nueces. ¡Son muy ricos! Cuando por fin llegué a casa, estaba realmente agotado. La calle y el calor lo desgastan a uno mucho. Inmediatamente me desnudé y me di una ducha para refrescarme. Deseaba acostarme y estar relajado. Recordé al momento los frutos secos que guardaba en mi bolso. Me apetecían mucho. Aunque sabía que si mi hija entraba y me veía comiéndolos, me pediría. Pero estaba a solas en mi cuarto. Tenía la puerta cerrada y esa intimidad me convenció de iniciar mi vil acto egoísta.

Suelo complacerla y ofrecerle cuanta golosina, dulce, helado o plato de repostería se le antoje. Aunque no es obesa, mi hija es una niña súper amante de las golosinas. Son su debilidad. Y ese día me demostró lo impresionante de su instinto.

Sentado en mi cama, me arropé parcialmente con la intención de ocultar visualmente la bolsa con los frutos secos. Puse música agradable y tomé uno de mis libros, me serví un trago, un shooter con buen ron. ¿Qué más pedir?... Al rato, justo cuando mis dedos se introducían una vez más dentro de la bolsa de celofán, inexplicablemente, entró mi hija al cuarto.

Yo paralicé la acción, apenas un leve y muy breve crujido del celofán, casi inaudible, se mezcla con la música de fondo.  Mi hija voltea, me ve, me intuye. Aunque desconoce lo que estoy comiendo, ¡lo ha descubierto! ¿Pero cómo?... Ella se abalanza sobre mí, cae justo al lado de mi tesoro escondido y me interroga:

—¡Ajá, papá! ¿Qué comes ahí?... ¿Es acaso, dulce o chocolate?... ¡Ajá! ¡Lo sabía! Trajiste algo. ¿Y no lo piensas compartir, ah?...— Le explico que esta vez había decidido comérmelo a escondidas.—¡Qué descarado! ¡Egoísta! ¡Esto debe saberlo mamá!— Brinca como un resorte de la cama, y antes de marcharse, me ve con ojos pícaros. Me veo obligado a meterle en la boca un puñado de mi rica golosina, como recurso para intentar comprar su silencio. —¡Guácatela! ¡No me gustan las pasas!— Expresa de inmediato, apartándola de su boca. Sale como una bala del cuarto y a lo lejos la escucho delatándome con su mamá. No me quedó más remedio que parar de comer y entregarles, resignado, lo que aún me quedaba en la bolsa.     


Comentarios

  1. Una de esas anécdotas familiares que son sin dudas gratos momentos de vivencias e intimidad irrepetibles.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario